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Relatos Ardientes

Renata descubrió en Lucía lo que su marido no le daba

Renata y Lucía se conocían desde el último año del colegio, cuando todavía no tenían nombre para lo que sentían cada vez que se quedaban a dormir en casa de la otra. Lo descubrieron despacio, una madrugada de verano, con las luces apagadas y la respiración entrecortada, mientras fingían que aquello era solo un juego entre amigas.

No volvieron a fingir nunca más.

Los años las hicieron mujeres, pero no las separaron. Donde iba una, iba la otra. Renata tenía el cuerpo lleno de curvas suaves, unas tetas grandes que se movían solas al reírse, y una risa que se escuchaba antes de que entrara a cualquier lugar. Lucía era más delgada, más callada, con unos ojos oscuros que parecían saber exactamente lo que la otra estaba pensando, y un culo pequeño y respingón que volvía locos a los hombres en la playa. Juntas eran imposibles de ignorar.

En la playa, los hombres las miraban con una mezcla de deseo y resignación. Las dos lo notaban y se reían entre dientes, tendidas sobre la arena, los dedos rozándose como por casualidad. Sabían que las observaban. Sabían que ninguno de esos hombres las tendría jamás. Y esa certeza, de alguna manera, las encendía todavía más.

—Mira al de la sombrilla azul —murmuró Renata sin mover los labios—. Lleva media hora sin pestañear.

—Que mire —contestó Lucía, deslizando una mano por el muslo de su amiga, subiendo despacio hasta rozarle el borde del bikini—. Mirar es gratis. Follarnos es imposible.

—Se le va a poner dura ahí mismo —se rio Renata, abriendo un poco las piernas bajo el sol, provocadora—. Que se la casque pensando en nosotras esta noche.

***

Eran épocas de soltería, de noches largas y de pieles que aún no sabían lo que era el aburrimiento. Cuando llegó el momento de casarse, ninguna de las dos lo vivió como una despedida. Tuvieron suerte, o quizás supieron elegir. Sus maridos eran hombres tranquilos, abiertos, de esos que entienden que el amor no se guarda en una caja con candado.

Renata se casó con Mateo, un arquitecto paciente que aprendió desde el primer día a no preguntar de más. Lucía eligió a Damián, divertido y sin prejuicios, que cuando supo de lo suyo con Renata simplemente sonrió y dijo que jamás se le ocurriría interponerse entre dos fuerzas de la naturaleza.

Así que nada cambió. O cambió para mejor.

Los fines de semana eran de las cuatro paredes de una u otra casa, de las sábanas revueltas y de las tardes en que los dos matrimonios compartían vino, comida y, cuando caía la noche, mucho más que conversación. A veces Renata terminaba montada sobre la polla de Damián, moviendo las caderas despacio mientras Lucía y Mateo follaban en el sofá al ritmo de sus gemidos. Otras veces eran solo ellas dos, en el centro de la cama, comiéndose el coño la una a la otra sin descanso, y los maridos quedaban relegados al papel de espectadores agradecidos, cascándosela en silencio en un rincón mientras las miraban devorarse.

—Me gusta más cuando solo estamos nosotras —confesó Lucía una de esas noches, con la cabeza apoyada en el vientre de Renata, todavía con el sabor de su coño en la boca.

—A mí también —respondió ella, enredando los dedos en el pelo de su amante y bajándole la cara otra vez entre sus muslos—. Ellos son el postre. Tú eres la cena. Y ahora sigue chupando, que no habíamos terminado.

Lucía obedeció. Le abrió los labios del coño con dos dedos y hundió la lengua ahí dentro, lamiendo despacio, subiendo hasta el clítoris hinchado y chupándolo hasta que Renata arqueó la espalda y le agarró la cabeza con las dos manos. Se corrió empapándole la barbilla, mordiéndose el labio para no despertar a los maridos que dormían en la habitación de al lado.

***

Con el tiempo, el círculo se fue ampliando. Otras mujeres empezaron a orbitar alrededor de ellas, atraídas por esa complicidad que se respiraba en el aire cada vez que estaban juntas. Algunas se quedaban una sola noche. Otras volvían. Renata y Lucía las recibían a todas con la misma generosidad, sin celos, sin reglas, salvo una: al final de cada encuentro, se dormían abrazadas la una a la otra.

Fue una de esas amigas quien les habló de la casa.

—Es discreta —les explicó mientras se vestía una mañana de domingo, todavía con marcas de dedos en las caderas—. Solo se entra con invitación. Los martes hacen sesiones de mujeres. Tienen que ir. Van a perder la cabeza.

Renata y Lucía se miraron. No hizo falta hablarlo.

El primer martes llegaron temprano, nerviosas como dos adolescentes en su primera cita. La casa no tenía nada de lo que habían imaginado: ni luces rojas ni excesos de mal gusto. Era una residencia amplia, de paredes claras y música suave, donde varias mujeres conversaban en bata como si esperaran un turno en un spa.

Una hora y media después, ninguna de las dos recordaba haber estado nunca tan lejos del mundo.

Empezó lento. Una morena de tetas pequeñas se acercó a Renata y le desató la bata sin decir palabra, dejándola desnuda en medio de la sala. Le mordió el cuello, le agarró un pecho y le pellizcó el pezón hasta que Renata jadeó. Otra mujer, rubia y de caderas anchas, la empujó suavemente hasta un diván y le abrió las piernas de par en par. Renata la vio arrodillarse frente a su coño y sintió la primera lamida como una descarga eléctrica que le subió por la columna.

A Lucía la llevaron a la habitación de al lado. Tres mujeres la tumbaron boca arriba y se repartieron su cuerpo con una calma metódica. Una le chupaba las tetas turnándose entre un pezón y otro, otra le lamía el cuello y le metía la lengua en la boca, y la tercera, arrodillada entre sus piernas, le comía el coño con una hambre que Lucía no había sentido nunca en una mujer. Sintió cómo dos dedos se hundían en ella mientras una lengua le lamía el clítoris, y le clavó las uñas a la que tenía más cerca hasta hacerle marcas.

—Joder, joder, no paréis —gemía Lucía, con los ojos en blanco—. Que me corro, que me corro ya…

Y se corrió, empapando la mano de la desconocida, mordiendo la almohada para no gritar, hasta que dejó de importarle gritar. Gritó tan fuerte que la oyeron en la sala de al lado.

Renata, mientras tanto, tenía a la rubia comiéndole el coño y a la morena sentada sobre su cara. Aprendió esa noche a chupar coño con una desconocida encima, a saborear el jugo ajeno mientras alguien la hacía correrse a ella. Perdió la cuenta de las veces que su cuerpo se tensó y se soltó sobre las sábanas. En algún momento apareció un consolador grueso y negro, y una de las mujeres se lo hundió despacio, muy despacio, mientras otra le seguía lamiendo el clítoris. Renata gritó de puro placer, se agarró a la sábana con las dos manos y se corrió por tercera vez de la noche, temblando entera.

A veces eran dos mujeres a la vez. A veces tres. En algún momento, Renata abrió los ojos y se descubrió en el centro de un círculo de cuerpos, todos buscándola, bocas en sus tetas, en su cuello, en su coño, dedos abriéndole el culo, y lo único que pudo hacer fue extender la mano hasta encontrar la de Lucía y apretarla.

Salieron de ahí temblando, con las piernas flojas, el coño hinchado y la ropa mal puesta, riéndose como dos ladronas que acaban de salirse con la suya.

***

Esa noche, en casa, apenas tuvieron fuerzas para sus maridos. Mateo y Damián las observaron llegar y entendieron de inmediato que el día había sido intenso. No protestaron. Se conformaron con lo poco que quedaba de ellas, cascándosela mientras Renata les contaba con voz ronca cómo la habían hecho correrse tres desconocidas seguidas.

—¿Volverán? —preguntó Mateo, mientras Renata se desplomaba en la cama con el coño todavía palpitando.

—El martes —murmuró ella con una sonrisa, ya medio dormida—. Pero la próxima vez es distinta. La próxima vez hay pollas.

Lo era. Para el siguiente martes habían decidido algo que jamás se habían atrevido a hacer.

***

El miércoles anterior, las dos se encerraron en el baño de Lucía con cera caliente, paciencia y un poco de miedo. Por primera vez en su vida iban a depilarse por completo. Siempre habían presumido de su naturaleza, de esa parte de su cuerpo que dejaban crecer libre como un pequeño acto de rebeldía. Pero querían sentir algo nuevo. Querían ofrecerse desnudas de verdad.

—Me siento rara —dijo Renata, pasándose la mano por la piel recién lisa, abriéndose los labios del coño frente al espejo—. Como si tuviera quince otra vez. Mira cómo se me ve todo ahora.

Lucía se arrodilló frente a ella y la miró con esos ojos que siempre sabían demasiado.

—Estás preciosa —dijo, y la besó justo ahí, despacio, primero con los labios cerrados, luego abriendo la boca y sacando la lengua para lamerle el clítoris ya liso, sin un solo pelo. Le separó los labios con los pulgares y hundió la cara entre sus muslos, chupándola con hambre. Renata tuvo que apoyarse contra la pared para no caerse. Se corrió así, contra los azulejos fríos, con la lengua de Lucía dentro y las piernas temblándole.

—Ahora tú —jadeó Renata, todavía con la respiración rota.

La tumbó sobre la alfombra del baño y le devolvió el favor con creces. Le lamió el coño recién depilado de arriba abajo, se lo comió entero, le metió dos dedos y los curvó dentro hasta encontrar ese punto que la hacía gemir. Lucía se corrió con la cara de Renata pegada a su coño y las piernas cerradas sobre su cabeza.

***

El segundo martes la sesión fue distinta en todos los sentidos. Esta vez la casa no era solo de mujeres. Esta vez ellas dos eran el centro, y a su alrededor había hombres dispuestos a todo.

Renata siempre había sido la más reservada con ciertos límites. Le gustaba que la desearan, pero había terrenos que prefería no pisar. Nunca había dejado que nadie le tocara el culo. Esa noche, sin embargo, se descubrió a sí misma pidiendo lo que nunca había pedido. Dos manos firmes la sostuvieron por las caderas, la pusieron a cuatro patas sobre la cama y le abrieron las nalgas. Sintió una lengua caliente lamerle el culo despacio, mojándolo entero, y un dedo untado en aceite hundirse en ella. Gimió con una mezcla de protesta y deseo que ni ella misma reconocía.

—No pares —jadeó, contradiciendo cada queja que le salía de la boca—. Métemela, joder, métemela ya.

La polla del hombre entró despacio, milímetro a milímetro, mientras otro le agarraba la cabeza y le metía la suya en la boca. Renata se descubrió mamando una verga mientras otra le abría el culo por primera vez en su vida, y en lugar de asustarse se corrió temblando, con la boca llena y el culo lleno, gimiendo alrededor de la polla que le tapaba los gritos.

A pocos metros, Lucía vivía su propia tormenta. Tendida de espaldas, con la melena pegada a la frente por el sudor, tenía una polla dentro del coño y otra en la boca. La follaban a ritmo, empujando fuerte, haciendo que sus tetas se sacudieran con cada embestida. Cambió de posición: se subió encima de uno, montándolo, hundiéndose ella misma con las manos apoyadas en su pecho, mientras el otro se colocó detrás y le metió la polla en el culo. Lucía gritó enardecida al sentirse doblemente penetrada, las uñas clavadas en cualquier piel que encontrara.

—Follarme, follarme más fuerte, coño —gemía, moviendo las caderas entre las dos pollas que la partían por dentro—. Los dos, los dos a la vez, no paréis.

Cada vez que abría los ojos buscaba a Renata, y cada vez que la encontraba, las dos se sostenían la mirada por encima de todos los cuerpos, como si ese fuera el único contacto que de verdad importaba. Renata, con una polla en el culo y otra en la boca. Lucía, doblemente ensartada y gozando cada centímetro.

Las recorrieron por completo. Las besaron, las lamieron, las llevaron al borde una y otra vez. Renata sintió dedos por todas partes, bocas que no descansaban, un coro de hombres que parecían incapaces de saciarse. Uno se corrió sobre sus tetas, otro dentro de su boca y le hizo tragarlo entero, un tercero le llenó el coño de semen que después le chorreaba por los muslos. Y aunque todo aquello la arrastraba, lo que más la encendía seguía siendo el sonido de Lucía perdiendo el control al otro lado de la habitación.

Lucía terminó con la cara empapada de corridas y el culo goteando semen, gimiendo todavía, pidiendo más con voz rota aunque su cuerpo ya no podía. Un último hombre la puso boca abajo y le vació la polla dentro del coño con tres embestidas brutales que la hicieron correrse por última vez.

Cuando terminó, las dos quedaron tendidas, deshechas, con la respiración rota, el semen resbalándoles por la piel y los coños ardiendo. Inmóviles como dos náufragas que acaban de llegar a la orilla.

***

Los maridos las recogieron esa tarde y casi tuvieron que cargarlas hasta el coche. Ni Mateo ni Damián hicieron preguntas. Sabían que sus mujeres volverían a ser ellas mismas en un día o dos, y que toda esa intensidad, tarde o temprano, también les llegaría a ellos. Eran hombres pacientes. Habían aprendido que con esas dos la espera siempre valía la pena.

***

Esa última noche, solas en la cama de Lucía, antes de que el sueño las venciera, se quedaron mirándose en la penumbra. Renata trazaba círculos perezosos sobre la piel desnuda del vientre de su amiga, bajando de vez en cuando hasta el coño recién depilado, acariciándola sin prisa.

—Oye —dijo Lucía con la voz ronca de cansancio—. ¿Cómo te gusto más? ¿Así, lisa como ahora, o como antes, con toda mi selva?

Renata se rio bajito y se acercó hasta rozarle los labios, mientras seguía acariciándole el clítoris con la punta del dedo.

—No tengo la menor idea —respondió—. Las dos versiones me vuelven loca igual. Con pelo o sin pelo, tu coño siempre sabe a lo mismo.

—¿Será por eso que les gustamos tanto a todos? —insistió Lucía, abriendo un poco más las piernas para dejarle sitio a la mano de Renata—. ¿Hombres, mujeres, da igual?

—Les gustamos porque nos tenemos la una a la otra —dijo Renata, hundiéndole dos dedos despacio, sin dejar de mirarla a los ojos, y la frase quedó flotando en la oscuridad como una verdad que llevaban veinte años sabiendo.

—Siempre me has encantado —susurró Lucía, arqueando las caderas contra la mano de su amiga—. Greñuda o rapada. Con marido o sin él. Da lo mismo.

Renata la besó despacio, sin prisa, como se besa lo que uno sabe que no va a perder, mientras seguía moviendo los dedos dentro de ella hasta hacerla correrse una vez más, suavemente, sin gritos, un temblor largo y silencioso que se apagó contra su boca. Y así, enredadas la una en la otra, con la mano de Renata todavía entre las piernas de Lucía, ajenas al mundo y a todos los que las deseaban desde fuera, se quedaron dormidas. Juntas, como siempre. Como la cena y el postre. Como dos cosas que solo tienen sentido cuando están en el mismo plato.

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Comentarios(8)

Silvana_mdq

increible relato, lo lei de un tiron. mas asi por favor!

Elena_lect

Hermoso, me dejaste con ganas de la segunda parte. Seguira?

Fernanda_Cba

Me encanto la historia, se siente tan real y cercana. Que bella la amistad de ellas, y todo lo demas jaja

NocheSolitaria22

Me recordo a una amiga del colegio con la que tuve algo parecido hace años... gracias por escribir esto

LectoraClandestina

Una pregunta, esto es autobiografico? lo pregunto porque se siente muy vivido

Romi_cba

Justo lo que necesitaba leer esta noche. Excelente!!

VeroNk

La dinamica entre las dos protagonistas es lo mejor. No necesitan de nadie mas para completarse

Dante_lector

Muy buen trabajo, lo digo en serio. De lo mejor que lei en esta categoria en mucho tiempo. Esperando el proximo!

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