Lo que hice con Renata en el fondo del autobús
Habían pasado un par de años cuando entendí que seguir en aquella casa me estaba consumiendo por dentro. Cursaba el último año de la carrera y la relación que arrastraba con Bianca ya no me hacía bien. Seguíamos teniendo encuentros a escondidas, pero controlar lo que sentía se había vuelto imposible. Me ponía de mal humor cada vez que llegaba mi padre, y llegué a guardarle un rencor absurdo, porque él ocupaba el lugar que yo deseaba para mí.
Como Bianca no movía un dedo para que las cosas fueran distintas, decidí irme. A los veintidós tuve acceso a la herencia que me había dejado mi madre, así que compré un apartamento pequeño y me independicé. Era joven y tenía unas ganas enormes de exprimir esa libertad recién estrenada. Vivir sola desencadenó todo: fiestas, mujeres, algún que otro hombre, y sexo, mucho sexo.
Conseguí un trabajo de media jornada. Por la mañana estudiaba y cuatro tardes a la semana atendía en un bar restaurante. Y, entre todo eso, seguía viéndome con Renata.
Renata frecuentaba mi apartamento con la naturalidad de quien tiene una copia de la llave del deseo. Una tarde que yo no entraba a trabajar, salimos juntas de clase y subimos directo a casa. Veníamos encendidas desde la facultad, sin un solo rincón donde descargar las ganas, así que en cuanto cerré la puerta nos besamos con una desesperación que no entendía de paciencia.
La ropa empezó a estorbar y nos la fuimos quitando por el pasillo. Me senté en el borde de la cama con ella encima de mí. Le había soltado la camisa y tenía uno de sus pechos en la boca mientras ella me acariciaba la espalda. Metí la mano bajo su pantalón y sentí su humedad en los dedos.
Me levanté y la empujé sobre el colchón. Busqué el arnés y me lo coloqué a toda prisa. Le quité el pantalón, hice a un lado su tanga mojada sin molestarme en sacársela y empecé a penetrarla. Ella gritaba contra mi oído mientras yo entraba y salía de ella con un ritmo que no admitía tregua.
El primer orgasmo llegó pronto, urgente, casi rabioso. Después, ya más calmada, me dediqué al resto de su cuerpo. Le hice un oral lento, recogiendo con la lengua lo que su placer había dejado. Entonces ella se revolvió, me tiró sobre la cama y se metió entre mis piernas. Con la boca y los dedos me arrancó dos orgasmos seguidos.
Luego se puso el arnés. Me hizo ponerme a cuatro patas y me embistió sin contemplaciones. Sentía sus uñas clavadas en mis nalgas y sus movimientos cada vez más feroces. De pronto noté sus dedos buscando otra entrada, y en un instante el arnés salió de mi sexo y se hundió en mi ano. Lo metió de golpe. Mis brazos cedieron y caí de cara contra la almohada.
Hacía tiempo que nadie me tomaba por ahí. Necesité un par de segundos para reaccionar. Ella, al notar que me había dolido, se detuvo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, solo dame un momento.
Renata se quedó quieta. Empezó a besarme la espalda y a acariciarme los pechos, todavía dentro de mí. Poco a poco sus caderas retomaron el movimiento, primero suave, después con más decisión. Cuando sus embestidas se volvieron firmes, la hice sentarse en la cama, me acomodé sobre ella y volví a meterme el arnés en el culo, subiendo y bajando a mi propio ritmo. El orgasmo fue intenso, profundo. Caímos agotadas y dormimos buena parte de la tarde.
***
Días más tarde, ella entraba a clase antes que yo. Una mañana, todavía en casa, me llegó un mensaje suyo: «Estoy caliente en clase, tráete el arnés, te necesito».
Por supuesto que lo metí en el bolso. Entré a la segunda clase, que compartíamos, y pasé la hora con los pezones a punto de estallar. Al terminar fuimos a los baños, pero estaban llenos de gente, así que decidimos buscar el descampado que quedaba detrás de los bloques de aulas. Caminamos unos quince minutos y, cuando estuvimos seguras de que no había nadie cerca, nos besamos con la misma desesperación de siempre.
Saqué el arnés. Le hice un oral y comprobé que llevaba mojada un buen rato. Ella se sentó sobre el tronco de un árbol caído, y yo, debajo, sentía sus manos empujándome la cabeza para que no me apartara. Escuchaba sus gemidos y eso me ponía a mil. La levanté, la volteé, y ella apoyó las palmas en la corteza dejándome el camino libre.
Me había prometido algo que nunca le había dado a nadie. Empecé a tantear con un dedo, sabiendo que no se resistiría porque estaba ardiendo. Recogí su humedad y fui masajeando con paciencia hasta poder meter dos dedos, una y otra vez. Cuando consideré que estaba lo bastante lubricada, entre sus propios jugos y mi saliva, apoyé el arnés e hice un poco de presión. Ella se quejó.
—Mmmm.
—¿Te duele?
—Un poco, pero sigue…
—No te muevas. Si llegas a sentir que es demasiado, me lo dices.
—Sí, amor, sigue.
Mantuve la presión y, poco a poco, el arnés fue abriéndose paso. Ella seguía quejándose, pero me pedía que no parara. Una vez dentro del todo, me quedé inmóvil unos instantes. Después empecé a sacarlo despacio y volvió a gemir. Lo metí de nuevo, esta vez con más facilidad, y arqueó la espalda. Cada vez entraba mejor. Tras unas cuantas embestidas ya se escuchaba ese sonido inconfundible de mi pelvis chocando contra sus nalgas.
La tenía agarrada de las caderas y la oía gemir tan alto que me preocupaba que alguien nos descubriera. Me acomodé para alcanzarle el clítoris y, cuando empecé a dibujar círculos sobre él, Renata reventó en un orgasmo poderoso que la dejó temblando contra el tronco.
Apenas se recuperó, escuchamos ruidos cerca. Ella se vistió a toda prisa y yo me recompuse como pude, aunque no me dio tiempo de quitarme el arnés. Me subí el pantalón por encima y salimos casi corriendo de allí. Caminaba con una sensación extrañísima entre las piernas.
***
Tomamos un autobús y nos fuimos hasta el final del pasillo, porque no quería que nadie notara el bulto raro bajo mi ropa. El coche iba casi vacío, unas seis personas repartidas en la parte delantera, así que nos sentamos atrás del todo. Intenté que Renata me tapara para sacarme el arnés, pero la muy descarada me detuvo. Se acomodó la falda, apartó la tanga a un lado y se sentó sobre mis piernas, con el arnés apuntando justo a su sexo.
Yo estaba en éxtasis. Estábamos haciéndolo en el autobús, delante de otra gente. Esa idea me disparó hasta un punto que no creía posible. Entre excitada, asustada y muerta de nervios, la veía girar la cabeza para mirarme, y cada vez que el coche brincaba en algún bache ella gemía y se mordía la mano para no gritar.
Un par de paradas más adelante subieron varias personas. Para entonces yo ya estaba aterrada, pero Renata no se bajaba de mis piernas. Aguantamos así, con el corazón en la garganta, hasta que el autobús llegó cerca de mi casa.
En cuanto cerré la puerta del apartamento la agarré con fuerza, le arranqué la tanga y, con la falda todavía puesta, le metí el arnés y me la cogí como había querido hacerlo en el bus y no había podido. Ella gritaba, yo gritaba, y el orgasmo que tuvimos fue puro desahogo de algo tan salvaje que casi nadie llega a cumplir.
Después nos arrancamos el resto de la ropa y, en el suelo del salón, hicimos las tijeras. La miraba con un deseo que no sabía contener y ella me devolvía la mirada igual de hambrienta. Gemíamos sin freno. Tengo vecinos, claro, pero no me importaba en absoluto; me excitaba la idea de que supieran que ahí dentro alguien lo estaba pasando muy bien. Los sonidos de Renata me empujaban a moverme más rápido, hasta que terminamos las dos a la vez.
Nos quedamos tiradas en el suelo un buen rato. Luego nos levantamos y fuimos a ducharnos. Bajo el agua, ella se pasó la mano por detrás y se quejó. Me preocupé al instante; temía haberla lastimado con tanta calentura. Por un segundo me arrepentí de haberla tomado por ahí.
—¿Te duele?
—Sí, un poco.
—Déjame ver.
Me arrodillé y le separé las nalgas para comprobar si tenía alguna fisura o irritación. Lo vi enrojecido y eso me asustó más.
—Está un poco rojo.
—Igual es normal.
—Me da miedo. ¿Y si vamos al médico?
—No, ¿cómo se te ocurre? Seguro no es nada.
La abracé y le besé el cuello mientras le acariciaba la espalda. A pesar de que lo nuestro era una relación de puro sexo y lujuria, me permitía tocarla también con ternura. No teníamos nada serio: ella tenía sus líos con chicos y yo no le guardaba ninguna fidelidad, pero entre nosotras existía un vínculo especial, difícil de nombrar.
Como esa tarde no trabajaba, nos quedamos haciendo el tonto en casa. Cocinamos, vimos películas. No me quedé tranquila, porque notaba que le costaba sentarse y tuvo que ponerse un cojín bajo el cuerpo para estar cómoda en la mesa.
***
Cuando Renata se durmió, me sonó el teléfono. Era Bianca.
—Hola, cielo, ¿cómo estás?
—Muy bien, ¿y tú?
—De maravilla. ¿Qué tal las clases y el trabajo?
—Todo en orden, gracias. Bianca, ¿te puedo preguntar algo?
—Claro, mi amor, dime.
—Tuve sexo anal con una chica.
—¿Tú o ella?
—Yo la penetré.
—¿Y todo bien?
—En el momento sí, pero después empezó a dolerle. La revisé y la tiene un poco inflamada y roja. No le veo ninguna fisura, pero le molesta bastante.
—Ay, amor… Seguro el arnés que usaste era demasiado grande para ella. Le va a molestar unos días. Pásate por la farmacia y compra una crema con antiinflamatorio y antibiótico, se la aplicas y a esperar. De todos modos, lo mejor sería que la viera un médico, por prevenir.
—Ya le dije de ir, pero no quiere. Iré por la crema a ver si así se siente mejor. Intenté lubricarla todo lo posible y en el momento estuvo perfecto. No recuerdo que conmigo fuera tan complicado: me dolió un instante y ya está.
Bianca me dio un par de recomendaciones más y el nombre de la crema. Antes de que Renata despertara salí a la farmacia. Cuando volvió a abrir los ojos se la apliqué, y al cabo de unas horas empezó a sentirse mejor. Al día siguiente ya casi no notaba nada. De verdad que fue un buen susto.
Pero me quedé con la satisfacción de haber sido la primera en reclamar esa parte de ella que nunca había entregado.
A la mañana siguiente nos duchamos juntas para ir a la facultad, no sin antes masturbarnos la una a la otra bajo el agua. Renata era una mujer demasiado caliente, me fascinaba. Solo quería estar tocándola, besándola, teniéndola cerca a todas horas.
***
Pero entonces ella empezó a salir con un chico y la cosa pintaba en serio. Poco a poco nos fuimos distanciando. Yo entendía la razón: yo era su secreto, lo que nadie podía saber. A mí me daba igual lo que pensara la gente, pero por respeto a ella nos cuidábamos mucho. Así que, sin dramas ni toxicidad, nuestro tiempo de sexo salvaje fue apagándose solo.
Aun así, jamás olvidaría aquellas tardes en el descampado de la facultad, los encierros en mi apartamento, ni la vez que lo hicimos en el último banco de un autobús lleno de desconocidos.
Por cierto, aunque me hubiera ido de casa de mi padre, Bianca solía aparecer de vez en cuando con la excusa de asegurarse de que comía bien y tenía ropa limpia. Y también acabábamos en la cama. Se negaba a dejar a mi padre, pero tampoco era capaz de negarse a mí. Conmigo lo pasaba mucho mejor, y las dos lo sabíamos.
Como trabajaba en el bar hasta tarde, de tanto en tanto encontraba alguna otra compañía con la que gritar de placer hasta que cerraba el local. La libertad que tanto había buscado al irme de casa resultó ser exactamente lo que esperaba: mía, intensa y sin pedir permiso a nadie.