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Relatos Ardientes

La desconocida del bar me llevó al baño de señoras

Esa noche habíamos quedado en un bar pequeño del centro, de esos con luz baja y música que no molesta para conversar. Yo estaba con Diego, mi pareja, y nos había acompañado un amigo suyo del trabajo con su novia. Él se llamaba Tomás. Ella, Renata.

Los dos hombres se enredaron casi de inmediato en una conversación sobre un proyecto que tenían entre manos. Plazos, reuniones, nombres de clientes que a mí no me decían nada. Asentí un par de veces por cortesía y después dejé de fingir interés.

Fue entonces cuando me fijé en Renata de verdad.

Era guapa de una manera que costaba ignorar. Pelirroja, con el pelo recogido en un moño flojo del que se escapaban algunos mechones. Llevaba un vestido oscuro y ajustado, y tenía una forma de sostener la copa, con dos dedos por el tallo, que parecía estudiada sin serlo. Me sorprendí mirándola más de la cuenta.

Ella levantó la vista y me descubrió. En lugar de apartar los ojos, sonrió. Una sonrisa lenta, sin prisa, que me dejó claro que no le molestaba ser observada. Le devolví la sonrisa y giré la cabeza hacia los chicos, como si su charla me importara.

Aguanté unos segundos. Después volví a mirarla.

Esta vez fue ella la que hizo un gesto. Un movimiento mínimo de la barbilla hacia la puerta del fondo, donde estaban los baños. ¿En serio está pasando esto?, pensé. Pero ya tenía el corazón golpeándome el pecho y una respuesta clara en el cuerpo, aunque mi cabeza tardara en alcanzarla.

Renata cogió su bolso de la silla.

—Voy un momento al baño —dijo, sin dirigirse a nadie en particular.

Conté hasta cinco. Dejé mi copa en la barra.

—Yo también —murmuré, y nadie me prestó atención.

El pasillo del fondo estaba más oscuro que el resto del bar y olía a jabón barato. Empujé la puerta del baño de señoras y allí estaba ella, apoyada contra el lavabo, esperándome como si lo hubiéramos planeado durante semanas.

—Pensé que no vendrías —dijo.

—Casi no vengo.

Se apartó un mechón de la cara con un dedo.

—Estás muy guapa esta noche.

—Tú estás peligrosa —contesté, y me sorprendió mi propia voz, ronca, distinta.

Di un paso hacia ella. El espacio era estrecho y bastó ese gesto para que quedáramos pegadas, con la tela de mi blusa rozando su vestido. Sentí su perfume, algo cálido y dulce, y por debajo el calor de su piel.

***

Fue ella quien acercó primero la boca. No hubo titubeo, ni el típico segundo de duda en el que una busca el permiso de la otra. Sus labios encontraron los míos y nos besamos despacio, probándonos, hasta que el beso se volvió hambriento y nuestras lenguas dejaron de tener cuidado.

Besaba con una intensidad que me desarmó. Le pasé las manos por la cintura, bajé hasta sus caderas y la apreté contra mí. Ella me mordió el labio inferior y soltó una risa baja cuando me oyó respirar entrecortado.

Un ruido en el pasillo nos detuvo en seco. Pasos, una conversación lejana que se acercaba. La agarré de los hombros, la metí en el cubículo del fondo y eché el pestillo. Nos quedamos quietas, conteniendo la risa, mientras alguien entraba, abría un grifo y volvía a salir.

En cuanto se hizo el silencio otra vez, Renata reanudó lo que habíamos dejado a medias, ahora con menos cuidado todavía.

Me senté en el borde de la repisa estrecha que había junto al inodoro, abrí las piernas y la atraje hacia el hueco que dejaba entre ellas. Me besó el cuello, me lo mordisqueó, fue bajando por la clavícula mientras sus manos buscaban el borde de mi blusa.

Me desabrochó los botones de arriba con una paciencia que contrastaba con todo lo demás. Después me bajó el sujetador sin quitármelo del todo y dejó mis pechos al aire, expuestos a la luz fría del baño.

—Llevo media hora pensando en esto —susurró antes de cerrar la boca sobre uno de mis pezones.

Lo lamió, lo apretó suavemente entre los dientes, y un escalofrío me recorrió la espalda entera. Pasó de un pecho al otro, sin descuidar ninguno, alternando la lengua y los dedos. Cada caricia me arrancaba un suspiro que yo intentaba ahogar para que no se oyera fuera.

Le hundí las manos en el pelo y le deshice el moño sin querer. Cayó pelirrojo y suelto sobre sus hombros. Le acaricié los brazos, la nuca, todo lo que mis dedos alcanzaban, mientras ella seguía bajando.

Me subió la falda hasta la cintura. Yo levanté las caderas para ayudarla y dejé que me apartara la ropa interior con un solo dedo. El frío de la repisa contra la piel desnuda me hizo apretar los dientes.

—Apoya la pierna ahí —me indicó, señalando la pared.

Le hice caso. Alcé la pierna izquierda, apoyé el pie contra los azulejos y me recliné hacia atrás, completamente abierta para ella. Me sentí vulnerable y, al mismo tiempo, más excitada de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.

Renata se arrodilló en el poco espacio que había. Empezó con la lengua plana, un recorrido largo y lento que me hizo arquear la espalda. Después se concentró, succionó con los labios, dibujó círculos con la punta. Yo me llevé la mano al vientre para sostenerme y terminé apoyándola en su cabeza, guiándola sin querer.

—No pares —le pedí en voz muy baja—. Por favor, no pares.

No paró. Cambió el ritmo, lo aceleró, lo volvió a frenar justo cuando creía que iba a llegar, jugando conmigo. Me temblaban las piernas. La música del bar nos llegaba amortiguada, como desde otro mundo, y eso lo hacía todo más vertiginoso: estábamos a unos metros de nuestras parejas y ninguna de las dos pensaba detenerse.

Le tiré del pelo, acerqué su boca más a mí, y entonces sí, dejó de jugar. El placer me subió de golpe, denso, imparable. Me mordí el dorso de la otra mano para no gritar y me deshice contra su lengua, sacudiéndome, sin aire.

***

Tardé unos segundos en volver. Cuando abrí los ojos, ella me miraba desde abajo con una sonrisa de medio lado, los labios brillantes.

—Te toca —dije, todavía con la respiración rota.

La hice levantarse y cambiamos posiciones. Le bajé los tirantes del vestido y dejé que se deslizara hasta su cintura. Sus pechos quedaron libres y me incliné a lamerle uno, despacio, apretándolo con la mano mientras notaba cómo se le aceleraba la respiración.

No había mucho sitio, así que improvisamos. La senté en la tapa cerrada del inodoro y le abrí las piernas. Ella se echó hacia atrás, apoyó la espalda contra la cisterna y subió las rodillas para dejarme espacio.

La acaricié primero con la palma de la mano, de arriba abajo, sintiendo lo mojada que estaba. Le di un par de palmadas suaves que la hicieron gemir y morderse el labio. Después me arrodillé.

Usé la lengua igual que ella había usado la suya conmigo, devolviéndole cada cosa. La lamí entera, me detuve donde sabía que más le gustaba y, cuando empezó a moverse buscando más, le metí un dedo. Lo hundí despacio, con ritmo, mientras seguía con la boca.

Renata me agarró del pelo y empezó a mover las caderas contra mi cara, perdido ya cualquier pudor. Jadeaba, temblaba, susurraba cosas que apenas entendía. La sostuve por la cadera con la mano libre para que no se cayera del borde.

—Ya casi —dijo, con la voz quebrada—. No te apartes.

Aumenté el ritmo del dedo y apreté la lengua justo donde la necesitaba. La sentí tensarse de golpe, cerrar los muslos alrededor de mi cabeza, y la oí soltar un gemido largo que tuvo que tragarse a medias. Se corrió temblando, agarrada a mi pelo, con todo el cuerpo sacudiéndose.

Me quedé un momento más entre sus piernas, sintiendo cómo se relajaba poco a poco, antes de subir a besarla. Se probó a sí misma en mi boca y no le importó. Me devolvió el beso con una ternura inesperada, casi dulce después de todo lo demás.

***

Nos quedamos un rato así, abrazadas en aquel cubículo absurdo, riéndonos en voz baja de lo que acabábamos de hacer. Después nos recompusimos lo mejor que pudimos. Ella se rehízo el moño frente al espejo. Yo me abroché la blusa y me alisé la falda, intentando borrar cualquier rastro.

—¿Vamos a actuar como si nada? —pregunté.

—Vamos a actuar como si nada —confirmó ella, divertida—. Pero dame tu número antes de salir.

Salimos del baño con unos minutos de diferencia. Cuando volví a la mesa, Diego ni siquiera levantó la vista; seguía enfrascado en su charla con Tomás. Renata llegó un poco después, se sentó junto a su pareja y me cruzó una mirada rápida por encima de las copas.

Una mirada que lo decía todo, y que nadie más en aquella mesa supo leer.

Terminé mi cerveza intentando contener la sonrisa. Pensé en lo fácil que había sido, en cómo una sola mirada bastó para encender algo que llevaba dormido sin que yo lo supiera. Esa noche descubrí que el deseo no siempre avisa, y que a veces aparece justo donde una menos lo espera: entre dos cervezas, en el baño de un bar cualquiera, en los ojos de una desconocida.

Guardé su número con un nombre falso en el teléfono. Algo me decía que aquella no iba a ser la última vez.

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Comentarios (4)

CamiRubia

Increible!! me quede pegada leyendo hasta el final

rodrigo_baires

Por favor que haya segunda parte, se corto justo cuando se estaba poniendo bueno jaja

MarisolMdQ

Me encanto el detalle de la mirada antes de seguirla. Eso lo dice todo sin decir nada.

Roxita_baires

Algo parecido me paso en una disco hace como tres años jaja, esas cosas te quedan grabadas para siempre

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