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Relatos Ardientes

La chica del recital me pidió oler mi perfume

El plan empezó como una tontería: ver tocar a una banda de rock en un galpón al otro lado del río, con mi amiga Mara aguantándome los nervios. Mientras esperábamos el colectivo en la parada, nos dimos cuenta de que el grupo de chicos que estaba detrás iba al mismo lugar. Me animé a hablarles sin demasiada vergüenza, y resultaron tan agradables que terminamos subiendo juntos para no entrar solas al recinto.

Eran seis. Iván venía con su novia Renata; estaban Bruno, Tomás, Sofía y su novio Nico. Hicimos chistes durante todo el viaje y, cuando bajamos en la última parada, Mara y yo ya teníamos confianza con ellos.

Adentro del galpón nos acomodamos cerca de los baños, porque Mara siempre baja al baño cuatro veces por show. La vista al escenario era buena igual. Estaba tocando una banda soporte mejor de lo esperado, así que me quedé bailando mientras Mara iba a buscar tragos. Los chicos se acercaron a mi sector. Cuando Mara volvió con las bebidas, Renata se acercó a mí para compartir el vaso.

La había mirado de reojo en el colectivo, pero recién ahí pude observarla bien. Era casi de mi estatura, delgada, pelo oscuro y lacio cortado a la mandíbula, con ojos grises muy claros enmarcados por un delineado negro grueso. Llevaba los labios pintados de un rojo mate que parecía hecho a propósito para que uno se quedara mirándolos. Tenía puesta una remera rota de The Strokes que dejaba ver el corpiño negro debajo, un short minúsculo, medias de red y botas hasta la rodilla. Se veía hermosa.

No les digas que sos bisexual. Todavía no. No los conocés.

Estaba a punto de empezar el show cuando Mara me agarró del brazo.

—Acompañame al baño antes de que arranquen.

—Dale, vamos. Aprovecho y compro otra ronda así no andamos secas.

Una mano me tomó la muñeca por atrás. Era Renata.

—Yo voy con ustedes.

La sujeté fuerte. El galpón ya estaba demasiado lleno como para movernos sueltas; o nos agarrábamos de la mano o se nos perdía alguna. Cuando llegamos al sector de los baños, la fila era larguísima. Le dije a Mara que se quedara haciendo cola y que yo me iba a pedir los tragos.

—¡Genial! —me contestó, con el pulgar para arriba.

Renata se sumó conmigo a la otra fila. Y fue ahí donde empezó todo.

—¿Qué perfume usás? —me preguntó, inclinando un poco la cabeza.

—Uno que me regaló mi mamá para el cumpleaños. Creo que se llama Black Opium o algo así.

—Olés muy rico. Si pudiera te lo olería más de cerca.

—Podés.

Le acerqué el cuello sin pensarlo demasiado. Cuando ella se inclinó y sentí su nariz casi rozándome la piel debajo de la oreja, se me erizó todo. Una corriente que me bajó por la espalda y se me clavó en algún lugar mucho más abajo. No supe si era mi cuerpo el que pedía algo o si era la situación, pero entendí enseguida que quería besarla. La tensión sexual se quedó colgada entre nosotras como un cable.

Nos dieron los tragos. Volvimos hacia donde estaba Mara. La fila había avanzado apenas. Por suerte el show todavía no arrancaba. Cuando Mara entró al baño, nosotras también aprovechamos y nos metimos. Con los vasos en una mano y la multitud apretándonos por todos lados, no me quedó otra que agarrarme de la remera de Mara, y Renata se agarró de la mía. Mientras avanzábamos a contracorriente para volver a nuestro lugar, sentí una mano que me apretaba el culo. Pensé que era Renata. No estaba segura. Estábamos apuradas y la multitud no daba espacio para girarse. Seguí caminando.

Apenas llegamos al sector, salió la banda principal al escenario. Con Mara cantamos todas las canciones, sacamos fotos, lloramos un poco en la segunda balada y nos abrazamos. Cuando terminó el show, los chicos propusieron ir a comer pizzas todos juntos.

***

En la pizzería, Renata se sentó al lado mío. Mientras pedíamos, su pierna empezó a rozarse contra la mía debajo de la mesa. La primera vez me sobresalté.

—¡Perdón! ¿Te pisé? —dijo, disimulando.

Pero no era pisarme. Era el contacto deliberado de su pantorrilla contra mi tobillo. A los pocos minutos volvió a hacerlo. Después su brazo pasó por debajo de la mesa con la excusa de acomodarse las medias de red, y la palma me rozó la pierna derecha con una suavidad que no era casual. Yo seguía conversando con los demás sin mover un músculo de la cara.

Cuando terminamos, los chicos pagaron toda la cuenta. Mara me agarró aparte camino a la puerta.

—Amiga, si hay química me voy con Bruno. ¿No te enojás?

—No, dale. Aprovechá. Cualquier cosa me mandás un mensaje.

Renata estaba a un metro y escuchó todo. Me llegó un mensaje al celular casi al toque.

¿Te gustan las mujeres?

Tardé en responder. Solo le mandé un «sí», sin signos de puntuación, y guardé el celular.

Mara se subió al auto con Bruno y antes de cerrar la puerta lo amenacé con el dedo. Te voy a vigilar, le dije. Se rieron los dos. Pedí mi propio viaje. Renata se acercó.

—¿Compartirías el auto con nosotros? Vivimos cerca.

Iván sonrió desde un costado. Acepté.

***

El chofer era simpático. Habló de fútbol con Iván durante todo el viaje; discutieron de equipos como dos hinchas conocidos. Renata y yo veníamos sentadas en el asiento de atrás. En algún momento de la charla, ella deslizó la mano sobre la mía y entrelazó nuestros dedos sin que él se diera cuenta. Me llegó otro mensaje.

¿Querés bajar en mi casa?

No respondí. No podía. Tenía la garganta seca y el corazón tirando en dos direcciones a la vez.

Iván bajó primero, frente a un edificio bajo. Renata se bajó con él, lo abrazó y le dio un beso largo, profundo, de novios que se conocen desde hace años. Lo miré desde adentro del auto con una envidia que no sabía cómo nombrar. Subió de nuevo. Cerró la puerta. El chofer arrancó.

Cuando llegamos a su edificio me preguntó:

—¿Bajás?

Dudé tres segundos. Pagué el viaje. Bajé.

***

—Fijate si está el portero —me dijo mientras buscaba la llave.

Empujé la puerta interna. El portero dormía en su cabina. Apreté el seis. Renata cerró la puerta de vidrio con un código y subimos en silencio. Adentro del ascensor me agarró la mano de nuevo y me sonrió. Yo tenía los nervios trepándome por las piernas. Ella tenía novio. Iván me había caído bien. Algo del orden de la culpa se me estaba acomodando en el pecho.

Antes de abrir la puerta del departamento se llevó un dedo a los labios.

—Sin ruido. Mi hermano está durmiendo en el comedor; la novia lo echó hace unos días.

Entramos en puntas de pie. Pasamos junto a un bulto cubierto con una manta en el sillón del living. Nos metimos en su habitación y cerró la puerta despacito. Sacó dos cervezas frías y un paquete de papas fritas del cajón.

Hablamos un rato. De la banda, del recital, de Iván. La tensión seguía ahí, suspendida entre las dos, esperando que alguna se decidiera a tocarla.

—Así que te gustan las mujeres.

—Sí. Tuve mi primera experiencia con una amiga hace bastante.

Me animé y le toqué la mano.

—¿Y vos?

—Siempre me gustaron. Y vos me parecés muy linda. Te quise comer desde que sentí el perfume.

Se inclinó y me besó. El beso fue tan lento, tan exacto, que no hubo manera de no seguirlo. Nos besamos un rato largo, hasta que freneé y la miré.

—¿Y tu novio?

—No importa Iván ahora. Vos me gustás a mí. Y somos una pareja abierta. Esto está más que conversado entre nosotros.

Me quedé en silencio. Ella aprovechó el silencio y me besó de nuevo, esta vez con más hambre. La pasión que me recorrió el cuerpo me llevó a montarme arriba de ella sin pensarlo. Nos besamos así un rato más, sintiendo el calor a través de la ropa.

—¿Querés bañarte? —me preguntó.

—Sí.

***

En el baño se sacó toda la ropa primero. La había imaginado vestida y la realidad era todavía mejor: pezones erectos, cintura más finita de lo que se intuía, una pequeña cicatriz vieja en la cadera derecha. Me acerqué y la besé de nuevo, porque no había forma de no hacerlo. Me desvestí mientras ella regulaba el agua de la ducha.

Adentro fue ella la que empezó. Me besó el cuello, los hombros, el medio del pecho. Bajó por la línea del esternón hasta arrodillarse sobre las baldosas mojadas. Me empezó a besar la vulva con una calma que no tenía ningún apuro. Tuve la suerte de haberme depilado dos días antes; ella podía verlo todo. Cuando su lengua encontró el clítoris se me escapó un gemido.

—Despacito —murmuró—. No quiero despertar a mi hermano.

Siguió. Yo me mojaba cada vez más, no solo del agua. Sus dedos se deslizaron adentro de mí y empezaron a moverse con un ritmo paciente. Yo intentaba tocarle los pechos, alcanzar lo que pudiera. De golpe se paró, me besó en la boca, me giró contra los azulejos y me hizo inclinarme hacia adelante. Sus dedos volvieron a entrar desde atrás mientras la otra mano me tomaba el pecho. Lo que sentía era tan intenso que supe que iba a terminar enseguida. Y terminé, mordiéndome el labio para no gritar.

***

Volvimos a la habitación con el pelo mojado y las toallas envueltas. Nos acostamos una al lado de la otra. Todo empezó a fluir de nuevo. Los besos se hicieron más apasionados, más profundos, hasta que ella se montó arriba mío. Me besó el cuello, fue bajando, encontró mis pechos y los amasó con la boca llena. Me los dejó húmedos, los pezones tan erectos que me dolían un poco.

Yo trataba de contener los gemidos. La respiración se me salía sola igual. Renata fue bajando por mi vientre hasta la zona de la pelvis y las piernas, repartiendo besos chiquitos, como si me estuviera marcando un territorio. Cuando volvió a llegar a la vulva me miró desde abajo.

—¿Te mojaste de nuevo, amor?

Asentí sin poder articular palabra. Empezó a pasarme la lengua de arriba abajo, despacio, y mi cuerpo no pudo dejar de moverse. Cada lamida me arrancaba un temblor distinto. Cuando metió los dedos otra vez y empezó a moverlos rápido, supe que no me iba a contener. Mis gemidos se me escaparon altos y ella tuvo que taparme la boca con la mano libre para que no nos descubrieran. Acabé contra su palma.

—Vení vos arriba —le dije, con la voz rota.

Se subió sin dudarlo. Le besé la vulva como ella me había besado a mí, pero más impaciente. Su clítoris estaba empapado. La escuchaba gemir sobre mi cara y eso me prendía más. De golpe me dijo:

—Me voy a dar vuelta.

Quedamos en sesenta y nueve. Intenté seguir besándola, pero lo que ella me hacía a mí no me dejaba concentrarme. Me preguntó algo, no entendí qué. Yo contesté en una voz tan baja que no sé si me escuchó, o si fue mi cabeza la que contestó por mí.

***

Se levantó de pronto y abrió un cajón del placar. Sacó un arnés con un consolador de goma azul. Lo dejó en la cama. Lo agarré y empecé a chuparlo para dejarlo bien mojado.

—Te voy a penetrar yo —le dije.

Me lo puse, ajustando las tiras alrededor de las caderas. Ella se acostó boca arriba.

—Así no. Date vuelta. Ponete en cuatro.

Obedeció. Apoyó el pecho contra el colchón y dejó el culo para arriba, parado. Mojé el consolador con un poco más de saliva y empecé a penetrarla, despacio al principio, midiendo. Las dos nos movíamos de manera conjunta, encontrando un ritmo. Sus gemidos se hicieron cada vez más fuertes. Yo sentía lo mojada que estaba cada vez que empujaba contra ella. En pocos minutos su cuerpo empezó a temblarme bajo las manos, y supe que estaba a punto. Le di más fuerte. Terminó arqueando la espalda y mordiendo la almohada.

***

Salió de la habitación para traer agua. Cuando volvió nos reímos: habíamos mojado la sábana entera. Me dio un beso y se acostó.

—Sos hermosa.

—Vos también.

Le acaricié el pelo. Le dije que estaba cansada y me acosté del lado izquierdo de la cama. Renata me abrazó por atrás en cucharita y me dio un beso en la nuca. Sentir su cuerpo desnudo pegado al mío, su pecho contra mi espalda, alcanzó para que se me encendiera todo de nuevo.

—Me estás provocando otra vez. Basta.

—Es lo que quiero.

Me di vuelta. Renata se puso encima trabando sus piernas con las mías. Sentí su vulva tocando la mía, las dos tan húmedas que el contacto fue eléctrico. Empezó a moverse y yo no pude no responderle. Nuestros clítoris se rozaban con cada meneo. Los gemidos volvieron al toque. El ritmo se hizo más urgente, más sin cuidado. En algún momento dejé de pensar en su hermano.

—Más rápido —me pidió, con la voz hecha trizas—. No pares.

No paré. El placer era único. Acabamos las dos casi al mismo tiempo, abrazadas, ella gritando contra mi pelo. Si su hermano no nos escuchó esa noche es porque dormía con tapones.

***

Nos dormimos abrazadas, todavía sudadas. Me desperté con olor a café. Renata estaba en la cocina, en bata, preparándome una taza. Pasamos al comedor. El hermano se había ido a trabajar; nunca lo conocí. Me preparé, me vestí y me fui a mi casa con el bolso al hombro y el delineado todavía intacto.

No nos volvimos a ver. A veces, cada dos o tres meses, me pone un me gusta en alguna foto de Instagram. Yo se lo devuelvo. Y las dos sabemos lo que ese pequeño corazón rojo significa.

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Comentarios (5)

SilvianaB

que comienzo!!! me engancho desde la primera linea y ya no pude soltar el celular

Sofi_lectora

No puede quedar asi, seguí por favor. Necesito saber que paso despues.

CristinaMR

el detalle del perfume es lo mas sensual que lei en mucho tiempo, hermoso

LunaRosa_77

Me recuerda a algo que me paso en un festival hace unos años. Esas noches que empiezan tan casuales son siempre las que no olvidás jaja

MarisolCA

Que bien contado, se siente la tensión de ese momento sin que sobre nada. Escribis muy natural, sin forzarlo. Hay segunda parte?

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