Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi paciente me sedujo en la cuarta sesión

Llevo ocho años recibiendo gente en este consultorio y creía haberlo visto todo. Madres al borde del colapso, hombres que lloraban por primera vez en su vida, parejas que se gritaban en mi sala como si yo no existiera. Tenía un método, una distancia profesional que nunca había fallado. Hasta que llegó ella.

Lucía tenía veinticuatro años y la habían derivado a terapia después de un episodio de acoso con un compañero de la facultad. Entró a mi consulta con los brazos cruzados, el ceño tenso y esa actitud de quien preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo.

—Buenas tardes —le dije, señalándole el sillón frente al mío.

Se sentó en el borde, como si no pensara quedarse mucho. Las primeras tres sesiones fueron un muro. Yo preguntaba y ella respondía con monosílabos, con encogimientos de hombros, con silencios que estiraban los cincuenta minutos hasta volverlos eternos. Salía de cada cita con la sensación de no haber avanzado un solo paso.

La cuarta sesión decidí cambiarlo todo.

Dejé la libreta de preguntas sobre el escritorio, me quité los zapatos y subí los pies al sillón, acomodándome como si estuviera en mi propia casa. Quería que el aire de interrogatorio desapareciera, que ella sintiera que ahí no había un juicio, solo una conversación.

Funcionó mejor de lo que esperaba.

Lucía aflojó los hombros casi de inmediato. Tomó un trago largo de la limonada que ofrecemos en recepción, se recostó contra el respaldo y, por primera vez, empezó a hablar sin que yo tuviera que tirarle de la lengua.

—Ese chico no siempre fue un problema, ¿sabe? —dijo, mirando el vaso—. Al principio era atento. Demasiado, quizá.

Le pregunté, con cuidado, si habían tenido algún trato antes del conflicto.

—Sí. Él me escribió primero. Me mandaba mensajes con sus amigos, consiguió mi número, me llamaba todas las noches. —Hizo una pausa—. Las conversaciones eran… distintas a todo lo que yo conocía.

Algo en su tono cambió. Bajó la voz, se mordió el labio inferior y apoyó las manos sobre sus muslos. Llevo demasiados años leyendo cuerpos como para no reconocer lo que estaba viendo.

—¿Distintas en qué sentido? —pregunté, manteniendo la voz plana.

—Excitantes —respondió sin rodeos—. Mensajes con insinuaciones, después fotos. Él saliendo de la ducha, en ropa interior, mostrándome pedazos de sí mismo. Yo nunca había tenido novio. Siempre fui la tímida, la inexperta. Y aun así mi cuerpo reaccionaba.

Asentí despacio, como si tomara nota mental, aunque por dentro algo empezaba a desordenarse. Concéntrate, me dije. Es tu trabajo.

—¿Y crees que esa atención es lo que te dejó tan vulnerable? —ofrecí.

—Tal vez. —Cerró los ojos un instante—. Una noche me llamó mientras estaba con otra chica. Me hizo escuchar todo. Cada sonido.

Tragué saliva. Lucía echó la cabeza hacia atrás contra el sillón y subió una mano lenta por su propio cuello, acariciándose mientras hablaba, como si reviviera la escena.

—Pensé que iba a darme rabia —siguió—. Pero no. Me imaginaba que era yo la que estaba en esa cama. Quería ser yo.

Y entonces soltó un suspiro entrecortado, casi un gemido, que me sacó por completo de mi lugar de terapeuta.

***

No sé en qué momento exacto se me escapó el control de la situación.

Lucía empezó a subirse el borde de la falda con la punta de los dedos, despacio, como si yo no estuviera frente a ella. Me quedé paralizada en mi sillón, con los pies todavía recogidos, incapaz de articular la frase profesional que se suponía que debía decir.

En ocho años de consulta jamás había presenciado algo semejante. Y lo peor no era eso. Lo peor era el calor que sentía subir por mi propio cuerpo, la humedad incómoda entre mis piernas, el pensamiento que se coló sin permiso: quiero verla.

Ella corrió la tela de su ropa interior hacia un costado y se acarició sin pudor, mirándome directo a los ojos. Había algo travieso en esa mirada, una malicia tranquila, como si supiera exactamente lo que provocaba.

—Eso debió ser muy difícil para ti —murmuré, clavando la vista en el suelo, intentando agarrarme a las únicas palabras que conocía—. ¿Quieres contarme más?

—No me molestó —dijo ella con una media sonrisa—. Me excitó escucharla. Me dio envidia. Quería provocar yo esos gemidos.

Me removí en el sillón. Quise pensar que era para acomodarme, pero las dos sabíamos que no. Cuando levanté la mirada, ella seguía observándome, fija, oscura, sin un gramo de la timidez que decía tener.

—¿Quieres llevar la terapia a algo más práctico? —preguntó.

Fue como un golpe. Me levanté de un salto, contra todos mis principios, y caminé hacia la puerta. Necesitaba salir de ahí, respirar, recuperar la cabeza, porque sentía que estaba perdiendo una batalla que ni siquiera había decidido pelear.

Llegué hasta la manija. Apoyé la mano en ella. Y un escalofrío me recorrió la espalda entera.

Entonces, como si algo ajeno a mí tomara la decisión, giré el seguro. Nos dejé encerradas.

—¿Qué quieres que haga? —pregunté, dándome cuenta de que estaba cruzando una línea que no tenía vuelta atrás.

Lucía se puso de pie y caminó hacia mí con esos ojos claros enormes, llenos de deseo. Antes de que pudiera arrepentirme, se lanzó sobre mi cuello.

***

Cerré los ojos y me dejé llevar.

Su lengua dibujaba círculos en mi piel, subía y bajaba, se apoderaba de cada centímetro de mi cuello. Yo intentaba empujarla por los hombros, débilmente, una resistencia que ni yo me creía, y ella solo se aferraba con más fuerza. La supuesta inexperta no titubeaba en absoluto.

Una de sus manos me sujetó el pelo de la nuca y tiró hacia atrás, arqueándome contra la pared. La otra recorrió mi vestido hasta encontrar, sobre la tela, el punto exacto donde yo ardía. Soltó una risa baja al notar lo empapada que estaba.

Quise girarme, no sé si para escapar o para tenerla de frente, y el movimiento solo sirvió para que me arrancara el suéter de un tirón. Después fueron los botones de la camisa, abiertos de par en par, dejando a la vista mi sujetador de encaje violeta.

Trastabillé. Caí al suelo, medio desnuda, con el corazón golpeándome el pecho. Intenté gatear hacia el sillón, más por instinto que por idea, y esa fue la peor y la mejor decisión de la tarde.

Lucía me sujetó de las caderas con una fuerza que ella misma parecía descubrir en ese momento y me arrastró de vuelta hacia su cuerpo. Sentí su lengua rozarme la nalga, una caricia húmeda y tibia que me hizo arquear la cabeza y soltar un jadeo que ya no intenté contener del todo.

A esas alturas mi cuerpo había dejado de obedecerme.

Apoyé la cara contra la alfombra de la sala, dejé de luchar y, con mis propios dedos, corrí a un lado la última tela que me cubría. Fue una invitación, y ella la aceptó al instante. Su lengua primero, sus dedos después, entrando en mí con una seguridad que me dejó sin respiración.

Gemía en un silencio desesperado, mordiéndome los labios para que no se escapara ningún sonido por debajo de la puerta. Sus dedos entraban y salían, cambiaban de ritmo, de profundidad, como los de alguien que sabía perfectamente lo que hacía.

Yo acompañaba el vaivén con las caderas, hundiéndome contra su mano, perdida en una sensación que hacía demasiado tiempo no me permitía. Cuando sentí que el placer me desbordaba, llegué con un temblor largo que me dejó tendida boca abajo sobre la alfombra, jadeando.

Ella no se detuvo. Siguió un poco más, hasta que el roce volvió a encenderme.

***

Algo se había soltado dentro de mí, y ya no pensaba detenerme a medias.

Me incorporé, todavía con las piernas temblando, y le pedí que se recostara. Nunca había estado con una mujer. Ocho años escuchando deseos ajenos y jamás me había permitido este. No iba a dejar pasar la oportunidad.

La recosté sobre la alfombra y me tomé mi tiempo. Abrí con las dos manos los pliegues de su sexo y la recorrí con la lengua, despacio al principio, descubriendo un sabor dulce y un perfume que se me quedó pegado a la memoria durante días. Ella enredó los dedos en mi pelo, arqueó la espalda y dejó de fingir cualquier timidez.

Aprendí rápido. Escuchaba su respiración, seguía la manera en que sus caderas buscaban mi boca, ajustaba el ritmo a cada uno de sus quejidos. Cuando sentí que estaba a punto, presioné con la lengua y la sostuve ahí hasta que se vino contra mi cara con un gemido ahogado.

Después nos quedamos las dos tumbadas, lado a lado, juntando los labios entre jadeos, recuperando el aliento. Su mano buscó la mía y entrelazó los dedos. Fue ese gesto, y no lo anterior, lo que de verdad me asustó.

El golpe seco en la puerta me devolvió al mundo.

Era mi recepcionista. Habían pasado los cincuenta minutos y mi siguiente paciente ya estaba por llegar. Le tapé la boca a Lucía con la mano, conteniendo una risa nerviosa, y respondí que saldría en unos minutos.

Nos vestimos a toda prisa. Antes de salir, ella se paró frente a mí, me sujetó la cara y me besó con una intensidad a la que no supe ni quise resistirme. Después se acomodó el pelo, recuperó su compostura de paciente tímida y esperó a que yo abriera.

Encendí una vela, perfumé el consultorio para borrar cualquier rastro y la acompañé hasta la entrada como si nada hubiera ocurrido.

—Veo avances —le dije a mi recepcionista, con la voz más firme que pude—. Agendá la próxima cita.

Lucía me miró con los ojos muy abiertos y asintió. Reservamos un viernes por la noche, el último turno, cuando ya no quedaría nadie en el edificio.

Lo que pasó esa noche es otra historia, y prefiero contarla con calma.

Solo diré que aquella sesión no fue la última. Que hace meses dejé de cobrarle. Y que ahora, los fines de semana, soy yo la que toca su puerta.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

GabyBA_23

que relato!! me dejo sin palabras de verdad, uno de los mejores que lei por aca

Romina_lect

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo despues...

MarisolFC

increible!!!

ClaraCba21

Me recordo a algo que me paso con alguien de confianza hace años. Esa sensacion de que algo se rompe sin que nadie lo toque... muy bien capturado.

AleNocturna

A ver, necesito saber si esto es real o inventado porque se siente muy autentico jeje. Igual el relato esta muy bueno sea como sea

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.