La rubia del bar me llevó a su cama esa noche
Me llamo Marina, tengo treinta y seis años, soy morena, llevo el pelo corto y tengo los ojos demasiado grandes para mi cara. La gente cree que estoy seria cuando en realidad solo estoy cansada. Aquella primavera lo estaba más que nunca.
Me había separado hacía dos meses. Quería a mi marido, lo quería de verdad, pero él me engañaba cada vez que tenía ocasión, y yo era tan ingenua que tardé años en verlo. Lo descubrí del peor modo posible: la mujer con la que se acostaba era a quien yo consideraba mi mejor amiga. Después de eso dejé de fiarme de nadie. Pensaba que cualquiera de las que me rodeaban podía haber pasado por su cama. Me quedé sola, sin marido y sin amigas, atrapada en una rutina mínima: del trabajo en la librería a casa, de casa al trabajo, y vuelta a empezar.
Una tarde de sábado fui al cumpleaños de mi sobrino. No tenía ganas, pero no iba a fallarle a mi hermana ni al niño, al que adoro. Aguanté la merienda, soplé las velas con los demás y, en cuanto pude, me despedí. Volvía caminando a casa cuando me entraron unas ganas terribles de ir al baño, así que entré en el primer bar que encontré.
Cuando salí del aseo, en lugar de marcharme, me senté en una mesa del fondo y pedí un café. No tenía prisa por volver a un piso vacío. Estaba tan metida en mis pensamientos que ni siquiera reparé en que el local estaba casi desierto, con casi todas las mesas libres. Si hubiera estado más despierta, me habría dado cuenta de lo extraño que era lo que pasó después.
Una mujer rubia, con el pelo largo y un vestido negro ajustado, cruzó el bar entero y se detuvo justo a mi lado.
—Perdona, ¿te importa que me siente? —preguntó.
—No, claro —respondí, por educación más que por ganas.
Había mesas vacías por todas partes y ella había elegido la mía. Tampoco entonces me pareció raro. Dejó su cerveza sobre la madera y se acomodó frente a mí, con una calma que no encajaba con la de alguien que acaba de llegar.
—Se te ve triste —dijo, sin rodeos.
—Cosas de la vida —contesté yo.
—La vida es dura a veces. Pero lo malo siempre termina pasando.
—Ojalá. Aunque ahora mismo lo dudo bastante.
—No deberías perder la esperanza. Aunque todo parezca perdido.
Sonreí sin querer. Era la primera persona en semanas que me hablaba como si le importara de verdad. Me cogió las manos por encima de la mesa, despacio, y yo me quedé quieta. Debería haberlas retirado. No lo hice.
—Me llamo Eva —dijo—. ¿Y tú?
—Marina.
—Marina. —Repitió mi nombre como si lo saboreara—. Te invito a otra cosa. No tienes pinta de querer irte a casa todavía.
Tenía razón, y eso me incomodó. La miré bien por primera vez: los pómulos marcados, una boca grande, los ojos de un gris que parecía mirar a través de mí. Era guapa de un modo que intimidaba. Yo nunca me había fijado en una mujer de esa manera, o al menos nunca me había permitido pensarlo.
—Solo un rato —dije, y me sorprendió mi propia voz.
***
Hablamos durante más de una hora. O más bien habló ella y yo escuché, porque tenía una forma de preguntar que te dejaba sin defensas. Le conté lo de mi marido, lo de mi amiga, la depresión, el no fiarme de nadie. Cosas que no le había dicho ni a mi hermana. Ella no me compadeció en ningún momento, solo asentía y me miraba como si yo fuera lo único interesante de la ciudad.
—Tu marido era un idiota —dijo en algún momento—. Tenía a una mujer así en su cama y se fue a buscar fuera. ¿Sabes lo poco común que eres?
Sentí calor en la cara. Bajé la vista al café ya frío.
—No sé qué decir a eso.
—No digas nada. —Se inclinó sobre la mesa, bajando la voz—. Vivo a dos calles de aquí. Tengo una botella de vino mejor que esta cerveza y un sofá donde se está mucho mejor que en este bar. Ven.
Di que no. Levántate y vete a casa. Eso fue lo que pensé. Pero llevaba dos meses sintiéndome invisible, y aquella mujer me miraba como si yo fuera un incendio. Asentí antes de decidirlo del todo.
Su piso era pequeño y olía a algo dulce que no supe identificar. Me sirvió el vino, se sentó a mi lado en el sofá, muy cerca, y dejó una mano sobre mi rodilla. No la apartó. Yo tampoco.
—Nunca has estado con una mujer —dijo. No era una pregunta.
—No —admití—. Ni se me había pasado por la cabeza.
—¿Y ahora?
No supe contestar. Ella tampoco esperó a que lo hiciera. Me quitó la copa de la mano, la dejó en la mesa y me besó.
***
El primer beso fue lento, casi una pregunta. Yo me quedé rígida, sin saber qué hacer con las manos ni con la boca. Pero Eva no tenía prisa. Me besó como si tuviéramos toda la noche, mordiéndome el labio inferior, dejando que fuera yo quien decidiera el ritmo. Cuando noté su lengua buscando la mía, abrí la boca casi sin pensarlo, y algo dentro de mí se soltó. La besé de vuelta, y la oí reír contra mis labios.
—Ahí está —murmuró—. Sabía que estabas ahí dentro.
Me llevó de la mano al dormitorio. Encendió una lámpara de luz baja y empezó a desnudarme sin prisa, prenda por prenda, mirándome todo el rato a los ojos en lugar de al cuerpo, que era lo que más me desarmaba. Cuando quedé desnuda frente a ella, sentí el impulso de cubrirme. Me sujetó las muñecas con suavidad y me lo impidió.
—No te escondas. Eres preciosa.
Después se desnudó ella. Debajo del vestido negro llevaba un conjunto de lencería oscura, encaje y un liguero que yo nunca me habría atrevido a ponerme. Se quedó así, a medio desvestir, y me empujó con dos dedos en el pecho hasta tumbarme en la cama.
Se colocó sobre mí. El primer contacto de su piel contra la mía me arrancó un suspiro que no pude controlar. Sentí sus pechos apretándose contra los míos, sus pezones rozando los míos, y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Me besó el cuello, la oreja, la línea de la mandíbula, mientras sus manos recorrían mi espalda, mis caderas, mis muslos, acercándose a mi sexo y retirándose antes de llegar, una y otra vez, hasta que yo arqueé la espalda buscándola.
—Pídemelo —susurró contra mi oído.
—Por favor —dije, y ni reconocí mi voz—. Tócame.
Sus dedos rozaron por fin mi sexo, ya completamente mojado, y la sensación fue tan intensa que tuve que agarrarme a las sábanas. No sé cuánto tiempo jugó conmigo así, con dos dedos trazando círculos lentos, apretando justo donde yo lo necesitaba, leyendo mi cuerpo mejor de lo que ningún hombre lo había hecho. Yo gemía sin pudor, algo que tampoco era propio de mí.
—Ningún hombre te ha tocado así —dijo, y no era una pregunta sino una verdad.
—Ninguno —reconocí entre jadeos.
***
Bajó por mi cuerpo besándome el esternón, los pechos, deteniéndose en cada pezón para lamerlo y tirar de él con los labios. Siguió por mi vientre, por la cadera, mordiéndome la cara interna de los muslos con cuidado, hasta que su aliento estuvo justo donde yo más lo deseaba. Levanté la cabeza para mirarla. Ella me sostuvo la mirada un segundo, sonrió y bajó la boca sobre mí.
El primer contacto de su lengua me hizo gritar. Subía y bajaba despacio, a veces atrapando mis labios entre los suyos, a veces deteniéndose en el clítoris para succionarlo hasta que yo temblaba y le clavaba los dedos en el pelo. No dejaba de mirarme, y eso me volvía loca, sentirme observada y devorada al mismo tiempo. Apreté su cabeza contra mí sin querer soltarla.
—No pares —supliqué—. Por favor, no pares.
Lejos de cansarla, mis súplicas parecían encenderla más. Añadió dos dedos, entrando despacio mientras su lengua seguía trabajando, y entonces ya no pude pensar en nada. El placer subió en oleadas hasta que el orgasmo me partió en dos, sin apenas aviso, una sacudida que me dobló sobre la cama y me dejó temblando, agarrada a las sábanas, mientras un gemido largo se me escapaba de la garganta.
Cuando volví en mí, Eva subió a besarme. Esta vez no esperé a que ella tomara la iniciativa: fui yo quien la besó, quien la giró sobre el colchón y se puso encima. Quería hacerle a ella lo que ella me había hecho a mí. Nunca lo había hecho, pero llevaba toda la noche aprendiendo y de pronto no me daba miedo nada.
Le desabroché el sujetador, le besé los pechos, bajé por su vientre con la boca mientras ella enredaba los dedos en mi pelo corto y me empujaba con suavidad hacia abajo. Cuando llegué entre sus piernas y la probé por primera vez, me sorprendió cuánto me gustaba: su sabor, su olor, la manera en que su cuerpo respondía al menor movimiento de mi lengua.
—Así —jadeaba ella—. Justo así, no pares.
La obedecí. La escuché gemir, la sentí moverse contra mi boca, subiendo y bajando, hasta que su voz se quebró y su cuerpo se tensó entero bajo el mío. Se corrió con un grito ronco, sujetándome la cabeza, y yo me quedé allí hasta que dejó de temblar, orgullosa de algo que tres horas antes ni habría imaginado.
***
Nos quedamos tumbadas en silencio, enredadas, con la respiración volviendo poco a poco a la normalidad. Yo esperaba que dijera algo, que aquello continuara, que hubiera una mañana siguiente. Pero Eva se incorporó antes de lo que yo quería, se sentó en el borde de la cama y empezó a recoger su ropa del suelo.
—Quédate lo que quieras —dijo, vistiéndose—. Hay café en la cocina. Cierra al salir, la puerta se queda echada sola.
—¿Te vas? —pregunté, sin entender.
—Tengo que irme, Marina. —Se abrochó el vestido y se giró hacia mí con una sonrisa difícil de leer—. No me lo tomes a mal. Ha sido perfecto justo así. No lo estropeemos.
—¿Volveré a verte?
Se inclinó, me dio un último beso, largo, y me apartó un mechón de la frente.
—La ciudad es pequeña —dijo—. Quién sabe.
Y se fue. Oí la puerta cerrarse y me quedé sola en una cama que no era la mía, en un piso de una mujer cuyo apellido no sabía, con el cuerpo todavía vibrando y una sonrisa que no había sentido en meses.
Me vestí despacio, me lavé la cara, me aseguré de no dejarme nada y salí a la calle. No sabía muy bien dónde estaba. Caminé hasta encontrar el nombre de una avenida conocida y, mientras volvía a casa por fin, solo pensaba en una cosa: en que ojalá la ciudad fuera, de verdad, lo bastante pequeña como para volver a cruzármela.