El tendero maduro que cerró la tienda para mí
Antes de empezar con este relato quiero contarles un poco de mí, para que entiendan el viaje. Me llamo Daniela, nací en marzo y hoy tengo veintiocho años. Soy bajita, de piel clara, cabello castaño largo y ojos café. Nunca fui de excesos: un par de copas y nada más. Mi único vicio siempre fue el sexo, y de eso voy a hablarles.
Soy mexicana, aunque hace años que vivo en otro país. Empecé a descubrir mi cuerpo cuando ya era una mujer adulta, durante la universidad, y desde el principio supe que los chicos de mi edad no me interesaban. Lo mío eran los hombres mayores, experimentados, los que sabían lo que hacían.
En relatos anteriores les conté sobre Rubén, el amigo de mi padre, el primer hombre maduro que me llevó a la cama de verdad. Esta vez les hablaré de Marcos, el dueño de la tienda de mi colonia, que me cogió esa misma noche. Los nombres y los lugares están cambiados, por razones obvias. Acompáñenme.
***
Aquella tarde con Rubén me había dejado encendida y con ganas de más. Pero él recibió una llamada y tuvo que irse corriendo, así que me quedé sola en casa, limpiando y dándome un baño largo para calmar la calentura. Mis padres habían salido a casa de mi tío Raúl y no volverían hasta el día siguiente.
Me puse unos leggings, una playera y nada más debajo de un top deportivo. Tenía hambre y ya era tarde, así que salí a comprar algo de cenar. Caminé unas cuantas cuadras viendo opciones, compré unos tacos y pasé a la tienda de Marcos por un refresco y unas frituras.
A Marcos lo conocía desde hacía meses. Siempre me saludaba con una sonrisa amplia y me miraba mientras yo me decidía por mi botana. Esa noche, cuando le pagué, me miró distinto.
—¿Y entonces, cuándo vamos a salir a dar una vuelta? —me dijo.
Acepté sin pensarlo demasiado. Ya me había invitado antes y siempre inventaba alguna excusa para posponerlo. Pero esa tarde con Rubén me había aclarado la cabeza, y Marcos supo aprovechar el momento. Me pidió mi número y quedamos para la semana siguiente.
—Mira, por mí salíamos ahorita mismo. Cierro la tienda y nos vamos a divertir, preciosa —insistió.
Yo solo sonreí. Su propuesta me prendió, pero todavía esperaba alguna señal de Rubén, así que le dije que mejor entre semana. Regresé a casa, prendí la tele y cené mientras esperaba un mensaje que no llegaba. En eso, Marcos empezó a escribirme.
Chateamos un rato. Agarró confianza enseguida, me mandó fotos, y yo tardaba en contestar para no ceder mientras seguía pendiente del otro. Le marqué a Rubén y no contestó. Cuando colgué, ya tenía un montón de mensajes de Marcos sin leer. Entonces sonó el teléfono.
—Hola, ¿qué crees? Ya no voy a poder ir, mi amor. Tuve que volver a casa, nos vemos otro día —me dijo Rubén, y colgó.
Y ahí lo decidí. Empecé a escribirle a Marcos.
—Oye, ¿qué crees? Sí puedo salir contigo ahorita, pero solo un par de horas —le mandé, un poco nerviosa.
—¿De verdad, preciosa? No te preocupes, dos horas son más que suficiente. Pero compláceme: ponte una falda corta, de esas que siempre traes, te ves riquísima —contestó.
—Me pongo lo que quieras, pero solo si me prometes que me vas a coger bien —le dije, ya rendida a mis ganas.
—Por eso ni te preocupes, mi reina. Aquí te hago lo que me pidas.
Subí a cambiarme emocionada. Me puse una minifalda, una blusa sin sostén, una tanga de encaje rosa, y agarré una chamarra. Salí de casa temblando del morbo. Sabía perfectamente lo que iba a pasar y ya no podía echarme para atrás.
***
Al llegar a la tienda había gente adentro. Marcos me hizo una seña para que esperara y siguió atendiendo. Cuando terminó, abrió la puertita del mostrador y me dejó pasar. Me saludó con un beso, me tomó de la mano para darme una vuelta y nos abrazamos. Empezó a besarme y los ánimos subieron rapidísimo. Sus manos se metieron bajo mi falda.
—No sabes las ganas que tengo de cogerte —me dijo al oído, agitado.
Me miraba con los ojos cargados de deseo. Sus manos apretaban mis piernas y mi trasero mientras yo lo abrazaba del cuello. Poco a poco bajé las mías hasta su entrepierna. Apenas sentí un bulto pequeño, y me extrañó no notar la erección que esperaba de un hombre así.
Seguí frotándolo. Con la calentura a tope, le desabroché el pantalón aprovechando que no entraba nadie y metí la mano bajo su ropa. Lo que encontré era diminuto.
—Ten cuidado, porque si despiertas a la fiera te la vas a tener que comer toda —me dijo, muy seguro de sí mismo.
Lo tomé como un reto. Empecé a masturbarlo recordando lo que Rubén me había enseñado esa misma tarde. Y entonces sentí cómo ese trozo de carne empezaba a crecer entre mis dedos, mucho más de lo que jamás habría imaginado. Me quedé sorprendida del tamaño que llegó a tener.
Me puse de rodillas detrás del mostrador y seguí. El mueble me ocultaba por completo, así que cuando entró un cliente, Marcos lo atendió mientras yo jugaba con su verga escondida. Había algo intensísimo en verlo despachar conteniéndose. En cuanto se desocupó, empecé a chupársela. Estaba dura, gruesa, caliente.
Cerca había un yogur de fresa que él vendía. Lo abrí, comí un poco y, de pura travesura, le unté un poco encima y seguí chupando como si fuera cuchara. Él apretaba los ojos, gemía bajito y vigilaba la puerta. Después de varios minutos no aguantó más. Salió a bajar la cortina de la tienda.
Mientras lo hacía, yo me quité todo menos los tenis y salí al pasillo. Al verme desnuda corrió a abrazarme, quitándose la ropa a tirones. En medio del pasillo extendió su ropa en el suelo, se acostó y yo lo monté. Me metí su verga poco a poco, hasta el fondo. Qué sensación tan rica tenerlo entero adentro.
Me quedé quieta unos segundos, disfrutando, y después empecé a moverme. Mis gemidos subieron de tono mientras lo cabalgaba.
—Así, chaparrita, cómetela toda, estás bien apretadita —me decía entre jadeos.
Me apoyé sobre los pies, como en cuclillas, y así la penetración se volvió más profunda. Me vine en minutos, con un orgasmo tan fuerte que tuvo que sostenerme. Quise gritar, pero los espasmos me ahogaban la voz.
Me dejé caer sobre él. Esperó a que me recuperara y nos giró sin sacarla. Me acomodó bajo su cuerpo, me levantó las piernas y empezó a embestirme con fuerza, apoyándose en ellas. Cada empujón llegaba hasta el fondo. Yo estaba agotada, casi llorando de placer, pero quería más.
Siguió hasta sacarme otro orgasmo, y esta vez no se detuvo. Me besó con pasión y me pidió al oído que me empinara, que quería verme de frente. Apenas podía moverme, pero lo complací. Me ayudó a darme la vuelta y, con mi trasero a su alcance, me lamió entera antes de penetrarme de nuevo.
Esta vez fue lento al principio, y aceleró al oírme gemir. Empecé a gritar y a pedirle más. Me sujetó de la cadera y me dio con todo hasta hacerme acabar otra vez. Él ya no soportó: se vino sobre mi espalda, y con la mano repartió el calor por toda mi piel. Después fue por unos pañuelos y me limpió con un cuidado que me derritió.
***
—Oye, vente a mi casa —me dijo mientras nos vestíamos—. Te preparo algo de cenar, duermes conmigo, y en la mañana cogemos otra vez.
La oferta me gustó. Le dije que primero pasaba a casa por ropa. Llamé a mis papás, que seguían en la fiesta, medio tomados y de buen humor; me dijeron que volverían hasta la tarde siguiente. Tomé una toalla, algo de ropa y mis cosas en una mochila y regresé a la tienda.
Marcos terminaba el corte de caja. Pedimos un taxi a su casa. Vivía solo, tenía treinta y seis años, era de Tabasco, alto, moreno, de pelo corto y rizado, soltero y sin hijos. Su pequeño departamento estaba impecable, todo limpio y en orden. En la cocina preparó un espagueti con salchichas. Quise ayudar, pero no me dejó.
—Tranquila, mi amor. Eres mi invitada —dijo, sirviéndome un jugo.
Cenamos a gusto, platicando de todo un poco. Luego nos metimos juntos a bañar. Era la primera vez que me bañaba con un hombre. Nos enjabonamos, nos enjuagamos y nos secamos el uno al otro entre besos. Me puse un short chiquito y una playera; él, solo un bóxer. Todavía me costaba creer cómo esa verga tan modesta se transformaba en lo que había vivido esa noche.
Nos metimos bajo las cobijas y me abrazó. Me sentí plena, no de amor, sino de algo más simple y honesto. Sabía que al despertar me cogería otra vez, y eso me hacía feliz. Me quedé dormida sobre su pecho.
Desperté temprano, antes de las siete. Fui al baño y, al volver, lo encontré dormido. Le di besitos para despertarlo y descubrí que ya estaba duro. Empecé a acariciarlo, después me metí bajo las cobijas y se la chupé despacio, jugando con la lengua mientras él se removía. Me quité la ropa, ya estaba mojada, y seguí hasta que abrió los ojos, maravillado.
—Buenos días, princesa. Apenas me cae el veinte de que estás aquí —dijo entre suspiros.
Le sonreí, lo besé por todo el cuerpo y me jaló hacia él. Abrí las piernas, tomé su verga y me la metí de a poco, gozando cada centímetro. Empecé a moverme lento, con sus manos sobre mis pechos y sus dedos en mi boca. Aceleramos el ritmo y mis gemidos se volvieron gritos contenidos. Me apretaba el trasero, me daba leves nalgadas y mordía mis pezones.
Me vine sobre su pecho y nos besamos. Entonces me pidió acostarme de espaldas a él, en cucharita, para sentir mi cuerpo pegado al suyo. Me abrió y me penetró de golpe, sujetándome de la cadera.
—Si pudiera, te cogía todo el día, pero tengo que ir a trabajar —murmuró, abrazándome.
Su respiración se agitó. No lo detuve. Sentí su descarga dentro de mí, acompañada de sus gemidos, hasta que se vació por completo. Nos quedamos así unos minutos, y me encantó esa cercanía. Después nos bañamos, nos arreglamos y pedimos un taxi de vuelta.
***
Le pedí al chofer que parara unas cuadras antes de mi casa. Le di un beso a Marcos y me despedí. Mis papás aún no llegaban; la fiesta se había extendido hasta la madrugada. Subí al cuarto de lavado con la ropa de la noche anterior, marcada por todo lo vivido, y me sentí otra. Ya no era la chica tímida de antes. Había despertado algo en mí.
Marcos me escribía proponiendo vernos de nuevo. Yo quería más de ese hombre, pero no podía escaparme tan seguido. Pasaron unos días hasta que la universidad nos soltó temprano y aproveché para ir a verlo. La tienda estaba sola a esa hora. Apenas entré, empezamos a besarnos detrás del mostrador.
—Te ves bien rica, ya quiero que me la chupes así —me dijo.
Obediente, me arrodillé. Empecé a chupársela mientras él vigilaba, conteniendo los gemidos. Verlo así me sacó una risita. Entonces entró alguien y me quedé congelada. Con los pantalones a media pierna, fue a despachar como pudo, mientras yo, escondida, me desabrochaba la blusa y le enseñaba los pechos. Cuando se giró, me puse a gatas y le mostré todo, provocándolo.
Pero la gente no paraba de entrar. Tardó casi veinte minutos en desocuparse y su erección bajó. No me importó: se la puse dura otra vez con la boca, sintiendo cómo crecía despacio. Esta vez me apuré, se la chupé con ganas, y cuando menos lo pensé se vino en mi boca. El sabor intenso me ganó y tuve que escupir. Era la primera vez que me pasaba, y estuve a punto de marearme. Él me dio unos pañuelos, divertido.
***
Seguimos en contacto. A la hora de comer me mandaba un mensaje y yo me escapaba un rato; a veces solo nos dábamos unos besos y una manoseada rápida, porque no me dejaban tardar. Los días que nos sacaban temprano de clase eran los mejores.
Un viernes salí pasadas las diez. Le avisé y me esperó. Llegué, nos fundimos en besos y caricias, y ya estábamos los dos encendidos.
—Dame un momento, déjame cerrar. Hoy no me voy a quedar con las ganas —dijo, y corrió a echar el seguro.
Cuando volvió, me arrodillé y se la chupé. Esta vez me sujetó del pelo y marcó el ritmo. Luego me levantó, me giró, me subió la falda y me bajó la tanga hasta los tobillos. Me pasó la punta por toda la zona, pero el muy cruel no me la metía: me hizo rogarle. Y le rogué.
Me la clavó de una, sacándome un grito. Sus embestidas eran intensas; me recargué en una banca para recibirlo mejor. De reojo veía su reloj: no podía tener la tienda cerrada mucho tiempo. Aceleramos, nuestra piel chocaba, y tuvo que taparme la boca para que no nos oyeran. Me vine con las piernas temblando.
Él no se detuvo. Me nalgueó hasta el borde, me la sacó y me arrodillé otra vez. Se vino en mi boca, mirándome. Una vez más el sabor me ganó y escupí casi todo, pero una gota quedó en mi lengua y la saboreé despacio. Le di unas lamidas finales, nos acomodamos la ropa entre jadeos y me pasó unas toallitas para limpiarme antes de abrir.
***
Pasaron varios días sin poder verlo. Lo peor era que me estaba volviendo adicta a él, a su tienda, a esa adrenalina. No recuerdo si estaba castigada o enferma, solo que no podía salir. Pero, como dicen en mi tierra, nada dura para siempre, y otra oportunidad apareció: una tía enfermó y mi madre fue a cuidarla, dejándome un par de horas libres.
Decidí sorprenderlo. Me bañé, me puse uno de esos shorts que tanto le gustaban, una playera de tirantes sin nada debajo, y salí caminando con un morbo que me recorría entero. Antes de entrar me subí el short tanto que se marcaba todo. Su mirada al verme lo dijo todo. Abrió la puerta del mostrador y, sin una palabra, nos fundimos en besos.
—No sabes cuánto te extrañé. Ven —me dijo, llevándome a la bodega.
Nos quitamos la ropa. Me cargó, lo abracé con las piernas y, apenas sentir su verga adentro, me vino un orgasmo brutal por todas las ganas acumuladas. Me recargó sobre unas cajas de cerveza y me dio con todo. No le importó dejar la tienda sola; por momentos sonaba el timbre, pero él seguía. Me empinó sobre las cajas, después se sentó y me subí a horcajadas para cabalgarlo.
Me corrí otra vez en esa posición, gozando los espasmos mientras me chupaba los pechos. El timbre no paraba, pero a él no le importaba. Mi cuerpo rebotaba sobre el suyo hasta que empezó a gemir más fuerte. Me bajé y me arrodillé. Se levantó, se masturbó rápido, atrapé su punta entre mis labios y se vino. Esta vez me concentré, respiré hondo y logré tragarlo. Nos miramos satisfechos.
Nos vestimos sin hablar; no hacía falta. En eso sonó mi teléfono: era mi madre, ya de regreso. Tuve que salir casi sin despedirme y corrí a casa para llegar primero. Apenas alcancé a enjuagarme y peinarme cuando ella entró. La saludé como si nada.
***
La última vez que estuvimos juntos lo hicimos dentro de la tienda, sin cerrar la puerta, expuestos a que entrara cualquier cliente. Esa adrenalina hizo que fuera el mejor de todos nuestros encuentros. Empecé chupándosela detrás del mostrador; cada vez que entraba alguien me detenía, y él hacía muecas apretando los puños hasta que podíamos seguir.
Me empiné en la silla y me cogió duro, rápido, deteniéndose solo lo justo cuando se abría la puerta. Lo más intenso fue cuando lo monté. Tuvimos que parar varias veces para que despachara, pero la pasamos delicioso. Al borde del orgasmo aceleré y no me detuve hasta acabar, con suerte de que nadie entrara en ese instante.
Justo cuando él estaba a punto de venirse, mientras se la chupaba, sonó la puerta. No le quedó otra que tirarse al suelo, y yo me pegué a él hasta que terminó, los dos conteniendo el aliento. Los toquidos se hicieron más fuertes. Tuvo que arrastrarse a la bodega, y yo me hice bolita detrás del mostrador. Cuando regresó y despachó, me levanté, lo besé y me quedé un rato más.
Volví a casa con las piernas temblorosas y una sonrisa enorme. Marcos era un gran amante, pero todo tiene un fin: la dueña vendió la tienda y a él lo dejaron ir. Tuvo que volver a Tabasco. Seguimos en contacto un tiempo; años después todavía me escribía, invitándome a repetir aquellas tardes en su tienda.
Yo me convertí en una mujer descarada y golosa, nada que ver con la chica tímida de antes. Mis amigas notaron el cambio. En las fiestas era la más atrevida, y los chicos me buscaban más que a Melisa o a Mónica. Pero los de mi edad ya no me interesaban: yo buscaba hombres maduros, experimentados, los amigos de mi padre, los vecinos, los comerciantes del barrio. Esos que sabían lo que hacían.
Aún me sorprende cómo cambió mi vida en apenas un par de meses. Aquello fue solo el preámbulo de todo lo que vendría después, y de eso les hablaré en los próximos relatos. Ojalá me acompañen en este camino lleno de deseo y aventuras.
Les dejo besos, y no olviden que yo soy y seré siempre suya... Daniela.





