A mis años, mi joven jardinero me volvió a encender
El despertador sonó a las siete, como cada día, y empecé mi rutina sin permitirme un solo segundo de remordimiento. Hay mujeres que habrían pasado la mañana ahogándose en vergüenza por lo que hicieron la tarde anterior. Yo no. Lo que pasó, pasó, y no hay manera de cambiarlo. Eso sí, me prometí una cosa: si aquel descarado volvía a aparecer por mi casa, lo echaría a patadas.
Algunas amigas mías se habrían escondido del chico. Yo nunca fui de esconderme. No soy miedosa ni de las que se dejan arrastrar por sus emociones. Soy una mujer fuerte, tenaz, hasta testaruda, y aunque me hubiese permitido aquel capricho, no iba a repetirse. Una vez es un desliz. Dos, una costumbre.
De todos modos, era poco probable que regresara. Había conseguido lo que quería: follarse a una señora mayor, mucho mayor, como él mismo había dicho con esa crudeza suya. Y todo el mundo sabe que cuando una mujer abre las piernas, pierde el interés para un hombre. No era tan ingenua como para creer que un muchacho de veintidós años querría algo serio con una mujer de casi sesenta. Semejante diferencia era una aberración. Un chico tan guapo encontraría una novia de su edad sin esfuerzo.
Aun así, lo de la tarde anterior había reavivado en mí una pasión que daba por muerta y enterrada. Descartaba una relación estable, por supuesto, pero llegué a una conclusión sensata: debía salir con alguien, darle alegría a mi vida. Con un hombre de mi edad, claro. Tenía más de un admirador. El problema no sería encontrarlo, sino elegirlo.
Soy una mujer organizada. Me gusta planificar la jornada y cumplir mi horario. Era miércoles, así que tocaba yoga matutino para conservarme ágil y flexible. Mientras estiraba, noté las piernas algo flojas por la intensa actividad del día anterior, pero por lo demás me sentía espléndida. Hacía años que no dormía tan bien. Aún notaba, al abrir las piernas para el estiramiento, cierto escozor entre los muslos, la huella de esa polla joven que me había abierto en canal sobre la mesa de la cocina. Me sorprendí sonriendo sola, como una tonta.
Después de desayunar, abrí el portátil y busqué empresas de jardinería. No podía permitir que Tomás siguiera trabajando en mi casa. Era una lástima: el chico siempre había sido diligente y discreto. Dejé un par de mensajes y una secretaria me prometió enviar a alguien la semana siguiente para presupuestar.
Tenía planes: recoger la ropa de la tintorería y almorzar con una amiga en el club antes de jugar al tenis. Me puse el conjunto de siempre, un vestido sin mangas con falda plisada que me quedaba unos diez centímetros por encima de la rodilla. Me miré al espejo y sonreí a mi pesar. El muy bribón tenía razón en una cosa: todavía tengo unas piernas bonitas.
***
A las cuatro volví a casa y solté un suspiro de fastidio al ver la camioneta de Tomás aparcada en la puerta. Lo encontré sentado en el porche. No me hacía ninguna gracia discutir, pero no pensaba evitarlo. Metí el coche en el garaje y, justo cuando iba a bajar, él me abrió la puerta.
—Gracias —dije, por pura educación.
No se me escapó cómo me miró las piernas al salir, atento al borde de la falda. Cogí del asiento trasero las bolsas, que él me quitó de las manos antes de que pudiera negarme.
—Espera, te ayudo.
—Puedo sola —repliqué sin soltar el asa.
—Insisto.
Suspiré y cedí. Me siguió dentro de casa por la puerta del garaje y dejó las bolsas en el recibidor. Fui a mi habitación a colgar la ropa y, antes de salir del baño, revisé mi aspecto en el espejo. No sé por qué lo hice. En lugar de cambiarme por algo más discreto, que es lo que debía haber hecho, me solté el pelo, lo cepillé deprisa y me pinté los labios.
Cuando volví al salón, Tomás estaba en el sofá mirando el teléfono. Dios mío, qué guapo es, pensé, y enseguida negué con la cabeza, reprochándome esos pensamientos a mis años. Llevaba unos pantalones de trabajo color arena y una camiseta blanca tirante sobre los brazos. Me sorprendió mirándolo y se pasó los dedos por el pelo con una sonrisa de suficiencia.
Me senté en el sillón de al lado, y esta vez fui yo quien lo pilló observándome las piernas. Me removí con fingida indignación y bajé la falda todo lo que pude.
—Se la ve muy guapa, Renata —me dijo, tratándome de usted, lo que me desconcertó.
—He estado jugando al tenis. Tomás, no quiero que sigas trabajando para mí.
—¿Y lo otro? —soltó el muy sinvergüenza—. ¿Tampoco lo quieres?
Me sonrojé solo de pensar a qué se refería, pero me mantuve firme.
—Lo de ayer fue un error garrafal y no va a repetirse. Reconozco que fue culpa mía, soy adulta y debí impedirlo, pero no quiero que vuelvas. Buscaré otro jardinero.
Había preparado mentalmente un discurso entero sobre nuestra diferencia de edad y el escándalo que sería si alguien se enterara. Fui inflexible y creo que el mensaje quedó claro.
Tomás no contestó. Se levantó despacio y se giró hacia mí. No me moví del sillón ni aparté la mirada. Entonces se inclinó, sin decir palabra, con la clara intención de besarme.
—Tomás, no —balbuceé, ladeando la cara.
Indiferente, empezó a besarme el cuello, mordisqueándome el lóbulo de la oreja, y noté al instante cómo se me endurecían los pezones bajo la tela del vestido. Juro que insistí en que parara, pero no lo detuve. Tampoco cuando deslizó la mano bajo mi falda y me apartó las bragas de un tirón lateral, hundiendo dos dedos en mi coño sin previo aviso. Estaba tan mojada que entraron de golpe. Solté un gemido ronco que me delató entera.
—Mírate cómo estás, empapada —murmuró contra mi cuello, moviéndome los dedos dentro con una lentitud humillante—. Si me estabas esperando, vieja.
—Cállate —jadeé, pero levanté apenas las caderas para ayudarlo a bajarme las bragas del todo.
Cuando lo vi arrodillarse y separarme las piernas de par en par sobre el sillón, le supliqué que no, aunque los dos sabíamos que me moría por sentir su boca en el coño.
—No te preocupes, preciosa. Ponte cómoda —murmuró.
Me subió la falda plisada hasta la cintura y se quedó un instante mirándome el sexo abierto, respirando encima con la boca a un centímetro, torturándome con el aliento caliente. Después hundió la cabeza entre mis muslos y me dio el primer lengüetazo largo, desde el culo hasta el clítoris, lento y sucio. Alcé los brazos y me agarré con fuerza al respaldo del sillón mientras él avanzaba sin la menor oposición por mi parte. Chupaba, lamía y me acariciaba con dos dedos a la vez, hundiéndolos y sacándolos, alternando un ritmo que me arrancaba sonidos que no reconocía como míos. Me atrapó el clítoris entre los labios y lo succionó como si quisiera arrancármelo, mientras giraba los dedos dentro buscando un punto exacto que solo él parecía conocer.
—Cómo te gusta, ¿eh, Renata? —murmuró apartándose un segundo, con la boca brillante de mí—. Mira cómo mojas el sillón, guarra.
—Sigue, no hables, sigue —le imploré, agarrándolo del pelo.
Volvió a hundir la cara, chupando, mordiendo, metiendo la lengua tan dentro como podía y saliendo para lamerme el clítoris en círculos rapidísimos. Cuando estuve a punto de llegar, se detuvo en seco y separó la boca. El vacío me hizo gruñir de rabia.
—No pares, por Dios —le increpé.
—Pídelo bien.
—Por favor. Por favor, Tomás.
Volvió a hundirse, feroz, con tres dedos ahora que me abrían el coño y una lengua que no daba tregua al clítoris. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté contra mí, restregándome sin vergüenza contra su cara, y el placer me partió en dos. Me deshice en un orgasmo largo y vergonzoso que me hizo temblar las piernas y soltar un chillido agudo que rebotó en las paredes del salón. Él no aflojó hasta que yo lo aparté, incapaz de soportar el roce.
Después me ofreció la mano para levantarme. Pensé que me llevaría a la habitación, pero empezó a besarme allí mismo, en el cuello, detrás de la oreja, justo donde más sensible soy. Le noté la polla dura clavándose contra mi cadera a través del pantalón. Lo abracé con un ardor posesivo que no me reconocía y bajé la mano para apretársela por encima de la tela. Estaba durísima, gruesa, palpitando.
—Sácamela —le pedí bajito.
Se abrió el pantalón sin dejar de besarme y la sacó él mismo. Se la agarré con la mano, cerrando los dedos apenas alrededor de aquella polla joven y pesada, y me arrodillé sin pensarlo. Yo, Renata, arrodillada en el salón de mi casa delante del jardinero. Me la metí en la boca hasta la mitad y él soltó un gemido áspero, cogiéndome del pelo. La chupé despacio primero, saboreando, lamiendo la punta y el frenillo, y después me la tragué entera, tanto como pude, hasta sentir el fondo de la garganta protestar. La saliva se me caía por la barbilla.
—Joder, joder, así, así —jadeaba él, moviéndome la cabeza al ritmo que le convenía.
Me apartó de un tirón antes de correrse, con la respiración destrozada, y me miró con los ojos vidriosos.
—Me vuelves loco —dijo—. Pero ¿cuántos años tienes? ¿Cincuenta?
—Más o menos —respondí, limpiándome la boca con el dorso de la mano.
Si de verdad me creía diez años más joven, ¿para qué corregirlo? Le expliqué que no se le pregunta la edad a una mujer. Él se rio, dijo algo grosero sobre que yo tenía la edad de su madre y miró el reloj: tenía prisa, otro presupuesto que dar. Se guardó la polla en el pantalón todavía dura, sin haberse corrido, y me guiñó un ojo.
—Me lo debes para la próxima —dijo.
—Esta es la última vez —empecé.
—Ya, ya —me interrumpió—. Te veo en un par de semanas, cuando venga a cortar el césped.
—Para entonces tendré otro jardinero —dije con despecho.
—También repasaré los setos —me ignoró por completo.
Se marchó. Cuando oí cerrarse la puerta, grité de rabia y de vergüenza, asqueada conmigo misma. ¿Cómo había vuelto a caer? Me di una ducha para quitarme la culpa de encima. No funcionó. Solo se fue el olor a sexo y el semen que no había llegado, y el coño, ya limpio bajo el agua caliente, seguía latiéndome como si pidiera más.
***
Durante las dos semanas siguientes tomé una decisión: quería una aventura con Tomás. No entraré en los porqués, salvo que me di cuenta de que disfrutaba de su interés y, sobre todo, del sexo. No me obsesioné como una adolescente —ni de joven fui tan alocada—, pero pensaba en él. Me masturbé un par de veces fantaseando con que lo hacíamos en el jardín, yo apoyada contra el tronco del cerezo, con la falda arremangada y él embistiéndome por detrás, hundiéndome la polla mientras me tapaba la boca para que los vecinos no me oyeran gritar. Me corría sola en la cama a media tarde, con dos dedos dentro y el otro pulgar en el clítoris, imaginándomelo.
Quizá fuera mala idea liarme con alguien tan joven. Quizá debía intentarlo con un hombre de mi edad. Pero hacía tiempo que los maduros me parecían bobos y aburridos, y mi deseo había resurgido con un furor que ninguno de ellos sabría calmar. Ansiaba ver de nuevo ese cuerpo joven y firme, ese vigor incansable, esa polla que se ponía dura tres veces por tarde sin pedir permiso. Decidí que necesitábamos unas normas y que las hablaríamos antes de volver a tocarnos.
Cuando llamó a mi puerta, terminado el jardín, lo sorprendí rodeándolo con los brazos para besarlo. Tardó dos segundos en reaccionar y me devolvió el beso, metiéndome la lengua a fondo, y me apretó el culo con las dos manos por encima del pantalón. Pero lo frené cuando intentó levantarme la camiseta.
—Espera. Primero hablamos. Y después te duchas, que hueles a gasolina.
Lo llevé a la cocina, le serví agua fría y empecé a enumerar mis condiciones. Él escuchaba con una sonrisa socarrona.
—Lo principal es la discreción —subrayé—. No se lo cuentas a nadie, como yo tampoco lo haré. Nos veremos solo aquí. Y quiero que seas más cariñoso, no tan brusco.
—Lo soy —protestó—. Pero pensé que íbamos a follar un par de veces y ya. No imaginé que pasaría esto.
—Tú también lo quieres, ¿no? —pregunté, no sin cierta inquietud.
Se encogió de hombros.
—Depende de a qué te refieras.
—No quiero casarme, Tomás —aclaré con sorna—. Me gusta demasiado estar sola. Soy mucho mayor que tú y sé que de esto no puede salir nada serio. Solo quiero pasarlo bien.
—Me parece bien —sonrió—. Yo solo quería follarte. Llevaba tiempo queriéndolo.
Me alegró que estuviéramos en la misma sintonía. Negociamos un par de reglas más, que con el tiempo rompimos casi todas, y lo mandé a ducharse. Antes de salir de la cocina, se detuvo.
—Yo también tengo una petición —dijo, exigente—. Ponte algo bonito.
***
Tengo ropa elegante, nunca estrafalaria. Soy una mujer con clase, no una cualquiera. Esa tarde elegí una camisola negra y algo de encaje, sencillo pero efectivo, con las tetas casi al aire y las bragas a juego, transparentes. Cuando volví a la habitación, Tomás salía del baño con una toalla a la cintura, y se le marcaba ya el bulto por debajo.
—Joder, estás imponente —dijo.
Me acerqué, le rodeé el cuello y nos besamos como dos críos. Le quité la toalla de un tirón y ahí estaba su polla, ya medio dura, meciéndose entre nosotros. Lo tumbé en la cama y me coloqué encima, restregando el coño empapado sobre su muslo mientras le mordía el cuello. Aquella tarde, sin embargo, descubrí algo nuevo en mí.
—Túmbate y dame las manos —le pedí.
Le até las muñecas al cabecero con el cinturón de una de mis batas, usando el nudo marinero que mi padre me enseñó de niña, allá en el pueblo costero donde crecí. Una vez apretado, no se desliza: cuanto más tiras, más se cierra. Se lo advertí. Luego le vendé los ojos con un pañuelo de seda.
—¿Qué haces? —preguntó, entre divertido y nervioso.
—Tener paciencia. Es lo único que te pido.
Me subí a horcajadas y recorrí su cuerpo con la boca, despacio, besando y mordiendo, devolviéndole cada tirón de pelo que él me había dado las veces anteriores. Le mordí los pezones hasta que soltó un juramento, le arañé el pecho, le lamí la línea del abdomen hasta el pubis. Cuando llegué más abajo, lo provoqué con una lentitud calculada: le lamí los huevos uno a uno, se los metí enteros en la boca, y después subí por la polla con la punta de la lengua, muy despacio, sin llegar a rodearla. Empujaba las caderas, impaciente, buscando mi boca.
—Hazlo ya —ordenó.
—Aún no —respondí con severidad—. Y deja de moverte o me voy hasta que te calmes.
Le escupí en la punta y esparcí la saliva con el pulgar, viendo cómo se le tensaba entera. Después le rodeé el glande con los labios y bajé de golpe, tragándomela hasta el fondo. Él soltó un rugido y arqueó la espalda. La chupé unas cuantas veces, apretando fuerte con los labios, con la lengua trabajándole la parte de abajo, y cuando lo noté a punto lo solté. Me senté encima, restregándole el coño mojado por toda la polla sin dejar que entrara, resbalando arriba y abajo, marcándole el clítoris contra la punta.
—Métemela, joder, Renata, métemela —gruñó, tirando del cinturón.
—Todavía no.
Bajé otra vez y volví a chupársela, ahora despacio, con parsimonia, deteniéndome justo cuando notaba que su cuerpo se tensaba y las caderas empezaban a temblar. Después subía a besarle la boca, le mordía el labio inferior y le susurraba obscenidades al oído mientras le rozaba la polla con la mano, apenas. Lo llevé al borde una y otra vez, cinco, seis, siete veces, deteniéndome cada vez en el instante exacto. Forcejeaba con el cinturón, frustrado, con la polla empapada de saliva y de mí, soltando amenazas de lo que me haría cuando se soltara. Yo me reía. Estaba guapísimo enfadado, con la venda torcida y una gota de líquido preseminal deslizándosele por el glande.
—Renata, en serio —gruñó—, déjame terminar.
—¿Lo necesitas? —lo provoqué.
—Sí, joder.
—¿Cuánto?
—Mucho. Por favor. Por favor, déjame correrme.
Por fin cedí. Me senté sobre su polla y me la metí de golpe, hasta el fondo, y solté un gemido tan hondo que me sonó a otra mujer. Empecé a cabalgarlo despacio, apretando el coño alrededor cada vez que subía, mirándolo debatirse debajo. Me incliné para que me chupara los pezones, y aun con la venda encontró la boca. Los mordió como una fiera. Aceleré, rebotando encima con las manos apoyadas en su pecho, y cuando lo noté a punto de estallar me clavé fuerte y me quedé quieta, sintiendo cómo la polla se le hinchaba dentro y él se corría a chorros dentro de mí, con un rugido largo que le sacudió todo el cuerpo. Yo me corrí encima, contrayéndome sobre él, ordeñándolo hasta la última gota.
Cuando todo terminó, lo dejé tendido, sin aliento y todavía atado, con la polla resbaladiza cayéndole floja sobre el vientre y el semen escurriéndoseme por los muslos, y sentí un poder embriagador, antiguo, que no sabía que vivía en mí. Me gustaba tener el control. Me gustaba demasiado.
—Desátame, quiero más —exigió con auténtica rabia.
—Todavía no —susurré.
Salí de la habitación y volví con un libro. Me eché a su lado, abrí las páginas y empecé a leer en voz alta los versos antiguos de un poema de guerra. Él protestaba, detallando todo lo que me haría, cómo me follaría el culo, cómo me iba a hacer chuparle la polla arrodillada hasta que me doliera la mandíbula, pero yo solo le pedía que se callara y escuchara. No estaba contento conmigo. No importaba.
Tras un rato dejé el libro, me senté otra vez sobre él y le rocé los labios con los míos. Su polla, contra todo pronóstico, empezaba a despertarse otra vez debajo de mí.
—Si te desato, ¿te portarás bien? ¿Serás amable conmigo?
—Sí.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Tiré del extremo del cinturón. En cuanto se vio libre, se arrancó la venda y me tumbó boca arriba bajo el peso de su cuerpo, con la fuerza de un animal que llevaba una hora esperando el momento.
—Mentí —dijo.
Me levantó las piernas sobre sus hombros y me tomó sin contemplaciones, hundiéndome la polla de una sola embestida, brutalmente, hasta el fondo. Grité. Empezó a follarme así, doblada sobre mí misma, con las rodillas contra las orejas, martilleando duro, tan hondo que a cada envión notaba su bajo vientre golpeándome contra el coño y contra el culo. La cama chirriaba. Yo gemía a gritos, sin importarme nada, agarrada a las sábanas.
—¿Querías controlarme, eh? —jadeaba él, sin bajar el ritmo—. ¿Querías tenerme atado? Toma, guarra, toma.
—Sí, sí, así, no pares, no pares.
Me sacó la polla, me giró boca abajo, me levantó el culo tirándome de las caderas y volvió a metérmela por detrás de una embestida seca. Me apretó la nuca contra el colchón con una mano y con la otra me daba palmadas en el culo mientras me follaba, duro, cada vez más rápido. Yo alcancé otro orgasmo así, con la cara contra la almohada, mordiéndola para no despertar al barrio entero, y cuando él terminó dentro de mí por segunda vez, vaciándose con un gemido áspero contra mi espalda, me deshice de nuevo. Se dejó caer encima, sudado, y se quedó ahí, aún dentro, respirándome en el cuello.
—La próxima vez te ato yo a ti —me susurró al oído.
Sonreí contra la almohada. Ya lo veríamos.
***
Nuestra aventura se prolongó. No nos veíamos a diario, solo un par de veces por semana, y el sexo era su única base. A veces era tierno, capaz de enviarme flores con una nota y de abrazarme después hasta que dejaba de temblar. Yo le hacía regalos caros: una cámara antigua, por su afición a la fotografía; un reloj que intentó devolverme alegando que era demasiado. Le expliqué que el precio no importa cuando de verdad tienes dinero.
No interrogábamos al otro sobre su vida. No teníamos casi nada en común: ni la música, ni el cine, ni los libros, que él jamás tocaba. Lo único que compartíamos era la incapacidad de mantener las manos quietas cuando estábamos cerca. Y, a mi edad, resultaba francamente halagador que un chico tan joven y guapo tuviera siempre tantas ganas de buscarme, de metérmela contra la encimera de la cocina apenas cerraba la puerta, de arrodillarme en el pasillo y de correrse en mi boca antes incluso de que me diera tiempo a saludarlo.
Descubrí, deliciosamente perversa, que su madre era trece años más joven que yo. Aun así, disfruté tanto de su discreción como de los mensajes que me mandaba mientras yo almorzaba con mis amigas, advirtiéndome que me diera prisa, que me estaba esperando con la polla dura y sin pantalones en mi propio sofá.
Un jueves por la tarde, mientras se vestía para marcharse, le pregunté si querría quedarse a dormir ese fin de semana. Nunca habíamos pasado una noche entera juntos. Contestó que sí, que preparara cena para dos, y prometió que celebraríamos aquel nuevo paso de una manera muy especial.
Cerré la puerta tras él y me quedé apoyada en la pared, sonriendo como una cría. A mis años. Quién me lo iba a decir.





