La última noche con ella antes de su vuelo
Mariana abrió los ojos despacio, como si todavía estuviera deshaciéndose de un sueño bueno. La luz oblicua de la mañana entraba por las cortinas y yo llevaba un buen rato observándola desde mi lado de la cama.
—¿Estás bien? —le pregunté con una sonrisa tibia.
Tardó un segundo en reconocerme. No por confusión, sino por placer. Era yo, la mujer que la había besado hasta dejarla sin aire, la que se había hundido entre sus piernas, la que la había abrazado dormida hasta que se le ablandó la respiración.
—Sí —dijo, y se aclaró un poco la garganta—. Estoy muy bien. Lo de anoche fue precioso.
Se incorporó en la cama con la calma de quien no tiene ningún sitio mejor donde estar. Cogió la camisa de hombre que le había prestado la noche anterior y se la puso sobre la piel desnuda. Abrochó el tercer y el cuarto botón nada más. Los demás los dejó abiertos, como una invitación que no necesitaba palabras.
Yo me incorporé también, con la sábana resbalándome hasta la cintura. Sentí cómo se me pegaba el muslo a la tela. El calor de la noche todavía me latía entre las piernas, y verla así, con la camisa entreabierta y el pelo revuelto, no ayudaba a calmarlo.
—¿Te apetece ver el amanecer desde la terraza? —le pregunté.
Me clavó la mirada sin pestañear.
—Sí. Contigo, mucho más.
Le tendí la mano y nos levantamos las dos. Yo me puse otra camisa, también de hombre, pero no me molesté en abrocharla. Pensé un segundo en buscar las bragas y descarté la idea. A esas alturas, la ropa era un detalle que ya no nos protegía de nada.
Mariana caminó delante de mí por el pasillo. La camisa blanca le marcaba el culo a cada paso, y yo iba detrás procurando mantener una distancia que no me sirvió de nada. Me acerqué lo justo para olerla por la mañana, esa mezcla de jabón viejo y de ella misma que se me había metido en la nariz desde la primera noche.
Atravesamos el salón. En ese mismo salón nos habíamos comportado como dos locas la semana anterior, sobre la alfombra y contra el borde del sofá. Cruzarlo a esa hora, con el sol todavía sin asomar del todo, fue como pasar por un campo después de la batalla. Quedaban rastros invisibles, un olor cómplice que solo nosotras podíamos reconocer.
Salimos a la terraza. El aire de la mañana traía frío del mar. Me coloqué detrás de ella y la abracé, cruzando las manos sobre su vientre. Apoyé la barbilla en su hombro. Por encima de los tejados, una franja naranja empezaba a quemar el horizonte.
—¿Te he dicho hoy lo mucho que me gusta estar contigo? —le susurré al oído.
Echó la cabeza hacia atrás. Su boca quedó a un dedo de la mía, y la besé sin prisa. La besé despacio, porque la prisa ya nos había acompañado demasiadas veces.
A esas alturas Mariana sabía que conmigo cualquier cosa menos cerebral era posible. Le abrí la camisa con dos dedos, botón a botón, y subí las manos hasta sus pechos. Soltó un sonido pequeño y arqueó la espalda. Su culo se pegó todavía más a mi cuerpo, y yo entendí que el amanecer iba a esperar.
Mi mano derecha bajó por su vientre, lenta, dibujando el camino. Llegó a la apertura de sus piernas. Estaba mojada. Mi dedo se movió por su clítoris y sus labios con la soltura que solo se aprende escuchando muy bien el cuerpo de la otra.
—Sigue, por favor, sigue —dijo entre dientes—. Mmm…
Le obedecí un rato, con la cara enterrada en el lateral de su cuello. Después saqué el dedo y, con su propia humedad, le dibujé dos letras sobre el vientre: «TQ».
Te quiero. Aunque hoy no toque decirlo, te quiero.
Querer y amar son palabras que no se dicen en vano. Le hice una promesa allí mismo, con el sol terminando de salir. Le prometí que jamás sería un obstáculo en su vida, que nunca la pondría delante de una elección imposible. Si alguna vez llegaba ese momento, tiraría las cartas sobre la mesa como un jugador que se levanta sin terminar la partida. Lo único que le pedí fue que no me obligara a callar lo que sentía.
Echó la mano hacia atrás, buscándome. Tuve la suerte de no haberme abrochado la camisa, porque sus dedos encontraron mi sexo sin tener que apartar nada. Pensé que me iba a caer cuando me tocó el clítoris. Lo hizo con ternura y con determinación a la vez, dos cosas que parecen contradictorias y no lo son. Me corrí con la mejilla pegada a su pelo, mordiéndome el labio para no despertar a los vecinos.
***
Aquella iba a ser nuestra última tarde juntas, al menos por una temporada. No sabíamos cuándo íbamos a poder vernos otra vez. Su vuelo salía a la mañana siguiente y yo había decidido no contar las horas. La invité a comer a un restaurante pequeño del barrio antiguo, uno de esos sitios a los que solo llevo a quien me importa de verdad.
Quería disfrutar de la comida, del vino y de su conversación. Una de las cosas que más me gustan de Mariana, además del sexo, es cómo habla. Escribe bien, pero hablando me encandila aún más. Tiene ese modo lento de soltar las ideas, como si cada frase mereciera su propio espacio.
A media comida noté que llevaba un rato mirándome los labios. Me pregunté si se nos notaba demasiado. No era la primera vez que salía con otra mujer, pero sí era la primera en que no quería esconderlo. Yo había elegido el restaurante pensando que pasaríamos desapercibidas un sábado al mediodía. Me equivoqué. El camarero no le quitaba el ojo de encima, y ella no se daba cuenta o disimulaba muy bien.
Me sorprende, todavía, que una mujer como Mariana, culta, con su propia vida resuelta, se interese por alguien como yo. Le sonreí. Vi cómo se le subía el color a las mejillas. Recé porque no notara la vergüenza que estaba sintiendo yo también. Por fuera puedo parecer una mujer de vuelta de muchas cosas. Por dentro, hay gestos que todavía me hacen perder pie.
Soltó una risa breve, casi un suspiro, y entonces hizo algo que llevaba minutos deseando que hiciera. Me sostuvo la mirada. Estuvimos así un rato, como dos crías que juegan a ver quién parpadea primero.
Perdí.
Cuando estábamos a esa distancia en la que el corazón empieza a latir distinto, le sonreí. Abrió la boca y se inclinó un poco más, como si fuera a preguntarme si conocía el sitio. No dijo nada. Me cogió la cara con una mano, me atrajo hacia ella, y me besó.
Fue un beso tierno y suave, pero cargado. Mi cabeza se quedó en blanco. Me dejé hacer, con los ojos cerrados, atenta solo al peso de su mano en mi mejilla y a sus labios sobre los míos. No me importó el camarero, ni la pareja de la mesa de al lado, ni nadie. Definitivamente, me gusta estar con ella.
Se separó unos segundos después y me miró a los ojos. Tiene los ojos de un color que nunca consigo definir, algo entre la miel y la corteza húmeda de un árbol. Su mirada era brillante y firme. Me sonrió una vez más, y yo juré por dentro que como volviera a hacerlo, me tendría en sus manos para siempre.
—Una última copa en tu casa —me pidió bajito—. Mañana me voy.
—Pido la cuenta —contesté.
***
Nos cogimos de la mano y la dejé que se dejara guiar, aunque ella conocía el camino tan bien como yo. Caminamos dos calles en silencio, sin necesidad de llenarlo con nada. Llegamos al portal pequeño de mi edificio, ese de puerta roja que ella había aprendido a reconocer entre todas las puertas del barrio.
No me hizo falta soltarle la mano para sacar las llaves con la otra. Abrí, entramos, y antes de que la puerta acabara de cerrarse a mi espalda, la empujé contra la pared del zaguán. Hundí la cara en su cuello. Olía a ella y a un poco de perfume, ese que se pone solo cuando viaja.
A partir de ahí perdí la noción del tiempo. Dejé que fuera ella la que me quitara la ropa, primero la chaqueta fina, después la camisa, los pantalones, todo. Mi república, la nuestra, era ese piso pequeño en el que nadie nos pedía explicaciones. Cada caricia suya me arrancaba un segundo del reloj. Cada beso me dejaba un rato más sin contar.
Cuando recuperé un poco de cabeza, abrí los ojos. Estaba pegada a mí, moviéndose despacio, frente con frente. Solo cuando su mano se deslizó entre mis muslos y me acarició el sexo me di cuenta de hasta dónde había llegado mi excitación. Sonrió, porque le encanta saber que es ella quien provoca eso en mí. Empezó a moverse en círculos, con tres dedos suaves, y me hizo perder el sentido por segunda vez en el día.
Fuimos al sofá medio andando, medio cayendo, sin querer perder un minuto en separarnos. Se tumbó encima de mí. Su melena larga me caía sobre los pechos y me hacía cosquillas. Solté un gemido sin querer. Después noté cómo dos de sus dedos entraban con calma dentro de mí, y un movimiento ondulado, lento, que me arqueó la espalda entera.
Sus labios bajaron a mis pezones. Me los lamió, me los mordió justo lo suficiente para que el placer rozara con el dolor sin cruzar la línea. Sentí varias falsas alarmas. El cuerpo me anunciaba el orgasmo y se retiraba un segundo después, y yo movía las caderas para acercarme más a su mano. Solté un gemido distinto, uno que ella conoce, el que significa «ya casi».
Lo entendió. Aceleró los dedos, los metió más hondo, me pellizcó el pezón izquierdo con la fuerza justa. Una ola de calor me subió desde el vientre hasta la garganta. Le agarré el pelo y grité su nombre con la cabeza echada hacia atrás.
Mientras el corazón se me iba calmando, sus caricias se hicieron pausadas. Se tumbó a mi lado y se encajó en mi cuerpo como si llevara mucho más tiempo en él del que en realidad había estado. Me regaló esa sonrisa que llevo viendo en la cabeza desde la primera vez. Y solo entonces me acordé de que al día siguiente, a las siete, tenía que dejarla en el aeropuerto.
No se lo dije. Quedaba toda la noche por delante.