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Relatos Ardientes

Mi prima fingió dormir mientras yo me tocaba a su lado

Salimos del minisúper de la esquina sin decir una sola palabra, mi prima Daniela y yo, caminando demasiado rápido para la hora muerta de la tarde. Yo soy chaparrita, flaquita y, si me conocieras, sabrías que tengo la cabeza llena de ideas que nunca digo en voz alta. Esa tarde, por una vez, había hecho una de ellas.

Entramos directo a mi cuarto, cerré la puerta con el seguro y entonces sí, las dos estallamos en una risa nerviosa que no podíamos parar.

—No puedo creer que hayamos hecho eso —dijo ella, tapándose la cara con las dos manos.

—Ya sé… yo tampoco —mentí.

Mentí porque lo habría hecho mil veces más, gratis, sin que nadie me lo pidiera. Pero no se lo dije. Todavía no.

Daniela se dejó caer sentada en la orilla de mi cama, con el pelo revuelto y las mejillas ardiendo de un rojo que no era solo de la risa. Se mordió el labio antes de hablar otra vez, como cuando éramos niñas y estaba a punto de confesar una travesura.

—Te voy a ser sincera —dijo bajito, mirando al piso—. Me resultó excitante. Me gustó. No me juzgues, ¿sí? Fue lo que sintió mi cuerpo y ya.

—No te preocupes —contesté, y me senté a su lado—. Yo sentí lo mismo. De hecho ahorita todavía estoy así.

—¿Así cómo?

—Caliente. Y mojada.

Se quedó callada un segundo. Después soltó una risa corta, casi de alivio, y me dijo:

—¿En serio? Yo también. Mira.

Y antes de que pudiera contestar, metió la mano por debajo del short y la sacó húmeda, brillante, y me la enseñó como quien enseña una prueba. Me quedé prendida de ese gesto, del descaro con el que lo hizo. Le dije que yo estaba igual, hice lo mismo y le mostré mis dedos, y volvimos a reír oliendo cada quien los suyos, todavía con algo de pudor entre nosotras, como si esa última frontera fuera la única que aún no nos atrevíamos a cruzar.

***

Tengo que explicar de dónde venía todo eso, porque si no, no se entiende la noche que vino después.

Hacía un rato, en la trastienda de aquel minisúper, las dos habíamos quedado a deber un favor. No voy a entrar en detalles de aquella tarde —esa es otra historia—, pero baste decir que un hombre nos había sorprendido haciendo algo que no debíamos, y que en lugar de armar un escándalo había propuesto un trato. Un trato que yo acepté primero, con la boca seca y el corazón a mil, y al que Daniela se sumó después, temblando, sin terminar de creer lo que estaba haciendo.

—El que nos metió en esto fue él, con esa propuesta —dijo Daniela cuando ya estábamos en mi cuarto, intentando repartir culpas que ninguna de las dos quería cargar sola.

—Mentira —le contesté—. La que dijo que sí primero fui yo. Tú solo me seguiste.

—¿Y vamos a tener que volver? —preguntó, y su voz se quebró un poco en la última palabra, entre el miedo y algo que se parecía demasiado a las ganas.

—Mientras estés en casa estas dos semanas… sí. No sé si es premio o castigo.

Las dos nos reímos otra vez, pero esta vez la risa traía un fondo distinto. Daniela se quedó pensando, con la mirada perdida en la ventana, y yo supe exactamente en qué pensaba porque yo pensaba en lo mismo: en lo que habíamos descubierto la una de la otra esa tarde, y en que nada iba a volver a ser igual entre nosotras.

Se metió a bañar y yo la esperé tirada en la cama, con la mirada en el techo y el cuerpo todavía vibrando. Cuando salió, envuelta en la toalla y con el pelo escurriendo, evitó mirarme demasiado tiempo. Yo me bañé después y la tarde siguió su curso de manera natural. No volvimos a hablar del tema. Solo nos cruzábamos miradas cómplices de vez en cuando, una sonrisa torcida, un roce al pasar por el pasillo, cuidando de no llamar la atención de nadie en casa.

Así llegó la noche.

***

Cenamos las dos con mi familia como si nada, hablando de cualquier cosa, y a media cena ella me dio un pisotón por debajo de la mesa que casi me hace tirar el vaso. Le devolví el golpe con la rodilla y tuve que disimular la risa con un trago de agua. Era nuestro secreto, ardiendo entre los dos bajo el mantel, y nadie en esa mesa tenía la menor idea.

Cuando por fin todos se fueron a dormir, Daniela y yo nos acostamos juntas en mi cama, como llevábamos haciendo toda la semana. Apagamos la luz. Le di la espalda y ella la suya, cada una en su orilla, fingiendo que el día había terminado como cualquier otro.

Pero yo no podía dormir.

Estaba extremadamente caliente. El cuerpo me pedía algo a gritos, una boca, unas manos, lo que fuera, y la cabeza no dejaba de repasar lo de esa tarde una y otra vez. Por un momento pensé en levantarme, salir del cuarto y buscar mi propio alivio lejos de ahí, en cualquier rincón oscuro de la casa. Pero no quería arriesgarme a que Daniela despertara, no me encontrara al lado y saliera a buscarme. No quería tener que explicar nada.

Así que opté por lo más sencillo y lo más peligroso a la vez: quedarme exactamente donde estaba.

Metí la mano despacio bajo las sábanas, sin moverme apenas, controlando hasta la respiración. Empecé a tocarme con la punta de los dedos, con un cuidado de relojero, atenta al menor crujido del colchón. Y descubrí algo que no esperaba: tenerla ahí, a centímetros de mi cuerpo, dormida y ajena, me ponía muchísimo más. Cada vez que ella respiraba hondo yo sentía un calor nuevo subirme por la espalda. Masturbarme junto a mi prima, sin que se diera cuenta, era el doble de placer.

O eso creía yo.

Estaba tan mojada que se me escapaba el sonido. Mis dedos resbalaban y se escuchaba un chapoteo mínimo que en el silencio del cuarto me parecía un escándalo. Sentía la sábana humedecerse bajo mis caderas, todo escurriendo, todo desbordado. Ya estaba cerca, muy cerca, conteniendo el aliento para no gemir, cuando me di cuenta de algo que me cortó la respiración por completo.

Daniela no dormía.

***

Lo supe por su respiración, que ya no era pareja sino entrecortada, retenida, igual que la mía. Lo confirmé cuando se le escapó un sonido, apenas un gemido ahogado contra la almohada que ella intentó disfrazar de suspiro. Mi prima fingía dormir a mi lado. Y se estaba tocando igual que yo.

Por un segundo me quedé congelada, con los dedos quietos, preguntándome si debía decir algo, voltearme, romper la mentira que las dos sosteníamos. Pero no lo hice. Ninguna de las dos lo hizo. Había algo perfecto en ese juego silencioso, en seguir cada una en lo suyo sabiendo que la otra estaba haciendo exactamente lo mismo, las dos despiertas, las dos encendidas, las dos calladas.

Seguí. Más lento al principio, escuchándola, midiendo su ritmo contra el mío. Cuando ella aceleraba, yo aceleraba. Cuando se le escapaba un jadeo, yo apretaba los dientes para no contestarle con otro. Era una conversación entera sin una sola palabra, hecha de respiraciones y de ese chapoteo húmedo que ya no intentábamos esconder, el sonido de nuestros dedos hundidos cada una en su sexo, llenando esa habitación oscura como si fuera la única música del mundo.

El colchón se movía con las dos a la vez. Yo sentía su cadera rozar la mía cada tanto, un contacto casual que no lo era, y ese roce me llevaba más cerca del borde. La tensión se fue acumulando entre nosotras como una cuerda que se tensa, hasta que llegó el momento en que ninguna pudo seguir disimulando.

Y nos vinimos casi al mismo tiempo.

Sentí el orgasmo recorrerme entera, los músculos del vientre apretándose, las piernas tensas, y a mi lado la sentí a ella tensarse igual, arquearse, soltar por fin ese gemido largo que llevaba media noche guardando. Las dos temblando, las dos deshaciéndonos en silencio en la misma cama, una junto a la otra, sin tocarnos pero sintiéndolo todo.

***

Después vino lo que de verdad me dejó sin aire.

Daniela se volteó hacia mí, todavía respirando agitada, y buscó mi brazo en la oscuridad. Me lo tomó a la altura del pecho, con la mano abierta, sin urgencia, como quien se sujeta de algo para no caerse. Yo, sin pensarlo, dejé mi mano mojada sobre su muslo, casi rozando ahí donde ella acababa de terminar, y la sentí estremecerse una última vez con el contacto.

No dijimos nada. No hacía falta.

Poco a poco la sentí relajarse. Acomodó la cabeza en mi hombro, atrapó mi mano entre el colchón y su cuerpo todavía caliente, y respiró hondo, recuperando el aliento. Yo empecé a quedarme dormida con su peso encima, con su mano cerrada sobre mi pecho como si tuviera miedo de que me fuera.

La última cosa que recuerdo de esa noche es su respiración volviéndose pesada, lenta, hasta convertirse en un ronquido suave contra mi cuello. Mi prima se durmió abrazada a mí, y yo me quedé dormida también, con los dedos todavía descansando en el calor de su entrepierna, las dos rendidas, las dos en paz por primera vez en todo el día.

A la mañana siguiente ninguna mencionó nada. Nos levantamos, desayunamos con la familia, nos cruzamos la misma sonrisa cómplice de siempre. Pero las dos sabíamos que aquella línea que esa tarde no nos habíamos atrevido a cruzar, esa noche la habíamos borrado para siempre. Y que faltaban trece días más para que Daniela se fuera de casa.

Trece noches. Y yo ya estaba contando.

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Comentarios (6)

LolaVega23

increible!! me quede con la boca abierta. necesito la segunda parte ya!

Rodrigo_Pba

El final me dejo con ganas de mas, ojalá haya continuacion. Muy bien escrito.

SorprendidaRR

Me recordo a una noche de verano con mi prima... ese silencio incomodo que lo dice todo sin palabras. Tremendo relato.

NachoCdad

Buenísimo, ese momento de tensión antes de que todo estalle es lo mejor del relato. Saludos!

Denacho72

genail jajaja, que situacion tan comprometida... y tan caliente

Daniela_BsAs

Dios mio que relato... lo tuve que releer dos veces. Sigan subiendo cosas asi!

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