El oficial que nos dejó ir tenía un precio
Me llamo Mariana y tengo veinticuatro años. Desde que soy adulta, los hombres me miran de una forma que aprendí a reconocer enseguida: esa pausa de medio segundo, los ojos que bajan y vuelven a subir, la sonrisa torpe que intentan disimular. No es algo de lo que presuma, pero tampoco voy a fingir que no me di cuenta hace tiempo. Es algo con lo que aprendí a vivir, aunque no siempre resulte cómodo.
Damián, mi novio, lo notó desde el primer día que me conoció. Llevábamos seis meses juntos y, dentro de lo que cabe en una relación de gente joven, todo iba bien. Él había estado de viaje por trabajo casi un mes y volvió justo para nuestro aniversario. Cuando apareció en mi casa con un par de cervezas y una sonrisa nerviosa, supe que traía algo distinto en la cabeza.
Estábamos en mi cuarto, yo terminando de arreglarme. Me había puesto algo casual, nada del otro mundo. Desde la cama, Damián me miraba, pero no era su mirada de siempre. Había algo detrás, como si estuviera guardándose una pregunta.
—Mari, ¿puedo contarte algo? —dijo al fin.
Me senté a su lado.
—Dime, mi amor.
Se quedó callado un rato, jugando con la etiqueta de la cerveza. Luego lo soltó todo de golpe, casi al oído, como si temiera escucharse a sí mismo.
—Desde que te conocí tengo una fantasía contigo. Y hoy, que es nuestra noche, quería pedirte si podríamos hacerla realidad.
Me quedé en silencio, sorprendida. Él tragó saliva y continuó.
—Quiero que salgas a la calle vestida como una puta. Que los hombres te miren, que se les pare la polla mirándote. Los mayores, sobre todo, los que llevan años sin tocar un coño así. Y yo a tu lado, sabiendo que se mueren por follarte pero que la que se moja para mí eres tú. Eso es lo que más me calienta.
Lo miré fijamente. No supe qué responder al principio. Pero algo en la forma en que lo decía, con esa mezcla de vergüenza y deseo, encendió una chispa curiosa dentro de mí. Me sorprendió darme cuenta de que solo imaginarme caminando expuesta por la calle ya me aceleraba el pulso y me humedecía las bragas.
—¿Estás seguro? —le pregunté.
—Más que nunca. Confío en ti. Y me encantaría verte así, tan segura de ti misma, provocando sin proponértelo.
Le sonreí. Me levanté, abrí el clóset y empecé a buscar el vestido más corto que tenía. Quedamos en cumplir su fantasía a la mañana siguiente, sobre las once. Pasé casi toda la noche pensando en lo que ocurriría, con la mano metida entre los muslos.
***
Me desperté temprano. Antes de salir a la calle, quería darle una sorpresa a Damián. La casa estaba vacía, todos habían salido, así que me puse un vestido negro corto, ajustado, de los que se intuyen más que se ven. Debajo, un tanga diminuto que apenas me cubría los labios. Cuando él llegó, me encontró tumbada boca abajo en la cama, con el vestido subido hasta la cintura y el culo respingón esperándolo.
No dijo nada. Se acercó por detrás, me apartó el tanga a un lado y hundió la cara entre mis nalgas. Sentí su lengua abriéndose paso por mis labios, lamiéndome de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para chupármelo con hambre. Un estremecimiento me subió por toda la espalda. Llevaba casi un mes sin follar por su viaje, y mi coño lo recibió como agua después de la sed, chorreando en cuestión de segundos sobre su barbilla.
—Estás empapada, Mari —jadeó él, con los labios brillándole—. Nunca te había visto tan mojada.
—Cállate y sigue chupándome —le rogué, agarrándolo del pelo y aplastándole la cara contra mi coño.
Me lamió durante un rato largo, metiéndome la lengua hasta el fondo, alternando con dos dedos que entraban y salían con un chapoteo obsceno. Me corrí sobre su boca con las piernas temblando, mordiendo la almohada para no gritar. Pero él no me dio tregua.
Me puso a cuatro patas y se colocó detrás. Sentí la punta de su polla resbalando entre mis labios empapados, buscando la entrada.
—Despacio, por favor —le pedí.
Creo que no me escuchó del todo, porque me la metió de una sola embestida hasta el fondo, arrancándome un grito ronco. Tenía miedo de que los vecinos oyeran, pero pronto dejó de importarme. Me la clavaba con una urgencia animal, agarrándome de las caderas para embestirme más hondo, con los huevos golpeándome el clítoris a cada envite.
—Qué apretada estás, joder —me susurraba al oído mientras se inclinaba sobre mi espalda—. Un mes sin follarte y estás como virgen otra vez.
—Más fuerte —le supliqué, y no me reconocí en mi propia voz—. Rómpeme, Damián, fóllame más fuerte.
Me sujetó las muñecas contra la cama y me embistió con toda su fuerza. El colchón crujía, la cabecera golpeaba la pared, y yo le devolvía cada movimiento echándole el culo atrás para tragarme cada centímetro. En algún momento sacó la polla brillante de mis jugos, me giró y me apoyó contra la pared, levantándome de frente hacia él. Me abrí de piernas alrededor de su cintura y me empaló con un gemido gutural.
—Mírame a los ojos mientras te corres —me ordenó.
Me la metía subiéndome y bajándome sobre su verga, y yo le clavaba las uñas en los hombros. Sentí su polla hincharse dentro de mí, latiendo, y estallé en un orgasmo que me hizo temblar entera. Él aguantó unos segundos más y descargó dentro de mí con un rugido, llenándome de semen caliente que empezó a chorrear por mis muslos en cuanto me soltó. Me quedé un rato abrazada a su pecho, recuperando el aliento, sintiendo cómo se me escapaba entre las piernas.
—Voy a darme una ducha para salir —le dije, ya pasada la una de la tarde.
Pero Damián me sujetó de las manos.
—Mari, quiero que salgas tal cual estás ahora. Sin ducharte. Con mi corrida dentro.
Su respuesta me confundió, pero acepté. Salimos así, con el vestido negro de antes, sintiendo cómo el semen de Damián se me escurría lentamente por la cara interna de los muslos a cada paso. De camino intenté tirármelo hacia abajo para que tapara un poco más, sin demasiado éxito.
***
Caminamos hacia el centro comercial. Sentía el aire fresco en las piernas y el peso de las miradas que se clavaban en mí. Hombres de todas las edades giraban la cabeza a mi paso. Un señor mayor, de esos que esperan el autobús en la parada, se quedó con la boca abierta y con un bulto evidente empujándole el pantalón. El que estaba a su lado le dijo algo al oído y los dos se rieron. No me importó.
Damián caminaba a mi lado, orgulloso. De vez en cuando me susurraba.
—Ese de ahí no te pierde detalle. Mira al de la tienda, casi se traga la lengua. Ese viejo lleva media hora imaginándose comiéndote el coño.
Y yo sonreía. Había algo prohibido, algo eléctrico en todo aquello, y el hecho de llevar el semen de Damián resbalándome por dentro lo hacía todavía más sucio.
En el interior del centro la cosa se intensificó. En las escaleras mecánicas, un hombre de unos cincuenta años se colocó justo detrás de mí. Sentí su mirada en la nuca, bajando por la espalda, deteniéndose en el borde del vestido que apenas me tapaba las nalgas. Cuando me giré, se mordió el labio y desvió la vista deprisa, pero no antes de que yo viera el bulto en su pantalón. Damián lo vio, me apretó la mano y me susurró.
—¿Viste? Se le puso dura solo con mirarte el culo. Daría lo que fuera por metértela.
Más tarde nos encontramos con unos amigos en una plaza. Compramos más cerveza, nos reímos, contamos historias. El sol empezaba a caer, serían las cuatro de la tarde. Damián había bebido más de la cuenta.
—Vámonos, ya estás bastante mareado —le dije.
—Estoy bien, Mari —respondió, pero al ponerse de pie tambaleó.
Conducía él. Su coche, su decisión. Yo confié, aunque no debí.
***
A las pocas calles, las luces azules y rojas aparecieron detrás de nosotros. Una patrulla. El corazón se me cayó al piso.
—Baje del vehículo —ordenó el oficial golpeando la ventanilla.
A Damián le hicieron la prueba de alcohol. Dio positivo. Demasiado positivo. Lo esposaron y lo metieron en el coche patrulla.
—Ella también viene —dijo el oficial—. Como acompañante. A la comisaría los dos.
Me subieron a otra patrulla. El pánico me invadió. Nunca había estado en una situación así. La comisaría era un edificio viejo, de paredes desconchadas y olor a humedad. A Damián lo metieron en un calabozo. A mí me sentaron en un banco de madera en un pasillo, a esperar. Estaba más asustada por cómo iba vestida que por la multa: al sentarme, el vestido se me subía más de lo debido, y el agente de la entrada no dejaba de mirarme los muslos, donde todavía brillaban restos secos del semen de Damián.
Pasaron los minutos. Media hora. Una hora. El frío del pasillo me calaba los huesos y me endurecía los pezones bajo la tela fina del vestido. Y entonces apareció él.
Un policía de unos cincuenta y tantos. Canoso, bigote espeso, el uniforme arrugado. Me miró de arriba abajo despacio, muy despacio. Se detuvo en mis piernas, luego en el escote y finalmente en mi cara.
—Señorita, venga conmigo. Necesitamos su declaración en privado.
Lo seguí. No tenía opción. Caminé por aquel pasillo largo, sintiendo sus ojos en mi espalda, en mis caderas, en el vaivén del vestido que apenas me tapaba nada.
***
Entramos en una habitación pequeña. Una mesa, dos sillas, una ventana con rejas. Cerró la puerta con llave.
—Siéntese —me ordenó.
Me senté. Él se quedó de pie, mirándome desde arriba. El silencio se alargó.
—Bonita ropa para venir a declarar —dijo con una sonrisa que no me gustó nada—. ¿Sale así siempre, enseñando el coño a medio mundo?
—Fue una salida especial —respondí, tratando de mantener la voz firme.
—Ya veo. Se nota que su novio se la folla bien antes de sacarla a pasear.
Me sonrojé hasta la raíz del pelo. Él dio una vuelta alrededor de la mesa. Se detuvo detrás de mí y sentí su respiración caliente en el cuello. Luego, su mano en mi hombro, bajando lentamente por la clavícula, rozando el nacimiento de un pecho.
—Sabe que su novio está en problemas, ¿verdad?
—Sí —respondí, tensa.
—Présteme su teléfono. Necesito revisarlo.
Me puse nerviosa. En el celular tenía fotos íntimas que le había enviado a Damián durante su viaje, cosas que no quería que nadie más viera: mi coño abierto con los dedos, mis tetas embadurnadas de saliva, vídeos masturbándome con un consolador.
—¿No me lo va a prestar? Eso perjudicaría todavía más a su novio.
Tuve que ceder. Pensé que solo miraría los mensajes. Pero se sentó en el escritorio, abrió la galería, y ocurrió lo que temía. Vi cómo se le iluminaban los ojos, cómo se pasaba la lengua por los labios, cómo se acomodaba el bulto que empezaba a levantársele bajo el pantalón del uniforme.
—Vaya —dijo riéndose—. Si eres toda una diosa. Mira qué coñito más rico, y esas tetas… Mi mujer me dejó hace años, ¿sabes? Y verte así me pone tan dura que no lo aguanto. Déjame que te toque un poco. Solo un poco.
Me quedé atónita, sin saber qué responder. Él insistió.
—Si haces eso por mí, tu novio no tendrá ningún problema. Los dejo ir a los dos. Si no, mañana estará en un juzgado y perderá el carné cinco años.
Un escalofrío de miedo me recorrió el cuerpo. Pero pensé que, si solo era tocar, no pasaría nada grave.
—Está bien —le dije al fin—. Pero solo eso. No quiero que se propase. Usted ya me entiende.
En su mirada se dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—Póngase contra la pared. Solo le tocaré un poco, pero no se dé la vuelta, ¿de acuerdo?
—Conste, señor —respondí. Y accedí, como una tonta, otra vez.
***
Estaba de cara a la pared, con las palmas apoyadas en el yeso frío, de espaldas a él. Oí sus pasos acercándose, su respiración pesada. Sus manos me subieron por la parte de atrás de los muslos, lentamente, apretando la carne. Se detuvo justo debajo del culo, palpándome las nalgas por encima de la tela.
—Qué culo, joder —murmuró—. Qué culo, preciosa.
Me levantó el vestido hasta la cintura. Sentí el aire frío en las nalgas desnudas, apenas cubiertas por el hilo del tanga. Él soltó un jadeo ronco al ver los restos brillantes de semen todavía secándose en mis muslos.
—Ay, ay, ay… si vienes preparada, tesoro. Tu noviete te dejó bien llena antes de traerte.
Entonces oí el sonido de una hebilla, el rozar de una cremallera bajando.
—¿Qué es ese ruido? —pregunté con un hilo de voz.
—Tranquila, solo me ajusto el pantalón.
Fue lo último respetuoso que dijo. Se acercó y, al principio, solo me tocaba por encima de la piel, recorriéndome las nalgas, apretándomelas, separándolas. Un dedo suyo se coló entre mis labios por detrás, hurgando en la humedad que ya no era solo de Damián.
—Mira cómo estás, guarrilla. Chorreando por un viejo como yo.
—No, por favor… —protesté, pero la voz me salió temblorosa.
Me apartó el tanga con dos dedos y de pronto sentí algo distinto entre las piernas, algo caliente y grueso que no era una mano, resbalando por mis labios abiertos.
—Qué hace… dijo que no —protesté—. Así no, por favor, no.
No me hizo caso. Me tapó la boca con la mano izquierda para que sus compañeros no oyeran, con la derecha me guio la polla hacia la entrada y empujó de una sola vez, hasta el fondo. Sentí que me partía en dos. Era más gruesa que la de Damián, y no había ternura ninguna. Me embistió con el pubis golpeándome el culo, aplastándome contra la pared con todo su peso.
—Uf, qué apretada, qué rica —gruñía en mi oreja, con el bigote raspándome el cuello—. Cuánto tiempo hacía que no me follaba a una jovencita así.
Yo intentaba protestar contra su mano, pero de mi boca solo salían gemidos ahogados. Cada vez que se retiraba y volvía a metérmela hasta la raíz, un chapoteo obsceno llenaba la habitación. Poco a poco el cuerpo me traicionó, y entre el miedo y la rabia se coló, sin permiso, una oleada de calor que no supe contener. Se me endurecieron los pezones contra la pared fría, y noté que mis caderas empezaban a moverse solas, buscando el ritmo de sus embestidas.
—¿Ves, preciosa? —jadeó él, notando mi coño apretándole la polla—. Sabía que por dentro eras todo fuego. Mírate, moviéndome el culito y todo. Eres una zorrita de manual.
Me apartó la mano de la boca cuando comprobó que ya no iba a gritar. Me tiró del pelo hacia atrás y me mordió el cuello mientras me la clavaba con embestidas cortas y profundas, moviéndome contra la pared como si fuera un muñeco.
—Dime que te gusta, dímelo.
—No… —susurré, pero se me escapó un gemido cuando su mano rodeó mi cintura y me buscó el clítoris.
Empezó a frotármelo en círculos mientras seguía embistiéndome, y ahí perdí el último resto de dignidad. Me corrí contra su mano, mordiéndome el labio para no gritar, sintiendo cómo el coño se me contraía sobre su polla y le empapaba los huevos.
—Eso es, guarra, córrete para el policía, córrete bien —jadeaba él con una sonrisa cerdo—. Así, así, moja la pared.
Después me giró y me apoyó sobre el escritorio, boca arriba. Me subió el vestido hasta el cuello, me arrancó el tanga y me abrió las piernas de un tirón, sujetándome los tobillos separados. Se colocó entre mis muslos y volvió a metérmela mirándome a los ojos. Yo giraba la cara para no mirarlo, pero él me sujetó la barbilla.
—Mírame mientras te folla un hombre de verdad.
Se inclinó, me bajó los tirantes del vestido y me sacó las tetas. Se metió un pezón entero en la boca, chupándomelo, mordisqueándolo, mientras me embestía con toda su cadera. El escritorio crujía bajo mi espalda, las carpetas caían al suelo, y él seguía sin parar de jadear, con la cara roja y el bigote empapado de mi sudor.
—Voy a llenarte, preciosa, voy a llenarte entera.
—Fuera no, por favor —le supliqué con un hilo de voz—. Dentro no.
Sacó la polla justo a tiempo y se la agarró con la mano, meneándosela dos veces sobre mí. Al cabo de un minuto terminó sobre mi pecho con un gruñido largo, descargando chorro tras chorro caliente entre mis tetas, en el cuello, en la barbilla, un poco en los labios. Se quedó un segundo mirando la escena, con la polla goteando encima de mí y una sonrisa satisfecha, antes de apartarse y recomponerse el uniforme como si nada hubiera pasado.
Me tiró un pañuelo arrugado.
—Límpiate, guapa, que tu novio te espera.
***
Tal como había prometido, nos dejó ir a los dos. Damián salió del calabozo confundido, sin entender por qué de pronto todo se había arreglado. Le dije que había hablado con el oficial, que lo habían dejado en una simple advertencia. No mentí del todo.
Nunca le conté lo que ocurrió en aquella habitación de paredes desconchadas. A veces, cuando él recuerda con orgullo cómo me miraban los hombres aquella tarde, yo sonrío y cambio de tema. Hay fantasías que se cumplen de formas que uno jamás imaginó, y secretos que pesan más cuanto más callados.
Aquella noche entendí algo sobre mí misma que aún no sé si me gusta del todo. Pero esa, quizá, es otra historia.





