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Relatos Ardientes

Mi exalumna madura me buscó tras años sin vernos

Me dicen Damián, aunque durante casi treinta años fui simplemente «el profe» para varias generaciones de un colegio nocturno de las afueras. Di clases de contabilidad a gente que estudiaba después de trabajar, adultos cansados que querían terminar lo que la vida les había interrumpido. Me retiré hace tiempo, pero algunas alumnas se me quedaron grabadas. Lorena fue una de ellas.

La historia empieza muchos años atrás. Lorena había terminado de cursar el último año del bachillerato para adultos, pero por problemas personales no pudo aprobar todas las materias, incluida la mía. Necesitaba el título para entrar a la carrera de enfermería que había empezado, así que la dirección le armó un plan especial con clases de apoyo fuera de horario.

—Damián, no le exijas demasiado —me pidió la directora una tarde—. La carrera que sigue no tiene nada que ver con los números, y necesita trabajar para mantenerse.

—Una cosa es no exigir y otra es regalar la nota —le contesté.

—Llamalo como quieras. El marido la dejó sola con la hija y la están pasando mal. Dale una mano.

Lorena no era la mujer despampanante de las revistas, pero tenía un cuerpo que llamaba la atención: tetas generosas y, con los años, había desarrollado una cintura y unas caderas que no pasaban inadvertidas. Tenía treinta y cuatro años entonces, una sonrisa tímida y una manera de morderse el labio cuando se trababa con un cálculo, un gesto que sin querer me hacía pensar en cosas que no debía. Eligió dejar mi materia para febrero.

Para quienes no conocen el clima de mi región, febrero es pleno verano: calor pegajoso, aire denso. El colegio quedaba en una zona humilde, sin refrigeración, apenas unos ventiladores viejos moviendo el aire caliente de un lado a otro.

El primer día de apoyo llegó en bicicleta, transpirada de punta a punta. La remera clara se le pegaba a la piel y dejaba ver el contorno del corpiño, los pezones marcados por debajo de la tela mojada. Nos sentamos frente a frente y empezamos. Cada tanto ella estiraba la tela tratando de despegársela del cuerpo, y yo trataba de concentrarme en los ejercicios y no en cómo se le movían las tetas bajo la remera cada vez que respiraba hondo. La clase pasó entre sofocones y silencios incómodos.

—No me salen los cálculos, profe —dijo con la cara entre las manos—. Siempre me dan negativos.

—Tranquila, Lorena. Vamos a encontrar el error juntos.

Estaba al borde del llanto. La fecha del examen se acercaba y los números seguían sin obedecerle. Le apoyé una mano en el hombro para calmarla y reaccionó como si la hubiera tocado la corriente: se enderezó de golpe, agarró la lapicera y volvió a la carga. Pero una hora después la decepción seguía ahí. Cayeron las primeras lágrimas.

—Descansemos un poco. Tomá aire y seguimos.

Se puso de pie y caminó hasta la puerta de la sala de profesores, donde nos habíamos refugiado por los ventiladores. Antes de salir giró sobre sus talones.

—Ojalá pudiera hacer algo para que esto termine pronto —murmuró, y se fue.

Me quedé mirándola. Bajé a hablar con la directora, más por sacarme la tensión de encima que por otra cosa.

—Contenela un poco —me pidió ella—. Está pasando un momento difícil con la familia, además de lo económico.

—¿Ahora también tengo que ser psicólogo? —protesté.

—Lo que haga falta, Damián.

Volví al aula y la encontré revisando el teléfono.

—¿Seguimos? —le dije, tratando de traerla de vuelta.

—Tengo la cabeza en cualquier lado, pero necesito terminar con esto.

Por primera vez le dediqué una mirada de hombre y no de profesor. La remera ajustada, la respiración agitada, los hombros caídos por el cansancio, y esos pechos subiendo y bajando con cada suspiro. Estaba vulnerable, y yo estaba mirando donde no debía, sintiendo cómo se me empezaba a apretar la ropa.

Otro intento, otro error. Golpeó la mesa con la palma y se largó a llorar.

—Tengo treinta y cuatro años, mi pareja me dejó, y si no apruebo pierdo un año entero de estudio. ¿Te parece fácil?

—Nunca dije que lo fuera —contesté en voz baja.

Se giró y se abrazó a mí, descargando toda la angustia contra mi pecho. La rodeé con los brazos casi por instinto y la dejé desahogarse. En eso se abrió la puerta: era la directora. Vio la escena, me hizo un gesto de aprobación —pobre, creía que la estaba consolando— y volvió a cerrar, dejándonos solos.

Le acaricié el pelo. Cuando levantó la cara y me miró a los ojos, ninguno de los dos dijo nada. Nos besamos sin pensarlo, un beso largo que arrastraba meses de tensión contenida, con la lengua metiéndose sola, buscándole la boca hasta el fondo. Reconozco que fui flojo: dejé que pasara, le sequé las lágrimas con los pulgares y la atraje hacia mí. Ella me buscó la mano y se la llevó de la cintura al pecho, apretándomela contra una teta caliente por debajo de la remera húmeda.

—Tocame, profe —me susurró en la boca—. Hace tanto que nadie me toca.

Se levantó, cerró el cerrojo de la puerta y volvió decidida. Se sacó la remera de un tirón y me quedé mirándola en corpiño, con la piel brillándole de transpiración y los pezones queriendo romper la tela. Me buscó la mano otra vez y se la llevó a la espalda para que le soltara el broche. Las tetas se le cayeron pesadas, blancas donde el sol no llegaba, con los pezones morenos y duros como carozos.

—Chupámelas —me pidió, agarrándose una y ofreciéndomela—. Hace años que no me las chupa nadie.

Me hundí en ellas, se las mamé una y otra, mordiéndole los pezones despacio, escuchándola gemir contra su propia mano para no hacer ruido. Ella ya tenía la otra mano metida en mi pantalón, buscándome la verga y agarrándomela por encima del calzoncillo, apretándola como si midiera qué se iba a meter adentro.

—La tenés dura, profe. Toda para mí —murmuró, y se dejó caer de rodillas ahí nomás, en el piso de la sala de profesores.

Me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La polla me saltó afuera y ella la agarró con las dos manos, mirándomela un segundo antes de meterse la punta en la boca. Empezó despacio, chupando la cabeza mientras me la manoseaba por abajo, y después se la fue tragando de a poco, mirándome hacia arriba con los ojos brillantes. La lengua le daba vueltas alrededor del glande, subía por la vena de abajo, bajaba a las bolas y me las lamía enteras antes de volver a tragarse la verga hasta atragantarse. Le agarré la cabeza con las dos manos y ella se dejó, gimiendo con la boca llena.

—Pará, Lorena, que me venís ya —le dije, tirándole del pelo para separarla.

—Todavía no —contestó, limpiándose la baba de la boca con el dorso de la mano.

Se paró, se bajó el pantalón y la bombacha en un mismo movimiento y se apoyó de espaldas contra la mesa, abriéndose de piernas. Tenía el coño mojado, brillante, con el vello oscuro recortado y los labios hinchados de calentura. Me arrodillé yo esta vez y se lo comí ahí mismo, hundiéndole la lengua entre los labios, buscándole el clítoris y chupándoselo hasta que le temblaron las piernas. Le metí dos dedos y le cogí el coño con la mano mientras seguía chupando arriba. Se mordía el puño para no gritar.

—Metémela, metémela ya —jadeó—. No aguanto más, profe.

Me paré, la di vuelta contra la mesa y la doblé sobre los papeles del ejercicio. Le agarré la cintura, me acomodé la verga entre las nalgas y se la fui metiendo de un solo empujón, hasta el fondo. Soltó un gemido apagado y se agarró del borde de la mesa. Empecé a cogérmela así, parado detrás de ella, cada estocada empujándole las tetas contra la madera. El coño le apretaba como si nunca la hubieran cogido, calientísimo, chorreando de tan mojado. Ella se empujaba hacia atrás, buscándome más.

—Cogeme fuerte, profe. Cogeme como se te cante —susurraba con la cara contra la mesa.

Le agarré una mecha de pelo y tiré despacio, arqueándola hacia mí, y le acelaré el ritmo. Las palmadas de piel contra piel sonaban en la sala vacía, mezcladas con sus jadeos ahogados. La sentí acabar así, con el coño apretándome la verga en espasmos, mordiéndose el antebrazo para no gritar. Aguanté unos segundos más y me salí a tiempo, corriéndome en su culo, salpicándole la espalda y las nalgas de leche caliente.

Ella se quedó tirada sobre la mesa, respirando fuerte, con mi semen chorreándole por la raya del culo hasta los muslos. Le pasé una servilleta que agarré del escritorio, se limpió como pudo, se acomodó la ropa, juntó sus cosas y se fue sin decir una palabra, como si hubiera sido un sueño que ninguno de los dos iba a admitir.

El día del examen llegó puntual, se sentó frente a mí y rindió. No tengo idea de qué escribió ni si estaba bien, pero le puse la nota justa para que terminara el bachillerato. Recibió el papel, me dedicó una mirada cómplice y se fue. No volví a verla durante años.

***

El reencuentro fue tan casual como cualquier cosa importante de la vida. El 22 de diciembre coincidimos en un supermercado del barrio. La reconocí enseguida, aunque los años la habían cambiado: más llena, más segura, con una sonrisa que ya no tenía nada de tímida.

—Hola, profe. ¿Cómo anda? —me saludó.

—Bien, Lorena. ¿Y vos?

—Bastante bien. Soy enfermera recibida, trabajo en una clínica privada.

—Me alegro de verdad —le dije, y era cierto.

—Nunca le agradecí que me aprobara aquella vez.

—No me hagas acordar, ni sé qué escribiste en ese examen —reí.

—Me di cuenta —contestó, y se le escapó una risa pícara—. ¿Qué va a hacer el 31 después de las doce?

—Vienen mis hijos y mis hermanas a cenar. Después, ni idea.

—Venga a la fiesta de reencuentro de la promoción. Nos juntamos en un predio. Le paso mi número así no se pierde.

Me anotó el teléfono en el celular y se fue hacia las cajas. Antes de salir, giró la cabeza.

—No me falle. Hace mucho que no nos vemos.

El 27 me llegó un mensaje con el lugar y la hora. La idea no era mala: reencontrarme con exalumnos, quizá algún colega de aquella época, pasar un rato distinto. Lo comenté con mi hijo mayor, con quien vivo.

—Andá, viejo. Te la pasás todo el día encerrado acá. Eso sí, no te pases de copas —se burló.

El 31 cenamos en familia, brindamos, y a las dos de la mañana cada uno se fue para su lado. Me di una ducha, me cambié por algo más cómodo y enfilé hacia el predio. Antes de aparecer le mandé un mensaje a Lorena; no quería caer de sorpresa. Minutos después salió a buscarme a la entrada, habló con el de seguridad y me tomó del brazo para hacerme pasar.

Algunos se sorprendieron al verme, otros lo celebraron. Lorena me llevó mesa por mesa, presentándome, y los recuerdos empezaron a fluir solos: las anécdotas del colegio, las risas, los nombres medio borrados por el tiempo. Ella no se separaba de mí ni un segundo.

—¿Tu pareja no se va a enojar si me dedicás toda la noche? —le pregunté.

—No volví a armar pareja. Vivo con mi hija y mi nieta.

—Estamos parecidos, entonces. Yo vivo con mi hijo.

—Ya lo creo. ¿Un trago? —ofreció.

Nos sentamos en una mesa apartada y nos pusimos al día. Cuando la música cambió a algo más movido, terminamos todos en la pista. Cerca de las cuatro, la gente empezó a retirarse de a poco; los años pesaban y muchos tenían obligaciones al día siguiente. Nos fuimos quedando solos.

—Es hora de volver a casa —dije.

—Una última copa y un baile más. Dale —insistió.

Acepté con la condición de que fuera el último. El DJ anunció una tanda de música lenta y Lorena se colgó de mi cuello, pegándose a mi cuerpo. Sentí las tetas apretadas contra mi pecho y, más abajo, la cadera moviéndose contra mi bragueta hasta que se dio cuenta de que la tenía dura. Sonrió sin separarse, y me habló al oído.

—No sabés cuánto disfruté aquella tarde en el colegio. Siempre me gustaste, y eso fue lo mejor que me pasó en mucho tiempo.

—Fue raro —admití—. Estabas frágil y yo me dejé llevar. Durante años sentí que me había aprovechado.

—Aprovechaste algo que yo quería. Me hiciste feliz. Eso no es aprovecharse.

—Si seguís así, vas a hacer que quiera repetirlo —le dije al oído.

—¿Y qué estamos esperando? —respondió sin separarse, restregándome el pubis contra la pierna.

—Que me digas adónde vamos.

—Ni tu casa ni la mía. Un hotel.

Buscamos los abrigos y salimos a la calle desierta. Apenas subimos al auto nos besamos como aquella tarde, pero sin urgencia de esconderse. La recorrí entera: las piernas más torneadas que entonces, las caderas anchas, esa boca que respondía a todo. Le metí la mano por debajo del vestido y le agarré una teta por encima del corpiño; me la desabrochó de un manotazo para que se la agarrara directo. Después me buscó la bragueta, me bajó el cierre y me sacó la verga ahí mismo, en el auto, y se la puso en la boca mientras yo trataba de arrancar. Se sentía la lengua tibia envolviéndomela, subiendo y bajando despacio, y una mano jugando con las bolas.

—Pará un poco, no llegamos ni a la esquina así —reí, sacándomela de encima para poder manejar.

—Andá rápido entonces, profe —contestó, limpiándose una gota de saliva del labio.

Arranqué rumbo a un hotel de paso que conocía. En la recepción ella se inclinó sobre mí hacia la ventanilla.

—La mejor habitación que tenga. Esta es una noche única —le dijo al conserje, que me alcanzó la llave con una sonrisa.

—Lorena, frená un poco —le pedí mientras estacionaba.

—Esta noche va a ser inolvidable para los dos —contestó, y abrió la puerta del cuarto.

***

La habitación era enorme, con una cama amplia y un hidromasaje en un rincón. Ella soltó un «¡guau!» de nena con juguete nuevo y desapareció en el baño a darse una ducha. Mientras la escuchaba canturrear bajo el agua, recorrí el cuarto y descubrí un control que abría una claraboya en el techo, dejando el cielo de la madrugada a la vista.

—Damián, vení que esto tiene chorros por todos lados —me llamó.

Me reí, me saqué la ropa y me metí con ella. La vi desnuda por primera vez con luz plena: las tetas grandes y todavía firmes, los pezones oscuros parados por el agua fría, las caderas anchas, el coño rasurado con una franja finita de vello arriba. Probaba cada botón como una chiquilina: agua desde los costados, desde abajo, desde arriba, un descontrol delicioso. La agarré por atrás, apretándole las tetas con las dos manos, y la sentí empujar el culo contra mi verga, que ya volvía a estar dura. Nos enjabonamos el uno al otro; ella se demoró en enjabonarme la polla, deslizándome la mano con la espuma arriba y abajo, mientras yo le pasaba los dedos jabonosos entre los labios del coño, buscándole el clítoris hasta hacerla gemir bajo el chorro. Al terminar nos pasamos a la bañera para seguir disfrutando del calor del agua, con ella sentada de espaldas contra mi pecho y mi mano trabajándole el coño abajo del agua hasta que se le puso la piel de gallina.

—Vamos a la cama, profe. Quiero que sea largo —jadeó, levantándose.

Se secó, se perfumó y caminó hasta la cama envuelta en una toalla, dejándola caer al recostarse. Yo me acosté a su lado.

—Vení —me dijo, retirándose el pelo hacia atrás—. Hagamos lo que aquella tarde no pudimos con calma.

Se acomodó sobre mí y empezó despacio, mirándome a los ojos, besándome el cuello, bajando por el pecho, jugando con la lengua de una punta a la otra, deteniéndose en los pezones para morderlos suavecito, siguiendo por el vientre hasta llegar abajo. Ahí se tomó su tiempo. Me agarró la verga y me la lamió desde las bolas hasta la punta, subiendo por la vena de abajo con la punta de la lengua bien despacio, mirándome mientras lo hacía. Me la envolvió con los labios y se la fue metiendo entera, garganta abajo, hasta que la nariz se le apoyó contra mi pubis. La sostuvo ahí un segundo, tragando alrededor, y volvió a salir con un hilo de saliva colgando.

—La tenés igual de rica que aquella vez —murmuró antes de volver a tragársela.

Después se giró y nos enredamos en un sesenta y nueve. Se me sentó en la cara y le tuve el coño servido: rosado, húmedo, con el clítoris hinchado. Se lo empecé a chupar de abajo hacia arriba, larga la lengua, hundiéndosela entre los labios, saboreándole todo el jugo que le salía. Le metí la lengua adentro y la moví, después subí al clítoris y se lo chupé como un caramelo, mientras ella no dejaba de mamármela con la boca llena de saliva. Le agarré el culo con las dos manos, se lo separé y le pasé la lengua también entre las nalgas, del ojete al coño y de vuelta. Le arranqué un gemido largo, ahogado contra mi verga.

—No sabés las ganas que me quedaron de esto —jadeó, soltándome un segundo—. Te soñé mil veces así, chupándome.

—¿Me vas a decir que no estuviste con nadie en todo este tiempo? —pregunté entre lengüetazos.

—Estuve. Pero con ninguno con las ganas de esa tarde. Eso es otra cosa. Seguí, no pares —jadeó, empujando el coño contra mi boca.

Dejamos las palabras de lado. Bastaron unos minutos para que llegara a su primer orgasmo, sacudiéndose como si lo hubiera estado esperando años, apretándome la cara con los muslos y chorreándome en la boca. Le tragué todo lo que me dio y seguí chupándole el clítoris despacio, prolongándoselo, hasta que se cayó de costado, temblando.

Cuando se calmó, se acomodó en el centro de la cama, en cuatro patas, de espaldas a mí, ofreciéndose. Se abrió el culo con las manos, mostrándome el coño empapado y el ojete rosado más arriba.

—Ahora quiero sentirte adentro, como aquella vez. Cogeme, profe.

La vi tan dispuesta que la penetré de un solo movimiento. Se la enterré entera de golpe, hasta las bolas, y ella gritó fuerte, esta vez sin taparse la boca.

—Despacio, bruto —se quejó entre risas—. Quiero gozarlo, no que se termine.

Le hice caso. La agarré de la cintura y entré y salí con paciencia, desde casi afuera hasta el fondo, dejándola marcar el ritmo. Ella empujaba hacia atrás, ayudándome, gimiendo cada vez más fuerte conforme la madrugada avanzaba sobre nosotros. Le miraba el culo abrirse cada vez que me la tragaba entera, las tetas moviéndose colgando bajo su cuerpo, el coño pegado a mi verga, brillante de tan mojado.

—Pegame, dale —jadeó de golpe—. Pegame en el culo.

Le solté una nalgada, después otra, mientras seguía metiéndosela. La piel blanca se le puso colorada de la marca de mi mano y ella gimió más fuerte, arqueando la espalda. La agarré del pelo, tirando un poco, y le aceleré el ritmo. Cada estocada le sacaba un gemido nuevo, obsceno, sin vergüenza.

—Así, así, cogeme así —repetía—. Rompeme el coño, profe.

La saqué, la di vuelta boca arriba y me subí encima. Le levanté las piernas hasta apoyárselas en mis hombros y se la volví a meter, doblada así, con el coño bien alto. Desde esa posición entraba hasta el fondo, chocándole contra algo adentro que la hacía gritar cada vez. Me miraba fijo, con la boca abierta, las tetas rebotando con cada empuje, jugándose con los pezones ella misma.

—Me vengo, me vengo otra vez —avisó, y le apreté los muslos contra el cuerpo, cogiéndosela con toda la fuerza que tenía.

Acabó por segunda vez apretándome la verga con espasmos largos, arañándome la espalda, gritando sin ningún cuidado. Le di un respiro y la puse de costado, cuchara, con una pierna en alto, y se la seguí metiendo desde atrás, más lento, agarrándole una teta con una mano y jugándole el clítoris con la otra. Ella giraba la cabeza para besarme, con la lengua toda babosa.

—Vení encima —le dije, poniéndome boca arriba.

Se me sentó en la verga y empezó a cabalgarme, apoyándose en mi pecho, subiendo y bajando, moviendo las caderas en círculos. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté, le mordisqueé los pezones cuando se inclinaba hacia adelante. Le veía la cara descompuesta de placer, la boca abierta, los ojos entrecerrados.

Estuvimos así un largo rato, cambiando de posición, demorándonos en cada detalle como dos personas que entienden que las oportunidades no se repiten. Cuando finalmente sentí que me venía, se lo avisé.

—Adentro no, profe. Encima, en las tetas —me pidió, bajándose.

Se arrodilló al lado mío, me agarró la verga con las dos manos y me la sacudió rápido, con la boca abierta y la lengua afuera, apuntándome hacia sus tetas. Terminé chorreándole toda la leche entre las tetas, en el cuello, un poco en la barbilla. Ella se pasó los dedos por encima, se llevó uno a la boca y me sonrió, chupándoselo despacio.

—Rica, profe —murmuró.

Me retuvo contra su cuerpo unos minutos, los dos agitados, pegajosos, sonriendo en la penumbra.

Reposamos hasta que la primera luz del amanecer se filtró por la claraboya y las estrellas dieron paso al sol.

—Antes de irnos —murmuró, gateando por la cama y acomodándose a horcajadas sobre mi boca—, dame una despedida como la gente.

No me hice rogar. Le tenía el coño encima de la boca, todavía hinchado y mojado del rato anterior. Le agarré el culo con las dos manos y la bajé, hundiéndole la lengua entre los labios. Se lo comí de nuevo desde abajo, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua adentro, mientras ella se agarraba del respaldo de la cama y se movía sobre mi cara. Me tomé mi tiempo, disfrutando de cada reacción, de cada gemido entrecortado. Le pasé la lengua también más atrás, entre las nalgas, y ella soltó un jadeo distinto, más ronco.

—Ahí también, profe. Chupame todo —susurró, apoyándose más.

Le lamí el ojete despacio, en círculos, mientras le metía dos dedos en el coño y se los movía adentro. Se quebró en unos minutos, deshaciéndose encima de mí con un temblor largo, chorreándome la cara de flujo tibio.

El teléfono de la habitación sonó anunciando el fin del turno. Se levantó, se metió un instante al baño y volvió ya vestida, meneando las caderas.

—Hermosa noche, profe. Muy hermosa. Ojalá se repita.

Nos vestimos, subimos al auto y salimos. En el camino me deslizó algo en la mano: la bombacha, todavía tibia y con la marca húmeda de dónde había estado.

—Es tuya. Guardala hasta que volvamos a vernos, para que te acuerdes de mí.

La dejé en la puerta de su casa a eso de las nueve de la mañana. Me dio un beso corto y me pidió que la llamara en unos días.

—Nada de amor, profe. Solo diversión entre dos adultos que se la merecen, ¿estamos?

—Estamos —contesté.

Antes de abrir la puerta giró la cabeza y me tiró un beso. Arranqué rumbo a casa. Apenas guardé el auto, me llegó un mensaje al celular: «La próxima va a ser en mi casa, con una sorpresa que te va a gustar». Me sonreí solo, en el silencio de la mañana, pensando que después de tantos años encerrado en la rutina, había valido la pena aceptar aquella invitación.

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Comentarios(5)

Felix2890

Genial!!! me tuvo enganchado desde el principio hasta el final

SilviaNdq

Que lindo cuando el pasado vuelve de esa manera... me encanto como lo contaste, se siente muy real

Beto_Cba

Me recordo a algo parecido que me paso hace unos años, aunque mucho menos cinematografico jaja. Muy buen relato

ClaroLector

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

PatriciaLectora

La descripcion del reencuentro esta muy lograda. Se nota que tenes experiencia escribiendo, felicitaciones

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