Mi primera vez lésbica empezó siendo un favor
Después de aquellas tardes con mi hijo menor, me encontré con un dilema que me quitaba el sueño. ¿Tenía que contárselo a Damián, el mayor, con quien compartía cada aventura desde hacía meses? Decidí callarme, al menos por un tiempo. No quería celos entre hermanos ni que el pequeño se enterara de lo nuestro antes de que la cosa entre los tres se consolidara.
El silencio me costó caro. Una mañana, mientras desayunábamos solos, Damián me soltó la idea sin previo aviso.
—Mamá, ya va siendo hora de que pruebes con una mujer.
Casi me atraganto con el café.
—¿De qué hablas?
—De Verónica. La madre de Andrés. Sabes que llevo follando con ella desde el verano. Le dije que tenías una amiga recién divorciada y quería ver si la animaba un poco. Esa amiga vas a ser tú.
Lo miré por encima de la taza, sin saber si reírme o discutirle.
—¿Tu idea no será que terminemos haciendo un trío las dos contigo, cabrón?
Se rio con esa cara de pillo que había heredado de su padre.
—No te digo que no. Pero hacerlo con mujeres te va a abrir un campo nuevo. Y si tú te aficionas, vas a poder convencer a tu hermana de que se anime con su hijo también.
¿Qué no haría una madre por un hijo así? Acepté a regañadientes. Él me pasó el número de Verónica y le envié un mensaje fingiendo voz apenada, como una mujer al borde del derrumbe. Ella respondió enseguida. Quedamos para la tarde siguiente en su piso del centro.
***
Elegí con cuidado. Falda azul corta, medias negras opacas, una blusa estampada con florcitas y la cazadora de cuero. Cuando llegué al portal me temblaban las manos. Tres pisos sin ascensor me dieron tiempo a pensar en darme la vuelta, pero llegué hasta el rellano y toqué el timbre.
Verónica me abrió en camiseta de tirantes blanca y braguitas azul marino. Era noviembre, pero en su casa hacía un calor de invernadero. Tenía la calefacción puesta como si viviera en el trópico, y supongo que eso formaba parte del plan. Era guapa, mucho. Pelo castaño recogido en un moño flojo, piel canela, esa clase de cuerpo que no necesita gimnasio porque la genética ya hizo el trabajo.
—Pasa, mujer. Estás temblando.
—Es la calle.
—Ya, claro.
Me hizo sentarme en un sofá de terciopelo verde, me ayudó a quitarme la cazadora y se acomodó a mi lado tan cerca que noté el calor que le salía del muslo. Empezó a contarme su historia. El marido que la había dejado por una más joven, los meses de hundimiento, el día en que se prometió a sí misma que no volvería a privarse de nada. Hombres, mujeres, los dos al mismo tiempo. Lo contaba como si me estuviera ofreciendo café.
—Yo no había pensado nunca en mujeres —dije, para defenderme de algo que todavía no me estaba pasando.
Ella sonrió. Se acercó. Antes de que pudiera reaccionar, su boca estaba sobre la mía.
No fue un beso de cortesía. Fue un beso largo, hondo, con la lengua entrando despacio y enroscándose con la mía. Yo me quedé quieta dos segundos. Después le contesté.
—A mí no me gustan las mujeres —protesté cuando me dejó respirar.
—Ya verás cómo cambias de opinión.
Y volvió a besarme.
***
La verdad es que sentir su lengua era distinto y a la vez no. Más suave, más paciente. Sin la urgencia ansiosa que ponen los hombres. Verónica se daba cuenta de cada uno de mis estremecimientos y los aprovechaba. Después de un rato largo de besos, separó la cara unos centímetros y dijo, con esa ironía suya:
—Si quieres paro.
No quería que parara. Mi cara se lo dijo antes que mi boca. Ella entendió el silencio como permiso y siguió. Una mano me bajó por la espalda y se quedó en el culo, apretándolo a través de la falda. Lo hacía con una delicadeza que ningún tío me había dedicado nunca. Yo, casi sin pensarlo, llevé la mía al suyo y le devolví el gesto.
Me quitó la falda con la habilidad de quien lo ha hecho muchas veces. Después me subió la blusa hasta el cuello y me bajó el sujetador sin desabrocharlo. Sus manos se quedaron en mis pechos, sopesándolos, repasándome los pezones con los pulgares.
—Menudas tetas tienes —murmuró.
Volvió a besarme. Yo ya no protestaba. Me arrancó el tanga y la blusa y me dejó desnuda en su sofá, con las medias negras todavía puestas. En algún momento se quitó la camiseta y las braguitas y se puso ella también desnuda delante de mí. Entendí por qué Damián estaba enganchado a ella. Tenía un cuerpo que no parecía de carne. Caderas que sostenían el peso justo, vientre liso, unos pechos pequeños pero firmes que apuntaban hacia arriba.
—Túmbate.
Me dejé.
***
De rodillas a un costado del sofá, llevó una mano a mi pecho y la otra entre mis piernas.
—No me extraña que Damián esté loco por estas tetas.
Casi me incorporo. Por un segundo creí que sabía. Después caí en que mi hijo le había hablado de Andrea, mi supuesta amiga separada, y que Verónica pensaba que el chico estaba loco por las tetas de Andrea. Solo que Andrea era yo, y a mi hijo lo único que le faltaba para volverse loco por mis tetas era una excusa.
Verónica no notó mi sobresalto. Estaba demasiado concentrada en lo que hacía. Su dedo entró entre mis pliegues con la naturalidad de quien encuentra el camino sin mapa. Empezó a moverlo despacio, mientras con la otra mano me amasaba el pecho izquierdo.
—¿Quieres que pare?
Negué con la cabeza. Me daba vergüenza decirlo en voz alta. Ella se rio bajito y bajó el cuerpo hasta apoyar la mejilla en mi muslo. Sin sacar el dedo, sacó la lengua y empezó a lamer la parte superior del sexo, justo donde más quemaba. Lo hacía con un ritmo extraño, casi musical, alternando círculos lentos con presiones firmes.
Mi cuerpo empezó a contraerse antes de que mi cabeza entendiera lo que pasaba. Ella aceleró cuando notó que estaba al borde. El dedo siguió moviéndose hasta que un calambre largo me sacudió desde la nuca hasta los dedos de los pies. Era mi primer orgasmo con una mujer. Lo viví con los ojos cerrados, mordiéndome el labio para no gritar en una casa que apenas conocía.
Cuando volví, ella me miraba sonriendo.
—Gracias —solté—. Esto es mejor que con muchos tíos.
—Ya te lo había dicho. Ahora te toca a ti.
***
Se tumbó en el sofá con las piernas abiertas. Yo me quedé sentada, mirando un sexo de mujer por primera vez en mi vida desde esa perspectiva. No es lo mismo verlo en un espejo que tenerlo a un palmo de la cara.
—Nunca lo he hecho —admití.
—Cariño, me encanta ser yo la que te desvirgue.
La frase me dio risa y vergüenza a la vez. Acerqué la cara con cuidado, como si fuera a meterme en agua fría. Pasé la lengua una vez, despacio, recogiendo lo que ya estaba ahí. Su sabor me sorprendió. No era nada que pudiera comparar con otra cosa.
—Lo estás haciendo bien —dijo desde arriba—. Vas a ser una buena amante de mujeres.
Eso me animó. Pensé en lo que a mí me gusta que me hagan y empecé a hacérselo. Lengua plana primero, después la punta apretando, después círculos sobre el clítoris mientras los dedos pellizcaban el resto. Ella empezó a respirar fuerte. Sus muslos se cerraron sobre mis orejas en algún momento, y eso me indicó que iba por buen camino.
—Me corro.
Tres palabras. Dos segundos después, sentí un temblor recorrerle el vientre y un líquido tibio en la lengua. Lo recogí entero, despacio. Era la primera vez que hacía correrse a una mujer y entendí que mi vida sexual acababa de doblar una esquina sin retorno.
***
Verónica me llevó al dormitorio. La cama estaba deshecha, con dos almohadas grandes y una colcha estampada. Me tendió boca arriba, me besó largo, y empezó a recorrerme con la boca desde el cuello hasta el ombligo. Cuando llegó al sexo introdujo dos dedos a la vez y siguió besándolo por fuera, sin parar de moverlos dentro.
—Se te nota que disfrutas. Esto lo vamos a repetir con otras amigas.
No respondí. Estaba demasiado ocupada flotando.
Sus dedos eran más pequeños que cualquier polla que hubiera tenido dentro, pero llegaban a sitios donde una polla no llega. Encontró un punto detrás del hueso, lo apretó con la yema, y me hizo correrme otra vez en menos de un minuto.
Después me hizo darme la vuelta. Boca abajo, con la cara contra la almohada. Me besó los cachetes del culo, los mordió suave, y volvió a meterme un dedo en el sexo mientras con la otra mano me tanteaba el otro agujero. Era la primera vez que me hacían eso. Los dos a la vez. El cuerpo no sabía dónde concentrarse y eso multiplicaba el placer. Llegué al tercer orgasmo de la tarde sin que ninguna de las dos lo hubiera planeado.
—Te voy a presentar a un amigo —dijo.
Por un momento pensé que había alguien más en la casa. Se levantó, fue hasta la cómoda, y volvió con un consolador de silicona del tamaño de un buen antebrazo.
—Este fue mi primer amor cuando se fue el otro idiota.
Lo dejó al lado de la almohada y se acomodó a mi flanco. Me abrió las piernas con calma y empezó a empujarlo despacio. Era más grueso que cualquier hombre que hubiera estado dentro de mí. Apreté los dientes hasta que se adaptó. Después fue todo placer.
—¿Verdad que te gusta?
Asentí con los ojos cerrados. Ella movía el aparato con un ritmo perfecto, más profundo de lo que ningún hombre se hubiera atrevido. Cada empuje me sacaba un sonido distinto. Cuando llegué, esta vez sí grité. Verónica me tapó la boca con la mano libre, riendo.
—Tienes alma de viciosa. Lo vamos a pasar bien tú y yo.
Sacó el aparato y me lo puso en las manos.
—Ahora tú.
Lo cogí con miedo. Una cosa era recibirlo, otra dárselo a alguien. Verónica se abrió de piernas en la cama, sonrió, y me animó.
—Si pensara que me vas a hacer daño no te lo pediría.
Acerqué el consolador y lo guié dentro. Ella gimió fuerte en cuanto entró el primer centímetro. Yo empecé a moverlo, primero con cuidado, después con más confianza. Era curioso. Por primera vez entendía la sensación de poder que sienten los hombres al penetrar. Como yo había recibido tantas pollas en mi vida, sabía qué ritmo buscar. Aceleré cuando ella aceleró. Frené cuando le hizo falta una respiración. Con la mano libre le acaricié los pechos, le pellizqué un pezón, y cuando se le contrajeron los muslos supe que estaba ahí.
—Sigue, sigue, así.
Llegó con un grito ronco que se llevó la mitad del aire del dormitorio. Después me abrazó, todavía con el aparato dentro, y me besó la oreja.
—Esto lo tenemos que repetir. Cómprate uno tú, para cuando estés sola.
Me reí pegada a su cuello. No iba a comprarme nada. Yo tenía a Damián y al pequeño para no estar sola.
***
—Antes de que te vayas —dijo después de un rato—, hagamos una de las cosas más deliciosas que pueden hacer dos mujeres.
Me hizo tumbarme boca arriba con las piernas abiertas. Después se subió encima en sentido contrario, de manera que mi cara quedó frente a su sexo y el suyo frente al mío. Bajó la lengua y me empezó a comer mientras me presentaba el suyo a la altura de la boca. Lo abrí. Hice lo mismo que me estaba haciendo. Le copié el ritmo, las pausas, los círculos.
Comer y ser comida a la vez es una sensación que ningún libro me había explicado bien. Su lengua sabía dónde golpear. La mía aprendía a marchas forzadas. Yo me corrí primero, dos minutos después. No la dejé moverse. Seguí trabajándole el sexo con la boca hasta que oí los gemidos cambiar de tono. Cuando se corrió encima de mi cara, me sentí orgullosa de algo que dos horas antes me parecía impensable.
***
Nos vestimos despacio, en silencio. Ella me ofreció una botella de agua que vacié de un trago. Mientras me ponía las medias, me miró y me dijo:
—Cuando quieras te presento a algunas amigas. Tenemos un grupo. Lo pasamos bien.
—Me apetece.
—¿Alguna que no conozca Damián?
—Por supuesto. Hay terrenos que conviene mantener fuera de los chicos.
Me besó en la boca al despedirme. Un beso corto, casi de mujer a mujer que se conoce de toda la vida. Bajé las escaleras del edificio temblando otra vez, pero por motivos distintos a los de la subida.
Mientras caminaba a casa pensé en lo que acababa de pasar. No sustituía a lo que hacía con mis hijos. Lo complementaba. Era otro registro, otra entrada en el mismo libro. Damián tenía razón, el muy cabrón. Acababa de abrirme un campo entero y todavía no sabía cuánto me iba a llevar explorarlo.
Cuando entré por la puerta, el pequeño estaba en el salón viendo una serie. Levantó la cabeza, me sonrió, y por la cara que puse supo que algo había pasado. Pero no preguntó. Esa noche cené con los dos y me fui a la cama temprano, con el cuerpo agradecido y la cabeza llena de planes.