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Relatos Ardientes

La caminata terminó con los cuatro en la misma cama

La tarde tenía ese color dorado que solo se ve después de caminar mucho. El sol bajaba despacio entre las ramas y la cabaña que habíamos alquilado parecía aún más callada que cuando llegamos. Salir al sendero había sido idea de Tomás, y aunque al principio protesté por pereza, terminé agradeciendo ese paseo lento, sin más propósito que vernos andar juntos.

Daniela y yo íbamos casi siempre detrás. Hablábamos de cualquier cosa: del calor, de los bichos, de lo bonito que estaba todo. Pero yo la sentía distinta esa tarde. Más tranquila. Con la mirada suelta, liviana, como si se hubiera quitado un peso de encima.

El camino estaba bordeado de árboles altos que filtraban la luz como cortinas verdes. El aire olía a tierra húmeda, a hojas secas, a madera tibia por el sol. Se escuchaban grillos, pájaros que cambiaban de tono al pasar y alguna corriente de agua escondida entre las piedras. Era uno de esos paseos en los que el tiempo no parece contar.

Tomás caminaba delante, comentando sobre los árboles, sacando fotos con el móvil. Bruno llevaba una botella de agua que compartía con todos, callado pero siempre atento. Daniela tenía el pelo recogido en un moño desordenado y un suéter gris colgando apenas sobre un short deportivo. Yo iba en mallas y una camiseta ancha de Tomás, con el cuello estirado y sin sostén. Nada en nosotras estaba dispuesto para seducir, y sin embargo, esa tarde me parecía que ella brillaba más que nunca.

En algún punto, Daniela se detuvo a mirar una planta de flores pequeñas y violetas. Me agaché a su lado. Sus dedos rozaron las hojas con una delicadeza que me hizo pensar en cómo se tocaría cuando estaba sola.

Había algo en vernos así, naturales, sin maquillaje, con las mejillas rojas por el sol y el esfuerzo. El sudor no incomodaba; al contrario, sentía que nuestros cuerpos se liberaban de algo más que del calor. Cada paso era una descarga, una forma de acercarnos sin tener que nombrarlo.

Cuando volvimos, el silencio de la cabaña nos recibió como un suspiro largo. No era solo el fin del paseo: era el umbral de algo distinto. Lo sentí en cómo Bruno soltó un «qué bien» al dejarse caer en el sofá, en la mirada cómplice que me lanzó Tomás y, sobre todo, en la forma en que Daniela me miró sin decir nada. Como si supiera que la verdadera caminata apenas empezaba.

***

Los chicos abrieron unas cervezas y se quedaron en la sala. Yo me quité los zapatos, dejé caer la sudadera y me acomodé en la habitación, sobre la cama grande. Daniela llegó detrás, dejó su bolso en la silla y se tumbó a mi lado sin decir palabra. Solo exhaló.

Estábamos sudadas, despeinadas, en ropa cómoda y sin expectativas. Pero había algo en el aire que todavía no sabíamos nombrar.

Los ventiladores de techo giraban lento. Llegaban de fondo la tele y los murmullos de Tomás y Bruno entre risas. Daniela se estiró y sus dedos rozaron los míos. Sin querer, o tal vez no tanto.

—¿Te acuerdas? —dijo de pronto, en voz baja, sin mirarme—. De aquella vez. Tú, yo… y Bruno.

Me giré despacio para verla. Su mirada no era provocadora. Era suave, casi melancólica, como si pidiera permiso para hablar de eso.

—Claro que me acuerdo —le dije—. Pero fue hace mucho.

Sonrió sin enseñar los dientes. Un gesto chiquito, casi tímido.

—Últimamente no dejo de pensarlo —confesó—. En nosotras. En lo que hicimos. En lo que no dijimos después.

Me quedé callada unos segundos. El corazón empezó a latirme más rápido, y no por sorpresa: yo también lo había pensado. Había partes de mí que nunca olvidaron su lengua, su olor, sus manos nerviosas y decididas a la vez.

Me incorporé y la miré. Daniela no desvió la vista. No esta vez.

—¿De verdad lo piensas tanto? —le pregunté.

—Sí —respondió sin dudar—. Y no solo lo pienso. Lo siento.

Sentí un escalofrío recorrerme la columna. No hubo más palabras. Nos acercamos en silencio. Ella apoyó la cabeza en mi muslo y yo le acaricié el pelo con una ternura que no sabía que aún guardaba. Y entonces la abracé.

Ese abrazo fue la grieta. Fue el inicio.

***

No sé cuánto pasó entre ese abrazo y el momento en que nuestras bocas se encontraron. Fue lento, como si nuestras caras se acercaran por inercia, por gravedad, por necesidad. Nuestros labios apenas se rozaron, con la timidez de quienes se reconocen después de años, pero el calor en el pecho ya ardía. Cerré los ojos.

Daniela tenía los labios suaves, húmedos, con ese temblor leve de los cuerpos que desean pero todavía dudan. El beso no fue torpe ni impaciente: fue como una respiración larga compartida. Mis dedos buscaron su cintura y bajaron despacio hacia sus caderas, sin invadir, pero marcando el terreno. Sentí su exhalación sobre mi piel, como un «sí» que no necesitaba voz.

Sus manos subieron hasta mi cara, luego a mi cuello, y una de ellas se deslizó por debajo de mi camiseta. Su contacto me erizó. No pensé en nada. Solo en su mano cálida en mi espalda baja, en cómo se apretaban nuestras rodillas, en cómo me sentía vulnerable y poderosa al mismo tiempo.

—Quiero saborearte entera, como aquella vez —me susurró, y fue como derretirme por dentro.

Me dejé llevar. Me apoyé sobre ella y empecé a besar su cuello. Mi respiración trazó una línea hasta su oreja, aspiré su olor y sentí su cuerpo temblar. Se arqueó debajo de mí, como si su piel supiera antes que su mente lo que iba a pasar. Le quité el suéter con cuidado, besando cada centímetro que descubría, mientras ella me ayudaba con la mía.

Nos quedamos en ropa interior, respirando agitado, con las piernas entrelazadas y el deseo en los ojos. No dijimos nada. No hacía falta. Todo estaba dicho en la manera en que nuestras miradas no se soltaban.

***

Daniela se inclinó sobre mí y se colocó encima con suavidad, pero con una decisión que no dejaba dudas. Me besó lento, bajando de mis labios al cuello, del cuello a los hombros, y de ahí al nacimiento de mis senos. Su boca los rodeaba como si reconociera un mapa antiguo, como si aún recordara cada punto que me hacía estremecer.

Mi respiración ya era jadeo. Sentía mis pezones endurecerse con cada roce, con cada exhalación cálida. Me dejé caer de espaldas sobre la cama, y cuando mis muslos se abrieron no fue por pudor vencido: fue por deseo pleno. Ella lo entendió enseguida.

Se acomodó entre mis piernas con la naturalidad de quien ha estado ahí antes. Me quitó la ropa interior despacio, primero besando sobre la tela, luego tirando de ella con los dientes, como si jugar fuera parte del ritual. El aire me rozó húmeda, abierta.

Y entonces, su lengua. La primera caricia fue lenta, apenas un deslizamiento que me hizo temblar los muslos. Después subió con precisión y ternura, dibujando círculos pausados. Sus manos me sujetaban las piernas, pero su fuerza era solo una forma de cuidado.

—Más abajo… así —no pude evitar susurrar.

Respiraba hondo mientras me lamía, la boca mojada, cálida, insistente. Su lengua recorría todo mi centro sin prisa, pero sin tregua. Me revolvía, me arqueaba, hundía los dedos en las sábanas. El cuerpo me ardía, pero de un fuego suave, envolvente, como una ola caliente en una noche de brisa.

Me aferré a su cabeza, sin fuerza, más como un ancla. Sentí el orgasmo crecer como si llevara años preparándose. No fue abrupto ni salvaje: fue profundo, lento, un espasmo que me recorrió entera. Me retorcí y me mordí los labios para no gritar, pero el gemido se escapó igual, ahogado, tembloroso.

Y entonces lo vi. Un reflejo en la puerta entreabierta. Un destello. Un movimiento. Tomás y Bruno… ¿nos estarían mirando?

El orgasmo todavía me vibraba en el vientre cuando sentí que la boca de Daniela se negaba a soltarme. No se detuvo, no retrocedió. Al contrario, su lengua se volvió más precisa, más lenta, más presente, como si reconociera que aún había más dentro de mí.

Cada roce era un latigazo dulce. Cerré los ojos, pero las imágenes seguían ahí: su cabeza entre mis muslos, su pelo castaño húmedo por el calor, sus manos sujetándome las caderas como si no quisiera dejarme escapar nunca. Yo sabía que me miraba con detenimiento, que apreciaba cada centímetro con una mezcla de hambre y ternura que me desarmaba.

—Qué rico… no pares —susurré, arqueándome.

Ella no respondió. Solo apretó mi muslo y se inclinó más. Su lengua se puso firme, me penetró suavemente con ella justo antes de volver a buscar mi clítoris. Yo ya no sabía dónde empezaba ni dónde terminaba. El segundo orgasmo llegó como un calor líquido en la columna. Esta vez todo se recogió por dentro, lento, tenso, y luego se desbordó. Mis caderas se movieron por instinto persiguiendo su boca, y dejé escapar un gemido ronco que hizo eco en la habitación.

Daniela levantó apenas la mirada. Me sonrió con la boca aún mojada, con ese gesto suyo travieso y dulce. No lo sabía, pero desde la puerta llevaban un rato contemplándonos.

***

Ella subió lentamente por mi cuerpo, dibujando una línea húmeda desde mi pelvis hasta el ombligo. Cuando llegó a mis senos, los acarició primero con la nariz, como si los reconociera por el olor, y luego los besó con una delicadeza que volvió a estremecerme. Su cuerpo se recostó sobre el mío, piel contra piel, respiraciones mezcladas.

Pasé mis manos por sus costados, acariciando cada curva como si la descubriera por primera vez. Apreté su trasero firme y suave, y ella soltó un gemido bajo, como si ese simple gesto le desbordara el placer. Rodamos despacio sobre la cama hasta que quedó de espaldas, mirándome con una expresión que mezclaba ansiedad y entrega total.

Bajé con calma. Besé su clavícula, el hueco entre sus senos, lamí sus pezones con una lentitud que la hizo suspirar largo. Acaricié sus costillas, su vientre, sus caderas. Cuando llegué a su pubis lo hice con respeto, no como un objetivo, sino como una ofrenda. Respiré sobre ella, sentí su olor íntimo y le di el primer beso ahí, como si fuera su boca.

Se arqueó con un gemido tierno. Mi lengua empezó a acariciarla como ella lo había hecho conmigo: primero lento, luego más profundo. La recorrí de arriba abajo, abriéndola con los dedos con cuidado. Su clítoris estaba hinchado, sensible. Lo lamí con la punta, luego con toda la superficie de la lengua. Ella gemía, se mordía los labios, sus dedos buscaban las sábanas o mi pelo.

Sus piernas se abrían más y su pelvis se alzaba buscando más contacto, más de mí. Y yo se lo di. Le entregué la boca entera. La sentí retorcerse y me mantuve firme, una mano sobre su vientre para estabilizarla, la otra en su muslo. No buscaba solo hacerla venir: quería que se sintiera adorada, única, mía.

Y mientras ella se perdía en mi boca, sin miedo, aún no sabía que dos pares de ojos, desde la puerta entreabierta, eran testigos de todo.

***

Sus gemidos se habían vuelto más agudos. Ya no eran susurros escondidos, sino notas abiertas, llenas de una libertad que nunca le había visto. Fue justo ahí, mientras su cuerpo se curvaba buscando su propio clímax, cuando sentí un cambio en el aire. No miedo, no interrupción: un calor nuevo, una presencia.

Levanté la mirada sin dejar de acariciarla con los dedos. Ahí estaban. Tomás y Bruno. Silenciosos, entrando por la puerta, entre la penumbra del pasillo y la luz cálida del cuarto. No hacían ruido. Solo nos miraban, y sus ojos ardían.

No era sorpresa lo que había en sus caras. Era deseo, admiración, hambre contenida. Me sentí observada y poderosa a la vez. Bajé de nuevo hacia Daniela, lamí otra vez, lento, y mientras lo hacía giré los ojos hacia Tomás. Lo miré directo y sonreí. Fue mi forma de decirle: «Sí, amor. Mírame. Estoy haciendo esto. Por ella. Por mí. Por ti».

Daniela aún no se había dado cuenta. Seguía perdida en su propio espasmo, las piernas cerrándose sobre mi cabeza, el vientre contrayéndose, la voz quebrándose. Se corrió con un orgasmo largo, contenido, dulce, de esos que no estallan sino que se derraman como miel caliente. Y entonces, cuando por fin abrió los ojos, vi cómo enfocaban la puerta.

Los vio. Su respiración se cortó. Pero no se cubrió. Solo me miró, y entendí: no tenía miedo ni vergüenza. Tenía ganas de más.

***

Me incorporé y subí por su cuerpo besando su vientre, sus senos, su cuello, hasta encontrar sus labios otra vez. Ella me abrazó fuerte, hundiendo la cara en mi hombro.

—Nos están viendo —susurró.

—Lo sé —le dije, acariciándole el pelo—. Y te están adorando.

Sonrió contra mi piel. Y entonces rodamos: ahora era ella la que estaba sobre mí, y el centro de su mirada ya no era mi boca ni mis pechos. Era la puerta. Se arrodilló sobre la cama, desnuda, despeinada, aún húmeda, y abrió más las piernas. Sabía que ellos la veían, y la idea no la detenía.

Nos habíamos transformado. Yo, la contenida; Daniela, la tímida. Ya no estaban ahí. Éramos dos mujeres entregadas, dos cuerpos que ya no fingían pudor, y sabíamos que nuestros hombres estaban al borde, deseando entrar, que lo harían apenas los invitáramos. Pero aún no. Los mantuvimos en la puerta, como testigos.

Nuestras manos volvieron a encontrarse entre los pliegues. Mis dedos bajaron por su espalda, acariciando cada vértebra, hasta llegar a su trasero caliente. Lo apreté y ella jadeó. Era una danza sin música, guiada por la respiración, por el roce de la piel, por el deseo compartido.

Y cuando ya no pudimos más, cuando el cuerpo nos pedía algo más fuerte, fue Daniela quien rompió el hechizo.

—Vengan —dijo sin alzar la voz, pero con un tono tan firme que Tomás y Bruno entraron como si hubieran estado esperando justo esa palabra.

***

No pasó ni un segundo. Bruno fue el primero en acercarse, con los ojos encendidos pero sin apuro. Tomás lo siguió, más lento, como si cada paso fuera una reverencia. Yo los sentía detrás, y aun así, todo en mí se centraba en ella.

Acaricié la mejilla de Daniela y la hice recostarse en el borde de la cama, la cabeza sobre la almohada, las piernas colgando abiertas. Me incliné sobre ella, en cuatro, con mi pecho sobre el suyo. Nuestros labios se encontraron de nuevo, más húmedos. Besé su boca, su mandíbula, y finalmente sus senos. Le besé un pezón, lo lamí, lo tomé entre los labios. Se arqueó bajo mi peso, los dedos apretando mis caderas.

Detrás de mí, Bruno se acomodó. Sentí su presencia, su fuerza silenciosa, sus manos rodeándome la cintura. Sin más palabras, entró en mí con esa cadencia suya que me desarma. No empujó. Me habitó.

—Ahhh… —se me escapó el gemido, suave, contra el cuello de Daniela.

Empezó a moverse en un vaivén rítmico, lento, embriagador. Cada embestida hacía que mi pelvis chocara con la suya y que mis senos se presionaran contra el pecho de Daniela. Ella gemía debajo, no solo por lo que veía, sino por lo que empezaba a sentir.

Tomás, siempre cuidadoso, se había arrodillado entre sus piernas. Inclinó la cabeza y empezó a besar la cara interna de sus muslos, primero con timidez, luego con más hambre. Yo lo veía desde arriba: cómo su lengua tocaba a Daniela, cómo sus labios se abrían sobre ella como un secreto compartido.

Daniela lanzó un suspiro largo, tembloroso. Le acaricié el rostro. Se aferró a mis brazos y me besó, su lengua enredándose con la mía mientras nuestros hombres nos llenaban de placer por separado, pero juntos. Y ahí, en ese ritmo que nos mecía como un solo cuerpo, las cuatro respiraciones se sincronizaron. Estábamos dentro. Todos. Al fin.

***

El vaivén de Bruno me hacía gemir contra la piel de Daniela. Mis caderas se mecían solas, adaptándose a sus embestidas, profundas y consistentes, como si cada movimiento escribiera algo en mí. Abajo, entre los muslos que colgaban del borde de la cama, Tomás la adoraba con la lengua, sin prisa, como si saborearla fuera un acto sagrado.

Y entonces ocurrió. La mirada de Daniela me buscó, los ojos húmedos, dilatados, abiertos por el placer y por deseo de mí. Me besó, y entre beso y beso me dijo algo que no olvidaré.

—Quiero sentir tu lengua también… ahora.

Fue ella quien me guió. Tomás se apartó con una sonrisa tierna en los labios brillantes. Yo me deslicé hacia abajo, dejando que Bruno saliera de mí con un gemido profundo. Me acomodé entre las piernas de Daniela y, sin pausa, me hundí en su centro.

Su sabor me llenó la boca. No era la primera vez, pero esta vez lo vivía distinto, como si todo lo anterior hubiera sido un ensayo. Mi lengua la acarició primero con un trazo lento y vertical, luego en círculos, luego con pequeños besos húmedos. Daniela gemía, arqueando la espalda, moviendo las caderas contra mí.

Y entonces sentí de nuevo el cuerpo de Bruno detrás. Sentí cómo me tomaba por los muslos y me penetraba desde atrás con un solo empuje lento. Grité bajito, de puro placer, con la boca todavía en el clítoris de Daniela. Ella se acomodó para vernos de cerca, para lamernos a ambos. Su lengua me rozaba, mis labios la succionaban, mientras los empujes de Bruno hacían que todo se sincronizara.

La vista la encendió más. Aceleró el ritmo, sus manos se aferraron a mis caderas. Yo gemía, decía cosas sin sentido, y ella sabía que ya me venía. Que me venía muy fuerte. Mis piernas se tensaron, mi vientre se alzó, y luego me dejé ir. Un orgasmo me sacudió como un trueno húmedo. Y mientras mi cuerpo se deshacía entre su boca y el vaivén de Bruno, me sentí completa. Éramos cuatro. Éramos uno.

***

El cuarto estaba empapado de respiraciones. Las sábanas, húmedas de sudor. La luz del atardecer empezaba a teñirlo todo de naranja dorado, dándole a la escena un tono casi irreal, como si el tiempo se hubiera detenido justo antes del anochecer.

Bruno se acercó por detrás otra vez. Me acarició la espalda con ambas manos, me besó el hombro y se colocó tras de mí. Lo sentí entrar de nuevo, esta vez con más intensidad, profundo, con esa mezcla de poder y ritmo que me hacía perder la razón. Cada empuje me movía hacia adelante, hacia la boca de Daniela, que no dejaba de mirarme ni de tocarme.

Ella bajó por mi cuerpo como una marea y su lengua encontró mi clítoris mientras Bruno se movía con más fuerza. Me abracé a las sábanas, pero ella me sostuvo. Tomás se acercó también y nos acarició a las dos, la mano en la espalda de Daniela, en mi cadera. Nos miraba como si fuéramos un milagro.

Yo me venía otra vez. No pude evitarlo. El orgasmo me cruzó como un rayo. Grité, me abrí como nunca. Bruno no se detuvo, y Daniela no soltaba mi sexo con la boca. Un triángulo de placer, de deseo, de conexión.

Entonces Bruno me giró de lado. Daniela se apartó lo justo. Lo sentí entrar más profundo, más firme. Ya no había lentitud, había deseo bruto, sin pausa. Cada embestida me hacía gemir más alto, las uñas clavadas en las sábanas, su voz grave jadeando junto a mi cuello. Y sin darme cuenta me vine de nuevo, en un espasmo largo, distinto. Me arqueé, y entonces lo sentí: una liberación húmeda y caliente entre mis muslos que me dejó temblando.

Todos se detuvieron un segundo. Daniela abrió los ojos. Tomás se acercó más. Bruno me sostuvo mientras mi cuerpo aún se sacudía.

—Vaya… —susurró Tomás, con los ojos brillantes—. Me encanta verte así, y con ustedes más, porque nos sentimos en confianza.

—Eso fue… —Daniela intentó decir algo, pero se quedó sin palabras.

Me derrumbé boca arriba, jadeando, empapada, sonriendo como una niña.

***

Bruno se acomodó entre mis piernas y volvió a entrar, ahora con más hambre. Daniela se puso a su lado y empezó a acariciarlo mientras él entraba y salía de mí, rozándome el clítoris con los dedos. Yo no podía parar de gemir.

—Estás tan mojada… —me dijo ella—. Te ves preciosa así.

Perdí la cuenta de los orgasmos. Daniela se recostó un momento en el pecho de Tomás, que la abrazó por la espalda. Lo miraba con deseo y ternura, y luego se giró hacia Bruno, que seguía penetrándome con ritmo sostenido.

Cuando él estuvo cerca de venirse, Daniela se puso a su altura y lo besó. Yo lo tomé entre las manos. Ella lamía sus labios con dulzura, y entre las dos lo acariciamos juntas. Él gemía, sujetándonos del pelo con ambas manos. Y al fin se vino, con un gemido ronco y largo, las caderas sacudiéndose, su calor cayendo sobre mi pecho como un premio. Me sentí dichosa, como una niña cuando se sale con la suya. Daniela me acarició, me lamió, me besó, y compartimos ese sabor en un beso lento y húmedo que selló todo lo que habíamos vivido.

***

Tomás estaba recostado boca arriba, el pecho agitado, los ojos brillantes, como si llevara horas conteniéndose. Yo lo deseaba distinto ahora, no solo por lo que habíamos compartido, sino por cómo me había mirado todo el tiempo, con esa mezcla de ternura, orgullo y lujuria sin palabras. Me acerqué a él. Daniela ya estaba a su lado, desnuda, con las piernas largas estiradas sobre la cama.

Me arrodillé junto a su torso y lo besé. Su barba rozó mi cara. Le acaricié el pecho mientras le hablaba bajito.

—¿Sabes cómo me miraste cuando me venía?

—Estabas tan mojada… —respondió, con la voz ronca.

—Lo sé. Y fue por ti.

Daniela se giró hacia sus pies y empezó a acariciarlo con ellos, primero jugando, rozándolo por encima del abdomen y los muslos, y luego, con precisión, lo tomó entre los dedos de los pies, deslizándolos despacio. Tomás jadeó y cerró los ojos. Ella sonrió.

—No se me va a olvidar cómo me hacías gemir con solo la lengua —dijo—. Estaba hermoso.

Yo me incliné sobre él y le besé el cuello, el mentón, y finalmente la boca. Me recibió con los labios abiertos, las manos buscando mis caderas. Me deslicé sobre su pecho, poco a poco, hasta quedar sentada sobre su rostro. No quería que me estimulara, estaba satisfecha, pero quería que me sintiera, que me acariciara con la lengua, darle placer y morbo con ello.

Su lengua me recibió sin preguntar, como si toda la noche se hubiera contenido para ese momento. Y mientras yo gemía sobre su boca, Daniela seguía acariciándolo con los pies, su miembro endureciéndose entre sus dedos.

—Nos viste… ¿te gustó vernos? —pregunté, moviéndome despacio.

—Sí… —murmuró entre respiraciones.

—¿Te calentó ver cómo me venía con ella? —dijo Daniela, presionándolo con los arcos de los pies.

—Te vi sonreír… desde la puerta.

Él ya no podía hablar. Solo gemía, la cara hundida entre mis muslos, mientras Daniela lo torturaba dulcemente y yo me dejaba llevar.

Entonces bajé. Me acomodé entre sus piernas, lo tomé con una mano y lo rodeé con los labios. Lo lamí lento, profundo. Daniela le acariciaba el pecho mientras me observaba. Bruno nos miraba relajado, la respiración calmándose después del maratón, con satisfacción y camaradería en los ojos.

—Soy tuya —le dije—. Te quiero más después de esta noche. Gracias por mirarme como me miras.

Su cuerpo se tensó, se retorció. Daniela se acercó, me acarició el pelo y me besó el cuello mientras lo sentíamos venir. Y entonces explotó, con un gemido largo y profundo. Lo recibí, lo saboreé, y sin abrir los ojos me giré y besé a Daniela. Compartimos su sabor, su momento, todo. Éramos deseo, ternura y victoria. Y en ese instante todo estaba completo.

***

El silencio de la habitación era distinto ahora. No el de antes del deseo, ni el que incomoda después de un momento intenso. Era un silencio lleno, pleno, como si el aire hubiera cambiado de densidad y cada uno respirara más liviano.

Bruno fue el primero en moverse. Se levantó sin decir palabra, con ese paso silencioso suyo, se puso una toalla en la cintura y fue a la cocina. Volvió minutos después con algo ligero: frutas, sándwiches, unos vasos de jugo. Nos los ofreció con su sonrisa tranquila y nos sentamos, aún desnudos, a compartir como si fuera cualquier desayuno de domingo.

Daniela se apoyó en Tomás, que la rodeó con el brazo. Yo tomé una mandarina y la compartí con Bruno, bromeando sobre lo ácidos que estaban los gajos. Reíamos bajo, casi en susurros, como si la intimidad nos pidiera no romper la magia.

Después nos tendimos sobre la cama, aún revuelta y tibia. La tele quedaba justo enfrente, con el volumen bajo, pasando alguna película que ninguno recordará. Daniela encendió una vela que encontró en la mesita y el olor a vainilla inundó el cuarto. Nos cubrimos apenas con una sábana ligera, más por costumbre que por pudor. Tomás a un extremo, Daniela al otro, Bruno junto a ella, y yo entre los dos hombres, sus brazos rodeándome sin apretar, las piernas entrelazadas.

En un momento, Daniela rompió el silencio.

—Los quiero mucho —dijo, sin mirar a nadie, como si hablara al aire.

Hubo una sonrisa baja, entrecortada. Bruno la miró con cariño. Tomás me tomó la mano. Yo no dije nada, solo le sonreí. Sabía que lo decía en serio. Sabía que pocas amistades alcanzan ese grado de confianza y de cariño sano, travieso pero sano, sin pretender nada más que el bien de todos. Y lo mejor era poder decirlo sin miedo, sin juicio.

Nos quedamos así un rato más. Hablando poco. Tocándonos leve. Compartiendo la misma sábana. Y uno a uno nos fuimos quedando dormidos. Cuatro cuerpos desnudos, cuatro almas livianas, una cama y un secreto nuevo compartido. Y un deseo que, por fin, ya no era solo fantasía.

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Comentarios (4)

ManuelR88

Tremendo relato!!! uno de los mejores que leí acá en mucho tiempo

Carla_Mdp

Por favor continualo, quede con ganas de saber que pasó entre ellos cuatro después de esa noche

DiegoCba

Me gustó mucho como esta narrado, se siente como si lo estuvieras viviendo junto a ellos. Muy bueno!

Fabio_Cba

jaja ese momento de la puerta entreabierta me mató, no me lo esperaba

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