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Relatos Ardientes

Dos mujeres y una tarde de probadores prohibida

Salí a comprar ropa una mañana de martes, sin prisa, aprovechando que tenía el día libre. No era temporada de rebajas, así que las tiendas estaban casi vacías. Hacía un calor pegajoso y nadie llevaba encima más tela de la necesaria. En la tercera tienda que pisé, los modelos colgados de las perchas eran francamente escandalosos.

Yo no suelo vestir provocativa. Pero esa mañana me apetecía probarme cosas que jamás me pondría para salir a la calle. Fui eligiendo lo más atrevido que encontraba —tops sin espalda, faldas imposibles— y me dirigía a los probadores cuando una vendedora me interceptó con una sonrisa.

—Hola. Veo lo que estás eligiendo. Tengo por aquí unas minifaldas que te van a encantar —dijo.

Yo nunca habría llamado faldas a aquellas cosas. Siendo generosa, las definiría como cinturones anchos. Pero me dio curiosidad ver cómo me quedaban.

—Tienes razón. Son preciosas.

Era una chica guapa y simpática, de larga melena rubia, un cuerpo voluptuoso y curvas que no escondía. Llevaba un mono de licra negro ajustadísimo y, aparte de las sandalias y un cinturón ancho sobre la cadera, no se le adivinaba nada más debajo. Sus pezones duros se marcaban a través de la tela, compitiendo con los míos bajo la fina camiseta de algodón.

—Todo eso te va a quedar de maravilla. Tienes un cuerpo estupendo —añadió, y me miró sin disimulo.

En los probadores se quedó conmigo, charlando de tonterías desde un punto donde controlaba la puerta y mi cubículo. Al fin y al cabo, estábamos solas en toda la tienda.

Para desnudarme no eché la cortina. Me saqué la camiseta para probarme un top de seda sin espalda. Como no llevaba sujetador, solo tuve que deslizarlo por encima. Todo bajo su atenta mirada, que lejos de molestarme, me encendía. Los pezones se me pusieron durísimos.

—¿Qué tal me sienta? —pregunté.

—Espectacular —contestó—. Se te ven preciosas las tetas con eso, y la espalda al aire es una maravilla.

—Ahora el pantaloncito.

Sin más, dejé caer la falda al suelo, quedándome con un tanga que no tapaba gran cosa. Me excitaba sentirme observada allí, casi desnuda en mitad del pasillo. Me enfundé un short tan bajo de cintura que dejaba al aire la mitad inferior de mis nalgas y el vientre entero.

—Increíble —murmuró.

Girándome ante el enorme espejo, me vi sexi, con los muslos largos saliendo de aquella miniatura y el top tan fino que dibujaba la forma exacta de mis pechos. Me sentía atractiva, descarada. Seré franca conmigo misma: me sentía una auténtica zorra, y me gustaba.

Se acercó y estiró los dos cordones que ceñían mi espalda, rozándome la piel con las yemas de los dedos. Aquel toque suave me erizó el cuerpo entero.

—Me ha gustado lo que llevabas tú. He cogido uno parecido —le dije, señalando su mono.

—Esto se lleva sin nada debajo —respondió, alcanzando otra percha—. Pruébatelo. Ni tanga ni nada.

—¿Nada de nada? ¿Así vas tú? Pero puedo mancharlo.

—Yo no llevo nada debajo, exacto. Y seguro que acabas comprándotelo cuando veas cómo te queda.

***

Me desnudé del todo, incluido el tanga, allí mismo, en medio del pasillo y ante sus ojos. El mono era de licra, tan ajustado como el suyo. Me lo fui subiendo, contoneándome, y ella se quedó mirando mi pubis depilado con una sonrisa que ya no tenía nada de profesional.

—Como un guante —dijo en voz baja.

Cuando logré pasar la prenda de la cadera y meter los brazos, descubrí que aquello dejaba un escote brutal por delante y por detrás. Girándome frente al espejo, comprobé que llevarlo puesto era prácticamente como ir desnuda, como una fina capa de pintura sobre la piel.

—Me estoy poniendo cachonda. A ver si te lo voy a manchar —reconocí.

—Tranquila, seguro que te lo quedas. Te sienta de escándalo.

Me lo saqué para probarme una última cosa: una faldita de tablas tan corta que, si me inclinaba un poco, se me veía todo, y una blusa blanca de gasa completamente transparente que en lugar de abrochar até con un nudo justo bajo el pecho. Con el pelo liso y nada debajo, parecía una colegiala recién salida de un sueño indecente.

—Esto parece un disfraz, más que ropa —dije, riéndome.

—Está claro que no es para pasear con ello por la calle. Pero estás preciosa —contestó.

Por fin se decidió. Se llamaba Noa, me lo dijo justo antes de poner las manos en mi cintura desnuda. Se acercó hasta que nuestros pechos quedaron aplastados el uno contra el otro, y nuestros labios se fundieron en el beso más apasionado que me han dado en la vida.

Una de sus manos atrevidas subió por mi muslo, levantó la falda y se apoderó de mi nalga, apretándola con firmeza. Las mías fueron directas a sus pechos enormes, algo caídos y preciosos, sosteniéndolos con la palma y jugando con sus pezones entre los dedos.

—Vaya beso. Me has puesto del revés —jadeó.

Mi lengua parecía pegada a la suya. Uno de sus dedos ya se insinuaba entre mis muslos, buscando los labios húmedos de mi sexo. Yo lo tenía más difícil para tocar su piel, atrapada bajo la licra, pero no dejé de recorrer su cuerpo entero por encima de la tela.

—Cierra la puerta y estaremos más tranquilas —conseguí decir, con el poco juicio que me quedaba.

Se colocó el pecho dentro del mono, cerró la puerta del probador, colgó un cartel y volvió corriendo. La miré acercarse con las tetas saltando. Sonriéndole con descaro, dejé caer la minifalda sobre la moqueta.

***

Ella ya se había deshecho del cinturón por el camino y venía bajándose el mono, descubriendo por fin su glorioso pecho al completo. Le costó más sacárselo de aquellas caderas anchas, pero al final quedó desnuda solo para mí.

—Eres preciosa —le dije.

—Y tú, nena.

Al llegar a mi lado me ayudó a quitarme la blusa para quedar las dos iguales, sin un solo trapo encima. Volvió a besarme, hundiendo la lengua hasta el fondo de mi boca mientras mis manos recorrían su piel sin obstáculos. Tirando de mí, me arrastró hasta la moqueta, donde quedé encima de ella.

Empecé a besarla por todo el cuerpo: el cuello fino, los hombros morenos, los pechos bronceados —tomaba el sol en topless, era evidente—, la curva suave del vientre. Bajé despacio hasta su sexo húmedo, que abrí con la lengua mientras ella mantenía los muslos bien separados.

—Cómeme entera, cielo —susurró.

Recorrí sus pliegues sin usar los dedos, entrando despacio, hasta encontrar el clítoris. Ella arqueó la espalda, levantó las caderas y se ofreció todavía más. La cogí de los muslos, la levanté y seguí lamiendo hacia arriba, buscando entre sus nalgas. Ahí se volvió loca, jadeando y gimiendo, animándome a no parar.

—Me derrito. Me vuelves loca —repetía.

Tenía una flexibilidad sorprendente para su constitución, y un clítoris grande, el más grande que yo había probado. Parecía estar en un orgasmo continuo, y desde luego no era de las que lo disimulan. Menos mal que estábamos al fondo del local, aunque todavía hoy me pregunto si alguien la oyó gemir desde la calle.

—Ahora ven aquí, sobre mi cara —pidió de pronto.

La dejé sobre la moqueta con suavidad y coloqué los muslos a ambos lados de su cabeza, descendiendo despacio. Podía mirarla a los ojos azules entre mis propias tetas mientras bajaba. Casi de inmediato su lengua se apoderó de mi sexo, abriéndome los labios con los dedos y alcanzando una profundidad que me hizo temblar.

No pude contener los gemidos. Me amasé los pechos, me pellizqué los pezones y me corrí en su boca. Cuando me incorporé y la besé, encontré mi propio sabor en sus labios.

—Tengo hambre —dijo, riéndose—. Y no hablo solo de tu culito.

***

Las dos queríamos más, pero se había hecho la hora de comer y estábamos desfallecidas. Con su sonrisa pícara, Noa me propuso una travesura: salir a comer algo con aquella ropa puesta, a un local cercano, y ver cómo babeaban los desconocidos por la calle.

No fuimos nada discretas. Ella con su mono de licra, yo con la minifalda y la blusa semitransparente, atraíamos todas las miradas. Aún más cuando nos cogíamos de la mano, nos besábamos o nos acariciábamos con ternura en plena terraza.

—Dame un besito —pedía ella.

—Eres una cachonda. Nos vamos a meter en un lío —le advertí, sin parar de reírme.

No podíamos evitarlo. Sentadas a la mesa, noté su mano juguetona escalando por mi muslo hasta acariciarme por encima del tanga húmedo. Me tenía chorreando. Yo me cobré venganza pellizcándole los pezones con disimulo hasta que amenazaron con perforar la fina tela del mono.

Incluso descubrí a una chica joven, sentada con su familia, que nos miraba de reojo y frotaba los muslos uno contra otro bajo una falda muy corta. Parecía desearnos. Lástima no poder invitarla a la fiesta, aunque el cruce de miradas llegó a hacerse bastante descarado.

Calientes como hornos, volvimos a la tienda. Hasta el fondo, sin poder separar las manos del cuerpo de la otra ni los labios de la boca que nos devolvía cada beso.

—Te doy cinco segundos para cerrar la puerta —le dije.

Creo que volvió en menos que eso. Sentí sus manos por debajo de la falda, acariciándome los muslos desnudos, mientras yo le sacaba de nuevo el mono de un tirón y le descubría aquellos pechos espléndidos. Le acaricié los pezones con dos dedos y la oí suspirar contra mi cuello.

Cuando quise darme cuenta, la microscópica falda estaba en el suelo y el tanga me quemaba sobre la piel. Ella jugaba con la goma, poniéndome cada vez más nerviosa, hasta que me empujó sobre la moqueta. Me cogió un pie y empezó a chuparme los dedos mientras yo, al caer, arrastraba conmigo su mono y la dejaba por fin desnuda del todo.

—Cómeme entera, cielo —repitió, y se arrodilló a mi lado, ofreciéndome los pechos a la boca.

Los lamí, los mordí, me comí sus pezones enormes mientras una de mis manos buscaba su sexo depilado. Ella separó las rodillas, y mis dedos encontraron su humedad. A la vez, los suyos jugaban con habilidad entre mis muslos, con mi clítoris y dentro de mí, hasta tener dos dedos enteros moviéndose y arrancándome suspiros.

Pasé una pierna entre las suyas y ella entendió la invitación, sentando su sexo muy pegado al mío. Nuestras vulvas se juntaron casi con violencia, ambas suaves y empapadas, mezclando humedades. Con una mano me sostenía en el suelo y con la otra le amasaba las tetas; ella imitó el gesto y me pellizcó los pezones.

—Estoy deseando lamerte otra vez —jadeó.

Fui yo la que se levantó y se arrodilló sobre su cara, mirando hacia sus pies. Bajé la cadera despacio, alargando el momento. El contacto de su lengua en mis labios fue eléctrico, una corriente que me subió por la espalda hasta la nuca. Echó las dos manos a mi culo, manejándome la cadera para alcanzar cada rincón. Cuando clavó la lengua donde menos lo esperaba, el orgasmo fue casi inmediato.

Me dejé caer sobre ella, sintiendo sus pechos contra mi vientre, y le abrí los muslos para devolverle el favor. Su olor me llenó las fosas nasales un instante antes de probarla con la lengua.

—Estás muy mojada, nena —le dije.

Recorrí su sexo hasta lo más hondo, me metí su clítoris entre los labios y lo ensalivé sin tocarlo con los dedos. Empecé a notar en la boca el sabor de sus orgasmos, uno detrás de otro.

—Joder, cómo te corres —murmuré contra su piel.

Perdí la cuenta de los suyos y de los míos, y me dediqué solo a disfrutarlos. Cuando creía que íbamos a darnos una tregua, su lengua encontraba otro punto sensible y volvía a hacerme estallar. Tuve que rendirme, buscar su boca con la mía y compartir el sabor de ambas cuando nuestras lenguas se enredaron.

Ni que decir tiene que me quedé con todas las prendas. Y convertí esa tienda en mi favorita para futuras compras. Aunque, salvo algún magreo y alguna caricia rápida entre las perchas, no volvimos a hacerlo en el pasillo de los probadores, sino en la comodidad de nuestras camas.

Ah, sí. La chica joven del restaurante también suele comprar ropa en esa tienda.

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Comentarios (4)

Valentina_83

Increible!! de lo mejor que leí acá en mucho tiempo. Se nota que lo escribiste con cariño

NocheVelada88

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de mas!!

Claudia_mza

La tension del principio está muy bien lograda, uno la siente desde el primer parrafo. Muy bueno

SolLira

jaja lo de la cortina abierta a proposito me mató, que picardía

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