El café donde su mirada dejó de ser mía
Hacía seis semanas que no la veía y mi cuerpo aún no había aprendido a dormir sin el suyo.
Me llamo Mariela. Soy médica de guardia en un hospital del sur, tengo cuarenta y dos años y, hasta aquel febrero, creía que había construido un equilibrio sólido entre las horas blancas del turno y las noches tibias en las que la espalda de Renata se acomodaba contra la mía. Bastó una mañana para descubrir que ese equilibrio era una mentira muy bien dibujada.
Entré al café de la avenida con dos colegas. Celebrábamos el cumpleaños del jefe de residentes con croissants y café americano. Yo no estaba para celebrar nada, pero sonreía como me habían enseñado a sonreír desde los siete años. Y entonces la vi.
Estaba en la terraza, sentada con la espalda muy recta, repasando un expediente. Tenía el pelo más corto, a la altura de la mandíbula, y eso me golpeó como si me hubiesen quitado algo sin avisar: yo le había acariciado ese pelo largo durante meses. Ahora alguien más lo había visto caer al suelo de una peluquería que yo no conocía.
A su lado había una mujer de traje claro. Pómulos altos, sonrisa de cazadora paciente. Le rozaba la nuca con dos dedos mientras le susurraba algo, y Renata no se apartaba.
—¿Marie? —dijo Tomás, mi residente—. ¿Pedimos en la barra?
—Adelántate —contesté sin dejar de mirar.
Renata levantó los ojos. Por una décima de segundo se cruzaron con los míos y juro que sentí cómo se le aceleraba el pulso desde el otro lado de la terraza. La conocía. La había leído piel adentro. Sabía que se le encendían las mejillas cuando contenía el aliento, que apretaba la mandíbula cuando le dolía algo. Esa mañana hizo las dos cosas.
Después apartó la mirada. Como si yo fuera un mueble. Como si nunca me hubiese rogado, en voz baja, que no la soltara.
***
Cerré los ojos un segundo y volví a la primera vez que la había desnudado.
Había sido en mi departamento, una madrugada de noviembre que entró sin avisar, empapada por la lluvia, con el rímel corrido y una pregunta atragantada en la garganta. No nos dijimos nada. La empujé despacio contra la puerta, le quité el saco mojado, le pasé la lengua por la línea de la clavícula hasta que se le aflojaron las rodillas. Renata olía a lluvia y a perfume caro, y abajo, cuando le bajé los pantalones con los dientes en el botón, olía a algo mucho más mío: a coño mojado, a hembra que había venido a buscar lo que sabía que solo yo le daba.
La llevé a la cama y le abrí las piernas con la calma de quien sabe que tiene horas. Le besé el muslo interno, le mordí la cara interna del brazo, le pasé la lengua por el pliegue exacto donde la cadera deja de ser cadera. Le arranqué la bombacha con los dientes y me quedé mirándole el coño abierto, brillante, hinchado de ganas. Le pasé un dedo por toda la raja, muy despacio, de abajo hacia arriba, y ella arqueó la espalda como si le hubiera clavado algo.
—Por favor —me dijo—. Mariela, por favor.
Cuando finalmente bajé la boca entre sus piernas, ella me agarró del pelo con una fuerza que no había mostrado antes y me dijo mi nombre como si estuviera rezando. Le chupé el clítoris despacio, la lengua plana, ancha, insistente, mientras le clavaba las uñas en la cara interna de los muslos para que no se cerrara. Renata gemía sin pudor, moviendo las caderas contra mi boca, follándome la cara con esa desesperación que le había visto solo esa vez. Le metí dos dedos y sentí cómo el coño se le apretaba alrededor, caliente, empapado, chupándome hacia adentro. Curvé los dedos, busqué ese punto que había aprendido de memoria, y ella se corrió en mi lengua con un grito ronco, temblándome entera contra la boca.
Esa noche le hice el amor tres veces. La segunda fue boca abajo, con ella mordiendo la almohada y yo montada sobre su culo, tres dedos adentro y el pulgar apretándole el clítoris desde atrás, susurrándole al oído que era una puta hermosa, que se corriera para mí otra vez, que me diera todo. Y me lo dio. Se corrió con el culo levantado, apretándome la mano con el coño, empapándome hasta la muñeca.
La última fue cerca del amanecer, con dos dedos dentro y la palma apretada contra ella, mientras le sostenía la mirada y le susurraba que era mía. Renata me dijo que sí. Que era mía. Lo dijo con los ojos llenos de agua y el coño chorreándome en la mano.
***
El recuerdo se rompió cuando la fiscal —después supe que se llamaba Beatriz Almeida— la tomó por la cintura para guiarla hacia la salida. La sostenía con la familiaridad de quien ya conoce el camino. Renata se levantó sin mirarme.
Salí detrás de ellas, disculpándome con una sonrisa fría con mis colegas. Llegué a la puerta justo a tiempo para verlas subirse a un auto negro. Una mano en el muslo de Renata. Un beso en la sien. La puerta cerrándose con un golpe seco.
Me quedé en la vereda con el café frío en la mano y la respiración rota.
—No corras detrás —dijo una voz a mi espalda.
Era Carolina, la mejor amiga de Renata. Abogada, dos años más joven que nosotras, con esa manera suya de mirar como quien ya leyó el final de la novela.
—Solo necesito su número —murmuré.
—Sabés perfectamente por qué no te lo voy a dar.
Yo lo sabía. Lo había arruinado en diciembre, una sola noche, una sola mentira, y desde entonces la había buscado como se busca una llave que cae por la rejilla del piso: con la mano metida hasta donde no llega, sintiendo que el metal está ahí pero sin poder rescatarlo.
—Carolina, te lo ruego.
—Si querés hablarle, encontrá la forma. Pero no vas a tener atajos. Eso lo perdiste.
Y se fue.
***
Volví al café cada mañana, durante doce días, como quien repite un conjuro. Me sentaba en la mesa de la esquina, pedía lo mismo —americano doble, medialuna salada—, y esperaba. A veces escribía en una libreta. A veces solo miraba la puerta.
Sabía que estaba siendo patética. No me importaba.
Al decimotercer día, llegó. Sola. Con el mismo expediente bajo el brazo. Pidió en la barra sin mirar a su alrededor y se sentó en una mesa pegada a la ventana.
Me levanté antes de pensarlo. Las piernas me temblaban como si tuviera dieciséis años.
—Renata —dije al llegar a su mesa—. Por favor. Solo cinco minutos.
Levantó los ojos. Y esta vez sostuvo mi mirada. Era la primera vez en seis semanas. Lo que vi adentro me dolió más que toda su ausencia: dolor, sí, pero también algo apagado, como cuando uno baja la persiana para no ver una calle que duele.
—Mariela...
Iba a decirme algo. Lo vi en el modo en que sus labios se separaron apenas, en cómo el aire entró distinto.
Y en ese instante exacto, como si el destino estuviera mal escrito por alguien con muy poca delicadeza, dos cosas pasaron a la vez.
Beatriz Almeida cruzó la puerta del café, encontró a Renata con la mirada en menos de un segundo y caminó directo hacia ella, tomándola de la cintura con la misma autoridad de la otra mañana.
Y a mi espalda apareció el doctor Salazar, mi colega y mi error de diciembre, el hombre con el que pasé esa noche estúpida que lo arruinó todo.
—Mariela, cariño —dijo, y me besó en la mejilla—. No esperaba encontrarte acá.
La palabra "cariño" cayó sobre la mesa de Renata como un vaso de vidrio rompiéndose. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Vi cómo el destello que había aparecido un segundo antes en sus ojos se apagaba con un chasquido que solo yo escuché.
—No sabía que conocías a la fiscal Almeida —siguió Salazar, ajeno a todo—. Un placer, doctor Rodrigo Salazar.
Renata habló por primera vez. Fría. Quirúrgica.
—Se equivoca. No nos conocemos. Acabamos de cruzarnos.
Y Beatriz, sonriendo de costado, le acomodó un mechón detrás de la oreja y le dijo, lo suficientemente fuerte para que yo lo oyera:
—Mi amor, ¿nos vamos? Pedí los cafés para llevar.
Renata no contestó.
Pero tampoco se apartó.
Se dejó guiar hacia la salida como si yo no estuviera frente a ella. Como si el departamento de noviembre no hubiera existido. Como si nunca hubiera dicho mi nombre con los ojos llenos de agua.
***
Esa noche llegué a casa sin saber cómo. No recordaba haber subido al ascensor. No recordaba haber abierto la puerta. Solo sabía que tenía los puños cerrados y que en el cuerpo me ardía algo que no era únicamente celos.
Me senté en el borde de la cama con el celular en la mano. Me había escrito Carolina hacía media hora.
«Está en mi casa. Si vas a escribirle, hacelo ahora. Es la ventana que tenés».
Apreté el teléfono hasta que me dolieron los dedos. Abrí una nota en blanco.
«Renata, sé que no tengo derecho a pedirte nada. Ni siquiera a escribirte. Pero hay cosas que si no se dicen, se pudren por dentro. Lo que pasó entre nosotras no fue un capricho. No fue un experimento. Fue lo más real que sentí en años, y lo arruiné por una noche estúpida con un hombre al que ni siquiera quería. Te traicioné por miedo. Por miedo a lo que sentía cuando me mirabas, porque lo que me hacías era demasiado y yo no había aprendido todavía a sostenerlo. No vine a competir con la fiscal. Ni a pedirte que la dejes. Vine a decirte que cuando ella te toca la cintura yo siento que me arrancan una costilla, y que prefiero esa costilla rota a olvidarme de cómo te temblaba la voz aquella noche de noviembre. Si nunca volvés a mirarme sin ese dolor, también está bien. Porque no te amo para que me correspondas. Te amo porque no aprendí a dejar de hacerlo».
Lo releí tres veces. Le saqué dos comas, le agregué una. Borré la palabra "siempre" porque después de lo que hice no me la merecía.
Pulsé enviar.
***
Me quedé sentada al borde de la cama, mirando la pantalla. Pasaron diez minutos. Pasaron veinte. La aplicación me devolvió el doble tic. Después el doble tic se puso azul.
Y nada más.
Cerré los ojos. Pensé en la cara interna de su muslo, en aquella primera vez en que me había agarrado del pelo y había dicho mi nombre como si estuviera rezando. Pensé en cómo se le humedecían los ojos al venirse, en cómo me buscaba la boca después, con esa hambre tranquila de quien sabe que no tiene que apurarse.
Mi celular vibró.
Un mensaje. Tres palabras.
«Vení. Estoy sola».
***
Golpeé la puerta de Carolina con los nudillos y me abrió Renata. Descalza. Con una remera vieja que le llegaba al medio del muslo y nada abajo, o eso me pareció por cómo se le marcaba la línea de las caderas. Tenía los ojos rojos.
—Pasá —dijo, sin tocarme.
Entré. Carolina no estaba. El living olía a ella, a su champú, al perfume caro. Me quedé parada en medio del ambiente, sin saber qué hacer con las manos.
—Leí lo que me escribiste —dijo, cerrando la puerta a mi espalda.
—Renata, yo...
—Callate.
Se acercó. Despacio. Se paró a diez centímetros de mi cara y me miró como si estuviera decidiendo si abrirme la garganta o besarme. Le temblaba el labio de abajo.
—Seis semanas, Mariela. Seis semanas imaginándote con él. Seis semanas preguntándome si lo que a mí me hacías con la boca se lo hacías también a él.
—Nunca. Nunca fue como con vos.
—No me importa —dijo, y me agarró de la mandíbula con una mano—. Esta noche no me importa.
Y me besó. No fue un beso dulce. Fue un beso con dientes, con rabia, con seis semanas metidas adentro. Me mordió el labio hasta hacerme sangrar apenas y me empujó contra la pared. Le sentí la lengua caliente, el aliento entrecortado, el cuerpo entero apretado contra el mío.
—Me traicionaste —me dijo contra la boca, mientras me desabrochaba el abrigo con manos furiosas—. Me traicionaste, hija de puta.
—Perdoname —susurré.
—Todavía no.
Me arrancó la camisa. Los botones saltaron contra el piso de madera. Me bajó el corpiño de un tirón y me chupó un pezón hasta que grité, la lengua ancha, los dientes justo en el borde. Me metió una mano dentro del jean, sin abrirlo, forzando la muñeca hacia abajo, y cuando encontró que ya estaba empapada se rió bajito contra mi cuello. —Mirate. Toda mojada. ¿Así estabas en el café esta mañana también, cuando ella me tocaba adelante tuyo?
—Sí —confesé, porque era verdad y porque no me quedaba orgullo.
Me arrastró al sillón. Me arrancó el jean, la bombacha, todo, con esa violencia contenida que yo nunca le había conocido. Después se sacó la remera por arriba de la cabeza y sí, tenía razón: no llevaba nada debajo. Le miré las tetas, el vientre plano, el vello oscuro entre las piernas, y sentí que se me caía el aire.
—Rodillas al piso —me ordenó.
Obedecí. Ella se sentó en el borde del sillón, con las piernas abiertas frente a mi cara, y me agarró del pelo con las dos manos.
—Pediste perdón por escrito. Ahora pedime perdón acá.
Le hundí la cara entre las piernas. Le pasé la lengua por toda la raja, de abajo hacia arriba, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua, mamándole el coño como si me fuera la vida en eso. Y me iba la vida. Estaba salada, dulce, caliente, era ella otra vez, era el sabor que había extrañado durante seis semanas contra la almohada vacía. Le clavé las manos en el culo y la atraje más contra mi cara, empapándome la nariz, la barbilla, respirándola.
Renata me tiraba del pelo, me guiaba, me follaba la boca con las caderas y me insultaba entre gemidos.
—Así, puta, así, chupame el coño... ¿la extrañabas? ¿extrañabas mi concha? Decime que sí.
—Sí —jadeé contra ella—. Todos los días. Todas las noches.
Le metí dos dedos y curvé, buscando de memoria. La sentí temblar. Le chupé el clítoris con la lengua plana, insistente, mientras la penetraba fuerte, hasta que se le doblaron los muslos alrededor de mi cabeza y se corrió gritando mi nombre, tirándome del pelo con las dos manos, empujándome la cara contra ella hasta el final del último espasmo.
Se quedó respirando fuerte, con los ojos cerrados, mientras yo le besaba los muslos, la cadera, el vientre.
Después abrió los ojos y me miró desde arriba, con una expresión que no había visto nunca. Me agarró de la muñeca y me subió al sillón, me acostó de espaldas, me abrió las piernas con las rodillas.
—Ahora yo —dijo—. Y no te vas a correr hasta que yo te lo diga.
Bajó la boca sin más preámbulo. Me lamió despacio, de arriba abajo, cerrando los ojos, saboreándome como si estuviera comprobando que seguía siendo la misma. Me metió la lengua adentro, me chupó el clítoris con los labios apretados, me lamió los pliegues uno por uno, tomándose el tiempo que yo no me merecía. Yo movía las caderas, le pedía, le rogaba.
—Renata, por favor...
—No.
Me metió tres dedos de una vez y yo grité. Duro. Profundo. Sabía exactamente cómo hacerlo, cómo curvar, cómo apretar el pulgar contra el clítoris mientras me clavaba la mano contra el sillón. Me llevó al borde tres veces y las tres veces sacó los dedos justo antes, dejándome temblando, mordiendo el respaldo, llorando de ganas.
—¿Ves lo que se siente esperar? —me susurró al oído, con dos dedos otra vez adentro, quietos—. ¿Ves lo que se siente que te dejen así?
—Perdoname —lloré—. Perdoname, mi amor, perdoname.
Algo se le rompió por dentro. Lo escuché. Me besó en la boca, y esta vez fue distinto: el beso tenía agua, tenía perdón asomando debajo de la rabia. Y sin dejar de besarme, empezó a moverme los dedos otra vez, ahora hacia adentro, hondo, rítmico, mientras me apretaba el clítoris con el pulgar.
—Corrête —me dijo contra la boca—. Corrête para mí. Solo para mí.
Me corrí con un grito ahogado en su boca, apretándole la mano con el coño, temblando entera, agarrada a sus hombros como si fuera lo único sólido del mundo. Se me llenaron los ojos de agua y no traté de esconderlo.
Se quedó adentro un rato más, sacando los dedos despacio, como si le doliera separarse. Después se acostó encima mío, piel contra piel, la cabeza en el hueco de mi cuello.
—Esto no arregla nada —murmuró.
—Ya sé.
—Mañana capaz me arrepiento.
—Ya sé.
—Pero no te podía dejar ir sin esto.
La abracé. La abracé como no había abrazado a nadie en seis semanas. Le besé la coronilla, el pelo corto que todavía me dolía un poco, y pensé que Renata sabía perdonar con el cuerpo antes que con la cabeza, y que yo estaba dispuesta a empezar por donde ella me dejara.
Afuera seguía lloviendo como en noviembre. La ciudad olía exactamente igual que aquella noche. Y ella había escrito «vení» en lugar de «no me escribas más». Eso, en el idioma que nos habíamos enseñado a hablar, no era todavía una respuesta. Pero tampoco era un final.