El amigo de mi hijo me siguió hasta el coche
El zumbido monótono del motor me envolvía, mezclado con la música baja de la radio. Gonzalo conducía relajado, distraído, con la mano izquierda en el volante y la derecha apoyada sobre mi muslo. La carretera era una línea oscura y vacía, y yo fingía mirarla.
El vestido se me había subido un poco y, casi sin pensarlo, separé las rodillas. Sentí cómo sus dedos avanzaban despacio, rozando la cara interna de mis piernas. Un escalofrío me atravesó, tan fuerte que tuve que contener la respiración.
—Veo que vienes juguetona esta noche —murmuró, convencido de que me tenía en sus manos.
No respondí. Apreté los labios y dejé que su mano subiera un poco más. Pero en mi cabeza no estaba él. Lo que de verdad me encendía no eran sus dedos, sino el recuerdo de otra boca devorando la mía apenas un rato antes: una lengua húmeda, el sabor a ginebra, la presión descarada de un beso que jamás debió ocurrir. Y también el recuerdo de una polla joven, dura como una piedra, corriéndose sobre mis tetas desnudas en el aparcamiento.
Gonzalo, concentrado en el volante y en algún comentario sin importancia, no sospechaba nada. Yo asentía, incluso reía cuando tocaba, pero no escuchaba una palabra. Mi mente estaba en otro lugar, en otra hora, en el aparcamiento de aquel salón.
***
Elena es mi mejor amiga desde que tengo memoria. Crecimos en la misma calle, fuimos juntas al colegio, compartimos juegos, confidencias y secretos. La vida nos llevó por caminos distintos, pero nunca dejamos de estar unidas. La siento como una hermana, como la familia que yo misma elegí.
Cuando me contó que Daniela, su hija mayor, se casaba, me alegré como si fuera mi propia hija. La acompañé en las pruebas del vestido, en las llamadas nerviosas, en los preparativos de última hora. Estuve con ella, como siempre, en lo bueno y en lo malo. Verla ese día, sonriente entre los invitados, me llenó de un orgullo extraño y cálido.
Su hijo Adrián es íntimo amigo de Lucas, mi único hijo. Tienen la misma edad, veintiún años, y han crecido casi como hermanos. Todavía recuerdo el peso tibio de aquel niño cuando lo cargué por primera vez, su tarta deshecha entre risas en algún cumpleaños, las navidades en que correteaba por mi casa impaciente por abrir los regalos. Siempre fue el orgullo y la debilidad de Elena, su preferido.
Y, sin embargo, esa noche ya no era ningún niño.
Desde el principio de la ceremonia noté sus ojos sobre mí. No era nuevo. Lo había hecho otras veces, con esa insistencia descarada que yo prefería fingir que no veía. Lo tomaba como un juego inocente: cuando venía a casa y lo descubría mirándome las piernas o el escote, sonreía para mis adentros, halagada en secreto, sin darle nunca pie a nada.
Yo bailaba sola. Gonzalo detesta hacerlo; prefiere la copa y las conversaciones largas. Entonces Adrián se acercó, con la chaqueta abierta y la corbata floja.
—¿Me dejas bailar contigo? —preguntó, con una sonrisa tímida que delataba sus nervios.
No vi nada indecoroso en aceptar. Lo había tratado toda la vida como a un hijo y, además, odio bailar sola. Le tendí la mano. En cuanto lo tuve cerca, sentí la firmeza de su cuerpo pegado al mío. Era delgado, pero su torso escondía la fuerza contenida de sus años.
—No lo haces nada mal —dije entre risas, ajustándome a su ritmo más de lo que debía—. Pensaba que los chicos de tu edad solo bailabais reguetón.
Para la boda me había puesto un vestido negro, corto y ceñido a las caderas. Bastó un giro para sentir su mano descender un poco más de lo debido, demasiado cerca, demasiado clara la intención. No hice nada.
Ahí debí pararlo, me repito ahora, con el corazón y la culpa golpeándome el pecho.
—Estás muy guapa hoy —me susurró, con el aliento rozándome la piel del cuello—. Más guapa todavía que de costumbre.
—Gracias… —respondí intentando sonar ligera—. Pero seguro que prefieres sacar a bailar a alguna jovencita —añadí, señalando a un par de chicas que pasaron a nuestro lado.
Me apretó con más fuerza.
—No te llegan ni a la altura de los zapatos —aseguró con una firmeza que me hizo gracia—. Además, siempre me han atraído más las mujeres maduras… como tú. Con experiencia y un cuerpo de verdad.
Su descaro me dejó sin palabras. Jamás imaginé que se atreviera a tanto. Por un instante pensé en apartarme, en dar el baile por terminado. Pero la música, las risas de los invitados, la electricidad del salón y ese cuerpo joven pegado al mío me arrastraron.
—¿En serio? —murmuré, buscando refugio en una broma—. ¿Me estás comparando con una fruta madura?
Adrián sonrió, y su voz se volvió más baja, más íntima.
—Para mí eres la mujer más guapa de toda la boda. Siempre has sido mi fantasía. No te imaginas la de veces que me la he cascado pensando en ti, en tu culo, en esas tetas…
No terminó la frase. No hizo falta: en ese instante sentí el roce firme de su erección contra mi pelvis. Una polla dura, tensa, hinchada dentro del pantalón, aplastándose contra mi vientre a cada compás. Me quedé paralizada, como si el salón entero hubiera girado de golpe hacia nosotros. Mi marido seguía en la barra, levantando la copa, ajeno a todo. Elena, radiante, charlaba con unos invitados. Y yo, atrapada entre la música y el calor de Adrián, sintiendo esa verga joven marcarse contra mi hueso, me sentí indigna… y deseada como hacía años. El coño empezó a mojárseme dentro de las bragas, un calor húmedo y traidor que ya no podía disimular.
***
Tenía los pies destrozados. Los tacones que había elegido, tan bonitos como crueles, me estaban pasando factura. Por suerte, había dejado en el coche un par de zapatos planos.
Busqué a Gonzalo. Lo encontré charlando con Martín, el marido de Daniela, copa en mano, animado como siempre que la conversación giraba en torno al fútbol.
—Cariño, ¿me das las llaves del coche? —le pedí, inclinándome con una sonrisa cansada—. Dejé los otros zapatos en el maletero.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó enseguida, llevándose la mano al bolsillo.
—No hace falta —lo corté, acariciándole el brazo—. Estás a gusto, no tardo nada.
Me dio las llaves sin insistir. Crucé el salón agradeciendo el aire fresco al salir. Caminé hasta el aparcamiento con paso rápido, los pies protestando a cada movimiento. El murmullo de la música y las risas se apagaba poco a poco a mi espalda, como si entrara en otro mundo.
Abrí el maletero, saqué la bolsa y me senté en el borde del asiento trasero para cambiarme. Sentí un alivio inmediato al librarme de los tacones, descalza, con las piernas al descubierto bajo la tela subida del vestido.
—¿Estás enfadada por lo que te dije antes?
La voz, tan cerca, me sobresaltó. Alcé la vista y ahí estaba él. Adrián. Con el pelo revuelto y esa sonrisa descarada que me desarmaba.
—Me… me estaba cambiando los zapatos —balbuceé, sintiéndome de repente expuesta, como si me hubiera sorprendido en un acto íntimo—. No, no estoy enfadada.
Dio un par de pasos hacia mí. El corazón me martilleaba. Olía a alcohol y colonia. Se inclinó, apoyando la mano en el marco de la puerta, encerrándome sin escapatoria.
—Me encantas —susurró, con una voz grave que no le conocía; sus ojos verdes me atraparon—. No podía dejar que te fueras sin decírtelo otra vez.
Su cercanía me abrasaba. Notaba el calor de su cuerpo a centímetros del mío, la tensión de sus músculos, su respiración acelerada. Debí apartar la mirada, empujarlo, recordar dónde estaba y quién era. Pero me quedé quieta, hipnotizada.
—No deberías hablarme así, Adrián… —murmuré, intentando sonar firme, pero la voz me tembló—. Cualquiera podría malinterpretarlo.
—¿Y cómo quieres que te hable? —replicó, inclinándose un poco más. Su aliento tibio me rozaba la cara—. ¿Como si fueras la madre de Lucas? ¿O como lo que de verdad eres para mí?
El estómago se me encogió al escuchar de su boca el nombre de mi hijo.
—¿Y qué soy para ti? —pregunté, sin poder evitarlo, en un hilo de voz.
Sonrió, insolente, y sus dedos rozaron la piel desnuda de mi brazo.
—Una hembra caliente a la que me muero por follarme. —Su voz vibró sobre mi piel—. La mujer con la que llevo años pajeándome. Espero que no te moleste si te digo que me corro pensando en ti todas las noches… en tu boca, en tu coño, en cómo gemirías si te la metiera hasta el fondo.
Me faltó el aire. Bastaba con levantarme, cerrar el maletero y volver al salón. Bastaba con recordar que mi marido estaba dentro. Y, sin embargo, me quedé ahí sentada, descalza, con el corazón desbocado y las bragas empapadas. Cada segundo sin apartarme era una rendición silenciosa.
Adrián no me dio tiempo a pensar. Se inclinó sobre mí, una mano en el marco de la puerta y la otra sobre mi muslo desnudo. Yo seguía sentada, vulnerable, con los tacones tirados a un lado y el vestido subido apenas unos centímetros de más.
Cuando su boca atrapó la mía, sentí que el mundo se detenía. Fue un beso húmedo, descarado, su lengua empujando la mía sin permiso, hundiéndose hasta el fondo de mi boca como si ya me estuviera follando ahí dentro. Un sonido ahogado se me escapó de los labios y, en lugar de apartarlo, me aferré al asiento, como si eso pudiera devolverme un control que ya había perdido.
El sabor a ginebra en su boca, el calor de su cuerpo cerniéndose sobre el mío, la presión de su mano subiendo despacio por mi pierna… todo me desarmaba. Mis muslos se entreabrieron sin que yo pudiera evitarlo, invitándolo en silencio. Su palma trepó por la cara interna, arañándome apenas con las uñas, y el coño me palpitó de golpe, empapado, deseando que llegara arriba de una vez.
En mi cabeza resonaba un grito. Es Adrián, el hijo de mi mejor amiga, el mejor amigo de mi hijo… y aun así lo estoy besando como una puta, con las piernas abiertas, deseando que me folle en el coche de mi marido.
Su mano firme ascendió hasta rozar la tela húmeda de mi ropa interior. El contacto me arrancó un jadeo. Presionó con dos dedos sobre la costura, notando el charco que tenía entre las piernas, y sonrió contra mi boca.
—Joder… estás empapada. Estás chorreando por mí —murmuró, mordiéndome el labio antes de hundir de nuevo la lengua—. Toda esta humedad es mía, ¿verdad?
—No deberíamos… —susurré, pero la protesta se perdió entre sus labios.
Apartó la tela de un tirón y sus dedos calientes se hundieron en mí sin esperar nada. Dos dedos, de golpe, hasta los nudillos. Sentí cómo me abría, cómo entraba de un solo empuje, y un gemido ronco se me escapó de la garganta.
—¡Ah…! —jadeé, cerrando los ojos con fuerza, ruborizada, incapaz de mirarlo.
Me acariciaba por dentro con un ritmo brusco, encorvando los dedos, buscando ese punto que me hacía retorcerme. Sacaba los dedos empapados hasta la punta y los volvía a hundir con más fuerza, chapoteando, obscenos, el sonido de mi coño mojado llenando el interior del coche. Cada movimiento era lascivo, descarado, y yo me retorcía contra su mano, derretida, empujando las caderas sin querer, buscando más, sin un gramo de la firmeza que debí tener.
Con el pulgar me presionó el clítoris a la vez, dibujando círculos rápidos, y sentí que se me doblaban las piernas ahí mismo, sentada. Un latigazo eléctrico me atravesó el vientre.
—Mírate, cómo mueves el culo contra mi mano —jadeó él, mordiéndome el cuello—. Toda una señora, la mujer de Gonzalo, y te derrites en cuanto te meto los dedos. Dilo. Di que te encanta.
—Adrián, por favor… —gemí, con los ojos apretados.
—Dilo —insistió, hundiendo más fuerte, curvando los dedos dentro de mí.
—Me… me encanta —confesé en un hilo de voz, muerta de vergüenza.
De pronto los sacó. El vacío me arrancó otro gemido, un gemido de protesta, mi coño cerrándose sobre nada. Los levantó entre nosotros, brillantes, chorreando hasta la muñeca, y me sujetó el mentón con la otra mano, obligándome a abrir la boca.
—Chúpalos —ordenó, con una autoridad que jamás le había escuchado.
Me los puso entre los labios sin darme opción. El sabor espeso me llenó la boca, mezclado con su saliva. Los succioné, lamí, pasé la lengua entre ellos como si fuera una polla en miniatura, mientras él me sujetaba la cara para que no apartara la mirada.
—Así… —murmuró con una sonrisa torcida—. Chúpalos bien, hasta la última gota. Dime de quién es ese sabor.
—Mío… —jadeé, temblando, cortada.
—Más alto —exigió, retirando apenas los dedos.
—¡Mío! —dije con la voz quebrada, entre saliva y vergüenza.
Rio, obsceno, disfrutando de mi humillación, obligándome a mirarlo de frente.
—¿Sabes? —susurró—. Siempre supe que un día terminaría con la madre de Lucas justo así: con mis dedos en su coño y su propio flujo en la boca. Y esto es solo el principio.
La frase cayó como un golpe bajo, brutal y sucio. Sentí un calor inmediato en el pecho, una mezcla de rabia y deseo, mientras él me observaba con esa soberbia que lo hacía aún más insoportable… y más excitante.
—Adrián… —Mi voz fue apenas un susurro roto—. Será mejor que te vayas. Yo no puedo hacer esto…
—¿Irme? —rio con desprecio—. ¿Con la polla así? Ni de coña.
El chasquido metálico de la cremallera llenó el silencio. Con un movimiento lento se abrió el pantalón, se bajó el bóxer y se liberó frente a mí, sin pudor, como una amenaza y una promesa a la vez. Era gruesa, larga, con el glande hinchado y una vena marcada latiéndole por debajo. La punta brillaba, ya perlada de una gota espesa que se estiraba hacia el suelo.
—Mira cómo me tienes —susurró, insolente, envolviéndose la base con la mano y meneándosela un par de veces frente a mi cara—. Esto es lo que provocas. Toda esta polla es por ti.
Me quedé helada. Era el segundo hombre que veía así en toda mi vida, y la comparación me golpeó como una bofetada: la de Gonzalo era más corta, menos gruesa, nunca se ponía tan brutalmente dura, tan agresiva. La de Adrián era una verga joven, hambrienta, cargada. Adrián tomó mi mano y la guio, cerrándome los dedos alrededor del tronco. La piel estaba ardiente, tensa, viva, y mis dedos titubeantes se cerraron casi solos sobre esa carne dura.
—Pájamela… —ordenó con la voz ronca—. Despacio primero. Haz lo que siempre soñé que me hicieras.
Mi mano empezó a moverse, torpe al principio, guiada por la suya. Subía hasta el glande y bajaba de nuevo hasta la base, sintiendo cómo la polla se hinchaba más a cada pasada. Con el pulgar recogí sin querer la gota espesa de la punta y la esparcí por todo el capullo, y él soltó un gruñido ronco.
—Eso es… —jadeó, con los ojos fijos en los míos—. Aprieta más. Mírame mientras me la meneas. Joder, qué buena estás, qué bien lo haces.
Obedecí, apretando el puño, marcando un ritmo firme, sin poder apartar la vista, con la respiración disparada. Se me olvidaba todo: mi marido dentro del salón, mi amiga a unos metros, la puerta del coche entreabierta. Solo veía esa polla joven yendo y viniendo entre mis dedos, palpitando cada vez que le rozaba el frenillo. Entonces llevó la otra mano a mi nuca y me empujó despacio hacia él.
—Ahora quiero tu boca… —gruñó—. Cómemela. Chúpame la polla como llevo años imaginándome.
Me quedé paralizada un segundo. El corazón me martilleaba. Era una locura, era cruzar un límite sin retorno. Y, sin embargo, abrí los labios y lo rocé con ellos, apenas un beso húmedo sobre el glande hinchado.
El sabor salado me llenó la boca. Adrián soltó un jadeo ronco, y yo, como hipnotizada, lo fui acogiendo poco a poco, centímetro a centímetro, la lengua aplastada bajo esa polla dura que me llenaba entera. Nunca lo había hecho así, ni siquiera con mi marido; siempre había sentido reparos, siempre me había dado asco tragarme entera una verga. Y, sin embargo, esa noche me descubrí entregada, dejándome guiar por su mano en mi nuca, con los ojos húmedos y las mejillas ardiendo, hundiéndomela hasta que la sentí golpearme el fondo de la garganta.
—Joder… así, hasta el fondo, cómemela toda —jadeó él, mirándome desde arriba con una mueca de placer y desprecio—. Mira cómo la madre de Lucas se traga mi polla como una guarra en el aparcamiento.
La palabra me humilló y me encendió a partes iguales. Cerré los ojos y me apliqué, subiendo y bajando la cabeza, chupando fuerte, ahuecando las mejillas alrededor de esa carne caliente, dejando que un hilo espeso de saliva me chorreara por la barbilla y me cayera sobre el escote. Con una mano seguía meneándole la base, con la otra le apreté los huevos, notándolos pesados, cargados, hinchados de todo lo que llevaba dentro para mí.
Adrián apretó los dedos en mi nuca y empezó a follarme la boca, empujando él, marcando el ritmo. Su polla entraba y salía con un sonido húmedo, obsceno, chapoteando entre mi saliva. A veces se hundía hasta el fondo y me la dejaba ahí, ahogándome un segundo, mirándome disfrutar del reflejo brillante de las lágrimas en mis ojos.
—Sácala la lengua… lámeme los huevos —ordenó, tirándome de la cabeza hacia atrás. Le obedecí, sacando la lengua ancha, lamiendo esas bolas pesadas mientras él se meneaba la polla contra mi cara, dándome cachetadas suaves con el glande en la mejilla y en la boca abierta—. Buena chica. Así, mírame, con la boca abierta.
Cada vez que alguien abría la puerta del salón, el murmullo y la música se filtraban hasta el aparcamiento. Voces, risas… Luego volvía el silencio. Ese vaivén me tenía al borde del colapso. El miedo a que nos descubrieran, lejos de frenarme, me empujaba con más fuerza. Volví a tragármela entera, jadeando por la nariz, con la garganta cerrada alrededor de su verga.
—No pares… joder, no pares… así, chúpamela como si fuera lo último que te queda en la vida —murmuraba él, jadeando.
Le obedecía, y al hacerlo quería que sintiera que ninguna de esas niñatas con las que él y mi hijo se cruzaban podía compararse conmigo, que ninguna sabía mamar así, que ninguna sería jamás la mitad de mujer que yo. Le apretaba los huevos con una mano, se la meneaba con la otra hacia mi boca, y clavaba mi lengua contra el frenillo cada vez que subía. La polla ya le latía entera, tensa como una cuerda.
—Termina ya… —le rogué un instante, apartándome, con un hilo de saliva uniéndome todavía a la punta—. Tengo que volver dentro.
—Ya casi… —jadeó, con el abdomen tenso, meneándosela él mismo con furia frente a mi cara—. Déjame verte… quiero acabar sobre tus tetas. Quiero llenarte de leche.
Me quedé helada un segundo. Jamás me habían hablado con esa falta de cortesía; mi marido siempre fue romántico y educado, siempre acababa dentro y en silencio. Miré hacia la salida, sintiendo el miedo golpearme las sienes, pero el deseo lo podía todo.
Con manos vacilantes bajé los tirantes del vestido, primero uno y luego el otro. La tela resbaló por mis hombros y el aire frío de la madrugada me erizó la piel. El sujetador negro cedió a un tirón brusco de él, y mis tetas quedaron al descubierto ante sus ojos por primera vez, pesadas, con los pezones tiesos como piedras.
—Dios… —su voz se quebró, cargada de deseo—. Siempre soñé con esto. Mira qué tetas, joder, mira qué tetas tiene la madre de mi mejor amigo.
Me agarró un pecho con la mano libre, apretándolo con fuerza, pellizcándome el pezón entre el índice y el pulgar hasta arrancarme un gemido. Con la otra se meneaba la polla con embestidas cada vez más rápidas, dando cachetadas sordas contra el hueso de sus caderas, los ojos clavados en los míos, luego en mis tetas, luego otra vez en mi cara.
—Sácame la lengua otra vez —jadeó—. Mírame… mírame mientras acabo. Y quédate quieta, no te muevas ni una puta pizca.
No pude apartar la vista. Saqué la lengua como me pedía, con los ojos muy abiertos, ofreciéndole el pecho y la boca a la vez. Su respiración se desbocó, la mano se le movía a velocidad ciega, sus gemidos subieron, hasta que con un gruñido ahogado se tensó entero, se le contrajo el vientre y empezó a correrse. Un chorro caliente me golpeó primero en la barbilla, después en el labio, y luego varios latigazos espesos me cayeron sobre las tetas, entre los pechos, resbalando lentos hasta el vientre. La última descarga la apretó contra mi pezón, embadurnándome hasta el último trozo de piel. Cerré los ojos, temblando, la boca abierta con una gota de semen sobre la lengua, atrapada entre el remordimiento y una excitación brutal que me quemaba por dentro. El coño se me contrajo solo, latiendo vacío, celoso, deseando esa misma leche por dentro.
Adrián se frotó todavía el glande sensible contra mi pezón, esparciendo su corrida por encima, marcándome como si yo fuera suya. Intentó besarme otra vez, buscando mis labios, con la lengua ávida. Pero esta vez lo detuve, el brazo firme contra su hombro.
—Vete… —susurré con la voz trémula, todavía con su semen resbalándome por el pecho.
Me miró sorprendido, aún jadeante, con la polla brillante y ya reblandeciéndose entre sus manos. Quiso insistir, pero rompí a sollozar.
—¡Lárgate! —grité, con las lágrimas brotando—. ¡Vete ahora mismo!
Adrián retrocedió, levantó las manos en un gesto de rendición, se guardó la polla como pudo dentro del pantalón y se perdió entre los coches. Me quedé inmóvil unos segundos, temblando. Al fin reaccioné, saqué un pañuelo del bolso y empecé a limpiarme el semen espeso que me chorreaba entre las tetas y el vientre. Cada pasada me parecía inútil, como si nunca fuera a borrar lo que había hecho, como si su olor a hombre joven se me hubiera quedado pegado a la piel para siempre.
Me subí el sujetador, me acomodé el vestido, recogí los tacones y me miré en el espejo retrovisor: el maquillaje corrido, el pelo revuelto, los ojos enrojecidos, los labios hinchados de haber estado chupando polla. Respiré hondo varias veces, obligándome a recomponerme. Todavía sentía el sabor salado de Adrián en la lengua. Tenía que entrar como si no hubiera pasado nada.
***
Volver a atravesar las puertas del salón fue como recibir una bofetada. La música vibraba, la gente reía y bailaba, los camareros servían copas. Todo seguía igual. Nadie, absolutamente nadie, parecía haber notado que yo acababa de traicionar a mi amiga, a mi hijo y a mi marido, que llevaba las bragas empapadas y las tetas embadurnadas de semen bajo el vestido.
Busqué a Elena. La vi charlando animada con unos invitados, hermosa y feliz. Sentí un nudo en la garganta. Si supiera que su hijo acaba de correrse en mis tetas en el aparcamiento, me echaría de la fiesta a gritos, pensé, y el peso de la culpa me aplastó.
Entonces lo vi. Adrián estaba con mi hijo, los dos riendo de alguna tontería, como si fueran los mismos chiquillos de siempre. Cuando alzó la mirada y me encontró, me dedicó una sonrisa breve, un gesto cómplice que me revolvió el estómago. Se pasó la lengua por el labio de arriba, lentamente, sin dejar de mirarme, como recordándome a qué sabía yo. Quise huir, desaparecer.
—¡Ah, ya estás aquí! —Gonzalo apareció a mi lado, copa en mano—. Te noto mala cara.
Tragué saliva, intentando no derrumbarme. Le acaricié el brazo y forcé una sonrisa.
—Vámonos ya, mi amor… —susurré—. Estoy muerta de sueño.
***
Un rato después, ya en el coche de vuelta a casa, Gonzalo conducía con la calma de siempre. Su mano descansaba en mi pierna, sin sospechar nada, sin saber que su dedo estaba a apenas unos centímetros del coño que otro había manoseado hasta dejarlo chorreando.
Yo asentía en silencio, perdida, cuando sentí el móvil vibrar. La pantalla se iluminó en la penumbra y el corazón me dio un vuelco. Con las manos nerviosas lo desbloqueé. Un número desconocido. Un mensaje.
Era un vídeo. Bajé el sonido y lo abrí. Casi se me escapó un grito: era yo, en el asiento trasero del coche, con el vestido subido, las tetas fuera, la boca abierta, tragándome la polla de Adrián hasta el fondo. Los dos de perfil, claros, reconocibles. Se veía todo: mi mano meneándosela, su semen cayéndome sobre los pechos, mi cara con la lengua fuera esperando su corrida. Todo.
El móvil estuvo a punto de caérseme de las manos. El estómago se me encogió, un sudor frío recorriéndome la espalda.
—¿Te pasa algo? Te noto inquieta —preguntó mi marido, apartando un momento los ojos de la carretera.
—Estoy agotada —respondí con un suspiro.
Un segundo mensaje llegó de inmediato.
«Sé lo que has hecho hoy, guarra. Y esto es solo el principio. La próxima vez te la meto entera».
La sangre se me heló. Miré de reojo a Gonzalo, ajeno, con la mano todavía sobre mi pierna. Apreté los muslos, sintiendo cómo el coño me volvía a palpitar contra mi voluntad, y tragué las lágrimas. Quise creer que todo terminaría ahí.
Pero algo dentro de mí gritaba lo contrario.





