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Relatos Ardientes

La propuesta del abuelo de mi compañera de clase

Tenía veintidós años y cursaba el tercer año de la carrera. Aquel semestre me tocó un trabajo final en grupo, y el profesor armó los equipos a su antojo, sin preguntar a nadie. Caí con dos compañeras del aula con las que cruzaba algún saludo en los pasillos, pero a las que jamás habría llamado amigas.

Cuando nos sentamos a coordinar, el acuerdo salió rápido: nos reuniríamos en casa de Sofía. Su casa quedaba casi en el punto medio entre lo de Carolina y lo mío, y para las dos el viaje era cómodo. En esos años todavía no existían las reuniones virtuales como ahora. Teníamos los chats, claro, pero los trabajos importantes se hacían en persona, cara a cara, con los apuntes desparramados sobre una mesa.

Ese trabajo pesaba el sesenta por ciento de la nota del curso. El otro cuarenta salía del promedio entre el parcial y el final. Yo había sacado un diecisiete en el parcial, así que con un buen trabajo tenía el curso prácticamente asegurado. Para Sofía y Carolina la cosa era distinta: las dos habían desaprobado el parcial y necesitaban una nota alta para no quedarse abajo. Las tres alineadas con el mismo objetivo. Al final, aunque ese no es el tema, hicimos un trabajo excelente y aprobamos las tres sin sobresaltos.

Durante la segunda reunión apareció el abuelo de Sofía. Un señor de unos sesenta y dos años, delgado, de pelo plateado peinado hacia atrás y muy bien vestido. La familia de Sofía tenía dinero, y eso se notaba en cada detalle de la casa. Nos saludó con una cortesía de otra época, preguntó por la carrera y pidió comida china a domicilio para que cenáramos mientras estudiábamos.

Me pareció un hombre amable y conversador, y nada más. No volví a pensar en él esa noche.

En la tercera reunión volvió a estar en la casa, y otra vez se ocupó de la comida. Cuando terminamos y nos disponíamos a salir, nos preguntó a Carolina y a mí dónde vivíamos. Yo quedaba en su camino. Se ofreció a llevarme en su auto y, de paso, acercar a Carolina hasta la parada del colectivo. Un gesto generoso, propio de un abuelo atento. En ese momento no se me ocurrió pensar en otra cosa.

Dejamos a Carolina en su parada. Y entonces, ya solos en el auto, algo en su trato cambió.

—Eres una mujer muy hermosa —dijo, mirando el semáforo en rojo—. Y hay algo en ti que no es solo belleza. Es una manera de moverte, de hablar. Sensualidad, supongo.

Me sonrojé hasta las orejas y le agradecí en voz baja, sin saber bien hacia dónde mirar. El aire dentro del auto se volvió denso de golpe.

—No me malinterpretes —siguió, sin perder esa calma elegante—. Soy un hombre directo, a mi edad uno deja de andar con vueltas. Podría ayudarte económicamente si aceptaras verme en privado de vez en cuando. Nada que no quieras. —Hizo una pausa y arrancó cuando cambió la luz—. No me respondas ahora. Piénsalo con tranquilidad.

¿Acababa de escuchar lo que creí escuchar?

Después de soltar aquello, volvió a ser el anciano cordial de siempre. Me preguntó por mis materias, por mis planes, me habló de su nieta con un orgullo de abuelo, de los viajes que había hecho de joven. Como si los últimos treinta segundos no hubieran ocurrido. Llegamos a mi barrio —no era un barrio pobre, pero sí mucho más modesto que la urbanización amurallada de Sofía— y me dejó frente a mi casa. Nos despedimos con un beso suave en la mejilla, su perfume caro todavía flotando cuando cerré la puerta del auto.

***

Pasé varios días dándole vueltas a su propuesta. No podía sacármela de la cabeza.

Conocía a varias chicas de la facultad que tenían amigos mayores que las ayudaban con la plata. No se hablaba abiertamente del asunto, pero al final todo se termina sabiendo. Lo que hoy llaman sugar daddy existió siempre, solo que sin la frescura ni la naturalidad con que se nombra ahora. Antes era un secreto que se cargaba con vergüenza; hoy casi es una categoría.

Me preguntaba qué tipo de mujer aceptaría algo así. Y enseguida me respondía que tal vez yo. La idea me asustaba y, al mismo tiempo, me encendía algo en el estómago que no quería nombrar. No era amor, eso lo tenía clarísimo. Era otra cosa: la curiosidad de cruzar una línea, la sensación de tener un poder que nunca había ejercido, y sí, también el dinero, que a esa edad y con mis cuentas siempre ajustadas no era un detalle menor.

Pensé en mi novio de entonces. Un chico de mi edad, dulce, torpe, que todavía me trataba como si yo fuera de cristal, que me follaba con miedo de romperme y se corría a los tres minutos pidiéndome perdón. Pensé en lo distinto que sería todo con un hombre que sabía exactamente lo que quería y no temía pedirlo, un hombre que me abriría las piernas sin pedir permiso y me haría acabar sin preguntar si estaba bien.

Varias noches, tirada boca arriba en mi cama, me metí la mano dentro de la bombacha imaginándomelo. El coño se me empapaba solo con pensar en su voz diciéndome barbaridades al oído. Me hacía el clítoris con dos dedos, despacio primero y después con desesperación, y me corría mordiéndome el labio para que no me escucharan del otro lado de la pared. Al terminar, en vez de vergüenza, sentía una cosquilla oscura en la panza: sabía que iba a decir que sí.

Una semana más tarde había tomado la decisión.

***

La siguiente vez que fui a casa de Sofía, el abuelo estaba allí. Nunca le pregunté nada a ella, pero hoy estoy segura de que le sacaba la información para saber qué días iría yo. Esa precisión no era casualidad.

Estudiamos toda la tarde. Yo apenas podía concentrarme en el trabajo. Cada vez que él pasaba cerca con una bandeja de café o un comentario amable, sentía que el corazón se me subía a la garganta. Sofía y Carolina no notaron nada; para ellas era el abuelo de siempre, repartiendo galletas y anécdotas.

Al terminar, se repitió el ritual. Dejamos a Carolina en su parada. Y cuando el auto volvió a quedar en silencio, con las dos solas figuras reflejadas en el parabrisas, él me miró por el espejo retrovisor.

—¿Lo pensaste? —preguntó, sin rodeos.

—Sí —dije. La voz me salió más firme de lo que esperaba—. Acepto.

Asintió despacio, como quien cierra un trato que ya daba por hecho. En el siguiente semáforo abrió la guantera, sacó su billetera y me tendió unos billetes. El equivalente a unos cien dólares, contados con calma.

—Esta tarde no tengo mucho tiempo —dijo, mientras yo guardaba el dinero en la cartera con los dedos un poco torpes—. Pero quiero que me la chupes acá, en el auto. Quiero verte la boca llena de mi polla antes de dejarte en tu casa.

Me descolocó por completo. No esperaba que fuera tan directo, tan sin envoltorio, tan sucio en el vocabulario. Una parte de mí había imaginado un departamento, una copa de vino, una transición más suave hacia lo inevitable. Y sin embargo ya tenía el dinero en la cartera, su peso real contra mi cadera, y eso lo cambiaba todo. Sentí el coño palpitarme entre las piernas de golpe.

El auto tenía los vidrios polarizados. Condujo unas cuadras hacia la costanera, esa avenida que bordea el río donde las parejas estacionan al caer la tarde. No era exactamente el camino a mi casa, pero tampoco un desvío escandaloso. Apagó el motor en un rincón apartado, lejos de las luces, y el silencio del habitáculo se volvió enorme.

Se desabrochó el cinturón. Después el pantalón, sin apuro, con la naturalidad de quien ha hecho esto muchas veces. Se bajó también el bóxer hasta la mitad del muslo y ahí quedó, la verga blanda descansando sobre el vello canoso del pubis, gruesa incluso en reposo, con las venas marcadas y los huevos pesados colgando entre las piernas abiertas. Me quedé mirándola un segundo, hipnotizada. Era más grande, más adulta, más de hombre que cualquiera que hubiera visto de cerca.

—Vamos, muñeca —dijo con voz baja—. Sacala vos misma. Agarrámela con esa manito y llevátela a la boca.

Me acomodé como pude sobre el asiento, doblada hacia él en una postura incómoda, la falda subida sobre los muslos y el pelo cayéndome sobre la cara. Le rodeé la base con los dedos, sintiendo el peso tibio en la palma, y me la acerqué a los labios. Le pasé la lengua primero por la punta, un lametón tímido, y él soltó un suspiro largo. Después me la metí entera en la boca, todo lo que pude, y empecé a chuparla despacio, subiendo y bajando, empapándosela de saliva.

Lo recuerdo todo con una nitidez extraña. El tacto tibio bajo mi lengua, el olor a jabón y a colonia mezclado con un fondo más íntimo de piel de hombre, su respiración que primero era pausada y de a poco se fue volviendo más profunda, más animal. Sentía una excitación rara, contradictoria: una parte de mi cuerpo respondía sola —el coño se me estaba mojando adentro de la bombacha, mojándomela hasta empapármela—, pero en ese instante lo que de verdad me empujaba era el dinero, la transgresión, la conciencia clarísima de estar chupándole la verga a un abuelo por plata en un auto estacionado frente al río.

—Así, exactamente así —murmuró él, apoyando una mano apenas en mi nuca, sin forzar, solo guiando—. Chupámela bien, con ganas. Usá la lengua en la punta. Eso, así, mi amor. No tenés idea de lo que me provocás.

Fue endureciéndose en mi boca hasta ponerse como una piedra. Era mucho más grande que la de mi novio de entonces, más gruesa, más larga, y noté el cambio, esa firmeza nueva contra mi paladar, la cabeza hinchada golpeándome atrás de la garganta cada vez que bajaba. Me la sacaba de la boca un segundo para respirar, con un hilo de saliva colgándome del labio, y le pasaba la lengua a lo largo, desde los huevos hasta la punta, mientras él me miraba desde arriba con los ojos entrecerrados y una sonrisa apenas.

—Escupile —me pidió con la voz ronca—. Escupile a mi polla y seguí.

Junté saliva y le escupí despacio sobre la cabeza, y vi cómo el hilo se le deslizaba por el tronco. Después la volví a agarrar con la mano y le hice una paja mientras se la chupaba, la palma girando alrededor y la boca succionando la punta, y él dejó caer la cabeza contra el reposacabezas y soltó un gemido largo que hizo temblar el aire.

—Metétela toda, todo lo que puedas —jadeó—. Ahogate un poquito con ella, dale.

La empujé hasta el fondo hasta que la garganta se me cerró y una arcada me sacudió, los ojos llenándoseme de lágrimas. La saqué tosiendo, con la boca hecha un desastre de saliva y baba, y me la volví a meter enseguida, más despacio, buscándole el ritmo. La sangre me golpeaba en las sienes y el coño me latía tanto entre las piernas que sin pensarlo me metí una mano bajo la falda, corrí la bombacha empapada a un costado y empecé a hacerme el clítoris al mismo tiempo que se la chupaba. Estaba resbalosa, hinchada, más mojada de lo que me había estado nunca.

Afuera pasaban autos cuyas luces barrían el techo del habitáculo durante un segundo y se iban, ajenos a nosotros, a centímetros de un secreto que ellos jamás sabrían: una piba de veintidós años con la boca llena de verga de abuelo y los dedos hundidos en su propio coño.

—Mirá cómo te gusta, guarrita —dijo él, bajando la vista y viéndome la mano trabajándome entre las piernas—. Mirá cómo te tocás mientras me la mamás. Sos una hermosura.

No tardó mucho más. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo la verga se le hinchaba todavía más adentro de mi boca, y su mano se cerró sobre mi nuca sin dejarme sacarla.

—Ahí va, tragátela toda —gruñó entre dientes—. Toda, no me tires nada.

Se corrió dentro de mi boca con un gemido ronco que apenas alcanzó a contener, chorro tras chorro caliente golpeándome contra el paladar y la lengua. Eran cuatro, cinco, seis latigazos espesos, más semen del que había imaginado que un hombre podía largar. La corrida me llenó la boca hasta desbordarme, se me escapó un poco por la comisura y me cayó por el mentón.

No supe qué hacer. Era la primera vez que un hombre acababa así, dentro de mí, y no lo esperaba. No se me ocurrió otra cosa que tragar. Tragué todo lo que pude, en dos veces, sintiendo el sabor amargo y salado y caliente bajándome despacio por la garganta. Me quedé un instante con la cabeza gacha, con su verga todavía en la boca ablandándose de a poco, chupándole la última gota, el corazón desbocado, sin atreverme a levantar la vista. Los dedos que había tenido entre las piernas los tenía brillantes de mi propio flujo, y me temblaba el cuerpo entero de una excitación que no había alcanzado a resolver.

Él me acarició la nuca con la yema del pulgar, despacio, casi con ternura, y me la sacó de la boca. Con el mismo pulgar me limpió el reguero que me había quedado en el mentón y me lo metió entre los labios para que se lo lamiera. Se lo lamí sin pensar.

—Buena chica —murmuró—. Buenísima.

Después se subió el bóxer y el pantalón con la misma calma con que se los había bajado. Abrochó el cinturón, encendió el motor y volvió a la avenida como si nada.

—Te dejo en tu casa —dijo, y su voz ya era otra vez la del abuelo cortés del comedor.

El resto del trayecto lo hicimos en absoluto silencio, los dos. Yo miraba por la ventanilla el río oscuro deslizándose a un costado, todavía con el gusto de él en la boca, la bombacha empapada pegándoseme al coño hinchado, y una mezcla de vértigo y poder que jamás había sentido. No era culpa. Era algo más complicado que la culpa.

Cuando frenó frente a mi casa, me giré para bajar y él me retuvo apenas, rozándome la muñeca con dos dedos.

—La próxima vez —dijo, mirándome a los ojos con una sonrisa serena— tendremos tiempo de verdad. Te voy a coger despacio, en una cama, con las piernas bien abiertas. Y te voy a hacer acabar tantas veces que vas a olvidarte de cómo te llamás.

Asentí sin decir nada, con el coño apretándoseme solo al escucharlo. Bajé, cerré la puerta y caminé hasta el portón con las piernas un poco flojas. El auto arrancó y se perdió calle abajo, las luces traseras encogiéndose hasta desaparecer en la esquina.

Esa noche, ya en mi cama, conté otra vez los billetes a oscuras, solo por el placer de sentirlos entre los dedos. Después los dejé sobre la mesa de luz y me bajé la bombacha, todavía húmeda de la costanera, y me hice el clítoris pensando en su verga, en su voz, en su promesa. Me corrí dos veces seguidas mordiendo la almohada, con las piernas temblándome. Y supe, con una certeza que me sorprendió a mí misma, que iba a haber una próxima vez. Y que esa promesa de que sería distinto me quitaría el sueño durante muchas noches.

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Comentarios(7)

lector_cba

Increible el giro que le diste. Lo lei de un tiron y no pude parar. Pedazo de relato!

MalenaMF

No me esperaba ese final para nada, quede con la boca abierta jaja. Por favor segui con esto, necesito saber que paso despues.

Marcos_lect

Excelente!!!

PerlaV76

Me recordo a una situacion que viví hace tiempo... uno nunca sabe como reacciona hasta que esta ahi de verdad. Muy bien narrado.

RubenMDZ

La tension que fuiste construyendo esta muy bien lograda. Se engancha rapido.

SoledadK

Que bueno encontrar relatos con esta calidad. Se nota el cuidado en la narrativa, no es el tipico cuento burdo. Ojala haya una segunda parte!

TeresitaMdp

Se hizo corto, queria mas jaja. Pero muy bueno, de verdad!

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