Mi amante madura me cazó en una cita a ciegas
La Orquídea Negra olía a sándalo y a jengibre recién rallado, un aroma denso que se metía en la ropa antes de cruzar la puerta. Sevilla ardía afuera, pero adentro reinaba una penumbra calculada: farolillos de papel de arroz derramando círculos ámbar sobre los manteles oscuros, biombos bajos, conversaciones que nunca llegaban a ser palabras. El suelo de tarima crujió bajo mis zapatos y delató cada paso, como si el local exigiera silencio.
Otro restaurante pretencioso. Pero ella lo eligió, así que algo tendrá. ¿Ella? Diana. Sí, Diana. Creo.
—¿Te gusta? —preguntó la mujer que tenía enfrente, con una sonrisa esperanzada que me resbaló sin dejar marca.
—Es… impresionante —respondí en automático, sin mirarla del todo.
Tercera cita de la semana. El martes una tal Sandra, castaña, risa fácil, aburrida como ver secarse la pintura. El jueves otra cuyo nombre ya ni recordaba, profesora de algo, o arquitecta. Y ahora el sábado, esta mujer atractiva sonriéndome desde el otro lado del mantel. Todas guapas, todas inteligentes, todas con ese brillo de esperanza que me hacía sentir un canalla, porque lo único que conseguían arrancarme era una erección de cortesía, de las que aparecen por compromiso social y no por deseo real.
Soy un cabrón patético intentando follarme el olvido.
Diana acariciaba el mantel con sus uñas pintadas de rojo y hablaba del local, de que la dueña controlaba cada detalle como si fuera su imperio personal. Yo abría la carta sin leerla, con toda la atención partida entre fingir interés y el zumbido constante de Vera vibrándome en la cabeza como un tinnitus erótico.
—Pide tú —dije con mi mejor sonrisa—. Seguro que tienes más criterio que yo.
Diana sonrió, complacida, y se inclinó hacia el camarero. Y entonces mi mirada vagó por la sala buscando cualquier cosa que me sacara del bucle. Y se detuvo en seco.
Vera.
El mundo se redujo a un túnel con su rostro al final. La música de cuerda, el tintineo de los cubiertos, la voz de Diana: todo se desvaneció. Vera estaba tres mesas más allá, de perfil, con un vestido azul marino que se le ceñía como una segunda piel y marcaba cada músculo de un cuerpo trabajado en el gimnasio con una constancia que rozaba la obsesión. El pelo castaño claro recogido en su melena corta, y esos mechones blancos que le nacían en las sienes brillando bajo el ámbar de las velas, ese toque de plata involuntario que la volvía inconfundible.
¿Por qué aquí? ¿Por qué esta noche?
Y, por supuesto, no estaba sola. Rufino ocupaba la silla de enfrente como un mueble olvidado en una habitación demasiado elegante para él. Su camisa a cuadros colgaba holgada sobre un cuerpo que había perdido músculo con los años; manipulaba los palillos con torpeza y acabó pidiendo un tenedor con un gesto avergonzado. El contraste era abismal: ella irradiaba una corriente eléctrica que apagaba todo a su alrededor; él era una fotografía descolorida, un hombre que ya no estaba del todo presente en su propia vida.
Y con él. Siempre con él. Como será siempre.
—¿Andrés? —La voz de Diana me devolvió a la mesa—. Te has quedado muy callado.
—Perdona. Estaba pensando —mentí, sin apartar la vista de Vera.
Y entonces ella giró la cabeza. No de golpe, sino con una naturalidad ensayada, como si solo quisiera echar un vistazo casual a la sala. Pero sus ojos color miel, con esos tonos dorados que parecían guardar todos los secretos del mundo, se clavaron en los míos. Su rostro no cambió, no sonrió abiertamente, pero las comisuras de sus labios —esos labios que yo había mordido hasta hacerla gemir— se curvaron una fracción de milímetro. Una sonrisa mínima, visible solo para quien sabía leerla.
Solo para mí.
Sentí un tirón en la entrepierna que no tuvo nada de sutil. Me endurecí de golpe contra la tela del pantalón mientras Diana preguntaba algo sobre el vino. Contesté lo que fuera. Vera me sostuvo la mirada un segundo más, dos, y luego se volvió hacia Rufino, interpretando a la esposa atenta con una maestría que dolía.
Cogió su copa de tinto, bebió un sorbo, y al dejarla su mano libre cayó sobre su propio muslo. No lo apoyó: lo acarició, despacio, subiendo bajo el borde del vestido mientras seguía asintiendo a algo que decía su marido. Luego volvió la mano a la copa, bebió otro sorbo y, mirándome por encima del borde, se metió el índice en la boca y lo chupó, envolviéndolo con la lengua a la luz de las velas.
Sentí que iba a correrme allí mismo, sin que nadie me tocara, solo por la imagen de esa boca que conocía de memoria.
—Andrés, ¿me escuchas? —Diana sonaba molesta.
—Sí, perdona. ¿Qué decías? —Me obligué a mirarla por primera vez en toda la noche.
—Te preguntaba por tu trabajo.
—Consultor de sistemas —recité un guion que podía repetir dormido—. Redes, seguridad, esas cosas.
Asentí en los momentos justos mientras ella hablaba de su empresa y de su jefe imbécil, pero mi cerebro estaba secuestrado. Sabía a qué sabía la piel de Vera. Sabía qué sonido hacía al correrse. Sabía que bajo ese vestido llevaba, casi con seguridad, el tanga que yo le había regalado la semana anterior.
Llegaron los entrantes humeantes, pero yo no podía tragar; la garganta cerrada, el estómago hecho un nudo de cables. Vera, en cambio, comía con una destreza que yo nunca conseguí, y reía una risa cortés y falsa con algo que dijo Rufino.
Conmigo no ríe así. Conmigo se abandona.
Como si me hubiera oído pensar, dejó caer un palillo. Lo vi rodar y caer al suelo con un tintineo casi inaudible.
—Ay, qué torpe —dijo, lo bastante alto para que oyera por primera vez su voz ronca esa noche.
Y se agachó. Desapareció bajo la mesa. Vi doblarse sus piernas, cubiertas por medias de seda, mientras su mano buscaba. Y entonces giró la cabeza y me miró desde las sombras, con la boca entreabierta y la lengua asomando apenas entre los labios, una promesa que no necesitaba palabras.
No pude más.
Me levanté de golpe, tan brusco que la silla chirrió contra la tarima. Diana me miró sorprendida, con el tenedor a medio camino.
—Disculpa. Vuelvo enseguida —dije sin mirarla.
Caminé hacia los servicios con las piernas rígidas. Al pasar junto a la mesa de Vera, su perfume —jazmín y madera de cedro— me envolvió, y ella dejó caer la servilleta. No la recogió. La dejó allí, en el suelo, como una invitación. Seguí sin detenerme, sabiendo que me seguiría.
El aseo de hombres era un espacio pequeño y lujoso: un único lavabo de mármol negro, grifería dorada, toallas de lino apiladas en una cesta. Abrí el grifo, me mojé la cara con agua fría, respiré hondo.
Contrólate. Ella está con su marido. Tú estás con Diana. Esto es una locura.
La puerta se abrió. Vera entró sin vacilar, cerró tras de sí y echó el pestillo. El clic del cerrojo fue el disparo de salida.
No hubo palabras. No las necesitábamos. Crucé los dos metros que nos separaban en tres zancadas, la agarré por la cintura y la empujé contra la puerta con una fuerza que hizo vibrar el marco. Soltó un jadeo a medio camino entre la sorpresa y el placer, sus manos volaron a mi nuca y nos besamos. Fue un beso de dientes y lengua, un beso que decía «te he echado de menos» y «te odio por hacerme esto» a la vez. Sabía a Rioja, a jengibre, y debajo de todo a ella, ese sabor que me volvía loco. Le mordí el labio inferior hasta que gimió contra mi boca.
—Andrés —jadeó cuando rompí el beso para respirar—. Joder, Andrés…
—No hay tiempo —susurró cuando intenté quitarle el vestido—. Sube la falda.
Fue la orden más erótica que había oído nunca. Deslicé las manos por sus caderas, encontré el borde del vestido y lo subí sin delicadeza. Reveló sus muslos firmes cubiertos por medias de seda, el liguero negro de encaje sujeto con broches delicados, y debajo, apenas ocultando nada, el tanga que yo le había regalado.
—Me lo he puesto para ti —susurró, mordiéndome el lóbulo—. Vi en tu perfil de la app dónde habías reservado. Solo hay un sitio en Sevilla que haga el dim sum como Dios manda.
Me ha cazado. Ha venido aquí sabiendo que me encontraría. Con su marido de cebo. Esta mujer está loca, y yo estoy perdido.
Aparté el tanga a un lado y mis dedos encontraron su sexo desnudo, caliente, resbaladizo.
—Estás chorreando —gruñí.
—Llevo toda la cena así —jadeó—. Desde que te mordiste el labio como un crío. Mételos.
Hundí dos dedos de un solo movimiento. Entraron sin resistencia, envueltos en su calor sedoso, y ella ahogó un grito mordiéndose el puño mientras se contraía a mi alrededor con espasmos que la delataban.
—¿Ya? —jadeé contra su cuello—. ¿Solo con esto?
—Más de una semana —se justificó en un susurro roto—. Más de una semana sin ti.
—Una semana y dos días —corregí, respirando su jazmín mezclado con sudor—. He contado cada día.
Curvé los dedos y busqué ese punto que la deshacía. Cuando lo encontré, gritó contra mi hombro y sus piernas flaquearon.
—Te necesito a ti —gimió, y esas palabras casi me hicieron correr—. A ti, joder, no a esto…
Algo se rompió en mi pecho, algo que llevaba conteniendo desde la última vez. Porque era más fácil esto —follar en el baño de un restaurante— que admitir que me estaba enamorando de una mujer que nunca sería mía.
—Córrete en mis dedos —ordené contra su boca—. Quiero sentirte.
Y obedeció. Su orgasmo la golpeó como una ola; sus paredes se contrajeron alrededor de mis dedos, temblaron sus rodillas y tuve que sostenerla con el brazo libre. Se mordió la tela de mi camisa para silenciarse. Cuando por fin se calmó, retiré los dedos, empapados y brillantes, y sin apartar la mirada de sus ojos me los llevé a la boca y los chupé. Su sabor explotó en mi lengua, ácido y almizclado y adictivo, y ella me miró con una lujuria renovada que me dijo que esto estaba lejos de terminar.
—Ahora tú —jadeó.
Sus manos bajaron a mi cinturón, lo desabrocharon con dedos torpes y me liberaron. Solté un gruñido cuando su mano pequeña y fuerte se cerró alrededor de mí; estaba tan duro que dolía. Pero no quería que esto fuera tierno. La giré bruscamente hasta dejarla de cara a la puerta, con las manos apoyadas en la madera lacada, y le separé las piernas de una patada suave. Obedeció al instante, arqueando la espalda, ofreciéndose.
El vestido subido hasta la cintura, el liguero negro, el tanga desplazado: su culo firme se alzaba hacia mí en una invitación que no pedía palabras. Me guie hacia su entrada y me hundí de un solo golpe, profundo, hasta el fondo. El grito que soltó fue animal y tuve que taparle la boca con la mano mientras la embestía hasta chocar contra ella. Estaba tan apretada, tan caliente, que era casi doloroso.
—Me vas a hacer correr ya —gruñí contra su oído.
Ella sacudió la cabeza y empujó hacia atrás, marcándome el ritmo. Empecé a follarla rápido, frenético, sin ternura. Eran semanas de frustración explotando en cada embestida, el resentimiento de verla con Rufino, el dolor de saber que después volvería a su mesa. El sonido de mi piel contra la suya llenó el baño. La miré en el espejo sobre el lavabo: doblada, el vestido arrugado en la cintura, mi reflejo tenso, los dientes apretados.
—Mira cómo te follo —gruñí, retirando la mano de su boca.
Levantó la cabeza y nuestros ojos se encontraron en el cristal, vidriosos, perdidos.
—Más fuerte —jadeó—. Más fuerte, joder.
Mi mano libre se deslizó entre sus piernas y encontró su clítoris hinchado. Lo froté en círculos sincronizados con las embestidas, y ella se sacudió.
—Vas a correrte otra vez —dije, sintiendo cómo se tensaba—. En mi polla, mientras tu marido te espera ahí fuera.
—Sí —jadeó sin vergüenza—. Sí, me voy a…
Su segundo orgasmo fue más violento que el primero. Se contrajo con tanta fuerza que casi me expulsó, las piernas temblándole, la espalda arqueada hasta el límite. Fue demasiado para lo poco que me quedaba de control. Semanas de abstinencia, de noches en vela pensando en su voz ronca, explotaron a la vez.
—Me voy a correr —gruñí.
—Dentro —jadeó—. Dentro. Quiero sentirte.
Y eso fue todo. Me enterré hasta el fondo con un rugido que ahogué mordiéndome el puño y me vacié dentro de ella, sacudida tras sacudida. Me desplomé sobre su espalda, sin aliento, el corazón golpeándome los oídos.
Y entonces, en el espejo, un destello de jade.
¿Qué…?
Levanté la vista de golpe. El reflejo me devolvió solo mi imagen: despeinado, sudoroso, Vera doblada bajo mi cuerpo, la puerta cerrada detrás. Habría jurado que un segundo antes había algo. O alguien. Una tela verde brillante, unos labios rojos, unos ojos oscuros mirándome en el instante exacto en que me corría.
Imposible. Has echado el pestillo. Estabas tan perdido en ella que has alucinado.
Pero había sido tan real. No con escándalo, no con asco: con algo parecido al hambre. Parpadeé, volví a mirar. Solo estábamos nosotros, el baño en penumbra, las toallas de lino verde jade apiladas en la cesta. Me temblaban las manos, y no solo por el orgasmo.
Me retiré de ella despacio. Cogí unas toallas, me arrodillé y le limpié los muslos con una ternura que contrastaba con la ferocidad de hacía un momento.
—Es mucho —murmuró, mirando abajo con media sonrisa.
—Han sido dos semanas —respondí.
Le recoloqué el tanga, le bajé el vestido y lo alisé hasta dejarlo perfecto. Ella se miró en el espejo e hizo una mueca: el maquillaje corrido, los labios hinchados.
—Voy a tener que inventarme algo —murmuró, abriendo el grifo—. Rufino es imbécil, pero no ciego.
Rufino. Siempre Rufino. Siempre volviendo a él.
Cuando terminó de retocarse, se giró hacia mí. Por un momento solo me miró, con algo en los ojos que podía ser ternura o culpa o simple cansancio.
—Andrés… —empezó.
—No digas nada —la interrumpí—. No hace falta.
Asintió. Se puso de puntillas, me besó —un beso suave, casi casto, un beso de despedida— y salió sin mirar atrás. Esperé dos minutos, el tiempo justo para que se me calmara la respiración y el rubor, y volví al comedor.
Vera ya estaba en su mesa, comiendo tranquila junto a Rufino, como si nada. Él seguía absorto en su plato, completamente ajeno a que su mujer acababa de ser follada a diez metros de donde cenaba. Volví con Diana, que me miró entre el alivio y la molestia.
—Has tardado mucho.
—Problemas de estómago —mentí.
El camarero se acercó a ofrecer el postre y, justo entonces, una figura se detuvo junto a mi mesa. Era la dueña. La señora Cheng, según la placa dorada prendida a su qipao de seda jade. Una mujer imponente, en algún punto cercano a los sesenta, con una presencia que llenaba el aire como la gravedad misma. El pelo negro con hilos de plata recogido en un moño alto sostenido con palillos lacados, los labios de un rojo oscuro. El qipao se le adhería al cuerpo y la abertura lateral llegaba casi hasta la cadera, dejando ver la pierna cuando se movía.
—Espero que la cena haya sido de su agrado —dijo con una voz profunda y aterciopelada, un español perfecto matizado por su acento.
Sus ojos estaban clavados en mí. No en Diana. En mí.
—Excelente —respondí, tratando de recomponerme.
—Un hombre que aprecia nuestro dim sum casero… —Hizo una pausa deliberada—. Tiene buen gusto. O quizá solo nostalgia de algo más auténtico.
La frase fue una daga cargada de insinuación, y lo confirmaron sus labios curvados, su cabeza ligeramente inclinada.
Me está insinuando. Ahora. Justo después de lo que acabo de hacer. ¿En serio?
Diana carraspeó, un sonido pequeño y tenso. La señora Cheng la miró por fin, como si apenas reparara en su existencia.
—Su acompañante ha elegido bien —dijo con una cortesía que sonó falsa—. La Orquídea Negra es un lugar para ocasiones especiales.
Y se alejó, no sin antes dejar que su mano me rozara el hombro un segundo. La vi cruzar entre las mesas con un caminar estudiado y sentarse en una mesa elevada del rincón, dos escalones por encima del resto. Desde aquel trono observaba su reino. Y sus ojos volvían a mí una y otra vez.
—Es muy intensa, ¿no? —comentó Diana, disimulando mal su molestia—. La dueña.
—Habrá que serlo para llevar un sitio así —respondí, pinchando el postre sin verlo.
Pero mi mirada volvió a Vera, y la encontré observándome también. Y, dos escalones más arriba, la señora Cheng me observaba a su vez con esa sonrisa de halcón. De algún modo tuve la horrible certeza de que la dueña sabía exactamente lo que había pasado en su baño. Y de que no le importaba en absoluto. O peor: de que le gustaba.





