El hombre que conocí antes de pisar Bolonia
Hace rato que no me sentaba a escribir. No tenía nada que valiera la pena contar, la verdad. Pero volví con un par de historias guardadas y esta es la primera, así que espero que la disfruten tanto como yo la viví.
Estuve planeando este viaje durante meses. No como lo planea todo el mundo, eso sí. Mis amigas hablaban de tomar vino en las plazas, de comer pasta de verdad, de coquetear con italianos guapos. Yo les seguía la corriente, me reía, les decía que sí, que claro, que iba a ser divertidísimo. Mentía, por supuesto. Porque yo venía a Italia por otra cosa.
Para mí el viaje significaba otra cosa. Invierno. Frío. Calles vacías. Poder ver las cosas de verdad, sin que nadie se me cruzara delante. Soy historiadora del arte, como ya saben algunos, y para mí Italia no eran unas vacaciones cualquiera: era pisar por fin todo lo que estudié durante años. Ver con mis propios ojos las fachadas, los frescos, cada detalle que copié en cuadernos hasta el cansancio. Quería sentirlos sin quinientos turistas pegados a la espalda.
—Mariana y sus museos —me decía Lucía, como siempre.
—Te vas a volver con más fotos de paredes que de nosotras —remataba Renata.
Yo seguía riéndome. Total, el viaje era largo. Habría tiempo para el arte y para lo otro.
No había estado con ningún hombre mayor desde aquel verano que prefiero no detallar. Pero cuando me quedaba sola y me tocaba, siempre pensaba en lo mismo. En las canas. En las manos grandes, con las venas marcadas. En la piel curtida por los años. Por eso, cuando se presentó la ocasión de este viaje, me dije que era el momento.
Claro que no lo dije en voz alta. Ellas hablaban de chicos de nuestra edad y yo hacía como que me entusiasmaba, pero en mi cabeza pasaba otra película. Ya sabía lo que quería. Y estaba a punto de viajar al lugar perfecto para encontrarlo.
***
Una semana antes de salir, abrí una de esas aplicaciones de citas. Sin demasiadas ganas, más que nada para matar el rato. Cambié la ubicación a Italia y empecé a deslizar dedos para ver qué aparecía.
Pasaban y pasaban chicos. Todos guapos, todos con la misma foto en el espejo del gimnasio. Me aburrían a muerte. No le di me gusta a ninguno.
Y de repente apareció él.
Aldo. Sesenta y cuatro años.
No era un hombre de posar para la cámara. Tenía el pelo blanco, despeinado. La cara llena de marcas, de arrugas hondas. En la foto principal estaba sentado en una terraza con un suéter gris, mirando al objetivo sin esbozar siquiera una sonrisa. No era guapo, para nada. Pero tenía una mirada tranquila. De hombre que ya aguantó de todo y nada le sorprende.
Otra foto lo mostraba de pie. Alto, ancho de hombros, con un cuerpo pesado, sólido. Las manos enormes apoyadas en una baranda. Esas manos me hicieron algo por dentro.
Le di me gusta.
Y esa noche, cuando ya me estaba quedando dormida, llegó. Coincidencia. Él también me había marcado. Ahí empezó todo.
A los cinco minutos me escribió.
«Una mujer tan joven me da me gusta. Me sorprende.»
Le contesté cualquier cosa, que su perfil me parecía interesante. Obvio que no le iba a decir: «Mira, me encantan los hombres mayores y tú pareces uno de los buenos».
Los mensajes siguieron. Él escribía en un inglés roto y soltaba palabras en italiano. Yo le respondía en español y él tiraba del traductor. Era un desastre, pero nos entendíamos.
Los primeros días fue la conversación de siempre. «Qué haces», «a qué te dedicas». Me contó que vivía a las afueras de la ciudad, que había trabajado toda su vida en la construcción. Que era viudo, con hijos y nietos ya grandes.
Y al cabo de un par de días, la charla empezó a calentarse.
Un día me preguntó directo: «¿Te gustan los hombres mayores?».
Le dije que sí. Él me respondió: «Lo imaginaba. Una mujer segura sabe lo que quiere».
A partir de ahí, todo cambió.
Una noche, ya tarde, me llegó una foto. Estaba oscura, borrosa, pero se entendía perfecto. Era él, en una cama, desnudo. No se distinguía ningún detalle, solo la silueta de su cuerpo grande, el volumen.
Me quedé un buen rato mirando esa foto.
Y después escribió: «Si quieres verlo bien, cuando estés aquí te lo enseño».
Guardé el teléfono y no le respondí. Pero esa noche no pude dormir.
***
El viaje fue un fastidio. Un vuelo eterno, una escala en Lisboa que no terminaba nunca. Cuando por fin aterrizamos, yo estaba reventada, pero lo primero que hice al encender el teléfono fue escribirle.
«Llegué.»
«Bienvenida. ¿Cansada?»
«Muchísimo.»
«Descansa. Después me cuentas.»
Guardé el teléfono y fui a buscar las maletas. Las chicas ya sacaban fotos para todos lados, como si nunca hubieran visto un cartel en italiano. Yo solo quería llegar al apartamento y dejarme caer en una cama.
En el taxi, mirando las calles pasar, pensaba en él. En que estábamos en la misma ciudad. En que no sabía cuándo lo vería. Y, sobre todo, en cómo diablos iba a arreglármelas para que las chicas no se dieran cuenta de nada.
Ellas no sabían nada. No sabían de Aldo, no sabían lo que me gustaba, no sabían nada de lo que llevaba dentro. Para ellas yo era la Mariana de siempre. Y así tenía que seguir siendo.
Llegamos al apartamento. Pequeño, pero acogedor. Mientras ellas discutían quién dormía dónde, yo le escribí de nuevo.
«Ya estoy instalada. Pero no vine sola.»
Tardó unos minutos.
«Lo sé. Me lo dijiste. Igual podemos vernos.»
«¿Cómo?»
«Tú tienes que hacer que pase.»
Me quedé mirando el mensaje. Tenía razón. Tenía que provocarlo yo.
***
El primer día fue un correteo de un lado a otro. Iglesias, caminatas, colas para todo. Ellas querían aprovechar cada segundo. Yo también, pero a la vez me moría por estar a solas con él.
Lo deseaba. Con unas ganas brutales.
Me pasaba el día entero húmeda. En la ducha, antes de dormir, en cualquier instante en que me quedaba un segundo sola. Si pensaba en la foto que me había mandado, en su cuerpo, en lo que me había escrito, se me erizaba la piel y sentía un calor insoportable entre las piernas.
Necesitaba verlo. Ya.
A los dos días llegó la oportunidad. Las chicas querían ir a un bar de los de música alta y chicos de nuestra edad. Yo dije que no, que mejor me quedaba, que al día siguiente quería madrugar para subir a una torre.
Me miraron con cara de «qué aburrida», pero no insistieron.
Apenas se encerraron a arreglarse, le escribí.
«Esta noche. Ellas salen. ¿Dónde nos vemos?»
Su respuesta llegó al instante.
«Dame la dirección. Voy para allá.»
Me quedé helada. ¿Él, venir aquí? ¿Al apartamento? No lo había pensado. Pero, Dios, sí. Era mejor. Más tranquilo. Más nuestro.
Le mandé la dirección.
«¿A qué hora?», le pregunté.
«Cuando ellas se vayan. Avísame.»
Guardé el teléfono. El corazón me latía como loco. Faltaban un par de horas. Un par de horas para que él llegara.
***
La espera fue una tortura. Un infierno de relojes y susurros. Me duché otra vez, ahora sin prisa, afeitándome hasta dejar la piel completamente lisa. Me puse una tanga negra de tela mínima y un vestido ligero, sin sostén. Los pezones se me marcaban contra la tela, erectos, como dos faros anunciando mi estado.
Ellas se fueron por fin. Un beso en la mejilla, un «¡no te aburras!» y el portazo. El sonido fue como el disparo de salida.
Le mandé el mensaje: «Se fueron.»
Diez minutos. Veinte. Treinta. Cada minuto era una agonía. Me senté en el sillón con las piernas cruzadas, las descrucé, no sabía qué hacer con las manos. Me sentía una tonta, una desesperada.
Y entonces, el timbre.
No fue un timbre normal. Fue un golpe seco, decidido. Me levanté temblando y abrí la puerta.
Ahí estaba. Más imponente que en las fotos. Con una camiseta vieja, unos vaqueros gastados y una sonrisa de complicidad que me recorrió de arriba abajo.
El aire se me detuvo en los pulmones. No era solo su presencia física, era la forma en que ocupaba el espacio, como si el umbral de mi puerta le perteneciera. Su sonrisa se ensanchó, un gesto lento que me hizo sentir presa y anfitriona al mismo tiempo.
—¿Vas a dejar pasar a un hombre sediento? —Su voz era más grave de lo que imaginaba, un murmullo ronco que pareció vibrar en el suelo de madera.
Me aparté para cederle el paso y él entró, cerrando la puerta detrás de sí con un clic definitivo. El sonido aisló el apartamento del mundo. Estábamos solos.
Se detuvo en medio del salón y me miró con una intensidad que me desnudó capa por capa. Su recorrido fue lento: desde mis ojos, bajando por el cuello, deteniéndose en los pezones que traicionaban mi excitación bajo el vestido, descendiendo por el vientre hasta posarse en el triángulo de tela que se adivinaba por debajo.
El silencio se prolongó, cargado de electricidad. El corazón me martilleaba en las sienes. Necesitaba romper esa tensión, decir algo, lo que fuera.
—Sabes... —empecé, con la voz más frágil de lo que quería—. No traigo sostén. Y estoy afeitada.
La confesión quedó colgando en el aire. Una sonrisa genuina, llena de aprecio, le iluminó el rostro. No era una sonrisa de burla, sino de deleite.
—Lo sé —dijo, y su voz bajó aún más—. Se nota. Y es perfecto.
Se acercó despacio y levantó una mano. No me tocó. Pasó el dedo índice a un milímetro de mi piel, desde la clavícula, rodeando la curva de mi pecho, sin llegar a rozarme. Se me erizó todo el cuerpo, una corriente eléctrica me recorrió la espalda. El suspiro que se me escapó fue involuntario.
—Tiemblas —susurró, y su aliento caliente me golpeó el cuello.
Por fin, su mano descansó sobre mi cadera. El contacto fue firme, posesivo. Me jaló suavemente hacia él, cerrando el poco espacio que nos separaba. Su otro brazo me rodeó la cintura, apretándome contra su cuerpo. La evidencia de su deseo, dura y prominente, se presionó contra mi vientre. La realidad de lo que estaba pasando me golpeó con una fuerza física.
—Voy a disfrutarte —dijo contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo con suavidad—. Y tú vas a disfrutar conmigo. ¿Entendido?
Su mano se deslizó desde la cadera hacia abajo y me palmeó una nalga por encima del vestido. El golpe no dolió; fue una declaración. Una marca de territorio.
—Dilo —ordenó.
—Sí —logré susurrar—. Entendido.
Una sonrisa de satisfacción le cruzó los labios. Entonces subió la mano por mi espalda, encontró la cremallera del vestido y la bajó de un solo movimiento fluido. La tela se aflojó a mi alrededor y él se separó lo justo para que el vestido resbalara por mis caderas y cayera hecho un charco a mis pies.
Me quedé allí, en tanga, con el cuerpo expuesto a su mirada hambrienta. Él no dijo nada, solo observó. Su silencio era más elocuente que cualquier palabra, llenando la habitación de una tensión que se podía cortar.
Luego, con un gesto seco, señaló su cintura.
—Agáchate —ordenó, la voz grave y firme—. Quiero que me lo saques tú.
Me arrodillé frente a él, el suelo frío contra mis rodillas. Las manos me temblaban mientras le desabrochaba el botón de los vaqueros. Bajé la cremallera con un sonido metálico que resonó en el silencio. Después, despacio, le bajé el pantalón y la ropa interior a la vez, dejando su cuerpo al descubierto.
Y ahí estaba.
Dura, alzándose contra su muslo, gruesa y recorrida de venas, con una punta enrojecida e hinchada. No era la de un hombre joven, pero sí poderosa: larga, con una curva suave hacia arriba, la piel tersa contrastando con el vello canoso que la rodeaba. Las venas sobresalían como cables. La base, ancha, anclada a unos testículos pesados y llenos que colgaban entre sus muslos.
—Mírala —dijo con la voz ronca—. Es tuya ahora.
No pude evitarlo. Extendí la mano y la rodeé con los dedos. Estaba caliente, palpitante. La acaricié lentamente, desde la base hasta la punta, sintiendo cómo se endurecía todavía más bajo mi tacto. Él gimió y me enterró la mano en el pelo, tirando con suavidad.
—Métetela en la boca —ordenó.
Me incliné y lo hice. El sabor salado y masculino me inundó la lengua. Lo chupé con avidez, moviendo la cabeza arriba y abajo, mientras él gemía y me sostenía, guiando mis movimientos. Sentí que estaba a punto de estallar.
—Basta —gruñó, apartándome de un tirón—. Quiero metértela.
Me levantó de un empujón, me giró y me apretó contra la pared. Esta vez no se contuvo. De una sola embestida me penetró hasta el fondo. El aire salió de mis pulmones en un grito. Era más grande de lo que había imaginado, más grueso, más profundo. Me llenó por completo, estirándome hasta el límite.
Y entonces empezó. Fuerte. Rápido. Sin pausa. Cada embestida era un golpe, una entrega. Mis pechos pequeños rebotaban contra la pared, mis nalgas se sacudían con cada empujón. Él gruñía, las manos clavadas en mis caderas.
—Eres mía —gruñó, embistiendo con fuerza—. Solo mía.
Y yo, con el cuerpo ardiendo, el clítoris rozando contra su pubis, me corrí con un grito desgarrador, un espasmo que me recorrió entera y me dejó sin aire. Pero él no se detuvo. Sintió cómo me contraía a su alrededor y aceleró, más salvaje, más profundo, buscando su propio placer en mi agotamiento.
—Otra vez —ordenó entre dientes—. Te corres otra vez para mí.
Su mano abandonó mi cadera, se deslizó hacia adelante y sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos y precisos mientras seguía embistiéndome. La sobreestimulación fue brutal. El placer rozaba el dolor, un fuego insoportable que crecía de nuevo en mi vientre. Grité, la frente golpeando la pared, incapaz de procesar tanto.
—¡No puedo! —gemí—. ¡Por favor!
—Sí puedes —gruñó, y apretó más, su ritmo imparable—. Te lo ordeno.
Y mi cuerpo obedeció. Un segundo orgasmo, más violento y hondo que el primero, me arrasó por completo, las piernas temblando, el control perdido del todo. Casi me derrumbo, pero él me sostuvo.
Sentí cómo se le cortaba la respiración, cómo sus embestidas se volvían cortas y erráticas. Con un rugido sordo que parecía venir del fondo del pecho, se retiró en el último segundo. Me giró por el hombro, obligándome a arrodillarme frente a él. Se aferró con la mano, brillante de mi humedad, y se acarició con fuerza un instante antes de estallar.
El primer chorro me golpeó en el pecho, caliente y espeso. El segundo me alcanzó el cuello y la barbilla. Se vació sobre mí, marcándome, cubriéndome los pechos pequeños y el vientre. Jadeaba, la cabeza echada hacia atrás, mientras los últimos espasmos le sacudían el cuerpo.
Cuando terminó, me miró desde arriba, los ojos oscuros y brillantes de satisfacción. Usó la punta para esparcir su semen sobre mis pezones, un gesto de posesión final.
—Ahora sí —dijo, la voz grave y tranquila—. Ahora eres mía de verdad.