La madre de mi novio me llevó a su refugio
En el último año de la secundaria me puse de novia con el chico más mujeriego del pueblo. Se llamaba Bruno, tenía un año más que yo y arrastraba una fama que cualquiera con dos dedos de frente habría tomado como advertencia. Yo, en cambio, la tomé como un desafío. Mentía con una naturalidad que daba miedo, desaparecía tardes enteras y volvía con disculpas tan gastadas que ya ni se molestaba en inventarlas nuevas. Y aun así, cada vez que me buscaba, yo terminaba cediendo.
Todo el pueblo se preguntaba qué hacía alguien como él con alguien como yo. Esa duda, lejos de molestarme, me hacía sentir elegida. Como si hubiera ganado algo que las demás no pudieron.
Bruno vivía con sus padres y dos hermanos chicos que todavía iban a la primaria. Su padre tenía exactamente la misma reputación que él: se contaban en el pueblo decenas de historias con mujeres, y yo a veces me quedaba pensando si su madre toleraba todo aquello por aparentar o porque, en el fondo, el hombre seguía siendo tan deseable como el hijo.
La primera vez que entendí que en esa casa nada era lo que parecía fue una tarde de calor, junto a la pileta.
Bruno y yo acabábamos de coger dentro del agua, escondidos contra el borde. Me había corrido la bombacha del bikini a un costado y me la había clavado por atrás, con una mano tapándome la boca para que no gritara, mientras la otra me apretaba una teta hasta hacerme doler. Todavía tenía la verga adentro cuando escuchamos la puerta corrediza. Me la sacó de golpe y sentí su leche escaparse tibia dentro del agua, mezclándose con el cloro. La bombacha volvió a su lugar mientras el corazón me golpeaba en la garganta. Su madre salía al patio en bata, se la quitó sin apuro y se metió al agua tibia con un chapuzón suave. Nos largamos a reír, nerviosos, mientras ella nadaba hacia nosotros. Por dentro yo me moría de vergüenza: ¿y si había estado esperando justo a que termináramos para entrar?
Marcela era una mujer hermosa para sus casi cincuenta años. Rubia, de ojos verdes y un cuerpo trabajado en el gimnasio con una disciplina que se notaba en cada línea. Ese día, en bikini, estiró los brazos y se sostuvo de los bordes de la pileta, dejando el pecho a la vista, y nos habló como si nada.
—¿Qué cuentan ustedes? ¿Se estaban divirtiendo? —preguntó con una media sonrisa.
—Mamá, ¿por qué no te vas? —protestó Bruno.
—Dejala, Bruno —dije yo, incómoda.
—¿Ves cómo trata a la madre, Camila? Si te quedás vos, nosotros nos vamos. Vamos, Cami.
—¿Por qué no la dejás un ratito más? —intervino Marcela—. Andá vos a bañarte, que esta noche tenemos que ir a lo de tu tío.
Bruno me miró, dudando.
—¿Te quedás un rato o subís conmigo?
—Me quedo y voy en un ratito —contesté.
Se fue resoplando. Marcela y yo quedamos solas en el agua. Ella se acercó nadando, sin prisa, hasta quedar apenas a un brazo de distancia.
—No llores nunca por él —me dijo en voz baja—. No va a cambiar por nadie. Lo mejor que podés hacer es aprenderlo desde ahora.
Aclaro una cosa: yo me llevaba muy bien con la madre de Bruno, pero jamás habíamos hablado de las infidelidades de su hijo, y mucho menos con esa franqueza.
—El padre es igual —siguió—. Al principio me importaba, le hacía escenas, todo era un infierno. Con los años entendí que no iba a cambiar y empecé a buscar mis propios intereses.
—Marcela, no sé qué decirte —murmuré.
—De todas las novias que tuvo, sos la única que me cae bien. Te lo digo de frente porque no quiero que pases por lo mismo que pasé yo.
Entonces sentí su mano bajo el agua, recorriéndome despacio la cadera. Los dedos me tantearon el hueso, bajaron por el muslo y volvieron a subir, esta vez metiéndose por debajo de la tela del bikini, apenas rozando la raja del culo. Se me cortó la respiración.
—No hace falta sufrir cuando podés divertirte igual o más que él.
Me aparté de su lado, salí de la pileta con el corazón disparado y le agradecí las palabras como pude. No quería quedar mal con ella, no después de que me dijera todo aquello. Pero salí de esa casa con la cabeza dando vueltas, y con el coño todavía latiendo por dos motivos distintos.
***
Sus palabras se me quedaron pegadas durante días. ¿Acaso ella también le era infiel a su marido y me estaba sugiriendo que hiciera lo mismo con Bruno? ¿O me estaba diciendo algo todavía más turbio? El recuerdo de su mano en mi cadera, de esos dedos metiéndose donde no debían, de la forma en que me había mirado mientras hablaba, no me dejaba en paz. Intenté borrarlo y no pude. Cada noche, cuando me metía en la cama, terminaba con la mano entre las piernas, pensando en ella, corriéndome mordiendo la almohada para que en casa no me escucharan. Me quedé llena de dudas sobre su vida y sobre esa casi confesión de buscar lo suyo por fuera del matrimonio.
Pasaron unas semanas y mis peleas con Bruno se hicieron más frecuentes. Una tarde me llevó casi a la fuerza hasta su casa. Yo estaba decidida a no perdonarlo esta vez, pero él insistió en que su madre quería hablar conmigo, y que si después de eso no lo perdonaba, se daría por vencido de verdad.
Acepté de muy mala gana. Cuando llegamos, Marcela tomó las llaves del auto y le dijo a su hijo que nosotras nos íbamos a dar una vuelta.
Me senté en el asiento del acompañante. Anduvimos un buen rato por caminos que no conocía, hasta que frenamos frente a una casa en las afueras del pueblo, rodeada de árboles.
—¿Dónde estamos? —pregunté.
—En mi casa también —dijo, y sonrió.
Era una casa cálida, acogedora, decorada con un gusto evidente. Cada detalle gritaba que la había armado una mujer que sabía exactamente lo que quería.
—Este es mi refugio, Camila. El patán de mi hijo está incontrolable, ¿verdad?
Mientras lo decía se quitó el abrigo. Debajo llevaba un vestido diminuto, de esos que una se pone para salir a bailar y volver acompañada. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, y al hacerlo dejó muy claro que no llevaba nada de ropa interior. Alcancé a verle el coño rasurado, de labios prolijos, brillando apenas por la humedad. Se me secó la boca.
—Marcela, no sé qué vas a poder decirme para convencerme —dije, tragando saliva—. Siento que merezco algo mejor que Bruno.
—Y no tengo ninguna duda de eso, nena. Pero no podés dejarnos así, de un día para el otro.
Se levantó, sirvió dos vasos de whisky y me alcanzó uno.
—No quiero —protesté.
—Tomátelo. Y ponete cómoda. Ese hijo que tengo tiene una forma rara de quererte, pero lo que va a pasar hoy va a ser mucho más importante que él.
—No entiendo nada —dije, tímida, dando un sorbo al vaso.
Su mano me recorrió el cuello, lenta, y la sensación me resultó embriagadora. El whisky bajó tibio por mi garganta y, de golpe, la incomodidad empezó a transformarse en otra cosa.
—Te gusta el masajito, ¿no? Mi mano en tu cuello. Lo supe desde el primer día que entraste a mi casa.
No fui capaz de contestar. Me gustaba lo que me decía y, sobre todo, me gustaba lo que sentía. Me quedé inmóvil en el sillón, con el corazón a mil, dando tragos cortos al vaso como si de ahí pudiera sacar el valor que me faltaba.
—Te dije que eras la primera novia que me caía bien. Es porque vos y yo tenemos cosas en común.
Entonces sentí su boca apoyarse contra mi cuello. Sus labios me besaron despacio, con una dedicación que me erizó la piel entera, y sus manos empezaron a bajar hacia mi vientre. Sin pensarlo, levanté los brazos y dejé que me sacara la remera.
—Camila, qué tetas hermosas tenés.
Su mano se metió dentro del corpiño. Jugó con mis pechos, los masajeó, me lamió la oreja y mordisqueó el lóbulo, y después se chupaba los dedos y volvía a acariciarme los pezones hasta dejarlos durísimos, tirando de ellos con las yemas hasta que se me escapaba un gemido. Con la otra mano me desabrochó el corpiño y me lo sacó de un tirón. Se agachó y se metió una teta entera en la boca, chupando fuerte, la lengua girando alrededor del pezón, y de repente el mordisco: los dientes cerrándose apenas, lo justo para que me arqueara contra el respaldo. Pasó a la otra teta e hizo lo mismo, me lamió el surco de entre las dos, me sopló encima para verme la piel de gallina.
Yo me retorcía de placer en el sillón, sin reconocerme. Me giró la cara y me dio un beso enorme, profundo, y sentí su lengua llevarme a un lugar al que nadie me había llevado antes. La seguí con una urgencia que no sabía que tenía dentro, chupándole la lengua como si fuera una polla, mordiéndole el labio de abajo.
Se acomodó encima de mí y me sujetó por la espalda para abrazarme mejor. Podía sentir sus pechos contra los míos, firmes, sin nada que los cubriera. Todo aquello, que debía resultarme extraño, me parecía lo más natural del mundo. No me sentía incómoda. No me sentía culpable. Solo quería más.
Quise tocarla yo también, aunque fuera por encima del vestido. Le encantó. Me tomó la mano y la guió, haciendo movimientos circulares sobre sus pechos mientras me decía al oído cuánto le gustaba. Después me metió la mano por debajo del vestido, y sin dejar de mirarme a los ojos me la clavó directamente contra su coño. Estaba empapada, ardiendo. Me guió los dedos hasta que encontré su clítoris, hinchado y duro, y me hizo dibujar círculos apretados hasta que se le escapó un gemido ronco.
—Así, nena. Aprendé rápido, que hay mucho por hacer.
Después se incorporó, se acomodó la tela sobre el cuerpo, y por un segundo pensé que ahí terminaba todo.
—Seguime. Vamos a la cama.
La seguí sin pensar en nada. Solo quería que esa sensación no se cortara.
***
Me recostó sobre el colchón y me bajó el pantalón de gimnasia. Quedé apenas con la tanga, una tanga mínima ya oscurecida por lo mojada que estaba. Me acomodé para mirarla, hipnotizada por cada gesto. Ella se fue quitando el vestido con una lentitud calculada hasta quedar completamente desnuda, y me dio tiempo para mirarla entera: las tetas paradas para la edad que tenía, los pezones grandes y rosados, el vientre plano marcado por el gimnasio, el coño rasurado con sus labios apretaditos, brillando entero. Se dejó caer sobre mí y yo abrí las piernas por instinto.
Me tomó de la cara y me besó otra vez, mucho más lascivamente que antes, con la boca entera. Sin dejar de besarme me arrancó la tanga hacia un costado y me tocó por encima de la carne, un solo dedo recorriendo la raja de arriba abajo, muy lento, hasta empaparse. Después me abrió los labios con dos dedos y sopló contra el clítoris. Grité de una manera que no había gritado nunca.
—Qué mojadita está esta concha —susurró, con la boca pegada a mi oreja—. Toda para mí.
Empezó a tocarme como quien afina un instrumento: dos dedos me acariciaban por fuera, dibujando círculos sobre el clítoris, mientras otros dos entraban y salían de mi coño con un ritmo firme, curvándose adentro para tocarme un punto que me hacía levantar la cadera del colchón. Alternaba: rápido, lento, muy lento, y de repente rápido otra vez. Yo gemía contra su boca sin control, apretándole los dedos con las paredes del coño cada vez que amenazaba con acabar.
Cuando sintió que todo mi cuerpo empezaba a contraerse, frenó de golpe. Me sacó los dedos, chorreando, y se los metió en la boca chupándoselos uno por uno delante de mí.
—Tenés un gusto de puta madre, Camila.
Me dejó al borde, temblando, respirando entrecortado. Bajó por mi cuerpo besándome, me chupó las tetas una vez más, siguió bajando por el vientre y me abrió las piernas como quien abre un regalo. Cuando sentí su lengua contra el clítoris casi me corro en el acto. Empezó a lamerme desde la entrada del coño hasta arriba, con la lengua ancha y plana, dejándome sentir cada milímetro. Después se concentró en el clítoris, chupándolo suave, pasando la punta de la lengua alrededor, mientras dos dedos volvían a entrar y salir. Yo le agarraba el pelo, se lo apretaba contra la concha, empujaba las caderas contra su boca sin poder controlarme.
—Marcela, me voy a correr, me voy a correr —le supliqué.
—Corréte en mi boca, nena. Toda.
Y me corrí. Me corrí con un grito largo, temblando entera, apretándole la cabeza entre los muslos mientras ella seguía chupando y tragando cada gota como si tuviera hambre. Cuando levantó la cara tenía la boca y el mentón brillando, y me sonrió con una satisfacción que me hizo estremecer de nuevo.
—Ahora te toca a vos aprender.
Se acomodó de espaldas contra las almohadas, abrió las piernas y se acarició el coño con dos dedos, invitándome. Me agaché entre sus muslos, un poco insegura, y le pasé la lengua por primera vez. Tenía un gusto fuerte y salado que se me hizo adictivo enseguida. Copié lo que ella me había hecho: lamí de abajo hacia arriba, chupé el clítoris con los labios, metí la lengua dentro del coño y la moví hasta que la sentí retorcerse encima mío.
—Así, así, aprendés rápido la nena. Metéme los dedos también.
Le metí dos dedos y los curvé como ella me los había curvado a mí. Marcela se agarró de mi pelo y empezó a moverme la cabeza al ritmo que le gustaba, con firmeza, casi montándome la boca. Yo la chupaba y la lamía con ganas, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de mis dedos.
—No pares, no pares, sucia. Comé bien esa concha.
Cuando se corrió me apretó tan fuerte con los muslos que me dolió, y sentí su chorro caliente contra la lengua. Me quedé ahí, chupándola hasta el último temblor, hasta que me tiró del pelo para levantarme la cara y darme un beso sucio, largo, compartiendo el gusto de ella misma en mi boca.
Después me hizo girar y quedamos las dos de costado, encajadas, cada una con una pierna arriba de la otra, los coños rozándose. Empezó a moverse contra mí, refregando su clítoris contra el mío, y el mundo se me cortó en dos. Le abracé la cintura, después las caderas, y empecé a moverme buscándola, abriendo las piernas todo lo que podía para sentirla mejor. Cada roce era húmedo, caliente, resbaladizo, y sonaba a chapoteo.
Ella se acomodó un poco más, con la experiencia de quien sabe perfectamente dónde y cómo, y empezó a moverse más rápido, ajustando cada roce para que las dos llegáramos juntas. La fricción se volvió un vaivén constante, imposible de detener. Nuestros coños se abrían y se cerraban uno contra el otro, empapados, y el cuero de la cama se manchaba debajo nuestro.
—Sos una nena muy sucia —me decía sin dejar de moverse—. Me venís calentando desde el primer día que pisaste mi casa. Quería comerte este coñito desde que te vi la primera vez.
Me encantaba escucharla. Cada palabra me daba más impulso para levantar las caderas y empujar contra ella, para que nuestros cuerpos chocaran una y otra vez. Entre embestida y embestida nos besábamos como locas, sin aire, mordiéndonos los labios y la lengua.
—Decíme que te gusta, decílo.
—Me encanta, Marcela, me encanta tu concha contra la mía —le contesté, sorprendida de mí misma.
—Más fuerte, decíme que sos mi putita.
—Soy tu putita, soy tu putita, hacéme lo que quieras.
Se apretó más contra mí, me clavó las uñas en la cadera y empezó a moverse a un ritmo que ninguna de las dos iba a poder sostener mucho. Yo sentía mi clítoris chocar contra el suyo, y cada choque era una descarga. Me corrí con un grito ahogado contra su boca justo cuando ella se corría encima mío, gimiendo mi nombre. Sentí su humedad mezclarse con la mía, corriéndonos por los muslos.
Estuvimos así un rato largo, hasta que el cuerpo no nos dio más. Las dos temblábamos cuando por fin nos detuvimos. Me eché boca arriba, agotada, con los muslos pegajosos y el coño latiéndome todavía, dejando claro con cada respiración lo mucho que había disfrutado.
Cuando la miré de reojo, Marcela ya se estaba vistiendo. Sin decir nada, empecé a hacer lo mismo, en silencio, todavía sin entender del todo qué acababa de pasar. Ella me sorprendió mirándome y se rio.
—No hace falta jugar al oficio mudo —dijo, agarrándome la cara para darme un último beso, uno de esos besos que todavía sabían a las dos.
—Es que no sé qué fue todo esto —confesé.
—Camila —dijo, acomodándose el vestido frente al espejo, sin perder la sonrisa—, esto es la clase de diversión que podemos tener siempre que sigas con Bruno.
Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de seguir con él no me pareció tan mala.





