Mi novia me dejó un asunto pendiente esa mañana
—No sé por qué me siento como una niña a la que van a regañar. No estamos haciendo nada malo —dijo Valeria, apretando con fuerza la mano de Daniela mientras caminaban hacia la terraza del restaurante.
—Seamos justas: no se les ve enojados —respondió Daniela, frenando en seco para mirarla—. Estás a la defensiva y todavía no sabes qué quieren preguntarte. Ellos te buscaron a ti, no al revés.
La besó despacio y la tomó del brazo. Valeria volvió a buscarle la mano para entrar juntas, dedos entrelazados, como quien se sostiene de un cable antes de saltar.
Ernesto Carvajal se levantó en cuanto las vio acercarse. Tomó a su hija de ambas manos, le dio un beso en la frente y la rodeó con un abrazo largo. Su esposa, Beatriz, saludó a Daniela con dos besos en las mejillas y luego repitió el gesto con su hija, esta vez añadiendo un abrazo. Se sentaron: Valeria cerca de su padre, como siempre, dejando a Daniela junto a Beatriz.
—Pensamos que tardarían más, pedimos unas entradas —comentó Beatriz.
—Se ven bien —respondió Daniela.
Valeria tomó la copa de su padre fingiendo que era una mimosa, convencida de que un trago no le haría nada con el estómago vacío. El mesero retiró la copa y ella aprovechó para pedir una ronda para todos.
—¿Cuándo llegaron? —preguntó Daniela, evitando ir directo al punto.
—Hoy. Estuvimos un par de días en la capital y salimos esta mañana —dijo Ernesto—. ¿Y tú?
—Anoche. El vuelo se retrasó, pero llegué a tiempo. —Al decirlo, volteó a ver a Valeria y le acarició el brazo. Valeria le devolvió la mirada más enamorada y brillante que sus padres le habían visto en años.
Para Ernesto y Beatriz, ese detalle lo decía todo. Por primera vez notaban en su hija algo honesto, sin las máscaras de los últimos tiempos.
Ordenaron el desayuno y siguieron con trivialidades, aunque Beatriz moría por ver cómo se trataban fuera de los términos de Arquitecta e Ingeniera. En algún momento Valeria comentó que el panqueque de chispas de Daniela se veía mejor que el suyo de frutas; Daniela cortó un trozo y se lo dio a probar en la boca. Valeria arrugó la nariz, juguetona y tierna a la vez.
—¿Desde cuándo están juntas? —soltó Beatriz, sin que la pregunta resultara incómoda.
Valeria llevaba esperándola desde que se sentó. Sonrió nerviosa y buscó la mano de Daniela, que no la dejaría sola.
—Formalmente, después de que terminé con Carolina. Y antes de que imaginen cosas: Dani y yo nos queremos desde hace mucho. Ella lo supo primero; a mí me costó más ponerle nombre a lo que sentía. —Apretó la mano con más fuerza—. Es mi novia.
—Daniela —empezó Beatriz—, sabes que te tengo un afecto especial. Conocí a tu madre, te recuerdo de niña. Lo único que me importa es que la hagas feliz y que no se lastimen. —Hizo una pausa—. Mi preocupación, Valeria, es que dejaste a Sebastián, luego a Carolina, y quizá no te diste un tiempo para pensar qué quieres.
Daniela le movió las cejas para animarla. Valeria respondió con el mismo gesto y ambas terminaron sonriendo.
—Siempre fue ella, mamá. Sé lo que quiero y está aquí, a mi lado. Si hubiera sido más valiente con lo que sentía, esto habría pasado hace tiempo. Lo que siento por Dani es de lo único que estoy segura en mi vida.
—Gracias, Beatriz —añadió Daniela—. Entiendo tu preocupación, pero puedo asegurarte que no quiero hacerle daño. Estoy muy enamorada de su hija, y esto no fue de un día para otro.
—Todo muy bonito, mis niñas —intervino al fin Ernesto—. Pero hay un tema: trabajan juntas. Daniela, ya eres pieza clave en la producción de la bodega. Lo personal y lo laboral deberían ir separados, y no lo hicieron. —Las miró con un regaño cariñoso—. Pedirles que no mezclen ya está de más, pero espero que no bajen el ritmo. Estamos en un momento importante y, si esta relación tuviera una complicación, me preocupa que el trabajo sea el daño colateral.
—Señor, tiene mi palabra: pase lo que pase en lo personal, no afectará mi trabajo —respondió Daniela.
—Espero no tener que recordarles esto nunca. Y dicho lo serio, brindemos por su relación, que ya no es un secreto. —Levantó la copa.
Se despidieron acordando reunirse la semana siguiente en la capital, donde estaban las oficinas centrales.
***
El resto del día fueron un par de turistas más, algo raro para ellas, que casi solo se conocían entre la bodega, la oficina y la cama. Terminaron comiendo pizza y bebiendo cerveza en un sitio escondido, hablando de todo y de nada, y llegaron a casa a acurrucarse frente a una película vieja que ninguna terminó de ver.
El día siguiente fue casi idéntico, salvo que desayunaron con Adrián y se quedaron en una buena ronda de gin. Daniela tuvo que volver a la bodega por la tarde; le partía el corazón, pero sabía que el reencuentro estaba cerca: la semana entrante ambas debían presentar balances.
Llegó esa semana y todo el mundo trabajó a tope. Valeria salió más tarde de lo previsto y llegó al hotel cerca de las dos de la madrugada, sigilosa como un ninja para no despertar a Daniela. Se desvistió, se aseó en silencio y solo la incomodó al acostarse para abrazarla y besarla. Se levantó temprano: su primera reunión empezaba a las ocho y media y le llevaría el día entero. Los Carvajal eran exigentes; desde lo de Méndez ya no dejaban nada a interpretación, desglosaban cada número, cada entrada y cada salida.
—Hola, mi amor —contestó Valeria al teléfono al final de la jornada.
—¿Cómo va todo? ¿Ya estás libre? —respondió Daniela.
—Por hoy, sí. Antes de que me distraigas: tengo boletos para una exposición interactiva. ¿Vamos?
—Está bien. ¿A qué hora?
—En una hora. En veinte minutos paso por ti.
Mientras tanto, Valeria chateaba con Sebastián sobre unos ajustes de presupuesto. Cuando llegó al hotel, salió del auto sin esperar al chofer y Daniela ya cruzaba las puertas para encontrarla. Sin mediar palabra, Daniela le dio el beso que había esperado todo el día, correspondido con las mismas ganas.
—Hola, extraña. Ya te extrañaba —le dijo al ras de los labios.
—Qué raro suena «extraña» —rió Valeria—, pero coincido. Yo también.
La exposición no fue gran cosa, aunque sirvió para distraerse, y después cenaron. De vuelta en el hotel, Valeria abrió el ordenador para seguir trabajando. Daniela la observaba mover los ojos de un monitor a otro, marcar planos con rotuladores de colores, murmurar en voz baja. La espalda encorvada, la tensión clavada en los hombros.
Daniela admiraba lo organizada que era, el compromiso con que asumía cada responsabilidad; de otro modo, ese tren de vida sería imposible. Se propuso esperarla despierta, pero el sueño la venció. Sintió apenas que alguien la tapaba y se acostaba a su lado, sin más intención que dormir.
***
A la mañana siguiente despertó sola. Tomó el teléfono: las siete. Del baño salió Valeria, enfundada en un pantalón añil impecable y una blusa blanca, el cabello alisado y peinado de lado.
—Qué bueno que despertaste. No quería hacerlo yo, te ves muy bonita durmiendo.
—Buenos días, ven, abrázame —pidió Daniela, más dormida que despierta, estirando los brazos.
—Buenos días, dormilona. —Escondió la cara en su cuello y empezó a repartir besos que pronto subieron a los labios—. Te pedí el desayuno. Antes de irme quiero que te sientes a comer. El chofer te recoge a las ocho y veinte en el lobby.
Valeria intentó incorporarse, pero Daniela la jaló de vuelta a la cama y, con un movimiento hábil, quedó debajo de ella. Daniela le tomó las muñecas, la miró con descaro y la besó de una forma carnal, reclamando con la boca el abandono de caricias al que la había sometido toda la semana. Lo que parecía resistencia en Valeria eran solo las ganas de tocarla a su antojo. La posición era perfecta para frotarse contra su muslo, y Daniela lo sabía. Le abrió las piernas con la rodilla y se acomodó de forma que la costura del pantalón de Valeria le presionaba justo el coño, todavía por encima de la ropa interior, y empezó a mecerse en círculos lentos, apretando el clítoris contra la tela.
—Mírate —susurró Daniela, jadeando en su oído—. Toda peinada, toda formal, y vas a salir a esa reunión con las bragas empapadas por mí.
—Dani, en serio, tengo que… —Valeria no terminó la frase porque Daniela le soltó una muñeca solo para meterle la mano por dentro del pantalón, bajo el encaje, y encontrarla ya mojada. Deslizó dos dedos entre los labios de su coño, los abrió, jugó con el clítoris hinchado.
—¿Tienes que qué? —preguntó, mordiéndole el cuello—. Dime, mi amor, ¿me vas a decir que pare cuando estás así de mojada? Tu coño dice otra cosa.
Valeria arqueó las caderas y buscó los dedos con desesperación, pero Daniela los retiró justo cuando iba a hundirlos. Se los llevó a la boca, los chupó despacio, con la mirada clavada en la de ella.
El momento se rompió con el golpe en la puerta: el servicio a la habitación. Daniela se levantó como si nada y fue a abrir, dejando a Valeria agitada, excitada, sin entender qué había pasado. Se sentó a desayunar mientras la otra se reacomodaba la ropa, el cabello y el maquillaje, acosada por su mirada en el reflejo del espejo, aún con los dedos apretándose entre las piernas.
—De verdad me tengo que ir —dijo Valeria—, pero esto que pasó no se va a quedar así. Te voy a coger esta noche hasta que no puedas caminar.
—De verdad espero que no —respondió Daniela, disimulando la sonrisa—. Digo, espero que sí. Que me cojas hasta que no me acuerde ni de mi nombre.
***
La jornada fue larga. Valeria presentó balances junto a sus padres y, a media tarde, cerró además su primer proyecto propio con Sebastián: un contrato firmado, un anticipo depositado. Cuando él la invitó a celebrar con unas margaritas en un local de música en vivo, ella aceptó: algo fuera de los negocios familiares no se daba todos los días. Le escribió a Daniela para que la alcanzara.
Daniela llegó, pero acompañada de los Carvajal. Sebastián pidió margaritas para romper el hielo y contaron lo que habían logrado. Ernesto casi explotaba de orgullo. Más tarde llegó Renata, la amiga que había apoyado a Sebastián y que claramente le interesaba en otro plano. Brindaron, cenaron, bailaron. Ernesto sacó a bailar a Beatriz; Daniela le concedió a Sebastián el honor de bailar con Valeria cuando sonó una de sus canciones preferidas.
Con el alcohol corriendo, Valeria no tuvo reparo en demostrar su amor por Daniela, que la correspondía sin pudor. La seguridad de la familia se repartió para llevar a cada quien a su destino. A ellas, al hotel.
En cuanto subieron a la camioneta, Daniela se montó sobre Valeria y la besó como no podía hacerlo frente a sus padres. Valeria, desinhibida, le llevó las manos a las nalgas y la apretó contra sí, colándole los dedos por debajo de la falda hasta agarrar la carne desnuda del culo, sin bragas de por medio: se las había quitado en el baño del bar hacía media hora, y se lo hizo saber apretándole las manos.
—Puta —murmuró Daniela contra su boca, entre asombrada y muerta de ganas—, no traes nada debajo.
—Estoy chorreando desde esta mañana. No aguantaba la tela pegada.
Daniela intentó separarse, cohibida por el chofer.
—No te preocupes por ellos —murmuró Valeria—. Firmaron confidencialidad. —Daniela asintió, ya sin reservas, y le metió la lengua en la boca mientras le apretaba una teta por encima del vestido, encontrando el pezón duro a través de la tela.
—Te he extrañado —dijo Daniela, y le mostró el cuello—. Aquí. —Valeria lo mimó con un beso profundo—. Y aquí. —Le llevó la mano al centro del pecho—. Y aquí —añadió con la voz ahogada, deslizándola más abajo, hasta que la mano de Valeria se hundió entre sus piernas y comprobó lo empapada que estaba.
—De esa parte me encargo en un rato —respondió Valeria, hundiéndole un dedo por encima del vestido, apretándolo contra el clítoris hasta que Daniela gimió bajito, mordiéndose el labio para no gritar.
El trayecto se les hizo eterno. Se comportaron en el ascensor, aunque la tensión solo crecía. Al entrar a la habitación se fundieron en un beso voraz, tirando bolsas, zapatos y ropa a su paso. Cayeron en la cama y, al intentar besarse, chocaron los dientes; estallaron en risas, en parte por el tequila.
Valeria se montó sobre Daniela, se desabrochó el sostén y lo mandó a volar a algún rincón. Los senos le quedaron a la altura de la cara de Daniela, los pezones rosados y erectos apuntándole a la boca. Daniela levantó la cabeza y atrapó uno, lo chupó con hambre, lo mordisqueó hasta que Valeria soltó un gemido gutural.
—¿Qué me dijiste en el auto que te morías por hacer? —preguntó Valeria, con la voz temblándole.
—Mmm, dije muchas cosas —respondió Daniela, jugando, todavía con el pezón entre los labios.
Valeria le besó el hombro, la clavícula, recorrió el cuello con la punta de la nariz e inhaló su perfume. Depositó un beso con una mordida suave que hizo que Daniela apretara las manos sobre ella. Subió por el cuello hasta el oído y, con la voz ronca, susurró:
—Dije que tengo ganas de recorrer tu cuerpo entero, de besarte toda, pero sobre todo de morder tus pezones, de mamártelos hasta que me pidas que baje a comerte el coño. ¿Puedo?
—Puedes hacerme lo que se te dé la gana —jadeó Daniela—. Soy tuya. Cógeme como quieras.
Como si obedecieran a la declaración, los pezones de Daniela se endurecieron aún más. Sin decir nada, le tomó la cara y la guió hacia donde quería ser besada, aferrándose con firmeza. Para ella, el tiempo sin ser tocada con deseo había parecido una eternidad, y eso no le bastaba: quería más, necesitaba más. Valeria le tomó los dos senos con las manos, los apretó, los juntó y les fue pasando la lengua alternando de uno al otro, chupando cada pezón hasta dejarlo rojo y brillante de saliva. Los mordió con ganas, con esa mezcla justa de dolor y placer que hizo que Daniela apretara las piernas y arqueara la espalda buscando más.
—Baja, por favor —suplicó Daniela, con la voz rota—. Métete entre mis piernas de una vez, no aguanto más.
Valeria la empujó contra el colchón con más decisión que fuerza. Tomó ambos senos, los apretó y bajó por el cuerpo retirando la última prenda de encaje que había imaginado toda la tarde. Las bragas estaban tan mojadas que se le pegaron a la piel; Valeria las despegó despacio, se las llevó a la nariz e inhaló profundo, mirándola a los ojos.
—Tienes el coño hecho una fuente, mi amor. Mira cómo estás.
Le abrió las piernas con las manos, todo lo que dieron, y se quedó mirando el coño abierto, brillante, con los labios hinchados y el clítoris asomando entre ellos. Sopló despacio sobre él y Daniela pegó un respingo. Besó los muslos por dentro, uno y otro, dejando marcas rojas con los dientes, mientras subía sin prisa hacia el centro. Abrió camino con la lengua por los labios menores, los chupó uno por uno, y por fin atrapó el clítoris entre los labios y lo succionó apenas. Daniela suspiró hondo, levantó las caderas contra su boca. Valeria repitió la operación, esta vez recorriéndola lenta, entera, de abajo hacia arriba, hundiendo la lengua en la entrada del coño para lamerle los jugos antes de volver al mismo punto.
—Estás rica —murmuró Valeria contra ella—. Tu coño sabe a gloria. Podría comerte toda la noche.
Daniela intentó callar el gemido y no pudo; Valeria sonrió contra ella y siguió, introduciéndole la lengua, moviéndola con la mejor de las intenciones mientras las caderas de Daniela se elevaban. Le metió dos dedos de golpe, hasta el fondo, y los curvó buscando ese punto por dentro que hacía que Daniela perdiera la cabeza. Los sacaba y los volvía a meter, cogiéndosela con la mano al tiempo que le chupaba el clítoris sin darle tregua. Por alguna razón se empeñaba en contener la voz, pero los gemidos ahogados solo encendían más a Valeria, que se sujetaba de sus caderas con el brazo libre para no dejar zona sin atención.
—Córrete en mi boca —le ordenó, con la barbilla brillante de tanto jugo—. Córrete ya, mi amor, quiero tragarme todo.
Daniela sintió lo inminente, le tomó la cabeza intentando despegarla en vano, hasta que se rindió y se dejó arrasar por todo lo que había acumulado, mordiéndose la mano, la otra clavada en la colcha. Se corrió con un gemido largo, apretando el coño alrededor de los dedos de Valeria, temblando entera de las caderas para abajo, mientras Valeria le seguía chupando el clítoris pasada la corrida, absorbiendo hasta la última gota que le escurría.
Cumplido el cometido, Valeria subió de nuevo a besos, deteniéndose un instante en esos senos a los que no se resistió. Los besos en el cuello fueron más calmos, para que Daniela volviera en sí. Cuando llegó a la boca, la besó con los labios todavía brillantes, y Daniela se probó a sí misma en la lengua de su novia sin ninguna vergüenza.
—Eso fue intenso —jadeó Daniela.
—Era necesario. Un caso de urgencia. Ven y bésame.
No hizo falta insistir. Se besaron tierno y voraz a la vez. Valeria, todavía encima, acomodó su entrepierna contra la de ella, coño contra coño, los clítoris rozándose, y empezó un vaivén lento de caderas. La humedad de una se mezcló con la de la otra hasta formar un solo charco tibio entre ellas. Daniela, abajo, solo disponía de las manos: la abrazó por la espalda, la atrajo por las nalgas, le apretó el culo separándoselo, hundiéndole los dedos entre las cachas.
—Así, mi amor, frótate contra mi coño —jadeó Daniela—. Empápame toda.
En un impulso brusco, Valeria le pidió que se subiera y, ante la cara de desconcierto, señaló su propia boca. El desconcierto se volvió lujuria y no hubo nada más que explicar. Daniela se trepó sobre la cara de Valeria, la rodilla a cada lado de su cabeza, y bajó el coño hasta apoyarlo sobre esa boca abierta que la esperaba. Se agarró de la cabecera de la cama para no caerse.
Apenas se acomodó, sintió la nariz de Valeria recorriéndola, hundiéndose entre los labios mojados. Con la lengua, en esa posición, la trabajó con ansia, hundiéndose lo más adentro que pudo, atrayéndola con las manos por el culo, apretándole las nalgas para pegarla más a su boca. Le lamió de atrás hacia adelante, del ano al clítoris, sin saltarse un milímetro; se detuvo en el clítoris a chupárselo con fuerza mientras le colaba un dedo, después dos, por el coño hinchado. Algo se desató en Daniela: sus movimientos, bruscos, buscaban más, cabalgaba la cara de Valeria sin restricción, y gemía sin contener nada.
—Cómemelo, sí, así, no pares —jadeaba Daniela, mirándola desde arriba—. Estoy montada en tu cara y me encanta. Mírame, mira cómo me cabalgo tu boca.
Valeria le clavó los ojos desde abajo, la barbilla y la nariz empapadas, y le metió la lengua todo lo que dio de sí, penetrándola con ella al ritmo que Daniela marcaba con las caderas. Hasta que lo inminente —que se gestaba desde que se habían despedido esa mañana— la sacudió por completo. Se aferró a Valeria de manera voraz, se apretó contra su boca sin miedo a asfixiarla, y el orgasmo la partió en dos: le corrió por la cara a Valeria, por la barbilla, por el cuello, mientras Daniela gemía sin aire y con el cuerpo entumecido.
Se bajó de la cara de su novia con las piernas temblando y le limpió los jugos con besos largos, chupándole la barbilla, la comisura, lamiéndole la propia corrida de la boca. Daniela se retiró para besarla mejor, porque sentía que se correría de nuevo y aún tenía planes. Bajó la mano al coño de Valeria, jugó con él, comprobó en sus propios dedos lo lista que estaba: chorreaba tanto como ella. Se acomodó encima, abrió bien las piernas hasta sentir que «la atrapaba» —coño con coño otra vez, pero ahora con ella arriba— y reanudó el movimiento de caderas, lento pero firme, sosteniéndose de sus senos solo para no caer, apretándoselos, pellizcándole los pezones.
—Así te quería tener —jadeó Daniela—, debajo de mí, con mi coño encima del tuyo. ¿Sientes cómo estamos? Estamos hechas una sopa las dos.
Valeria se dejaba hacer: le resultaba ardiente la manera en que Daniela reclamaba ese cuerpo que ya le pertenecía. Le agarró las nalgas y la ayudó a marcar el ritmo, empujándola contra su propia pelvis para que el roce fuera más duro, más hondo. Los clítoris se buscaban y se encontraban con cada vaivén, y el sonido húmedo que hacían al frotarse llenaba la habitación.
La sorpresa llegó cuando, de manera intempestiva, Daniela se giró dándole la espalda y volvió a buscar su objetivo. Ahora estaba en cuatro sobre ella, el culo apuntándole a la cara, y bajó de nuevo el coño hasta la altura de la pelvis de Valeria para reanudar el roce, pero desde atrás, montada al revés. Algo se apoderó de Valeria al ver esa espalda, esa cintura, la curva del culo abriéndose sobre ella, el modo en que se mecía. Acariciaba lo que alcanzaba de sus glúteos como quien toca arcilla por primera vez, sin querer que aquello terminara, segura de que esa imagen la acompañaría el resto de su vida. Le separó las nalgas con las dos manos y se le quedó mirando el ojete y el coño abiertos, brillantes, entregados sobre ella.
—Dios mío, qué culo tienes —murmuró Valeria—. Ábrete más, mi amor, quiero verte toda.
Daniela obedeció, arqueó más la espalda y se abrió sola con las manos por detrás, mostrándole todo, mientras seguía frotando su coño contra el de Valeria en un vaivén cada vez más rápido. Valeria se relamió y le pasó el pulgar mojado en saliva por el ojete, apretando apenas sin llegar a meterlo, solo jugando; con la otra mano le acomodó el clítoris contra el suyo para que el roce fuera exacto. Ninguna gemía fuerte; eran dos respiraciones pesadas y el sonido de los coños al encontrarse, música para ambas. El pulgar de Valeria acabó cediendo a la presión y se le hundió una falange en el culo a Daniela, que gimió sordo y se meció contra los dos placeres a la vez.
Valeria se dejó ir al sentir el calor de Daniela caer sobre ella, la corrida bajándole por la pelvis. Su propio clímax llegó al segundo, mordiéndose el labio, apretándole el culo con las dos manos hasta dejarle las marcas de los dedos. Pero quería que su novia cerrara la noche también, así que, aprovechando el cansancio, la giró boca abajo sobre la cama, le abrazó las caderas con las piernas por atrás —tijereando— y encajó su coño empapado contra el culo y el coño de Daniela, apoyando el clítoris justo sobre el de ella desde atrás. Empezó a mecerse, su clítoris rozando apenas al principio, después con más fuerza, embistiéndola como si tuviera una polla, pegándole la pelvis contra las nalgas con cada movimiento.
—Estás cogiéndome —jadeó Daniela contra la almohada, con el culo alzado buscándola.
—Te estoy cogiendo —confirmó Valeria, sin parar el vaivén—. Y me voy a correr encima de ti otra vez. Vas a sentir cómo te empapo entera.
Le metió la mano por debajo y le buscó el clítoris con los dedos mientras se seguía frotando contra ella desde atrás. Con movimientos cada vez más intensos volvió a correrse, esta vez asegurándose de que todo quedara ahí, sobre la piel de Daniela, la corrida caliente escurriéndole por la raja del culo. Daniela, sin saber si era el roce contra la cama, los dedos de Valeria en su clítoris o Valeria desfogándose sobre ella, disfrutó ese último orgasmo que cerró la noche, mordiendo la almohada, con las caderas contra la mano de su novia y el coño palpitando alrededor del vacío.
Se derrumbaron una sobre la otra, sudadas, pegajosas, sin ganas ni fuerzas de ir al baño. Ya no importaba cómo amanecieran. Importaba que el cuerpo y la mujer que tenía encima despertaran junto a ella.





