Lo que la mujer de mi padre me enseñó esa tarde
Renata tenía cuarenta y cuatro años y un pelo corto que le daba al rostro un aire de seguridad que yo siempre había envidiado. Esa tarde me observaba desde el otro extremo del salón con una mezcla de ternura y complicidad, como si ya supiera lo que yo había venido a pedirle antes de que me atreviera a decirlo en voz alta.
Yo me llamo Lucía y acababa de cumplir veinte años. Estaba sentada en el sofá de la casa de campo a la que solíamos escaparnos los fines de semana, jugando con el borde de mi suéter sin saber cómo empezar. El aire fresco del atardecer entraba por la ventana abierta y se mezclaba con el olor a madera y a la leña que crepitaba en la chimenea.
—No sé ni por dónde arrancar —confesé, y mi voz salió como un hilo que se perdió en el silencio de la habitación.
Renata se acercó y se sentó en el brazo del sofá. Su sola presencia ya era reconfortante, como un abrazo que no necesitaba contacto.
—No tienes que preocuparte por nada —dijo, con un tono suave pero firme—. Todas pasamos por esto alguna vez. Lo único importante es que te sientas cómoda y segura.
Asentí, aunque mi expresión no terminó de relajarse. Llevaba medio año con mi novio y él había empezado a insistir en dar el siguiente paso. Yo quería estar preparada, pero no sabía por dónde se empezaba algo así. Por eso había recurrido a Renata, la pareja de mi padre, Tomás. Desde que entró en nuestras vidas siempre había sido para mí como una hermana mayor, alguien con quien hablar sin vergüenza. Su paciencia y su experiencia la convertían en la persona perfecta para guiarme.
—¿Por qué no me cuentas qué es lo que más te asusta? —sugirió, tomando mi mano entre las suyas. Las tenía cálidas, y sentí un cosquilleo extraño al contacto.
—Tengo miedo de no saber qué hacer —admití, bajando la mirada—. No quiero que piense que soy rara o que no entiendo nada.
Renata rio bajito, un sonido cálido que me tranquilizó.
—Nadie nace sabiendo, Lucía. El sexo se aprende, igual que todo. Y lo que de verdad importa es que las dos personas lo disfruten. —Hizo una pausa y me miró a los ojos—. ¿Quieres que te enseñe algunas cosas?
Levanté la vista de golpe. ¿A qué se refería exactamente? Sus ojos oscuros no me dejaron ninguna duda, y aun así una curiosidad que no reconocí como mía me empujó a responder.
—Sí. Por favor. No sé por dónde empezar.
Se puso de pie y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—Vamos a la habitación. Ahí estaremos más tranquilas.
***
El cuarto era pequeño pero acogedor, con una cama amplia cubierta por un edredón de lana y cojines repartidos sin orden. La última luz de la tarde entraba por la ventana y proyectaba sombras doradas sobre las paredes de madera. Renata cerró la puerta detrás de nosotras y se volvió hacia mí con una sonrisa que pretendía calmarme.
—Lo primero que tienes que entender es que tu cuerpo es tuyo —empezó, plantándose frente a mí—. Nadie tiene derecho a hacerte sentir incómoda. El sexo es algo hermoso solo cuando hay respeto y ganas de las dos partes.
Asentí, aunque el corazón me golpeaba el pecho. Nunca había hablado de esto con nadie, y mucho menos con semejante naturalidad.
—¿Sabes qué partes de tu cuerpo son las más sensibles? —preguntó, dando un paso hacia mí.
Negué con la cabeza y noté cómo me ardían las mejillas.
—No, la verdad es que no.
—Entonces lo vamos a descubrir juntas —dijo con dulzura—. ¿Te parece bien?
Volví a asentir. El nerviosismo no se iba, pero tampoco quería que parara. Renata se acercó, apoyó una mano en mi cintura y me guio despacio hacia la cama.
—Siéntate aquí. Vamos a empezar por algo sencillo.
Me senté en el borde con las manos entrelazadas sobre el regazo. Ella se arrodilló frente a mí y me miró con una expresión en la que se mezclaban la ternura y la determinación.
—¿Alguna vez te has tocado? —preguntó, en voz muy baja.
Tragué saliva. El calor me subía por el cuello.
—Un poco. Pero no sé si lo hago bien.
Asintió, como si esperara justo esa respuesta.
—Es normal. Muchas mujeres no saben explorar su propio cuerpo. Hoy eso va a cambiar.
Con movimientos lentos, casi medidos, posó una mano sobre mi muslo y la deslizó hacia arriba hasta la curva de la cadera. Contuve la respiración. Sentía un hormigueo en la piel justo donde ella me tocaba.
—Relájate —susurró, y su aliento tibio me rozó la oreja—. No hay ninguna prisa.
Lo intenté, pero mi cuerpo parecía tener voluntad propia. El corazón me latía sin control y los pezones se me endurecieron bajo la tela del suéter. Renata lo notó y sonrió, trazando círculos suaves sobre mi cadera.
—¿Sientes esto? —preguntó, con la voz más ronca—. Tu cuerpo ya está respondiendo. Es completamente normal.
Asentí, incapaz de pronunciar una palabra. Sus manos siguieron moviéndose con una seguridad que, en lugar de asustarme, me calmaba. Deslizó los dedos bajo el suéter y me rozó la piel del abdomen. Se me escapó un gemido suave y cerré los ojos mientras una oleada tibia me recorría entera.
—¿Ves? —murmuró ella contra mi oído—. Tu cuerpo sabe perfectamente lo que le gusta.
Me subió el suéter despacio, hasta dejar a la vista el sujetador de encaje blanco. El aire fresco me hizo temblar, pero no me aparté. Renata me miró con una intensidad nueva, los ojos brillando entre el deseo y algo parecido al cariño.
—Eres preciosa —susurró, antes de inclinarse y rozarme la clavícula con los labios.
***
Temblé con el contacto. Mi cuerpo reaccionaba de un modo que jamás había experimentado. Ella siguió besando y recorriendo con la lengua la piel de mi cuello y mis hombros, mientras sus manos desabrochaban el sujetador con una habilidad que me dejó sin aliento. Cuando lo retiró, me sentí expuesta y, a la vez, extrañamente libre.
—Tócate —susurró, y guio mi propia mano hacia mi pecho.
Obedecí. Mis dedos temblorosos rozaron el pezón y un escalofrío de placer me arrancó otro gemido. Renata sonrió, satisfecha, y entonces fue ella quien se inclinó y atrapó el pezón entre sus labios.
Arqueé la espalda sin querer y eché la cabeza hacia atrás. Sus manos seguían recorriéndome, una sobre mi pecho y la otra abriéndose camino entre mis muslos. La respiración se me cortaba a cada toque. Cuando su boca bajó por mi vientre y se demoró entre mis piernas, sentí que flotaba, que el cuerpo entero me ardía con un deseo que no sabía que existía.
—¿Te gusta? —preguntó, con esa voz grave que me volvía loca.
—Sí… me encanta —contesté, casi sin que me saliera la voz—. Sigue, por favor. No pares.
Renata no paró. Sus labios y su lengua trabajaban con una paciencia deliciosa que me empujaba poco a poco hacia un borde que nunca había rozado. Me retorcía sobre la cama, agarraba las sábanas con las dos manos y los gemidos se me escapaban sin que pudiera contenerlos.
—Dios, qué gusto —jadeé—. No pares, por favor, creo que me voy a correr.
El placer estalló de golpe y me dejó temblando, con la respiración entrecortada y una sonrisa boba que no podía borrar. Renata se incorporó un poco y me miró con intensidad.
—Ahora te toca a ti explorar —dijo—. Tócame, Lucía. Descubre lo que me gusta.
La miré con una mezcla de dudas y deseo. Ella me alentó con la mirada, y eso me dio el valor que me faltaba. Con las manos todavía temblorosas, le acaricié el cuello, la piel suave bajo los dedos. Renata cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás mientras un suspiro se le escapaba de los labios.
Me sentí poderosa por primera vez. Recorrí sus hombros, bajé por su espalda y llegué hasta la hebilla del cinturón.
—Desabróchame los pantalones —susurró, y su voz ronca me erizó la columna.
Obedecí, torpe pero decidida. Cuando los pantalones cayeron al suelo, me encontré mirando la ropa interior de encaje negro que llevaba. El corazón se me aceleró y se me secó la boca de repente.
—Tócame —repitió—. No tengas miedo.
Deslicé la prenda hacia abajo y, al ver su piel desnuda, sentí que la curiosidad por fin vencía al nervio. Ella se separó apenas para dejarme ver, húmeda y dispuesta, invitándome a explorar sin palabras.
—Sí, así —susurró, guiando mi mano con la suya—. Muévete en círculos. Descubre lo que me hace gemir.
Mis dedos empezaron con torpeza, pero pronto encontré un ritmo que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido largo y profundo. Una nueva oleada de excitación me inundó: mi propio cuerpo respondía al sonido de su placer, como si los dos estuviéramos conectados por un mismo hilo.
—Aprendes rápido —susurró, con la voz cargada de deseo—. Sigue así, no pares.
Seguí, cada vez con más confianza, mientras ella me guiaba entre suspiros y jadeos. Cuando por fin se dejó llevar, su orgasmo me sacudió a mí también, y nuestros gemidos se mezclaron en la penumbra de la habitación como una sola respiración.
***
Renata cambió de posición y se acomodó entre mis piernas, mirándome de nuevo con esa intensidad que me desarmaba.
—Todavía me queda algo por enseñarte —dijo, en un susurro seductor.
La miré con el corazón en la garganta, anticipando lo que vendría. Sus dedos resbalaron por mis muslos, abriéndome con suavidad, hasta dejarme otra vez completamente expuesta. Sentí un escalofrío de nervios y excitación a partes iguales, pero ni se me ocurrió apartarme.
Volvió a inclinarse y me rozó con la lengua, despacio, leyendo cada reacción de mi cuerpo. Un gemido ahogado se me escapó y la espalda se me arqueó sola. Ella ajustaba el ritmo a mis suspiros, llevándome de nuevo hacia ese lugar al que solo ella sabía guiarme.
—Relájate —murmuró contra mi piel—. Déjate llevar.
Lo intenté, pero el cuerpo seguía teniendo voluntad propia. Hundí los dedos en las sábanas, los gemidos salían sin que pudiera frenarlos, y entonces todo volvió a estallar.
—Por Dios, otra vez —grité, perdida ya en un placer que no sabía que mi cuerpo era capaz de sentir.
Cuando por fin recuperé el aliento, Renata se tumbó a mi lado y me apartó un mechón de la cara. No dijo nada durante un rato largo. No hacía falta. Esa tarde, en la casa de campo, había aprendido mucho más de lo que había ido a buscar, y supe que jamás volvería a mirarla del mismo modo.