El DJ me hizo una oferta que no supe rechazar
Después de aquel fin de semana que lo cambió todo, Andrés y yo volvimos a Murcia como si nada hubiera ocurrido. Pero algo se había roto entre nosotros, y los dos lo sabíamos sin necesidad de nombrarlo. No hablamos de lo que había pasado en Granada. Él prefería el silencio, esa manera cómoda que tienen algunos hombres de mirar hacia otro lado mientras la vida se les desangra entre las manos.
Andrés seguía en su rutina de comercial, sus viajes, sus rutas interminables por la provincia. Yo me quedaba en casa, dándole vueltas a una sensación nueva que no terminaba de entender. A mis treinta y ocho años creía conocerme, pero aquel viaje había despertado a otra mujer dentro de mí, una a la que el riesgo le sabía mejor que cualquier cosa que mi marido pudiera ofrecerme.
Su única reacción fue una promesa torpe, dicha de madrugada con la voz baja.
—El próximo finde que podamos, volvemos a aquella sala —me dijo—. Te prometo que esta vez será distinto.
Le contesté que sí, sin demasiadas ganas. Su necesidad de arreglarlo todo con un gesto me parecía casi tierna, y a la vez patética. No se arregla así, pensé. No después de lo que vi.
***
A mitad de semana, con Andrés fuera por trabajo en Sevilla, sonó mi teléfono con un número que no tenía guardado.
—¡Hola! ¿Qué tal estás? Vaya finde el que os pegasteis, ¿eh? —La voz me sonaba, pero no la ubicaba—. Soy Rubén, el DJ de la sala. Rubén Casal.
Me quedé helada un segundo, pero enseguida algo se aflojó dentro de mí. Estuvimos charlando un rato largo. Me contó que estaba precisamente en Murcia, que había pinchado en un evento la noche anterior y que al día siguiente se marchaba. Andaba por el centro y me propuso tomar algo antes de irse.
Debí decir que no. Tenía mil motivos para colgar y olvidarme. Pero estaba aburrida, sola en aquella casa demasiado grande, y la idea de ese riesgo nuevo me atrajo como un imán. Acepté antes de pensarlo dos veces.
Me vestí con cuidado, eligiendo cada prenda como quien prepara una emboscada. Una blusa blanca ajustada con un escote que no dejaba lugar a las dudas, una falda negra corta con vuelo y mis tacones altos, esos que me hacían caminar como si supiera exactamente lo que iba a pasar. Debajo, un tanga de encaje negro que ya estaba húmedo antes de salir de casa. Me miré al espejo. La mujer que me devolvía la mirada no era la esposa aburrida de un comercial. Era una hembra en celo, dispuesta a que se la follaran.
***
Llegué al bar y lo encontré en la terraza, repantigado en la silla con la seguridad de quien tiene acceso a todo. Rubén me saludó con esa cordialidad superficial de los hombres acostumbrados a conseguir lo que quieren. Me propuso entrar a tomar una cerveza en la barra, lejos del sol y de las miradas.
Me habló de sus proyectos, de sus giras, de un mundo de fiestas que no terminaban nunca y de negocios que prefería no detallar. Se notaba que era un hombre de mundo, de los que coleccionan ciudades y mujeres con la misma facilidad. Yo lo escuchaba y bebía, una cerveza tras otra, sintiendo cómo el calor me subía despacio por el cuerpo, cómo el coño se me iba empapando debajo de la falda cada vez que él me miraba las tetas sin ningún disimulo.
Fue entonces cuando soltó la idea, como quien comenta el tiempo.
—¿Sabes que una mujer como tú podría ganar mucho dinero? —Dejó la frase suspendida un instante—. En ciertos sitios buscan chicas de clase, con presencia. Acompañar a clientes de cierto nivel, gente con dinero. Sin esfuerzo, Carolina. Solo hay que saber estar.
Lo que me estaba proponiendo tenía un nombre antiguo, pero él lo envolvía en palabras elegantes. No le contesté. Solo lo escuché, y la idea se me clavó en algún rincón de la cabeza. El dinero, el lujo, el acceso a ese mundo de poder donde todo parecía permitido. Una puerta que se abría justo cuando la mía se cerraba.
—No tienes que decidir nada hoy —añadió, leyéndome la cara con una facilidad que me incomodó—. Solo digo que una mujer con tu edad y tu cabeza vale mucho más de lo que crees. Las jovencitas no saben estar. Tú sí.
Había algo perverso en cómo me halagaba, en cómo convertía mis treinta y ocho años en una virtud y no en una sentencia. Llevaba demasiado tiempo sintiéndome invisible, una más en la cola del supermercado, la mujer de Andrés, la que ya nadie miraba dos veces. Y de pronto aquel hombre me hablaba como si yo fuera la pieza más codiciada del tablero.
Mientras hablábamos, noté sus manos. Primero en mi brazo, casual. Luego en mi rodilla, sin disimulo. Era de los que tocan mucho, de los que avanzan centímetro a centímetro esperando que nadie los frene. Yo no lo frené.
Con la barra cubriéndonos, deslizó la mano por debajo de la falda y me acarició el muslo interior con las yemas de los dedos, subiendo despacio hasta rozarme el borde del tanga. Estábamos en un rincón apartado y me dejé hacer, abriendo apenas las piernas para invitarlo. Apartó la tela empapada de un lado y hundió dos dedos en mi coño de un empujón limpio, como si supiera desde hacía rato lo mojada que iba a estar. Se me escapó un jadeo que disimulé llevándome la cerveza a la boca. Él me sonrió, sin quitar los dedos, y los movió despacio dentro de mí, buscándome, notando cómo se me apretaba el chumino alrededor.
—Estás empapada, Carolina —murmuró contra mi oreja—. Empapada de verdad. Se te va a notar en el taburete.
Por instinto, respondí pasándole la mano por encima del pantalón. La polla se le marcaba tiesa, gruesa, dura como una piedra bajo la tela. Le apreté por encima y lo oí soltar el aire. Le bajé la cremallera un dedo, lo justo para meter la mano y tocarle la punta caliente y ya húmeda de precorrida. Los dos hervíamos en silencio, fingiendo una conversación que ya no le importaba a ninguno. Sus dedos me follaban despacio bajo la falda, entrando y saliendo del coño, y el pulgar me buscó el clítoris y empezó a dibujarme círculos justos, precisos, hasta que se me nubló la vista.
—No me hagas correrme aquí —le pedí en voz muy baja.
—Aún no —contestó, y sacó los dedos brillantes de mis jugos.
Se los llevó a la boca delante de mí y los chupó despacio, uno detrás del otro, sin dejar de mirarme. Se me contrajo todo por dentro.
***
Su orden llegó pegada a mi oído, en voz baja pero sin margen de discusión.
—Vamos al baño. Ahora.
Aquella brusquedad me excitó de una forma que no supe contener. Lo seguí hasta el baño como si mis piernas hubieran decidido por mí. Entramos en el único cubículo y echó el pestillo. No hubo preámbulos, ni una palabra suave. Me empujó suavemente de los hombros hasta que me arrodillé sobre el suelo frío.
Se desabrochó el pantalón entero y se lo bajó hasta las rodillas junto con los calzoncillos. La polla le saltó fuera dura, gruesa, con la punta enrojecida y una gota clara temblando en el glande. Era más grande de lo que había imaginado, con un tronco venoso que me hizo tragar saliva. La agarré con la mano y noté cómo me palpitaba entre los dedos.
—Chúpamela bien —me pidió, con la voz ronca—. Toda entera, Carolina.
Empecé despacio, saboreando el momento, la transgresión absurda de estar allí, en el baño de un bar cualquiera, con un hombre al que apenas conocía. Le lamí la punta primero, recogiendo aquella gota salada con la lengua, y luego me la metí en la boca centímetro a centímetro, notando cómo me llenaba, cómo me forzaba la garganta. Él se apoyó contra la pared de azulejo y dejó escapar el aire entre los dientes, con una mano cerrada en mi pelo, guiándome el ritmo.
—Así, así, tragándomela toda —jadeó—. Que se te salga la baba, no me importa.
Le hice caso. Me la metía hasta el fondo hasta que las arcadas me subían y los ojos se me llenaban de lágrimas, y volvía a sacarla dejando un hilo de saliva que me caía por la barbilla. Le mamé los huevos también, uno primero y otro después, mientras le meneaba la polla con la mano y él soltaba maldiciones a media voz. Cada minuto que pasaba se volvía más intenso, más impaciente. Me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca él mismo, empujando la cadera contra mi cara sin ninguna consideración, hasta que le noté los muslos temblar.
—Me corro, me corro en tu boca —masculló, y descargó dentro con una serie de sacudidas calientes que casi me atraganta.
Aguanté. Tragué cada chorro de aquel semen espeso, sin soltarle la polla hasta la última gota. Cuando por fin la saqué de mi boca, tenía los labios brillantes y una gota me resbalaba por la comisura. Me la limpié con el dorso de la mano y me levanté.
Salimos del baño como si nada. Él pagó las cervezas, recogió las llaves de la mesa y me miró.
—Vámonos a mi hotel —dijo.
No lo pensé. Ya no quedaba nada que pensar.
***
El hotel era de los caros, de esos con recepción de mármol y silencio acolchado. En el ascensor nos comimos a besos, sus manos por todas partes, las mías agarrándole la nuca. Me metió la mano por debajo de la blusa y me pellizcó los pezones por encima del sujetador hasta ponerlos duros como piedras. La otra mano ya la tenía otra vez bajo la falda, dos dedos hundidos en mi coño empapado, follándome contra el espejo del ascensor. Las puertas se abrieron y casi caímos al pasillo enredados el uno en el otro.
Apenas entramos en la habitación me tiró sobre la cama. Me arrancó la blusa sin cuidado, haciendo saltar dos botones que rodaron por el parqué, y me bajó el sujetador de un tirón para dejarme las tetas al aire. Se lanzó sobre ellas como si llevara horas esperándolo, chupándome un pezón mientras me pellizcaba el otro entre el pulgar y el índice, mordiéndomelos con suavidad justa para que se me escapara un gemido. Bajó por mi vientre con la boca, dejándome un rastro húmedo, y me arrancó la falda y el tanga de un solo movimiento.
—Vamos a ver qué tienes aquí —dijo, separándome las piernas con las manos.
Se acomodó entre mis muslos y me abrió el coño con los pulgares. Se quedó mirándomelo un segundo, brillante y abierto para él, y sonrió. Después pegó la boca y empezó a comérmelo con hambre de verdad. La lengua me recorría de arriba abajo, se me hundía dentro, salía a lamerme el clítoris en círculos rápidos, y volvía a bajar. Sabía lo que hacía, ese hijo de puta, sabía perfectamente lo que hacía. Me metió dos dedos mientras me chupaba el clítoris con los labios y la lengua a la vez, curvándolos hacia arriba, buscándome un punto que me hizo levantar las caderas del colchón.
—Joder, joder, no pares —le supliqué, con la voz rota, agarrándole el pelo con las dos manos.
No paró. Me follaba con los dedos cada vez más rápido, me chupaba el clítoris cada vez más fuerte, y yo me corrí encima de su cara con un grito que debió oírse hasta en el pasillo. Se me sacudió todo el cuerpo, se me apretaron los muslos alrededor de su cabeza, y él siguió lamiéndome hasta la última contracción, tragándose todo lo que le solté encima.
Se colocó sobre mí y entró de una embestida, sin tregua, hasta los huevos, marcando desde el primer segundo un ritmo duro que me hizo clavar las uñas en la sábana. La polla se le hundía entera y salía brillando de mis jugos, y cada empujón me golpeaba el fondo con un ruido húmedo que llenaba la habitación. No había ternura en aquello, y precisamente por eso me gustaba. Era todo lo contrario a las noches tibias y previsibles de mi matrimonio.
—Estás cerradísima, joder, cómo aprietas —gruñó él, sin dejar de follarme.
—Más fuerte —le pedí—. Fóllame más fuerte, cabrón.
Me sujetó las muñecas contra el colchón y me miró desde arriba mientras se movía, estudiando cada gesto de mi cara como si quisiera memorizar el momento exacto en que dejaba de resistirme. Me embestía cada vez más duro, haciendo temblar la cama contra la pared, y yo le sostuve la mirada todo lo que pude, hasta que el placer me obligó a cerrar los ojos y arquear la espalda. Me subió las piernas hasta apoyarme los tobillos en sus hombros y desde ahí me destrozó el coño a golpes secos, entrando hasta el fondo, hasta que noté el segundo orgasmo subiendo desde los pies. Murcia, Andrés, la casa vacía, todo se había quedado a kilómetros de aquella habitación mientras yo me corría por segunda vez con la polla de un desconocido enterrada hasta las cachas.
Después de un rato me pidió que me girara, que me arrodillara sobre el sillón que había junto a la ventana. Obedecí. Apoyé las manos en el respaldo, con el culo levantado y las piernas separadas, ofreciéndomelo entero. Él me acarició una nalga y luego me soltó una palmada seca que me hizo pegar un respingo.
—Qué culo tienes, Carolina. Qué culo.
Se colocó detrás de mí y me pasó la punta de la polla por la raja, arriba y abajo, mojándose en mi coño otra vez. Después empezó a empujar despacio, abriéndose paso en el chumino con una paciencia que contrastaba con todo lo anterior, haciéndomela sentir centímetro a centímetro hasta que sus huevos me chocaron contra el clítoris. Cerré los ojos y me concentré en la sensación, en el vértigo de estar haciendo justo lo que no debía, con las tetas colgando y la polla de otro hombre metida hasta el fondo por detrás.
Empezó a moverse agarrándome de las caderas, marcando un ritmo constante y profundo. De vez en cuando me pasaba el pulgar humedecido con mis jugos por el ojete y me lo presionaba suavemente, sin llegar a meterlo, solo lo justo para que yo notara la amenaza y se me contrajera todo.
Fue entonces cuando mi teléfono empezó a vibrar sobre la cama.
Giré la cabeza y leí el nombre en la pantalla. Andrés.
—Joder —murmuré.
Rubén siguió su ritmo sin detenerse y, con una sonrisa torcida, me señaló el móvil.
—Cógelo —me dijo, casi divertido.
Estiré el brazo, descolgué y me llevé el teléfono a la oreja con un pulso que apenas temblaba. Hablé con mi marido como si estuviera tirada en el sofá de casa, le pregunté a qué hora volvía de Sevilla, le dije que lo esperaba, que condujera con cuidado. Mientras tanto, Rubén seguía moviéndose detrás de mí, despacio primero, follándome el coño con embestidas largas y lentas mientras yo intentaba mantener la voz firme. Después, en cuanto notó que Andrés hablaba de vuelta, aumentó el ritmo, me clavó los dedos en las caderas y empezó a metérmela con golpes secos que me hacían morderme el labio para no gemir en el teléfono.
—Sí, cariño, claro —conseguí decir, mientras el muy hijo de puta me daba un azote en el culo—. No, aquí todo tranquilo.
Cuando por fin colgué, dejé caer el teléfono sobre el colchón y hundí la cara en el respaldo del sillón.
—Eres un cabrón —le dije, sin enfado.
Él se rió por toda respuesta y aumentó todavía más el ritmo, sujetándome de las caderas con las dos manos, follándome tan fuerte que el sillón empezó a arrastrarse por la moqueta. Me metió una mano por delante, me encontró el clítoris con dos dedos y me lo frotó al mismo ritmo con el que me embestía. Y lo peor, o lo mejor, fue que me encantó. Me encantó la transgresión, el desdoblamiento, esa mujer nueva que era capaz de hablar con su marido mientras otro la poseía a cuatro patas.
Me corrí por tercera vez con un gemido largo, apretándome contra su polla, sintiendo cómo el orgasmo me recorría de la nuca a los talones. Él no aguantó mucho más. Antes de terminar me hizo darme la vuelta, me tiró en la cama otra vez, me abrió las piernas y se puso a menearse la polla encima de mí con la boca abierta.
—Abre la boca, saca la lengua —me ordenó, jadeando.
Le obedecí. Sacó una corrida brutal con un gruñido ronco, chorros de semen espeso que me cayeron sobre el cuello, la boca, la mejilla, un poco en el pelo. Me quedé allí, con la cara embadurnada y la lengua fuera, jadeando, con el corazón desbocado y una claridad extraña instalándose en mi cabeza mientras notaba las gotas resbalarme despacio por la piel.
***
Después, tumbada en aquella cama enorme mientras él fumaba junto a la ventana, con el semen ya seco tirándome de la piel, supe que no había marcha atrás. No por el sexo, que al fin y al cabo no era más que sexo. Era por lo otro, por esa puerta que Rubén me había entreabierto en la barra del bar.
Entendí que no podía volver a la vida de antes, a los silencios de Andrés y a las noches contando las grietas del techo. Algo se había encendido en mí y ya no sabía apagarlo. Mientras él se vestía y me prometía llamarme con detalles de aquel trabajo de lujo, yo miraba el techo del hotel y pensaba que, por primera vez en años, tenía delante una vida que valía la pena vivir.
O al menos eso me dije aquella tarde, cuando todavía creía que ese mundo de poder y dinero sería mío sin pagar ningún precio.





