Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La compañera que apenas conocía me llevó a su cama

No soy lesbiana. Nunca lo fui. Tuve novios desde los dieciséis, hoy llevo nueve años casada y todavía me derrito cuando mi marido me toma desde atrás los sábados por la mañana. Pero hay un recuerdo de la facultad que vuelve solo, sin avisar, mientras me ducho o cuando me quedo despierta esperando que él regrese del turno noche. Vuelve y me moja, y no se lo conté nunca a nadie.

Tenía veintidós años. Cursaba el penúltimo año de la carrera, vivía con mis padres a una hora del campus y me costaba un mundo conciliar mi vida social con sus horarios. Cada vez que había una buena fiesta inventaba algo: que me quedaba a estudiar con Sofía, que iba a casa de Rocío, cualquier excusa para no tener que volver a las cuatro de la madrugada.

La fiesta esa fue en una casa de las afueras. Cumpleaños de un compañero al que apenas trataba. Pero iban todos, así que fui. Le dije a mi vieja que dormiría en lo de Renata, mi mejor amiga de la facultad, y salí con una mochilita con la ropa para el día siguiente.

La música a todo volumen, el vino barato, los cigarrillos en el patio. Bailé hasta que me dolían los pies, terminé descalza arriba de un sillón gritando una canción vieja con tres chicos a los que no había visto en mi vida. A eso de las tres de la mañana fui a buscar a Renata para volver a su departamento, y la encontré en el pasillo besándose con un flaco que estudiaba abogacía.

—Vos sabés que te quiero —me dijo, despeinada, con el rouge ya por todos lados menos en la boca—. Pero hoy no, amiga. Hoy no.

Me dejó plantada con un beso en la mejilla y una vergüenza enorme. Me senté en el primer escalón que encontré con el celular en la mano, calculando si me alcanzaba para un taxi hasta lo de mis viejos sin tener que dar explicaciones a las cinco de la mañana. No me alcanzaba.

—¿Vos sos la amiga de Renata?

Levanté la cabeza. Era una chica que conocía solo de vista. Estaba en otra comisión, la había cruzado en el bar del centro de estudiantes alguna vez. Mariana, creo que se llamaba. Me acuerdo del nombre porque me sonó raro que alguien tan callada se llamara así. Tenía el pelo cortísimo, casi rapado en los costados, y unos ojos verdes muy claros que en la penumbra del pasillo parecían grises.

—Sí —dije—. Se acaba de ir con uno y no tengo dónde dormir.

—Yo vivo a diez cuadras —me dijo, y se encogió de hombros como si fuera lo más natural del mundo—. Tengo un sillón cama en el living. Si querés, te llevo.

No la conocía. No tenía referencias. Pero estaba tan cansada que cualquier alternativa al taxi me pareció buena. Me levanté, agarré la mochila y la seguí hasta un auto rojo estacionado dos calles más allá.

Manejaba con una mano sola, fumando con la otra. Me contó que estaba sola en la ciudad, que era de un pueblo del interior, que sus viejos le pagaban el alquiler a cambio de notas decentes. Hablaba con calma, sin hacer preguntas incómodas, y yo me fui relajando en el asiento del acompañante mientras la radio pasaba algo de los noventa.

El departamento era chico. Un monoambiente con una división de placas para separar la cama del resto. Olía a sahumerio y a algo más, algo dulce, una vela apagada hacía poco quizá. Tiró las llaves en un plato sobre la mesa y abrió la heladera.

—¿Querés algo? Tengo un vino blanco abierto.

—Dale.

Me sirvió en una copa más grande de lo que correspondía. Nos sentamos en el sillón del living, ese mismo sillón cama que se suponía iba a ser mi cama esa noche. Le agradecí cinco veces por no dejarme tirada en la calle. Ella se reía bajito, como si la pusiera incómoda mi agradecimiento.

—¿Te puedo preguntar algo? —me dijo después de un silencio largo.

—Sí.

—¿Vos nunca probaste con una mujer?

Casi escupo el vino. La miré buscando una sonrisa que aclarara que era un chiste, pero no la encontré. Me sostuvo la mirada con una tranquilidad que me desarmó. No me estaba provocando. Me estaba preguntando.

—No. Nunca. Y la verdad es que no me llamó la atención.

—Está bien —dijo, y bajó la vista al vino—. Era curiosidad.

El silencio que vino después no fue incómodo. Fue raro. Como si algo hubiera cambiado en el aire del departamento y yo no me hubiera dado cuenta a tiempo. Tomé otro sorbo. El vino estaba frío y me bajaba directo a la cabeza, sumándose al tequila de la fiesta y al cansancio acumulado.

—¿Te puedo desabrochar la blusa? —me preguntó.

No me preguntó si quería. Me preguntó si podía. Y esa diferencia, esa manera de pasarme la decisión sin imponer nada, me dejó sin saber qué responder. Asentí con la cabeza, no sé por qué.

Sus dedos eran finos y fríos. Fue desabrochando un botón tras otro sin mirarme la cara, concentrada en la tarea, como si estuviera abriendo un paquete frágil. Cuando llegó al último, abrió la tela y se quedó mirando mi corpiño negro como si fuera la primera vez que veía uno.

—Sos hermosa —dijo en voz muy baja.

Me incorporé un poco para sacarme la blusa, sin pensarlo. Algo en mí ya había decidido. Bajó el corpiño con cuidado, dejándolo enganchado debajo del pecho, y se inclinó hacia adelante. Su boca tibia me rodeó el pezón antes de que pudiera respirar.

***

Ningún hombre me había chupado los pechos así. Lo digo sin exagerar. Los hombres que conocí hasta ese momento tenían dos modos: muerden, o lamen como si fuera un trámite. Mariana se tomó su tiempo. No tenía apuro. Mientras la lengua le daba vueltas alrededor de la areola, la otra mano subía y bajaba por mi costado, rozando apenas, como si quisiera memorizar la curva de la cintura.

Pasó al otro pecho. Después volvió al primero. En algún momento empecé a respirar con la boca abierta y a apretar los muslos uno contra otro porque sentía algo entre las piernas que nunca había sentido de esa forma. No era excitación pura. Era una expectativa lenta, casi triste, como si supiera de antemano que después de esto nada iba a alcanzarme.

Esto no me puede estar pasando a mí.

Pero me estaba pasando. Y no quería que parara.

Le agarré la nuca para hundirla más contra mi pecho y la escuché reírse contra mi piel. Una risa baja, satisfecha, de alguien que ya sabía cómo iba a terminar la noche. Levantó la cara y me besó por primera vez en la boca, despacio, con la lengua todavía caliente de mi pezón.

Yo gemí. Gemí en su boca como una tonta, como si tuviera quince años y no supiera disimular.

Se apartó. Se puso de pie frente al sillón y se sacó la remera por la cabeza de un solo movimiento. No tenía corpiño. Sus pechos eran chicos, con los pezones muy oscuros y muy duros. Después se bajó el pantalón de jogging y la bombacha al mismo tiempo, y se quedó parada delante de mí completamente desnuda mientras yo seguía con la blusa colgando de los hombros y el corpiño debajo del pecho.

—Vení —me dijo, y se sentó en el sillón con las piernas abiertas, una sobre el respaldo y la otra apoyada en el piso.

Yo no me había animado a mirar nunca de tan cerca el sexo de otra mujer. Ni en revistas. Ni en internet. Y de golpe lo tenía a veinte centímetros, abierto, brillante de humedad, con un olor que me pegó en la nariz y me revolvió algo en la panza que no sabía que tenía.

—Probame —dijo.

Me arrodillé en el piso entre sus piernas sin pensar. Le pasé la lengua por primera vez de abajo hacia arriba, como una nena que prueba un helado nuevo, y el sabor me explotó en la boca. No era desagradable. Era completamente distinto a cualquier cosa, salado y dulce a la vez, denso. Me sorprendió que me gustara tanto.

Me agarró del pelo con las dos manos y empezó a guiarme. Más arriba. Más abajo. Más despacio acá, más rápido acá. No hablaba. Me indicaba con la fuerza de los dedos en mi nuca, con cómo levantaba la cadera, con cómo se mordía el labio. Aprendí más en cinco minutos de lo que había aprendido en años de mirar pornografía buscando entender qué le gustaba a las chicas.

Cuando llegué al clítoris y empecé a chuparlo despacio, empezó a temblar. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza. La oí gemir por primera vez de verdad, sin la calma controlada de antes, con un sonido áspero que no se parecía a nada de lo que había escuchado en mi vida.

—Me vengo —dijo, casi sin voz—. No pares… no pares ahora.

No paré. La sentí derretirse en mi boca, los espasmos uno tras otro, una humedad nueva que me bajó por el mentón. Le agarré la cintura con las dos manos para sostenerla y seguí lamiendo más despacio mientras ella se reía y se quejaba a la vez, con esa risa cansada de las mujeres que terminan satisfechas.

***

Yo estaba muerta. Tenía el jean empapado entre las piernas, los pezones doliendo, las rodillas marcadas por la madera del piso. No me había venido, pero estaba al borde de algo. Me senté de nuevo en el sillón esperando que ella me devolviera el favor. Lo necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Mariana se levantó y se metió detrás de la división de placas. La escuché abrir un cajón. La escuché reírse sola.

Volvió desnuda, con el pelo todavía revuelto, y con un arnés de cuero atado a la cadera. De ahí salía un consolador, no exagerado pero tampoco chico, de un color violeta muy oscuro que en la luz amarilla del living parecía casi negro.

Me quedé sin aire.

—Ahora te toca a vos —me dijo, parada al lado del sillón—. Sacate el pantalón.

Le obedecí. Me bajé el jean de un tirón, la bombacha conmigo, y quedé desnuda de la cintura para abajo mientras ella se arrodillaba entre mis piernas y me miraba con la misma calma con la que me había mirado antes en la cocina. Solo que ahora yo estaba abierta para ella y ella tenía un arma entre las caderas.

Lo que pasó esa madrugada no lo voy a contar al detalle. No porque no me acuerde, sino porque hay cosas que una se guarda. Lo que sí puedo decir es que el sol salió por la ventana del living antes de que pudiéramos dormir, y que cuando me desperté a las tres de la tarde con la boca seca y el cuerpo dolorido, ella ya no estaba en el departamento. Había dejado las llaves sobre la mesa y un papel con una nota corta:

Cerrá con doble vuelta cuando te vayas. M.

Nunca más la vi. Cambió de comisión al mes siguiente y a fin de año dejó la carrera. Yo terminé, me recibí, conocí al que es mi marido en un trabajo dos años después. Le conté de todos los novios anteriores, hasta de uno con el que duré tres meses, pero nunca le conté de Mariana.

A veces, cuando mi marido se demora en el baño antes de venir a la cama, me toco pensando en ella. En sus pezones oscuros. En cómo me agarraba la nuca con las dos manos. En el sabor que tenía en la boca cuando volvió con el arnés puesto.

Me vengo rápido, siempre. Y nunca, nunca, le pude decir a nadie que la mejor noche de sexo de mi vida fue con una compañera de facultad a la que apenas conocía. Hasta hoy.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (6)

NicoBaires

tremendo relato!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

Vale_MDP

Por favor una segunda parte, me dejo con muchas ganas de saber que paso despues entre ellas

Martu_Rosario

Me recordo a algo que me paso en la facu con una compañera, aunque no llego tan lejos jaja. Buen relato, muy honesto.

Rita_Lectora

Lo que mas me gusto es como esta narrada la confusion de sentimientos. Se siente real, sin ser exagerado. Muy bien escrito.

MirandaLK

Y volviste a verla despues? Me quede con esa duda jaja, la historia quedo muy abierta

Pablio_88

buenisimo!!! 10 puntos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.