El hombre maduro de la parada me enseñó todo
Camila tenía veinticuatro años y una vida ordenada con escuadra, como los planos que dibujaba en sus clases de arquitectura. Vivía con su madre viuda en un departamento estrecho de un barrio de calles empinadas, donde las noches se llenaban de un silencio que solo rompía el murmullo del televisor o el motor de la heladera. No salía de fiesta; el humo le picaba los ojos y las charlas vacías con chicos de su edad la cansaban antes de empezar. No tenía novio. Para sus compañeros era «la responsable», la del pelo siempre recogido en una coleta práctica y la carpeta de bocetos contra el pecho.
Pero de noche, con la puerta cerrada, Camila era otra. Imaginaba hombres grandes, de manos firmes y voz baja, que la cogían con una paciencia que no le pedía permiso y a la vez se lo pedía todo. Soñaba con que la seducían en lugares comunes —una cola, un andén, una parada— alguien capaz de leerle el cuerpo como quien repasa un plano conocido. En esas noches su mano se deslizaba bajo las sábanas, dos dedos abriéndose paso entre los labios mojados de su coño, mientras inventaba un susurro grave contra su oreja. Se frotaba el clítoris en círculos lentos, con la otra mano apretándose un pezón hasta que le dolía, y se mordía el labio para no gritar cuando se corría empapando las sábanas.
Fue en la parada del colectivo donde lo soñado empezó a rozar lo real. Esteban tenía cincuenta y dos años y era inspector de la línea: un hombre alto, de espalda ancha, manos curtidas de años entre fierros y volantes, el pelo entrecano y una barba corta que prometía aspereza. Estaba separado y cargaba con la rutina de dos hijos que lo esperaban cada tarde. No buscaba nada. Pero la calma curiosa de Camila, esa manera suya de mirar de frente, le despertó algo que tenía dormido hacía tiempo.
Todo empezó casi por accidente, una mañana de lluvia. Camila esperaba bajo el techo de chapa, el paraguas goteando sobre sus zapatos. Esteban pasó con su planilla, anotando el retraso del coche.
—Buen día. Parece que el clima se nos puso en contra hoy —dijo, con una voz profunda, como un motor en ralentí.
Ella levantó la vista, los ojos pestañeando detrás de los anteojos.
—Buen día. Siempre llueve cuando más apurada estoy.
Él sonrió, y se le marcaron arrugas en las comisuras.
—Paciencia, que ya viene. ¿Venís de la facultad? Te veo todos los días por acá.
—Sí, estudio arquitectura. ¿Usted trabaja en la línea?
—Esteban, para servirte. Controlo que estos fierros no se atrasen más de la cuenta. Tengo dos en casa esperando la cena.
Al día siguiente la charla fluyó sola. Camila llegó un poco antes, con el pulso adelantado por un motivo que prefería no nombrar. Esteban la vio y se acercó con dos vasos de café.
—Uno para vos, así no te congelás. ¿Cómo va esa carrera? Dibujás edificios todo el día, me imagino.
Ella tomó el vaso y sus dedos rozaron los de él. Una corriente le subió por el brazo.
—Gracias. Es exigente, pero me gusta. Ayer estuve seis horas con una maqueta.
Él se rió bajo.
—Seis horas. Yo a esa hora ya tengo la espalda partida. Mi hija dibuja también; le voy a contar de vos.
Camila se sonrojó. Por un segundo se imaginó cuidando a un hombre así, las manos sobre esa espalda cansada, deshaciendo nudos que ella sabría encontrar, la boca bajando por su vientre hasta el bulto que se le adivinaba bajo el pantalón de trabajo.
Las charlas se volvieron diarias. Y, sin proponérselo, sus fantasías de medianoche empezaron a tener la cara de Esteban. Un hombre como él sabe exactamente dónde meter la polla, pensaba, con tres dedos hundidos en su coño y el pulgar apretándole el clítoris, mordiendo la almohada para que su madre no escuchara del otro lado de la pared. Se venía imaginando la verga de él abriéndola en dos, la barba raspándole los muslos, la voz ronca ordenándole que abriera las piernas.
***
Una tarde el colectivo se rompió a mitad de recorrido. Esteban se ofreció sin vueltas.
—Te llevo en la camioneta, no es ningún problema. Tu barrio me queda de paso.
Camila dudó apenas. El recuerdo de sus noches la empujó a subir. En el camino el aire se puso espeso, casi tibio.
—Sos muy joven y muy serena a la vez —dijo él, la mano descansando en la palanca de cambios, cerca de su rodilla—. Es raro. Me gusta.
Ella sintió un calor trepándole por los muslos, y las bombachas se le humedecieron ahí mismo, en el asiento del acompañante.
—Usted parece de los que ya vivieron todo. Debe tener mil historias.
Esteban la miró de reojo, una sola vez.
—Algunas. Pero ahora solo estoy pensando en las que podría tener con vos. En cómo sonarías gimiendo, por ejemplo.
El pulso de Camila se disparó. Era como si él hubiera leído las páginas que ella escribía a oscuras. Cruzó las piernas y sintió que el coño le latía.
Los mensajes llegaron poco después. Al principio eran prácticos: «El coche viene demorado, ¿querés un café mientras?». Camila contestaba con frases cortas, cuidadas. Hasta que una noche, ya en la cama, le entró otro distinto: «Hoy me quedé pensando en tus ojos. Tan tranquilos, tan despiertos. Y en tu boca». Ella, con el teléfono en una mano y la otra bajo las sábanas frotándose el clítoris despacio, dudó entre responder algo audaz y algo seguro. Escribió solo: «Yo también pensé en vos». En su cabeza, sin embargo, él le murmuraba al oído: Abrí las piernas, nena, dejame ver ese coño mojado. Voy a metértela hasta el fondo hasta que me pidas que pare. Se corrió mordiéndose la mano, con el nombre de él ahogado entre los dientes.
La invitación al café llegó un viernes. En el rincón del bar, lejos de la barra, sus rodillas se tocaron bajo la mesa y ninguno de los dos las apartó. Esteban le tomó la mano y la giró con cuidado, como quien examina algo que le interesa.
—Tenés las manos suaves. Me pregunto cómo se sentirían sobre mi polla.
Camila tembló, y la fantasía empezó a tener temperatura. Sintió los pezones endurecerse contra la tela del corpiño.
—A veces imagino cosas así —admitió, la voz apenas audible—. Con alguien más grande. Alguien que sepa cómo cogerme.
Él se inclinó hasta que su aliento le rozó la oreja.
—Decime qué imaginás, Camila. ¿Me imaginás mamándomela? ¿Con esa boquita abierta, tragándome entero?
A ella se le escapó un suspiro y apretó los muslos bajo la mesa.
—Sí. Y más. Imagino tu verga adentro mío, donde nadie estuvo todavía.
***
El primer beso fue en la camioneta, en un descampado al borde de la avenida, con las luces de la ciudad temblando a lo lejos. Esteban la atrajo con una mano abierta en la nuca.
—Vení acá —dijo, y la besó. Suave primero, después con hambre, su lengua abriéndose paso en su boca, chupándole la de ella hasta hacerla gemir.
Camila gimió contra él y sintió la dureza de su polla presionando contra su muslo, gruesa, tensa bajo la tela del pantalón.
—¿Sentís eso? Es por vos —murmuró él contra sus labios—. Tocámela. Sentí cómo me la ponés.
Él le agarró la mano y se la llevó al bulto. Camila apretó por encima de la tela y notó el largo, el grosor, la palpitación bajo sus dedos. Se le hizo agua la boca.
—Es grande —susurró, encendida.
—Es toda tuya cuando la quieras.
Ella escondió la cara en su cuello, agitada.
—Quiero sentirla toda. Adentro.
Las manos de Esteban subieron por debajo de su blusa, sin apuro, le desabrocharon el corpiño de un solo movimiento y encontraron sus tetas. Le acarició los pezones con los pulgares hasta que se endurecieron como piedras, y después bajó la cabeza y se los chupó, uno y otro, mordisqueando con los dientes hasta arrancarle un quejido agudo.
—Sos perfecta acá. Firme, chiquita, hechas para mi boca. Me muero por probarte el coño.
Otra tarde, otra vez en la camioneta, su mano se deslizó bajo la falda de Camila. Le abrió los muslos con una caricia, sin prisa.
—Abrí las piernas para mí. Dejame sentir cómo está ese coñito.
Sus dedos encontraron la tela empapada de la bombacha y la apartaron a un costado. Frotó los labios mojados de arriba abajo, separándolos, hasta que dio con el clítoris hinchado y empezó a moverse en círculos lentos.
—Estás chorreando —dijo, la voz ronca—. ¿Pensabas en esto en esas noches que me contás? ¿Pensabas en mi verga metiéndose acá?
Ella asintió, mordiéndose el labio.
—Soñaba con un hombre como vos. Que me la metiera despacio. Que me hiciera pedirla.
Esteban deslizó un dedo grueso dentro de ella, despacio, observándole la cara mientras la abría. Después metió un segundo, y Camila arqueó las caderas contra su mano.
—Mirá cómo me chupás los dedos con el coño. ¿Así te la vas a chupar cuando te la meta?
Camila solo pudo asentir, las caderas buscándolo solas, mientras él curvaba los dedos y le encontraba un punto adentro que la hizo gritar bajito. Se corrió ahí, en el asiento de la camioneta, apretándole la muñeca a él con las dos manos, el jugo bajándole por los muslos.
—Buena chica —le dijo Esteban, sacándose los dedos y llevándoselos a la boca—. Ya vas a saber a qué sabe tu coño en mi lengua.
***
El encuentro definitivo fue en el departamento de él, una noche en que los chicos estaban con la madre. Una cena simple, una copa de vino que le soltó los hombros y la lengua. En el sillón, Esteban la besó con una urgencia nueva.
—Sacate toda la ropa. Quiero verte entera.
Camila obedeció, temblando, y se quedó quieta bajo su mirada, desnuda, los pezones erizados y los muslos apretados por el pudor. Él la recorrió despacio, sin tocarla todavía, como prolongando algo.
—Sos hermosa —dijo, ronco—. Abrí las piernas. Bien abiertas. Dejame verte ese coño.
Ella las abrió, colorada, y él se arrodilló en el piso entre sus rodillas. Le pasó las manos por los muslos, se los abrió más, y sopló despacio sobre el sexo húmedo antes de bajar la boca. La lengua de Esteban le lamió los labios enteros, de abajo hacia arriba, en una pasada larga y lenta, y después se cerró sobre el clítoris y empezó a chuparlo con paciencia.
—Gemí para mí. No te aguantes. Quiero escucharte.
Ella arqueó la espalda contra el sillón y le enredó los dedos en el pelo.
—No pares… por favor, no pares. Ay, así, así.
Esteban le metió dos dedos y siguió chupándole el clítoris al mismo tiempo, moviendo la lengua rápido, dura, mientras con los dedos le apretaba ese punto de adentro que la hacía convulsionarse. El primer orgasmo la sacudió entera, un latigazo desde el vientre hasta la garganta, y se le escapó el nombre de él entre los dientes. Los muslos le temblaron cerrándose sobre las orejas de Esteban, que no la soltó hasta que dejó de gritar.
Cuando levantó la cara, tenía la boca y la barba brillantes de ella.
—Rica —dijo simplemente, y se relamió.
Después fue Esteban el que se desnudó. Camila lo miró, el corazón golpeándole en la garganta, mientras él se sacaba el cinturón, los pantalones, y por fin el bóxer. La polla le saltó afuera, gruesa, larga, con las venas marcadas y la punta ya brillando. Ella tragó saliva. Era más grande de lo que había imaginado.
—Vení —dijo él, sentándose en el sillón—. Arrodillate acá, entre mis piernas.
Camila se dejó caer al piso, guiada por todas las noches que había imaginado eso mismo. Le agarró la verga con las dos manos —apenas le cerraban alrededor— y le pasó la lengua por la punta, probando el sabor salado que salía del glande. Después abrió la boca y se la metió entera hasta donde pudo. Torpe al principio, se atragantó, tosió; después encontró el ritmo, chupando y bajando, subiendo la lengua por la vena de abajo, apretando los labios en el recorrido.
—Así. Despacio. Aprendés rápido —gruñó él, una mano enredada con cuidado en su pelo, marcándole el compás—. Metétela bien adentro. Chupámela como me la chupaste en tus sueños.
Ella lo miró desde abajo, con la boca llena, los ojos brillando, y él se estremeció.
—Basta o me corro en tu boca ahora mismo —dijo, apartándola con esfuerzo—. Y todavía no te cogí.
La levantó del piso, la cargó hasta el dormitorio y la tiró boca arriba en la cama. Se acomodó entre sus piernas, se pasó la punta de la verga por los labios de su coño empapado, arriba y abajo, humedeciéndose.
—¿La querés?
—Sí. Metémela ya. Por favor.
Entró en ella despacio, conteniéndose, atento a cada gesto de su cara. Camila abrió la boca sin ruido, sintiendo cómo la verga le abría paso adentro, centímetro a centímetro, estirándola. Cuando la tuvo entera, con las pelotas de él pegadas a su culo, gimió largo.
—Estás muy apretada —murmuró él—. Como si fuera la primera vez. Me chupás toda la polla, nena.
—Casi lo es —confesó ella, y él se quedó quieto un instante, mirándola, antes de empezar a moverse con más intención. Salió casi entero, la puntita apenas adentro, y volvió a hundirse de un envión que la hizo gritar.
—Decime qué querés.
—Más fuerte —pidió Camila, clavándole las uñas en la espalda—. Cogeme fuerte. No pares ahora.
Esteban le agarró las piernas, se las abrió más, se las puso sobre los hombros y empezó a embestirla en serio. La cama chocaba contra la pared, la piel golpeando contra piel, el ruido húmedo del coño de ella recibiéndolo una y otra vez.
—Mirá cómo entra —le dijo, con los dientes apretados—. Mirá cómo te la traga tu coñito.
Camila bajó la vista y vio la verga entrando y saliendo, brillante de ella, y sintió que se venía otra vez. La dio vuelta, la puso en cuatro sobre la cama, le agarró las caderas y volvió a metérsela desde atrás. En esa posición le llegaba a un lugar nuevo, más adentro, y Camila apretó la cara contra la almohada para gemir sin vergüenza.
—Así, con el culo al aire, como una perrita —le dijo él, dándole una nalgada que le dejó la marca de la mano—. ¿Te gusta que te coja así?
—Sí, sí, sí… más, dame más.
Él le agarró el pelo suelto con una mano, tirándole la cabeza para atrás, y con la otra le buscó el clítoris y se lo frotó al mismo ritmo de las embestidas. Las caderas de ambos chocaron, la piel transpirada, hasta que él dejó escapar un gemido grave y se vació dentro de ella con tres estocadas profundas. Camila sintió los chorros calientes llenándola, el pulso de la verga latiendo adentro, y volvió a venirse, las paredes de su cuerpo cerrándose alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota.
Quedaron tendidos, sin aire, los dedos de ella todavía sobre su pecho, el semen de él escurriéndosele lentamente entre los muslos. Camila se sintió plena de una manera nueva, y todas sus fantasías de medianoche le parecieron de pronto pálidas al lado de lo que acababa de vivir. Cerró los ojos contra el hombro de Esteban y supo, con una certeza tranquila, que iba a querer más. Siempre más.





