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Relatos Ardientes

Una mujer madura y la grieta que nunca cerró

Vera Almenara tenía una mirada capaz de encontrar grietas donde los demás solo veían sombra. Arquitecta de cierto prestigio discreto en la Valencia que siempre se levanta y se derrumba, había pulido esa percepción durante más de cincuenta años hasta convertirla en un instrumento de precisión. Le bastaba una ojeada oblicua para adivinar la fisura que un constructor escondía bajo el yeso y las promesas.

Su carrera había sido larga y luminosa: premios en su juventud, restauraciones de fachadas centenarias, reportajes en revistas que la llamaban visionaria del hormigón. Pero con los años todo aquel brillo se había replegado en un nomadismo modesto, de obra en obra, horas al volante por las arterias congestionadas de la ciudad.

Vivía sola en un ático de Ruzafa que había comprado al contado una década atrás. Sus hijos, ya mayores, tejían vidas propias en ciudades lejanas, y el silencio que habían dejado a veces la protegía y a veces le daba vértigo. Había sido mujer de pasiones voraces; ahora, cansada de torbellinos y de focos, se recluía en una normalidad casi ascética.

Bebía con generosidad en aquellas veladas solitarias. Un vaso de orujo se multiplicaba en la mesa baja hasta vaciar la botella, y a la mañana siguiente le quedaba un velo de niebla sobre lo ocurrido. No era arrepentimiento lo que sentía al despertar, sino una aceptación serena, como quien contempla una viga agrietada y decide aprender a vivir con la grieta.

Para distraerse del encierro rodante y de la quietud del ático, Vera escribía relatos eróticos por las noches. Los publicaba en un foro privado bajo el seudónimo «VeraEnSombra», sin esperar éxito ni silencio. Eran catarsis pura, exorcismos donde revivía amantes perdidos, regados con sorbos que le avivaban la pluma. Escribía sobre pollas que había mamado en trenes nocturnos, sobre coños ajenos que había lamido en cuartos de baño de discotecas, sobre corridas que le habían caído en la cara mientras se reía. Los suscriptores del foro la seguían por eso: porque no maquillaba nada.

Una noche de noviembre, con el frío colándose por las rendijas y el vaso casi vacío, decidió sumergirse otra vez en los dominios ocultos de la red. Se despojó de la ropa y se ajustó el DermaVeil sobre la piel desnuda.

El DermaVeil era su único lujo secreto: un traje de nanofibras tan fino como una segunda epidermis, que la cubría de los tobillos al cuello dejando libre solo el rostro. Sus millones de actuadores hápticos simulaban con precisión el tacto humano —la presión de unos dedos, el calor de un aliento, la humedad de una lengua—. Conectado a la realidad virtual, convertía cada palabra escrita en sensación real.

—Calibra —murmuró.

El traje respondió con la secuencia que ella misma había programado: un roce suave en los pezones que se le pusieron duros al instante, una presión lenta y circular sobre el clítoris que la hizo abrir las piernas por reflejo, el recorrido de unos dedos invisibles que se hundieron dos falanges dentro de su coño y giraron despacio. Vera se estremeció entera y soltó un gemido ronco. Funcionaba a la perfección, como siempre. Ya estaba mojada antes de haberse sentado.

Se sirvió otra copa, se colocó las gafas que ocultaban sus ojos y proyectaban un mundo sin edad ni rostro, y entró en el foro. Allí, entre seudónimos que evocaban tormentas, lo encontró.

Un usuario que firmaba «Trazo27» había publicado unas líneas tímidas la noche anterior: un relato inacabado donde un pincel rozaba un lienzo con la misma reverencia con que un amante rozaría una piel prohibida. Vera leyó aquellas palabras despacio, como quien degusta un vino excepcional, y sintió que algo se removía dentro de ella.

Ninguno conocía la edad del otro. Las gafas y los avatares borraban los años como borran las arrugas. Sin vacilar, abrió un mensaje privado y escribió con la precisión con que trazaba un plano:

—Imagina el roce de mis dedos subiendo por tu nuca, leves como un secreto, mientras el espacio digital nos envuelve.

—Permíteme darle forma —respondió él casi al instante.

***

Pero esa noche el orujo ya la había golpeado como un martillo. Cerró la sala privada con un gesto brusco, dejó atrás el avatar bello e inútil de Trazo27 y se rio sola, una risa ronca que retumbó en el ático.

—Qué más da —dijo en voz alta, tambaleándose—. Esta noche quiero que me follen, no que me escriban.

Entró en su sala privada de acceso restringido sin pensarlo, la habitación que había pagado con años de silencio, abierta solo a quienes llevaran el traje completo y aceptaran la única regla: aquí no hay nombres, aquí no hay límites. El sistema la reconoció. El DermaVeil se encendió como si muchas manos la buscaran a la vez.

Aparecieron ellos: una docena de avatares, una docena de personas reales en algún rincón del mundo, conectadas porque también necesitaban perderse. Nadie preguntaba de dónde venía nadie. Solo cuerpos, solo deseo, solo pollas y coños y bocas dispuestas a todo.

El primero se acercó por detrás. Vera sintió unas manos grandes que le agarraban las tetas y se las apretaban con fuerza, los pulgares girando sobre los pezones hasta ponerlos como piedras. Una boca invisible se le pegó al cuello, mordiéndole justo debajo de la oreja, y ella echó la cabeza hacia atrás soltando un jadeo animal. Otra figura se arrodilló entre sus piernas y le abrió los muslos sin preguntar. La lengua que sintió no fue tímida: le lamió el coño de abajo arriba, de un solo trazo largo, hundiéndose después entre los labios hinchados hasta encontrarle el clítoris y chupárselo con hambre.

—Así —gimió Vera, agarrando la cabeza invisible del que la comía—. Así, no pares.

Un tercer avatar se le puso delante con la polla dura frente a la cara. Ella abrió la boca sin dudar, se la metió entera, la sintió golpearle el fondo de la garganta y empezó a mamársela con la avidez de quien lleva demasiado tiempo alimentándose de recuerdos. La saliva le caía por la barbilla, se le enredaba en las tetas que otro seguía manoseando, y ella lo agradecía todo con gruñidos ahogados. El traje traducía cada milímetro: el peso del glande contra el paladar, las venas de la verga rozándole los labios, el sabor imaginario a sal y a piel.

La tumbaron boca arriba sobre el suelo digital y la primera polla la penetró de una embestida seca, hasta el fondo. Vera gritó. Llevaba meses sin sentir algo entrar dentro con esa violencia, y aunque fuera un espectro de fibra óptica, el DermaVeil le simulaba la dilatación exacta, el pulso caliente, el peso de un cuerpo aplastándole las tetas. La follaban a un ritmo brutal, mientras otra polla le entraba en la boca desde arriba y unos dedos ajenos le abrían las nalgas y le tanteaban el culo con una lengua fría que la hizo retorcerse.

—Todos —jadeó ella cuando le soltaron la boca un segundo—. Todos a la vez. Rompedme.

Y la rompieron. La pusieron a cuatro patas y una polla se le hundió en el coño mientras otra la esperaba en la boca y una tercera le forzaba el culo con una lentitud sádica hasta que la sintió entera dentro. La doble penetración le arrancó un gemido largo, gutural, que salió amortiguado por la verga que seguía mamando. Cambiaron de posición sin darle tregua: la sentaron a horcajadas sobre un cuerpo, la clavaron desde abajo mientras otro la embestía desde detrás y ella se agarraba a los hombros del de arriba para no derrumbarse. Cada embate le rebotaba en las tetas, cada empujón le empujaba el coño contra el hueso, cada aliento ajeno le quemaba la nuca.

Se corrió la primera vez agarrada de dos cabelleras, con una polla dentro y otra en la boca, apretando el coño en espasmos que el traje amplificó hasta hacerla convulsionar. Se corrió la segunda vez a horcajadas de una verga que le llenaba el culo mientras se frotaba el clítoris ella misma. Se corrió la tercera cuando dos avatares le eyacularon a la vez, uno en la lengua y otro en las tetas, y ella se pasó los dedos por el semen imaginario y se los llevó a la boca sin dejar de mirarlos.

Perdió la cuenta a partir de la quinta. Se corrió con dedos dentro, con lenguas dentro, con dos pollas frotándose contra su cara al mismo tiempo. Se corrió llorando, se corrió riendo, se corrió mordiendo su propio antebrazo. El placer y el orujo se mezclaron en su sangre y la sala quedó vacía cuando ya no le quedaba una gota de coño que ofrecer.

Cuando el traje se apagó por fin, se quedó sentada en la alfombra, el cuerpo todavía temblando, los pezones aún erectos, los muslos pegajosos por el sudor real que sí había derramado. La cabeza le giraba como un solar en obras. El alcohol le había borrado los nombres y los rostros, pero no los recuerdos.

Y entonces, entre el olor a vino derramado, le llegaron las fiestas de su juventud como un mazazo. Demasiadas noches en pisos compartidos de Lyon, de Nápoles, de Oporto, de Hamburgo. Demasiadas ciudades, demasiados cuerpos, demasiados descontroles.

Recordaba una madrugada en la playa de la Malvarrosa, con veintipocos años, cuando un grupo de desconocidos la levantó en volandas y la amó sobre la arena hasta el amanecer. Se acordó con precisión filosa: cómo la habían desnudado entre risas, cómo se había abierto de piernas sobre una toalla mientras uno le comía el coño y otro le llenaba la boca de polla, cómo la habían follado por turnos, uno detrás de otro, hasta que el sol la encontró cubierta de sal y de semen seco. Recordaba un apartamento de artistas donde una fiesta duró tres días y ella había pasado por todos los cuartos, por todas las camas, por todas las bocas, follando y mamando y dejándose lamer sin preguntar nombres. Recordaba un club subterráneo donde se subió a una mesa y se dejó desnudar por manos anónimas, dónde se corrió con dos pollas dentro delante de una veintena de espectadores que aplaudían, y ella feliz, rota, completa.

Demasiadas fiestas. Demasiadas noches en que se dejó hacer todo y lo hizo todo. Demasiados amaneceres en que despertaba con el coño dolorido, con marcas de dedos en las caderas, con el sabor a semen ajeno aún en la boca y la certeza de haber sido la reina de la noche.

Treinta años después, sentada en su ático con el traje enfriándose y el coño aún palpitando, Vera sonrió con la misma sonrisa de entonces. La tecnología era nueva, sí, pero el descontrol era el mismo. Y ella seguía siendo la misma, solo que ahora no tenía que limpiarse la arena al día siguiente.

Brindó consigo misma ante el espejo.

—Por las fiestas que fueron —dijo, con la voz ronca de tanto gritar—. Y por las que siguen siendo.

Se durmió desnuda, con dos dedos aún metidos entre las piernas, sabiendo que la grieta nunca se cierra del todo. Solo se agranda.

***

Vera despertaba siempre a las seis y media, aunque no hubiera dormido nada. Aquel sábado abrió los ojos con una sonrisa suave, se preparó un café con leche templado y se lo tomó de pie, apoyada en la encimera, mirando la ciudad que empezaba a moverse abajo.

Cogió el carro de cuadros y bajó al mercado cuando Valencia todavía dormía. Llenó el carro hasta rebosar: jamón cortado fino, queso curado que olía a campo, tomates que olían de verdad a tomate, una botella de reserva, flores para nadie. Con el pescadero habló de chipirones; con la verdulera, de los tomates más maduros. Cada cual le regaló algo, como siempre.

Volvió a casa a media tarde, vació la compra, abrió una cerveza fría y se sentó en el sofá con el portátil en las rodillas. Trazo27 estaba en línea.

—Hola —escribió él, casi al instante.

—Hola —respondió ella—. ¿Qué tal tu sábado?

—Pintando. Y pensando en ti.

Hablaron del mercado, del café, de la cerveza que la había hecho sonreír pensando en él. Vera le describió su cuerpo tal como era esa tarde, sin maquillarlo: el pelo corto y plateado, la cintura un poco redonda por la cerveza, las tetas todavía firmes, los pezones grandes y oscuros. Él le contó que había pintado todo el día un jardín flotante con una mujer en el centro que miraba igual que ella.

—¿Vives en Valencia? —escribió ella.

—En el Carmen. ¿Y tú?

—En Ruzafa —respondió, y sintió un vuelco dulce e inesperado.

—Estamos tan cerca —escribió él—. Y tan lejos.

—No tan lejos —contestó ella—. Un día nos encontraremos. Pero hoy solo quiero tu voz.

Y el chat se volvió fuego lento, sin traje, solo palabras que se tocaban.

—Cuéntame qué me harías —tecleó ella, y se abrió los vaqueros de un tirón.

—Te desnudaría muy despacio —respondió él—. Te tumbaría en el sofá y te abriría las piernas con la lengua. Te lamería el coño sin prisa, entero, hasta que me suplicaras.

Vera se metió la mano en las bragas y encontró que ya estaba empapada. Se pasó dos dedos por el clítoris, en círculos lentos, y siguió leyendo.

—Y luego —siguió él— te la metería hasta el fondo, muy despacio, la primera vez. Me quedaría quieto dentro para que la sintieras entera. Y después empezaría a follarte lento, mirándote a los ojos, sin dejarte apartar la mirada.

—Métete la mano tú también —le pidió ella, jadeando ya sobre el teclado—. Sacatela y hazte una paja pensándome. Quiero saber que estás duro por mí.

—Estoy durísimo —respondió él tras una pausa—. Tengo la polla en la mano y estoy pensando en tu boca. En cómo me la mamarías con esos labios que imagino gruesos.

—Te la mamaría entera —tecleó ella, con los dedos ya dentro del coño, follándose a sí misma al ritmo de las palabras—. Hasta el fondo de la garganta. Y luego te dejaría correrte donde quisieras. En la boca, en las tetas, en la cara. Donde tú quisieras.

—Vera, joder…

—Sigue. Cuéntame cómo te corres.

—Me corro en tus tetas. Te veo la cara. Te veo lamerte los dedos con mi corrida encima. Vera, me estoy corriendo.

—Yo también —escribió ella con la mano que le quedaba libre, mientras la otra la seguía trabajando entre las piernas—. Me estoy corriendo. Me estoy corriendo pensándote.

Se corrieron casi al mismo tiempo, él en su piso del Carmen con la corrida saltándole hasta el pecho, ella en su ático de Ruzafa empapándose la mano entera, separados por unas calles y unidos por palabras que ardían.

Cuando ya jadeaban los dos, él escribió algo que no le decía nadie desde hacía años.

—Y eso que todavía no sé tu nombre real.

—Vera —tecleó ella—. Me llamo Vera.

—Y yo Lucas —respondió él.

Y fue como si el mundo se detuviera un segundo.

***

Los días se volvieron un ritual dulce y adictivo. Entre semana, Vera vivía su vida de arquitecta —obras, reuniones, planos, cafés en semáforos eternos— y a las nueve y media, como un reloj, el portátil se encendía y el foro se convertía en su jardín privado. Todas las noches hablaban. Todas las noches se deseaban con palabras. Todas las noches se corrían el uno por el otro, cada cual en su casa, con la mano ocupada y el corazón acelerado.

Pero una de esas noches, la duodécima, bebió de más. Había llegado de una obra que se le había complicado, con los nervios hechos polvo, y atacó la botella directamente, sin vaso, hasta que el alcohol le subió como una ola negra.

Empezaron como siempre, con deseo lento. Y entonces, con el cuello de la botella quemándole todavía la garganta, Vera se derrumbó. No por el chat, sino por los recuerdos: las fiestas que habían sido demasiado, los cuerpos sin nombre, los amaneceres vacíos. El orujo le abrió la herida de golpe y las lágrimas le cayeron sin aviso.

—No te imaginas lo que fui —escribió, y la voz se le quebró incluso en el texto—. Fui libre como nadie y me rompí como nadie. Me corrí mil veces y me encantó. Me follaron entre cinco a la vez y les di las gracias. Y ahora me destroza. Me destroza haberlo vivido y me destroza no vivirlo ya.

Lloró como una niña, con sollozos que le sacudían el cuerpo, las lágrimas cayéndole sobre el teclado. Lloró por las mañanas en camas ajenas con el alma vacía y el semen aún secándose entre las piernas. Lloró porque todo el mundo la admiraba por fuera —la arquitecta brillante, la mujer fuerte— y por dentro se sentía un cascarón. Lloró porque los premios y los contratos no curaban la herida de haberse sentido usada y haber usado a cambio.

Y entonces escribió, con las manos temblando:

—Ven. Ven ya. No aguanto más.

Hubo una pausa larga.

—Dame la dirección —respondió él.

Y Vera se la dio. Se secó las lágrimas y esperó. No sabía cuántos años tenía él; él no sabía cuántos tenía ella. Y eso estaba perfecto, porque lo que iba a pasar esa noche no necesitaba números. Solo cuerpos. Solo nombres. Solo eso que empezaba a parecerse al amor.

***

El timbre sonó a las once y media. Vera abrió la puerta.

Allí estaba Lucas: veinticuatro años, una mochila vieja al hombro, una camiseta gastada, los ojos verdes que la miraron como si la conocieran de toda la vida. Guapo, tímido, con el pelo revuelto y la respiración agitada de quien había venido corriendo desde el Carmen.

Se quedaron un segundo en silencio, reconociéndose sin palabras. Ella vio a un hombre joven y nervioso con una luz en los ojos que la hizo temblar. Él vio a una mujer poderosa y hermosa, con el pelo plateado y la mirada de miel que lo desarmó.

—Hola —dijo él, con la voz ronca.

—Hola —respondió ella, en un susurro.

Y se abrazaron como si el mundo se hubiera detenido, como si los doce días de chat hubieran sido doce vidas. La mochila cayó al suelo, la puerta se cerró con el pie, y se besaron contra la pared del recibidor con sabor a cerveza y a urgencia. Despacio al principio, como quien prueba el agua; luego con hambre, con todas las noches de palabras volviéndose carne. Ella le mordió el labio inferior, le metió la lengua hasta el fondo, y sintió cómo él se ponía duro contra su vientre a través del pantalón.

—Eres más hermosa de lo que imaginé —susurró él, con la voz rota.

—Y tú más joven de lo que temía —respondió ella, entre lágrimas y risas—. Pero me da igual. Me da igual todo.

Le arrancó la camiseta por encima de la cabeza y le pasó las manos por el pecho, por el vientre plano, por la línea de vello que bajaba hasta la cintura del vaquero. Le bajó la cremallera sin dejar de mirarlo, le metió la mano dentro y encontró la polla dura y caliente, palpitando. Se la sacó y se quedó mirándola un instante, como si estuviera inspeccionando un plano perfecto.

—Qué bonita —murmuró—. Qué polla más bonita tienes.

Se arrodilló allí mismo, en el recibidor, y se la metió en la boca sin ceremonia. La lamió desde la base hasta la punta, se detuvo en el glande a saborearlo, y volvió a hundírsela hasta el fondo, hasta sentirla golpearle la garganta. Lucas se agarró al marco de la puerta gimiendo, incapaz de mantener el equilibrio. Vera lo mamaba con hambre acumulada, con toda la sed de doce noches escribiendo, sacando la polla solo para lamerle los huevos, para chuparlos uno por uno, para lamerle el tronco entero de arriba abajo antes de tragárselo otra vez.

—Vera, para —jadeó él—, para o me corro ya.

Ella lo sacó de su boca con un ruido húmedo y le sonrió desde abajo, con los labios brillantes.

—No te corras. Todavía no.

Se levantó y lo llevó de la mano al salón. La ropa fue cayendo por el camino: la falda de ella en el pasillo, las bragas en el umbral, el vaquero de él tirado en la alfombra. Se quedaron desnudos, mirándose, sin prisa por primera vez. Él le miraba las tetas caídas pero llenas, los pezones oscuros y erectos, el vientre suave, el vello canoso entre las piernas. Ella le miraba la juventud entera, la piel tensa, la polla apuntándole al ombligo.

—Túmbate —le ordenó ella.

Lucas obedeció y se dejó caer en el sofá. Vera se subió y se puso a horcajadas sobre su cara, agarrada al respaldo, y le bajó el coño hasta la boca.

—Cómemelo —susurró—. Llevo doce días imaginándomelo.

Él la agarró de las nalgas y la atrajo contra su boca sin decir nada. Le lamió el coño entero, de abajo arriba, se detuvo a chuparle el clítoris con una lentitud casi cruel, le hundió la lengua dentro y la sacó pringada. Vera se cabalgó en su cara, moviéndose despacio, apretando el coño contra los labios de él, tirándole del pelo. La lengua de Lucas encontró el ritmo y ella empezó a gemir en serio, gemidos hondos que retumbaban en el salón. Le agarró la cabeza con las dos manos y se movió más deprisa, más fuerte, hasta que un orgasmo la sacudió entera y le dejó a él la cara empapada.

Cuando se recuperó, se bajó de su cara y se sentó a horcajadas sobre sus caderas. Le besó, saboreándose a sí misma en la boca de él, y agarró la polla para colocársela en la entrada del coño. Se quedó un segundo así, con el glande rozándole los labios hinchados.

—Despacio —pidió él—. Quiero sentirte toda la noche.

Y ella bajó muy lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la abría después de tanto tiempo sin carne real dentro. La polla de Lucas se hundía en su coño como una llave en su cerradura exacta, forzando cada milímetro con una lentitud que la hizo temblar. Se quedó quieta un instante, con él entero dentro, mirándolo a los ojos sin decir nada. Luego empezó a moverse, lenta y profunda, apretando los músculos del coño para que él la sintiera reclamarlo, ordeñándolo con cada subida.

—Te siento —murmuró ella—. Te siento todo. Te siento hasta el fondo.

Cambiaba el ritmo a su antojo: cuatro embates rápidos que llenaban el ático con el sonido de sus cuerpos chocando, con el ruido húmedo de su coño empapado bajando y subiendo, y de pronto otra vez lento, torturador, los ojos clavados en los suyos. Se levantaba casi hasta sacárselo del todo y volvía a caer, muy despacio, sintiendo cómo cada vena de la polla le rozaba las paredes. Tortura y paraíso, amor y guerra, todo lo que habían sido en palabras y ahora eran de carne.

—Así —susurró, con lágrimas en los ojos—. Lento. Profundo. Mío.

Lucas le agarró las tetas y se las apretó, le pellizcó los pezones, se incorporó para chupárselos mientras ella seguía cabalgándolo. Después la volteó y la puso a cuatro patas sobre el sofá, y se colocó detrás. Le agarró las caderas y se la metió de un solo empujón hasta el fondo, arrancándole un grito ronco. Empezó a follarla así, embistiéndola desde atrás, viendo cómo el culo de ella rebotaba contra su vientre con cada estocada. Vera se aferraba a los cojines, con la boca abierta, jadeando barbaridades.

—Fóllame más fuerte —le pidió—. Más fuerte, joder. Rómpeme.

Él obedeció. Le clavó los dedos en las caderas y aceleró, embistiéndola con toda la juventud que tenía en el cuerpo, hasta que Vera se corrió otra vez, mordiendo el respaldo del sofá para no gritar tan fuerte que la oyera el vecino. Se corrió apretando el coño alrededor de la polla de él, empapándolo, sintiendo cómo cada espasmo lo llamaba más adentro.

Lucas la sacó, jadeando, y la tumbó boca arriba. Le abrió las piernas del todo, se puso encima y la penetró de nuevo, ahora mirándola a la cara. La follaba lento otra vez, hasta el fondo, besándola entre embestida y embestida, mordiéndole el cuello, chupándole los pezones. Lucas lloraba ya sin vergüenza, con las lágrimas cayéndole sobre las tetas de ella.

—Vera… no aguanto…

—Quédate dentro —ordenó ella, apretándole las nalgas para hundírselo hasta el fondo—. Córrete dentro. Hazme tuya.

Él la embistió tres veces más, rápido y hondo, y se corrió con un grito que fue su nombre entero. Vera sintió los espasmos de la polla dentro de ella, la corrida caliente llenándola, y ese calor le desató el suyo propio. Se corrió apretándolo con todo su interior, clavándole las uñas en la espalda, mirándolo a los ojos, llorando también, sintiendo cómo la llenaba y la vaciaba a la vez. Se quedaron quietos, abrazados, con él aún dentro, besándose despacio mientras notaba cómo se le escurría el semen por los muslos.

—Te quiero —dijo él.

—Te quiero —respondió ella, y por primera vez en mucho tiempo lo decía en serio.

Después brindaron desnudos en la cocina con una botella de cava que ella había comprado «para nadie», y ella se le puso otra vez de rodillas allí mismo, en las baldosas frías, y le limpió con la lengua la polla ablandada hasta ponérsela dura otra vez. Volvieron a la cama, y se buscaron toda la noche, lento y salvaje, dulce y feroz. La montó a horcajadas y le mamó las tetas mientras ella se movía encima. La puso a cuatro patas contra el cabecero y volvió a follársela hasta que ella se corrió dos veces más. Le hundió la cara entre las piernas de madrugada y la comió hasta que Vera le suplicó que parara. Hablaron entre un orgasmo y el siguiente, se corrieron uno en la boca del otro, se dieron la vuelta y se durmieron abrazados de puro agotamiento.

Cuando la luz entró por las persianas, Vera despertó a las seis y media, como siempre. Pero esta vez no estaba sola: Lucas dormía con la cabeza sobre su pecho, el aliento tibio sobre uno de sus pezones, la mano abierta descansando sobre su vientre pegajoso. Y ella sonrió, porque la grieta, por primera vez en años, parecía empezar a cerrarse.

La historia fue mucho más larga, claro. Hubo sábados de mercado en que Lucas empujaba el carro y Vera regateaba por los dos, riéndose como críos. Hubo noches de cerveza en la terraza, hablando hasta el amanecer. Hubo cuadros pintados con su cuerpo de modelo, desnuda sobre un diván mientras él le acababa el trazo y luego la follaba encima del taburete de trabajo, manchándola de pintura, y obras firmadas con los dos nombres entrelazados. Hubo peleas, reconciliaciones, silencios que dolían y abrazos que curaban.

Hubo años en que la diferencia de edad fue solo un número que nadie mencionaba, y otros en que fue una herida que sangraba. Días en que ella se sintió vieja y él se sintió pequeño, y noches en que se sintieron eternos. Pero al final, como tantas historias de amor, se apagó. Él se marchó un día sin gritos, con la mochila vieja y un cuadro que nunca terminó. Ella se quedó con la botella y con la cama que olió a él durante meses.

Y volvió a beber sola. Volvió a la sala sin nombres, a abrirse de piernas para avatares que no la conocían, a mamar pollas de fibra óptica y a correrse rodeada de desconocidos. Volvió a ser reina y nada a la vez. Porque casi todas las historias de amor acaban igual: en silencio, en una grieta que no cierra del todo. Y, aun así, una mañana cualquiera, despertando a las seis y media, sola otra vez, con la luz entrando por las persianas, Vera sonrió. Porque aunque el amor siempre termine por fracasar, haberlo vivido fue lo único que la hizo sentirse de verdad viva.

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Comentarios(7)

lector_noc99

Increible. De lo mejor que lei aca en mucho tiempo!!!

MatiasC

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo.

LauraDeNoche

Me llegó al alma este relato. Hay algo muy real en esa sensacion de escribir para desconocidos y que de golpe alguien quiera saber quién sos de verdad. Gracias por compartirlo.

Mauri_Cba

que buenazo!!! seguí así

CarlosNT

se me hizo corto jaja, quiero saber como sigue esto

FernandoZ

Llevo tiempo leyendo relatos en esta pagina y este es de los que te quedan resonando. Muy buen trabajo de verdad, se nota que hay algo genuino ahi.

Nestor_Mdq

Me recordó a ciertas conversaciones que uno tiene de madrugada cuando no puede dormir. Muy humano el relato, y de paso muy bueno. Saludos!

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