La noche que mis medias cambiaron todo con Daniela
Daniela y yo nos conocíamos desde el primer año de la facultad, y para cuando cumplimos los veintiuno ya habíamos perdido la cuenta de las noches que pasábamos en su departamento viendo películas hasta que se nos cerraban los ojos. Esa intimidad de amigas que se cuentan todo y no se cuentan nada, la que se construye con años de silencios cómodos y bromas privadas.
Aquella noche de viernes llovía con ganas. Habíamos pedido comida, descorchado una botella de vino tinto barato y nos habíamos instalado en su cama, que era más grande y más blanda que el sofá. Yo siempre fui la rara del grupo: me vestía entre lo dulce y lo oscuro, faldas con vuelo y botas pesadas, y una obsesión por las medias largas que mis amigas me festejaban sin entender del todo.
Esa noche llevaba unas medias blancas hasta el muslo, finas, casi transparentes, con un moño de raso cosido en el borde. Me las había puesto para salir y nunca me las quité. Cuando llegó el momento de ponernos cómodas, ella sacó un pijama de franela y yo me quedé como estaba: una camiseta larga de algodón que me llegaba a la mitad del muslo, y las medias.
—¿Vas a dormir con eso? —se rió, señalándome con el mentón.
—Estoy cómoda así —dije, encogiéndome de hombros—. ¿Te molesta?
—Para nada. Sos vos en estado puro.
Nos acomodamos. Ella se sentó contra el respaldo con las piernas estiradas y yo me tiré de costado, con la cabeza cerca de su cadera y los pies hacia el otro extremo. En algún momento, sin pensarlo demasiado, hice lo de siempre: subí las piernas y apoyé los pies sobre su regazo. Lo hacíamos hace años. Era un gesto automático, sin segundas intenciones.
La película arrancó. Yo apenas la seguía. El vino me había puesto la piel tibia y algo perezosa, y empecé a mover los dedos de los pies despacio, casi sin darme cuenta, acariciando la tela suave de su pantalón. Un roce mínimo, distraído.
—Cami —dijo ella, con una voz rara—. ¿Podés parar un segundo?
Levanté la cabeza, sorprendida. Daniela tenía las mejillas encendidas y una tensión en la mandíbula que no le conocía.
—Perdón —dije, retirando los pies de golpe—. No pensé que te molestaba.
—No es que me moleste —respondió rápido, demasiado rápido—. Es que… no es eso.
—¿Entonces?
—Nada. Olvidalo.
—Dani —insistí, sentándome en la cama—. Nos conocemos hace cuatro años. Decime.
Bajó la mirada hacia mis pies, todavía enfundados en aquellas medias blancas, y se mordió el labio. Cuando volvió a hablar, lo hizo casi en un susurro.
—Me gusta —dijo—. Me gusta demasiado. Y me da vergüenza que sea así.
Algo se movió dentro de mí. No fue susto. Fue una corriente caliente que me bajó por el centro del cuerpo y me dejó sin aire por un segundo. La miré a los ojos, y en los suyos había una mezcla de miedo y de hambre que nunca le había visto.
—Mostrame cuánto te gusta —dije.
No sé de dónde salió esa frase. La escuché en mi propia voz y casi no la reconocí. Daniela me miró como pidiendo permiso una última vez, y yo estiré la pierna hacia ella, despacio, ofreciéndole el pie.
***
Lo tomó con las dos manos, con un cuidado que no esperaba, como si estuviera sosteniendo algo que se podía romper. Acercó la cara y respiró hondo sobre la tela. Después apoyó los labios en el empeine, sobre la media, y dejó ahí un beso largo, cerrado, que sentí subir por toda la pierna.
—Hace meses que pienso en esto —murmuró contra mi piel—. Cada vez que subís los pies acá me vuelvo loca y me hago la dormida.
—¿En serio?
—En serio.
Pasó la lengua por el borde de la media, siguiendo el contorno de los dedos por encima de la tela fina. La sensación era extraña y deliciosa al mismo tiempo: el calor húmedo de su boca filtrándose a través del nylon, la presión suave de sus labios. Sin darme cuenta solté un suspiro y me dejé caer hacia atrás, apoyada en los codos para no perderme nada.
—Decime si está bien —pidió ella, levantando la vista.
—Está más que bien —dije, y mi propia voz me sonó ronca—. Seguí.
Daniela cerró los ojos y se entregó. Llevó el dedo gordo a su boca, todavía con la media puesta, y lo chupó con una lentitud que me hizo apretar las piernas. Después fue por los otros, uno por uno, mojando la tela con su saliva hasta que la media blanca quedó pegada a la piel, casi traslúcida. El frío del aire al separarse su boca contrastaba con el calor que dejaba, y esa diferencia me electrizaba la espalda.
—Tengo que sacártelas —dijo de repente—. Quiero sentirte de verdad.
Asentí sin palabras. Enganchó los dedos en el borde de raso y fue bajando la media por mi muslo, por la pantorrilla, por el tobillo, con una paciencia que me desesperaba. Cuando la deslizó por fin fuera del pie, la sostuvo un instante en la mano, húmeda y arrugada, y la dejó a un costado sin sacarla del juego.
Su boca volvió, ahora sobre la piel desnuda. Sin la barrera de la tela, cada caricia de su lengua entre mis dedos era diez veces más intensa. Me agarré de las sábanas y arqueé la espalda. No me consideraba alguien con un punto débil ahí, pero Daniela estaba descubriendo terminaciones nerviosas que yo ni sabía que tenía.
—No puedo más con vos así —dije, incorporándome—. Vení.
***
La atraje de la camiseta y la besé. Fue un beso desordenado, con dientes y respiraciones cortadas, el beso de dos personas que llevaban años conteniéndose sin saberlo. Le metí las manos bajo la franela y le encontré los pechos, tibios, los pezones ya duros. Ella gimió dentro de mi boca y se dejó empujar contra el colchón.
Le saqué la parte de arriba del pijama y bajé con la boca por su cuello, por el esternón, por el vientre. Daniela me hundía los dedos en el pelo y susurraba mi nombre como si fuera una pregunta. Cuando llegué al elástico del pantalón, levanté la vista buscando su mirada. Me dijo que sí con un movimiento de cabeza, agitada, y la desnudé del todo.
Estaba empapada. Pasé un dedo por el centro, despacio, y se le escapó un gemido largo que me prendió fuego. Pero yo todavía tenía la otra media puesta, y se me ocurrió una idea.
—Quedate quieta —le dije.
Me senté frente a ella, le abrí las piernas y apoyé el pie todavía enfundado en la media blanca contra su sexo. La tela se humedeció al instante, oscureciéndose con ella. Empecé a frotar, despacio, mirándole la cara mientras lo hacía. Daniela echó la cabeza hacia atrás y se agarró de las sábanas.
—Así me imaginaba que ibas a ser —jadeó—. No pares, por favor.
Apreté un poco más, moviendo el pie en círculos, sintiendo a través de la media cuánto la deseaba. Con la otra mano me toqué a mí misma, sin poder esperar más, y las dos quedamos enredadas en el mismo ritmo: ella contra mi pie, yo contra mis propios dedos, las dos mirándonos como si fuera la primera vez que nos veíamos de verdad.
—Me voy a venir —avisó, con la voz quebrada.
—Vení —le dije—. Quiero verte.
Aceleré, frotando la media empapada contra ella, y Daniela se arqueó entera, temblando, con un grito ahogado que clavó en la almohada. Me quedé quieta, sintiéndola pulsar contra mi pie hasta que el último temblor la soltó y cayó deshecha sobre el colchón.
***
No me dejó descansar mucho. Apenas recuperó el aire, se incorporó con una sonrisa nueva, una que mezclaba ternura con algo mucho más oscuro.
—Te toca —dijo.
Me acostó de espaldas y me separó las piernas. Tomó la media que me había sacado, la que estaba mojada de su saliva, y me sorprendió: la deslizó despacio dentro de mí, usándola como nunca se me habría ocurrido. La sensación de la tela suave entrando y saliendo, combinada con su lengua trabajándome el clítoris, me hizo perder por completo la noción del tiempo.
—Dani… —apenas podía hablar—. No sé cuánto voy a aguantar.
—No aguantes —murmuró sin despegar la boca—. Dejate ir.
Alternaba el ritmo a propósito, despacio y después rápido, llevándome al borde y reteniéndome ahí hasta que yo le suplicaba. En el momento justo retiró la media de un tirón suave y cerró los labios sobre mí, succionando, y el mundo se me apagó. El orgasmo me sacudió desde adentro y me arrancó un grito que seguramente escucharon los vecinos. Me corrí contra su boca, con las piernas temblando alrededor de su cabeza, repitiendo su nombre sin control.
Cuando volví en mí, Daniela tenía la cara apoyada en mi muslo y me miraba con una sonrisa cansada y feliz. Afuera seguía lloviendo. La cama era un desastre, las medias arruinadas, y a ninguna de las dos le importaba.
—Cuatro años —dijo ella, riéndose bajito—. Cuatro años perdiendo el tiempo.
—No lo perdimos —contesté, atrayéndola para que se acostara sobre mi pecho—. Estábamos llegando acá.
Esa noche no terminamos de ver la película. Nos quedamos despiertas hasta tarde, hablando de todo lo que nunca nos habíamos animado a decir, riéndonos de lo obvio que había sido siempre. Antes de quedarnos dormidas, ella entrelazó su pie con el mío bajo las sábanas, y entendí que esa intimidad de tantos años recién empezaba a mostrar lo que de verdad era.