Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que dejaron de ser solo amigas

Hacía calor esa noche de julio, uno de esos calores que se pegan a la piel y no se van ni con la brisa. Camila y Renata habían quedado en salir sin un plan concreto, solo a caminar y a tomar algo, como tantas otras veces. Eran amigas desde la facultad, casi seis años, y había algo entre ellas que nunca se animaron a nombrar.

Empezaron en un bar pequeño cerca del río, de esos con luces bajas y música que no obliga a gritar. Pidieron vino, después otra copa, y para la tercera ya estaban riéndose de cualquier cosa con las cabezas demasiado cerca. Camila notaba el perfume de Renata cada vez que se inclinaba hacia ella, y notaba también cómo le costaba apartar la mirada de su boca.

—¿Sabés que nunca te conté una cosa? —dijo Renata, jugando con el pie de la copa.

—¿Qué cosa? —preguntó Camila, aunque algo dentro de ella ya intuía hacia dónde iba.

—Da igual. Otro día.

Camila no insistió. Las dos sabían manejar muy bien el arte de no decir las cosas.

El pelo rizado de Renata le caía sobre los hombros, recogido apenas con una hebilla que amenazaba con soltarse. Llevaba una blusa fina, de tirantes, y cada vez que se movía Camila seguía el contorno de su cuerpo con una atención que ya no tenía nada de inocente. Llevaban años así: un roce de manos demasiado largo, un abrazo que duraba un segundo de más, miradas que se cruzaban y se escapaban enseguida.

Salieron del bar cerca de la una. La ciudad estaba casi vacía, las calles húmedas todavía por una lluvia temprana. Caminaron hacia el departamento de Camila sin acordarlo, simplemente porque quedaba cerca y porque ninguna tenía ganas de que la noche terminara.

—¿Subís un rato? —preguntó Camila en el portal, y su voz sonó menos firme de lo que pretendía.

—Obvio —dijo Renata, y le sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.

***

El departamento estaba en silencio. Camila encendió una lámpara del living, sirvió dos vasos de agua y se sentaron en el sillón, una frente a la otra, con las piernas cruzadas y las rodillas casi tocándose. La conversación siguió, pero ya no importaba el contenido. Importaban las pausas, los silencios cada vez más largos en los que se miraban sin decir nada.

—Te tengo que confesar lo de antes —dijo Renata de repente.

—Decime.

—Hace mucho que pienso en vos de una forma que no debería. —Bajó la vista a su vaso—. Y estoy cansada de hacer como que no.

A Camila se le aceleró el corazón de golpe. Sintió el calor subirle por el cuello, las manos repentinamente torpes. Durante años había imaginado esa frase, la había escrito y borrado mil veces en su cabeza, y ahora que la escuchaba no sabía qué hacer con ella.

—Yo también —dijo por fin, casi en un susurro—. Mucho más de lo que te imaginás.

No hubo más palabras. Renata se inclinó despacio, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse, y Camila no se apartó. Su boca tocó la de ella con una suavidad que la hizo temblar. Fue un beso lento al principio, tanteándose, como si las dos tuvieran miedo de romper algo. Después se volvió otra cosa.

La mano de Renata subió a su nuca, sus dedos se enredaron en su pelo, y el beso se hizo profundo, hambriento, con años de espera acumulados detrás. Camila la sintió abrirse contra su boca, su lengua buscando la suya, y un gemido bajo se le escapó de la garganta que la encendió por dentro. La mano libre de Renata bajó hasta su muslo y apretó, clavando los dedos por encima del jean, y Camila separó las piernas por reflejo, invitándola.

—No sabés cuánto esperé esto —murmuró Renata contra sus labios—. Cuántas noches me toqué pensando en vos.

—Contame cómo —jadeó Camila, con la boca abierta contra la suya.

—Después. Ahora quiero comerte entera.

***

Se pusieron de pie sin separarse, chocando con el respaldo del sillón, riéndose a medias entre besos. Camila la llevó de la mano hasta el dormitorio. La luz de la calle entraba por la ventana entreabierta y dibujaba franjas tenues sobre la cama. Renata la miró de una manera que la dejó sin aire, como si recién ahora se permitiera hacerlo de verdad.

Camila le bajó un tirante de la blusa con un dedo, despacio, y la besó en el hombro desnudo. Renata cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Siguió con el otro tirante, y la tela cayó hasta su cintura. No llevaba nada debajo. Sus tetas quedaron al descubierto bajo la media luz, los pezones ya duros, oscuros, apuntando hacia ella, y Camila se quedó un momento solo mirándola, intentando convencerse de que era real.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Renata, con una sonrisa nerviosa que le temblaba apenas.

—Me tenés loca —dijo Camila, y bajó la boca directo a un pezón. Lo chupó fuerte, lo lamió en círculos, lo mordisqueó hasta que Renata soltó un grito ahogado y se agarró de su nuca para que no parara. Pasó al otro sin soltar el primero, apretándoselo con los dedos, y le arrancó otro gemido más largo, más sucio.

—Mierda, Camila —jadeó Renata—, seguí así y me corro parada.

Renata no quiso quedarse quieta. Tiró del borde de la remera de Camila y se la sacó por la cabeza de un movimiento. Sus manos fueron directas, sin la timidez de antes, abarcando sus tetas, apretándoselas con una seguridad que la sorprendió y le gustó a partes iguales. Le mordió el labio, después el cuello, y le bajó el jean junto con la bombacha de un solo tirón, dejándola desnuda de la cintura para abajo. Le metió la mano entre las piernas sin preámbulos y Camila se abrió para ella con un gemido largo.

—Ya estás empapada —murmuró Renata contra su oído, deslizando dos dedos entre los pliegues de su coño—. Toda mojada por mí. ¿Hace cuánto que estás así?

—Desde el bar —confesó Camila, aferrándose a sus hombros—. Desde antes.

Cayeron sobre la cama enredadas, riendo y besándose al mismo tiempo. Renata terminó de arrancarse la falda y la bombacha, y cuando por fin quedaron las dos completamente desnudas, piel contra piel, la sensación fue tan intensa que Camila tuvo que detenerse un segundo solo para respirar. Sentía el sexo de Renata húmedo contra su muslo, el calor pegajoso, la evidencia de cuánto la deseaba.

—Mirame —dijo Renata, tomándole la cara con las dos manos—. No te escondas ahora. Quiero verte la cara cuando te haga acabar.

Camila la miró. Sus ojos brillaban en la penumbra, llenos de deseo y de algo más hondo, algo que venían cargando desde hacía demasiado. La besó otra vez, larga y profundamente, mientras sus cuerpos empezaban a moverse juntos, encontrando un ritmo que no habían ensayado pero que parecía conocido. El muslo de Renata se acomodó entre los suyos y Camila se restregó contra él sin ninguna vergüenza, dejando un rastro húmedo en su piel.

***

Camila empezó a bajar por el cuerpo de Renata, dejando un rastro de besos por su cuello, entre las tetas, por el vientre que subía y bajaba cada vez más rápido. Se detuvo en el ombligo, lo lamió, siguió más abajo, hasta que su boca rozó el vello suave del pubis. Renata hundió los dedos en su pelo, no para guiarla, sino para sostenerse de algo. Cada vez que la boca de Camila encontraba un punto nuevo, ella soltaba un suspiro entrecortado que daba más ganas de seguir.

—Abrí las piernas —le dijo Camila, con una voz que no reconoció como propia.

Renata obedeció, las rodillas cayendo hacia los costados, ofreciéndole el coño abierto y brillante bajo la luz tenue. Camila se tomó su tiempo. Le besó la cara interna de los muslos, primero uno, después el otro, mordiendo suavemente la piel más fina, subiendo cada vez más cerca sin llegar. Renata se retorcía, empujaba las caderas hacia arriba buscando su boca, y Camila la sostenía firme con las manos.

—Por favor —jadeó Renata—. Camila, por favor, no me hagas rogar.

—Quiero escucharte rogar.

—Chupámelo. Chupame el coño, dale, no aguanto más.

Camila bajó la boca de golpe y pasó la lengua en un lengüetazo largo, plano, desde abajo hasta el clítoris. Renata soltó un grito y arqueó la espalda entera. Camila se prendió, chupó con hambre, hundió la lengua entre los labios hinchados, jugó con el clítoris haciéndolo círculos primero suaves y después más rápidos. El sabor le llenó la boca, salado y espeso, y no quería que se terminara nunca.

Le metió dos dedos despacio, sintió cómo el coño la apretaba, cómo se le contraía por dentro. Empezó a moverlos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que hacía que Renata perdiera el habla. Lo encontró enseguida: Renata se sacudió, se le escaparon una cadena de puteadas roncas, se agarró de sus propias tetas y se las apretó.

—Así —dijo, con la voz quebrada—. No pares. No pares, la puta madre, no pares.

Camila no paró. Chupó, lamió, la penetró con los dedos con un ritmo firme mientras seguía trabajándole el clítoris con la lengua. Sentía a Renata acercarse al borde, su respiración cada vez más rápida y desordenada, los muslos temblándole a los costados de su cabeza, los dedos apretándole el pelo casi hasta lastimarla. Hasta que todo su cuerpo se sacudió con una ola que la dejó sin voz por un instante, después con un gemido largo y ronco que llenó el cuarto. Camila la sintió correrse contra su boca, en oleadas, y no la soltó, siguió chupando suave hasta que Renata la empujó con una risa temblorosa porque no aguantaba más.

—No puedo creer que esperamos tanto para esto —dijo cuando recuperó el aliento, todavía agitada, con el pelo pegado a la frente.

—Tu turno de no creerlo —contestó Camila, subiendo por su cuerpo y besándola en la boca para que se probara.

***

Renata la empujó suavemente hasta dejarla de espaldas y se acomodó sobre ella, repartiendo besos por todo el camino que Camila le había hecho antes. Conocía su cuerpo de memoria sin haberlo tocado nunca, o eso parecía, porque cada caricia caía exactamente donde tenía que caer. Le chupó las tetas sin apuro, primero una, después la otra, tirando de los pezones con los dientes hasta hacerla gemir. Bajó la mano entre sus piernas y encontró el coño empapado, resbaladizo, listo.

—Mirá cómo estás —murmuró, deslizándole los dedos por el clítoris—. Toda chorreando por mí.

—Me hiciste esperar mucho —jadeó Camila, moviendo las caderas contra su mano.

—Esperaste seis años —dijo Renata, levantando la vista con una sonrisa pícara mientras seguía bajando—. Aguantás un poco más.

Le abrió las piernas de par en par, se acomodó entre ellas y hundió la cara sin advertencia. Camila se dio la cabeza contra la almohada de puro placer. La lengua de Renata era pura maldad: lamía largo y despacio de abajo hacia arriba, después se concentraba en el clítoris con la punta, después lo chupaba entero como si fuera un caramelo. Le metió la lengua adentro y la sacó, la reemplazó por dos dedos, después por tres, la abrió, la llenó, mientras seguía chupándole el clítoris sin descanso.

Cuando por fin su boca llegó a donde Camila la necesitaba, todo lo demás dejó de existir. El calor le subió desde el centro del cuerpo y se expandió en oleadas. Se aferró a las sábanas, cerró los ojos, se dejó llevar por completo. Renata era atenta, generosa, leía cada señal como si llevara toda la vida haciéndolo. Cada vez que Camila se acercaba al borde, aflojaba apenas, la hacía bajar, y volvía a subirla más alto.

—Por favor —suplicó Camila, con las piernas temblando—. Renata, dejame acabar, no aguanto más.

—Corrémela en la boca —dijo Renata, y volvió a hundirse contra ella con todo, chupándole el clítoris fuerte, cogiéndola con los dedos con un ritmo que no aflojó.

El orgasmo la atravesó entera, intenso, largo, y se escuchó gemir sin ninguna vergüenza, gritar el nombre de Renata contra el techo. Sintió el coño apretarle los dedos en espasmos, la boca de Renata pegada a ella sin soltarla, chupándole todo hasta que Camila la empujó suave porque el clítoris ya le latía demasiado sensible.

Renata subió enseguida a abrazarla, con la boca todavía brillante, riéndose contra su cuello mientras Camila todavía temblaba, y la sostuvo así hasta que la respiración volvió a su sitio. Camila la buscó de nuevo, le pasó la mano entre las piernas y la encontró otra vez húmeda, dispuesta, y no la dejó descansar. La montó, encajó su muslo contra el coño de Renata y el suyo contra el de ella, y empezó a moverse. Se restregaron una contra la otra, coño contra coño, mojadas, resbaladizas, con los pechos aplastándose entre ellas y las bocas buscándose entre gemidos. Se acabaron así, casi al mismo tiempo, agarradas de las caderas y mirándose a los ojos, mientras la cama crujía bajo el ritmo terco de sus cuerpos.

Se quedaron enredadas, la cabeza de Camila sobre el pecho de Renata, su mano dibujando círculos perezosos en su espalda. Afuera, la ciudad seguía dormida, ajena a que algo entre ellas acababa de cambiar para siempre.

—¿Y ahora qué? —preguntó Camila, casi temiendo la respuesta.

—Ahora dejamos de hacer como que no pasa nada —dijo Renata, y le besó la frente—. Y ahora te doy vuelta y te lo hago otra vez, porque no pienso salir de esta cama en todo el fin de semana.

Camila se rió, todavía sin aire, y se acurrucó más contra ella. Por primera vez en seis años no había nada que callar, ningún roce que disimular, ninguna mirada que esconder. Solo el calor de su cuerpo, la lluvia que volvía a caer despacio sobre los techos, y la certeza tranquila de que esa noche habían dejado de ser solo amigas.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(7)

FilomenaR

increible, me dejo sin palabras!!!

CuriosaBaires

Esa tension acumulada de seis años se siente en cada parrafo. Muy bien narrado, me encanto leerlo.

Daiana_lec

me encanto!!! quiero mas relatos asi por favor!!!

SabrinaOK

¿Y como seguiran despues de esa noche? se me ocurren mil escenarios jajaja. Muy lindo el relato, se siente autentico.

LectorNocturno_MDP

Lo lei a las 2am y fue una pesima decision porque no pude dormir despues jajaja. La tension entre las dos esta perfectamente lograda, se nota que saben escribir.

Vane_BsAs

segunda parte por favor!!! me quede con muchas ganas de saber que paso despues

EstherMdP

Seis años fingiendo... eso es mucho tiempo. El relato lo transmite muy bien, parece sacado de algo real.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.