Volví del hotel y mi madrastra no estaba sola
La madrugada empezaba a romperse contra las cortinas cuando volví a abrir los ojos. La habitación del hotel olía a sábanas usadas, a perfume caro y a algo más íntimo que no sabría nombrar. Estaba tendida con las piernas abiertas y la madre de Renata seguía entre ellas, sin prisa, con la boca trabajando despacio sobre mí como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Había sido una noche larga. Una de esas en las que se pierde la cuenta de los orgasmos y el cuerpo deja de obedecer a la cabeza. Ella tenía cuarenta y tantos, una seguridad que las chicas de mi edad no entendían todavía, y una forma de mirarme entre las piernas que me hacía sentir descubierta y deseada al mismo tiempo.
—Una más —murmuró contra mi piel— y te dejo dormir.
No le contesté. No hacía falta. Cerré los ojos, hundí los dedos en su pelo y dejé que la última ola me arrastrara hasta el fondo. Cuando caí dormida, ni siquiera la sentí levantarse.
***
A media mañana ya habíamos desayunado en silencio, con esa complicidad cansada de quienes saben que no van a hablar de lo que pasó. La dejé en su casa, le di un beso en la comisura de los labios y conduje de vuelta a mi apartamento con la ventanilla baja y la radio apagada, repasando cada detalle de la noche como quien guarda un secreto que sabe que va a volver a usar.
Al llegar al edificio, lo primero que vi fue el coche de Marisol estacionado en la puerta. Lo reconocí enseguida: el mismo descapotable plateado que mi padre le había regalado cuando aún se molestaban en fingir que se querían. Marisol era mi madrastra. Tenía treinta y ocho años, diez más que yo, y desde que mi padre se había marchado del país por trabajo prácticamente vivía sola en una casa demasiado grande.
Supuse que había subido a esperarme. Tenía llave de mi apartamento desde una temporada en la que yo viajaba mucho y ella me regaba las plantas. Subí los tres pisos sin darle más vueltas, todavía con el cuerpo flojo y la cabeza en otra cama.
La puerta estaba sin cerrar del todo.
Lo segundo que noté fue la ropa. Una blusa de seda en el suelo del recibidor, un sostén colgando del respaldo del sofá, unos vaqueros hechos un ovillo junto a la mesa baja. No tuve que pensar mucho para entender lo que estaba pasando. Caminé despacio por el pasillo, y a medida que me acercaba a mi habitación, los sonidos se volvían más claros: respiraciones entrecortadas, el roce de la piel contra las sábanas, el gemido inconfundible de dos mujeres en pleno calor.
Empujé la puerta.
***
Marisol estaba en mi cama, desnuda, con la melena oscura desparramada sobre mi almohada. Y encima de ella, en sentido contrario, con la boca enterrada entre sus piernas y las suyas abiertas sobre su cara, estaba Renata.
Las dos formaban un sesenta y nueve perfecto, moviéndose con una lentitud que decía que llevaban un buen rato así. Reconocí la espalda de Renata, los lunares que le había besado uno a uno semanas atrás, la curva firme de sus caderas. Y reconocí, con una mezcla de incredulidad y algo más oscuro, las manos de mi madrastra agarrándole los muslos para hundirla más contra ella.
Las dos se dieron cuenta de que estaba allí. Renata levantó apenas los ojos hacia mí, sin sacar la lengua de donde la tenía. Marisol giró la cabeza lo justo para mirarme por encima del muslo de Renata. Y ninguna de las dos se detuvo. Ni se inmutaron. Siguieron como si yo fuera parte del decorado, como si me hubieran estado esperando.
Me quedé en el umbral con la boca seca. Había algo profundamente perturbador y profundamente excitante en aquella escena: mi amante y mi madrastra, las dos mujeres con las que más complicada era mi vida, devorándose en mi propia cama una mañana cualquiera.
Até cabos sin querer. Yo me había acostado con la madre de Renata. Y Renata, de alguna forma que no pensaba preguntar todavía, había terminado entre las piernas de mi madrastra. Un trueque silencioso que ninguna de las dos había planeado y que, sin embargo, encajaba con una lógica perfecta. Lejos de enojarme, sentí cómo el cansancio de la noche anterior se evaporaba y algo nuevo me subía desde el estómago.
Me senté en el sillón que había frente a la cama y me dispuse a mirar.
***
Las observé sin tocarme, todavía. Renata movía las caderas en pequeños círculos sobre la cara de Marisol, y cada vez que mi madrastra hacía algo especialmente bueno con la lengua, se le escapaba un temblor por toda la espalda. Marisol, por su parte, tenía una mano libre que subía y bajaba por el costado de Renata, marcándole el ritmo, dominando la escena desde abajo.
Quizás les excitaba que las estuviera mirando. Estoy segura de que sí. Renata empezó a exagerar los movimientos, a gemir más alto, a girar la cabeza para asegurarse de que yo no perdía detalle. Marisol separó las piernas de Renata con las dos manos, abriéndola del todo, ofreciéndome el espectáculo entero como quien tiende un regalo.
—¿Te vas a quedar ahí sentada toda la mañana? —preguntó Marisol, con la voz ronca y la barbilla brillante.
No le contesté. Me levanté.
***
El sillón quedó atrás. Cuando llegué al borde de la cama, fueron ellas las que vinieron a buscarme. Renata se incorporó, me sujetó la cara con las dos manos y me besó con la boca todavía mojada del sexo de mi madrastra. Sentí el sabor de Marisol en sus labios y se me cortó la respiración. Mientras tanto, unas manos que no eran las de Renata me desabrochaban el pantalón y me lo bajaban por las piernas.
Marisol se había deslizado fuera de la cama y estaba arrodillada detrás de mí. Me chupó un pezón por encima de la tela mientras Renata me terminaba de desnudar, y cuando por fin quedé sin nada encima, entre las dos me empujaron con suavidad hasta tumbarme en el centro del colchón.
Renata bajó directa a mi sexo. Conocía el camino. Empezó a chupar mi clítoris con esa precisión que me había vuelto adicta, y al cabo de un momento sentí cómo la punta fría de un consolador me iba abriendo poco a poco, centímetro a centímetro, hasta llenarme entera. Arqueé la espalda. Marisol, mientras tanto, había trepado por mi cuerpo y se sentó a horcajadas sobre mi cara.
—Demuéstrame qué le hiciste a su madre —dijo, y bajó las caderas.
Hundí la lengua en ella sin pensarlo. Estaba empapada, caliente, y se movía contra mi boca con una avidez que no tenía nada de tímida. Era alucinante lo que estaba viviendo: una mujer cabalgándome la cara mientras la otra me penetraba despacio, las tres conectadas en un mismo circuito de respiraciones y temblores. Perdí el sentido del tiempo. No había mañana, no había hotel, no había nada más que aquella cama.
***
En algún momento, Renata sacó el consolador y se levantó para buscar el arnés que habían dejado tirado a los pies de la cama. La vi colocárselo, ajustarse las correas sobre las caderas, y cruzar una mirada con Marisol como si se pusieran de acuerdo sin palabras. Yo me preparé. Sabía hacia dónde iba aquello.
Marisol quería tomarme por detrás, así que primero me senté sobre Renata, de frente. Ella me sujetó por la cintura y me fue bajando despacio sobre el arnés. Mientras me penetraba, no apartaba los ojos de los míos; me miraba con esa intensidad suya que siempre me había desarmado, como si quisiera ver hasta el fondo de lo que me hacía sentir. Nos besábamos entre jadeos, su frente contra la mía, sus manos guiándome el ritmo.
Entonces sentí las manos de Marisol en mi espalda. Me recorrió la columna con las uñas, me separó con cuidado y empezó a jugar con mi ano. Sentí cómo escupía sobre él, cómo lo preparaba con los dedos, y después la presión lenta de algo más grueso abriéndose paso. La sensación fue indescriptible. Estar penetrada por las dos a la vez, atrapada entre sus dos cuerpos, era una plenitud que no había conocido nunca.
Los pezones de Marisol me rozaban la espalda mientras los míos chocaban con los de Renata. Cada embestida me empujaba contra una y me retiraba hacia la otra, y ese vaivén, ese vacío que se llenaba y volvía a vaciarse, junto con la agitación de las tres respirando al mismo compás, me llevó al borde y me mantuvo allí más de lo que creía soportar.
Cuando por fin me dejé caer, lo hice del todo. Los orgasmos llegaron encadenados, uno tras otro, hasta que el cuerpo dejó de distinguir dónde terminaba uno y empezaba el siguiente. Caí agotada entre las dos, con la cara hundida en el cuello de Renata y la mano de Marisol acariciándome la cadera. No recuerdo nada más. Me quedé dormida, completamente saciada, en mi propia cama y en mejor compañía de la que jamás había imaginado.
***
Cuando desperté ya era de noche. La habitación estaba a oscuras y solo quedaba Renata conmigo; Marisol se había marchado en algún momento, con la discreción de quien sabe cuándo sobra. Olía a comida. Renata había preparado la cena y me esperaba apoyada en el marco de la puerta, con una de mis camisetas puesta y nada debajo.
Comimos en la cama, descalzas, las dos despeinadas. Le conté cómo me había ido con su madre, sin omitir nada, y ella me escuchaba con una sonrisa torcida, divertida, sin un gramo de celos. Le pregunté cómo había acabado con Marisol y solo se encogió de hombros.
—El mundo es más pequeño de lo que crees —dijo, y robó una aceituna de mi plato.
Nos reímos. Aquella noche fue distinta a las del hotel: más calmada, más cómplice, más peligrosa de lo que yo quería admitir.
***
Unos meses después, Renata se graduó de la universidad. Cumplió lo que siempre había prometido: dejó el bar nocturno donde trabajaba y empezó a ejercer la carrera por la que tanto había estudiado. La vi crecer, asentarse, convertirse en alguien que ya no necesitaba las noches que compartíamos.
Y yo tomé la decisión más difícil de todas: poner distancia. No porque dejara de desearla, sino justo por lo contrario. Mis sentimientos habían empezado a cambiar de forma sin que yo lo permitiera. Lo que había nacido como un juego, como una sucesión de cuerpos y madrugadas sin nombre, se me estaba convirtiendo en otra cosa más honda, y yo sabía que Renata no me iba a tomar en serio. Ella vivía el deseo como un país de paso; yo había empezado a buscar en él una casa.
Así que me alejé antes de que doliera de verdad. Acepté una oferta de trabajo en otra ciudad, hice las maletas una tarde de lluvia y me marché sin grandes despedidas. A veces, todavía, en las madrugadas que se rompen igual que aquella del hotel, vuelvo a aquella cama y a aquellas dos mujeres que me esperaban sin haberlo planeado. Y sonrío. Porque hay deseos que, aunque uno se marche, se quedan a vivir para siempre del otro lado de los ojos cerrados.