La desconocida que me rozó en el camión de mujeres
Hay deseos que una guarda en el rincón más privado, esos que ni a la mejor amiga le cuenta. El mío es sencillo de nombrar y casi imposible de explicar: no hay nada en el mundo que me caliente más que el roce furtivo de otra mujer en un lugar lleno de gente. Lo escribo ahora con una calma que no tengo cuando lo vivo.
Me llamo Mariana y trabajo como recepcionista en un spa del centro. Tengo veinticinco años, la piel clara y el pelo castaño que me cae siempre por debajo de los hombros. Sé el efecto que provoco cuando camino, y me gustaría decir que no me importa, pero estaría mintiendo. Me importa mucho. Me gusta sentir las miradas pegarse a mis caderas, a mi espalda, a esa parte de mí que desde la adolescencia llamó la atención de todo el mundo.
Cuando empecé a desarrollarme, mis amigas del colegio convirtieron mi trasero en una especie de juego. Me daban palmaditas, me lo apretaban entre risas, me decían que era injusto que una sola persona tuviera tanto. Yo me hacía la ofendida, pero por dentro me derretía. No eran los chicos los que me encendían con eso. Eran ellas, sus dedos delgados, la forma en que me miraban cuando creían que no me daba cuenta.
Nunca pasé de ahí con una mujer. Tuve novios, claro, hombres que adoraban mi cuerpo y que se perdían entre mis curvas. Pero el deseo por otra chica lo guardé siempre para la oscuridad de mi habitación, para esas noches en que me tocaba pensando en bocas suaves y en pieles que olían a perfume floral. Era mi secreto, intacto, sin testigos.
Tal vez por eso nació la costumbre. Sin proponérmelo, empecé a buscar el contacto en el transporte, en las filas, en los conciertos, en cualquier sitio donde la multitud me diera una excusa para acercarme a una desconocida. Lo hacía con cuidado, midiendo cada gesto. Si notaba la menor incomodidad, me apartaba de inmediato y fingía que nada había ocurrido. Pero a veces, más veces de las que cualquiera imaginaría, la otra no se apartaba. A veces, incluso, se acercaba ella.
***
Aquel jueves no buscaba nada. Lo juro. Había salido tarde del spa, agotada, con la única idea de llegar a casa, llenar la tina y desaparecer bajo el agua caliente. Mi novio se había ofrecido a pasar por mí, como siempre, pero esa noche tenía partido con sus amigos y los horarios no daban. Así que me quedé esperando en la avenida el camión exclusivo para mujeres, esos que a esa hora ya empiezan a escasear.
Llegó casi a las nueve, repleto. Subí a empujones y me quedé de pie cerca del fondo, sujeta a una de las barras laterales. Llevaba un pantalón sastre delgado que se ajustaba a mis piernas y una blusa clara que dejaba adivinar algo más de lo prudente. Iba pensando en cualquier cosa, en la cena, en el cansancio, cuando sentí que alguien pasaba detrás de mí. No fue un roce cualquiera. Fue un cuerpo entero deslizándose contra mi espalda.
Volteé con un gesto de fastidio casi automático.
—Perdón, de verdad, me empujaron —dijo una voz, suave y un poco entrecortada.
—No te preocupes, son cosas que pasan —respondí, y la molestia se me deshizo en el aire.
No alcancé a verla bien. Solo un perfil claro, el pelo recogido, una sudadera oscura. Pero esa voz me dejó imaginando una cara que todavía no conocía. La chica se quedó detrás de mí, espalda contra espalda, en esa cercanía obligada que impone un camión lleno.
Y entonces lo sentí. No fue la espalda. Fueron sus caderas, buscando las mías con una lentitud que no podía ser casualidad.
Me quedé inmóvil un segundo, conteniendo la respiración. Después, despacio, hice lo que siempre hago: me eché un poco hacia atrás, lo justo para comprobar si me lo imaginaba. Su cuerpo respondió. No solo no se apartó, sino que presionó con más firmeza, como si llevara rato esperando que yo le diera permiso.
Esto está pasando de verdad.
El roce se volvió constante, una conversación muda entre dos cuerpos que fingían no notarse. La tela fina de mi pantalón y la de sus leggins apenas eran una frontera. Cerré los ojos y dejé que el vaivén del camión nos meciera a las dos en el mismo ritmo. Sentí cómo me iba humedeciendo, cómo la respiración se me aceleraba sin que pudiera evitarlo. No quería que esa parada llegara nunca.
Pero llegó. El camión frenó, bajaron algunas mujeres y subieron muchas más, y el reacomodo nos arrancó de nuestro rincón. Lo lamenté como se lamenta perder algo que apenas se empezaba a tener.
***
El destino, o lo que sea que mueve estas cosas, quiso que ella quedara de nuevo detrás de mí. Pero esta vez de frente a mi espalda, su pecho casi pegado a mis hombros.
—Perdón otra vez —murmuró cerca de mi oído, y noté que la voz ya no le salía igual de serena—. Ya viste cómo sube la gente aquí.
—Tranquila —dije, y mi propia voz me sonó extraña, demasiado baja—. No pasa nada.
Su aliento en mi nuca fue una descarga que me recorrió la columna entera. Olía a perfume floral y a algo más, a piel tibia, a deseo sin nombre. Sentí los pezones tensarse bajo la blusa, el cuerpo entero rendido antes de que ella hiciera nada. Y entonces hizo algo. Pegó la pelvis a mi trasero y empezó a moverse, apenas, un balanceo mínimo que nadie alrededor habría sabido leer.
Le devolví el gesto. Empujé hacia atrás, busqué el contacto, y las dos comenzamos a mecernos al mismo compás, disimuladas entre los cuerpos cansados de las demás pasajeras. De vez en cuando se le escapaba un sonido contra mi oreja, tan bajo que más que oírlo lo adivinaba.
Cuando el camión se metió en un túnel largo, la oscuridad la envalentonó. Sentí su lengua recorrer el lóbulo de mi oreja, lenta, descarada, durante unos segundos que se me hicieron eternos. Sus manos me tomaron de las caderas y apretaron, y el balanceo dejó de ser un roce para convertirse en otra cosa.
El tráfico nos regaló más tiempo del que cualquiera de las dos esperaba. El camión quedó atrapado bajo un puente, detenido, con el motor ronroneando y la música del chofer cubriendo cualquier ruido. Una de sus manos se deslizó desde mi cadera hacia adelante y me acarició por encima del pantalón, justo donde yo ardía. Pasé el brazo hacia atrás y le devolví la caricia, palpando su entrepierna a través de la tela ya tibia y húmeda.
Nos tocamos así un rato largo, sin separar los cuerpos, sin decir palabra, respirando cada vez más rápido. Nadie a nuestro alrededor sospechaba nada. La música tapaba los suspiros, la noche tapaba las manos.
***
Armada de un valor que no sabía que tenía, me giré para quedar de frente a ella. Y casi me derrito en el acto. La chica no pasaba de los veintidós, con una cara dulce, una boca pequeña en forma de corazón y unos ojos que escondían algo mucho menos inocente que su rostro. Nadie habría adivinado, mirándola, la clase de travesura que habíamos compartido todo el trayecto.
No nos dijimos nada. Nos quedamos respirándonos en la cara, regalándonos el aliento como quien echa más leña al fuego. Con la mano libre nos sujetábamos de las caderas, escondidas por la penumbra del puente y el bamboleo del camión casi vacío.
Para entonces, las últimas pasajeras se habían bajado. Quedamos solas en el fondo, deslizadas hacia el rincón más profundo, y por fin nuestras bocas se encontraron. Fue un beso sin tregua, labios que se aplastaban, lenguas que se buscaban y se enredaban, salivas que se mezclaban hasta volverse una. Sentí sus pechos rozar los míos, sus pezones duros respondiendo a los míos a través de la ropa.
Su mano bajó hasta mi trasero y me pegó más a ella, como si quisiera fundirnos. Yo hice lo mismo con las dos manos, apretando esas curvas firmes que me habían vuelto loca todo el viaje.
—Por favor… —le pedí entre besos, sin aire—. No pares.
Ella sonrió con una picardía que no encajaba con su carita de ángel. Metió la mano por dentro de mi pantalón, apartó la tela empapada de mi ropa interior y me tocó al fin sin barreras. Yo busqué lo mismo dentro de sus leggins, deslicé los dedos entre sus piernas y la sentí mojada, ansiosa, latiendo contra mi mano.
Nos masturbamos la una a la otra de pie, en el rincón de aquel camión, con las frentes pegadas y los gemidos ahogados en la boca de la otra. Sus dedos encontraron mi clítoris y los míos el suyo, y empezamos a frotarnos a un ritmo cada vez más urgente, más torpe, más desesperado. Nunca me había sentido tan encendida, tan sin freno, tan animal.
El placer subió rápido, más rápido de lo que pude controlar. Sentí la oleada acumularse, tensarse, y supe por su respiración que a ella le pasaba lo mismo. Nos corrimos casi al mismo tiempo, en la mano de la otra, con un gemido que esta vez no logramos contener.
Fue ese sonido el que nos delató. El chofer giró la cabeza hacia el fondo y nos vio: dos mujeres despeinadas, agitadas, con las manos donde no debían. Antes de que pudiera decir nada, las dos nos enderezamos, rompimos el beso a medias y, todavía temblando, bajamos del camión casi de un salto.
***
Salimos a la calle tomadas de la mano, riéndonos como dos niñas que acaban de hacer una travesura enorme. Ninguna de las dos sabía bien dónde estábamos; las dos nos habíamos pasado de nuestra parada hacía rato, perdidas en lo nuestro.
Nos detuvimos bajo una luz amarilla y nos miramos a los ojos, intentando leer en la otra qué venía ahora. Mi cuerpo todavía vibraba, mi boca todavía extrañaba la suya, y por la forma en que me apretó la mano supe que ella sentía exactamente lo mismo.
Y aquí debería terminar la confesión. Pero no fue la única vez que la vi, y aquella noche estaba lejos de haber acabado. Lo que pasó después, sin embargo, es otra historia que tal vez me anime a contar algún día.