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Relatos Ardientes

Lo que hice frente a la cámara con un desconocido

Hacía calor esa noche de viernes y yo llevaba horas dando vueltas en la cama sin que el ventilador sirviera de nada. A los treinta y nueve ya me había acostumbrado a esa clase de noches: la casa en silencio, el teléfono apagado, la sensación de que el cuerpo me pedía algo que llevaba demasiado tiempo sin darle.

Me había separado el año anterior. No echaba de menos a Mauricio, pero sí echaba de menos esto: la mirada de alguien sobre mí, el saberme deseada. Y esa noche el deseo me pesaba como una piedra caliente en el vientre.

Durante años me había convencido de que el cuerpo de una mujer de cuarenta era algo que había que esconder, disculpar, tapar bajo ropa holgada. Pero esa noche, con la piel encendida y la casa a oscuras, descubrí que pensaba justo lo contrario. Que sabía cosas que a los veinte no sabía. Que ya no necesitaba que nadie me explicara qué quería.

Abrí la laptop sin pensarlo demasiado. Entré a una de esas páginas que conectan a desconocidos por video al azar, esas que una jura que nunca va a usar. Llevaba puesta una camiseta vieja de tirantes y nada más que un tanga negro de encaje. El sudor pegaba la tela a la piel. Pulsé el botón de inicio con el corazón latiéndome más rápido de lo que quería admitir.

La pantalla se quedó negra un segundo. Después apareció él.

Un hombre de unos cincuenta y tantos, pelo gris revuelto, barba de varios días salpicada de canas. Tenía los ojos oscuros, cansados, pero se encendieron de una manera muy concreta en cuanto la cámara me enfocó. Estaba en una habitación mal iluminada, una sola lámpara de escritorio derramando luz amarillenta sobre una camiseta blanca. Se quedó quieto, mirándome como si no terminara de creer su suerte.

—Buenas noches —dijo, con la voz ronca y un acento que no supe ubicar—. ¿Cómo te llamas?

—Renata —respondí.

No era mi nombre. Esa era la gracia.

—Yo soy Esteban. ¿Estás sola, Renata?

Me incliné un poco hacia la cámara, lo justo para que la luz me cayera sobre el escote. Vi cómo su mirada bajaba sin disimulo.

—Completamente sola —dije—. Y muerta de calor.

Él soltó una risa baja y se acomodó en la silla. Su mano derecha desapareció del cuadro, hacia abajo, y aunque no se veía, el movimiento de su brazo lo decía todo.

—Una mujer como tú no debería estar sola un viernes —murmuró—. Mírate. Esa camiseta no esconde nada.

Tenía razón. La tela fina dejaba ver el contorno de mis pechos, los pezones marcándose contra el algodón. Antes me habría dado vergüenza. Esa noche no. Esa noche su mirada era exactamente lo que había bajado a buscar.

—¿Y qué quieres que haga? —pregunté, jugando con el borde de la camiseta entre dos dedos.

—Quiero verte —dijo, sin rodeos—. Pero despacio. No tengo prisa.

Me gustó eso. Que no tuviera prisa. Que un desconocido al otro lado del país, o del mundo, me hablara como si tuviéramos toda la noche.

Sentí el aire fresco del ventilador rozarme los hombros y un escalofrío me recorrió la espalda, mezcla de nervios y de algo más urgente. Me di cuenta de que llevaba meses sin sentir nada parecido. Ni con Mauricio en el último año, cuando ya nos mirábamos como dos muebles. Ni con las pocas citas que había tenido después, hombres correctos que apagaban la luz antes de tocarme, como si la oscuridad fuera un favor que me hacían.

Esteban no apagaba ninguna luz. Esteban quería verlo todo. Y por primera vez en mucho tiempo, yo también quería que lo viera.

***

Levanté la camiseta despacio, apenas hasta debajo del pecho. Dejé ver la curva inferior, la piel morena, pero mantuve los pezones tapados con el dorso de la mano. Lo escuché respirar más hondo.

—Eres una experta en hacer esperar —dijo Esteban—. ¿Lo haces a propósito?

—Por supuesto —respondí, y me sorprendió mi propia voz, ronca, segura—. ¿De qué sirve si te lo doy todo de golpe?

Él se rió otra vez, y esa risa me prendió por dentro. Sentí el calor concentrándose, denso, entre las piernas. Me mordí el labio y tiré de la camiseta hacia arriba, por encima de la cabeza, de un solo movimiento lento.

—Ahí está —murmuró—. Joder. Llevaba mucho tiempo sin ver algo así.

Me quedé desnuda de cintura para arriba frente a la pantalla, los pechos firmes a pesar de los años, los pezones ya endurecidos por el roce del aire y por algo más. Me los sostuve con las dos manos, los apreté apenas, y los vi reaccionar.

—Pellízcatelos —pidió—. Quiero ver cómo te pones.

Obedecí. No porque él lo mandara, sino porque yo también quería. Atrapé los pezones entre los dedos, tiré con suavidad y después un poco más fuerte, hasta que la punzada subió directa hasta el vientre. Se me escapó un gemido bajo, y la cámara lo captó todo: el temblor leve de los pechos, la forma en que arqueaba la espalda sin darme cuenta.

—Así —dijo Esteban, y su voz se había vuelto más espesa—. Mírate. Estás disfrutando esto tanto como yo.

—Más —admití.

Y era verdad. No había nada de fingido en lo que sentía. Llevaba meses convenciéndome de que no necesitaba a nadie, y bastaba la mirada de un desconocido para desarmar toda esa mentira.

***

—Bájate eso —dijo, señalando con la barbilla hacia el tanga—. Pero como tú sabes. Despacio.

Me levanté apenas de la silla, lo suficiente para que me viera entera, y enganché los pulgares en el elástico. Bajé el encaje negro por las caderas, por los muslos, deteniéndome a mitad de camino, dejando que adivinara más de lo que mostraba. Lo escuché maldecir entre dientes.

—No me hagas esto —dijo—. Quítatelo del todo.

Lo dejé caer hasta los tobillos y lo aparté de una patada. Me senté de nuevo, esta vez al borde de la silla, y abrí las piernas hacia la cámara sin ninguna timidez. A los treinta y nueve ya no quedaba espacio para la timidez. Solo para querer, y para tomar.

—Eres preciosa —dijo Esteban, y por primera vez su voz sonó casi solemne—. Tócate. Quiero verte hacerlo para mí.

Me llevé una mano entre las piernas. Ya estaba mojada, mucho, y el primer roce me arrancó un suspiro largo. Pasé los dedos por encima, despacio, dibujando círculos, dejando que la tensión se acumulara antes de hundir dos dedos dentro de mí.

—Cuéntame qué sientes —pidió.

—Que hace demasiado que no me sentía así —dije, con la respiración entrecortada—. Que me gusta que me mires. Que me gusta que un desconocido me vea hacer esto.

—Pues mírame mirándote —respondió.

Levanté la vista hacia la pantalla. Su mano se movía rápido ahora, sin esconderse ya, y verlo perder el control por mí me empujó más cerca del borde. Aceleré los dedos. El sonido húmedo llenó la habitación, mezclado con mis gemidos, que cada vez me costaba más contener.

—Eso es —jadeó él—. El clítoris, Renata. Frótatelo con la otra mano. No pares.

Lo hice. Dos dedos entrando y saliendo, el pulgar de la otra mano dibujando círculos rápidos sobre el clítoris hinchado. Eché la cabeza atrás, los pechos subiendo y bajando con cada respiración, las piernas temblando en el borde de la silla.

—Me voy a correr —avisé, y la voz me salió rota.

—Mírame cuando lo hagas —exigió—. Quiero verte la cara.

***

Clavé los ojos en la pantalla, en su mirada fija en mí, y todo el calor que había estado acumulándose toda la noche se rompió de golpe. El orgasmo me recorrió entera, brusco, larguísimo, el cuerpo sacudiéndose contra mis propios dedos, un gemido ronco escapándoseme sin que pudiera ni quisiera frenarlo. Sentí los muslos empapados, la silla, el aire de la habitación de pronto demasiado denso.

Esteban gruñó profundo al verme y un segundo después lo perdió él también. Lo escuché jadear, soltar una palabra entrecortada, dejarse caer hacia atrás en la silla con el pecho subiendo y bajando.

Nos quedamos así un rato, los dos jadeando frente a nuestras cámaras, sin decir nada. Era extraño y era perfecto: dos desconocidos que jamás iban a saber el nombre real del otro, unidos por unos minutos de algo demasiado honesto.

—Qué noche —dijo al fin, pasándose una mano por la barba con una sonrisa cansada—. ¿Volverás?

Me quedé pensándolo. Todavía temblaba, los dedos empapados, el corazón latiendo despacio otra vez.

—No lo sé —respondí, sincera—. Quizás.

—Misma hora, mañana —insistió—. Aquí estaré.

—No prometo nada, Esteban.

Él se rió, y esa risa fue lo último que escuché antes de cerrar la pantalla.

***

Me quedé tirada en la cama, desnuda, la piel todavía pegajosa de sudor y de todo lo demás. El ventilador seguía sin servir de nada, pero ya no me importaba. Por primera vez en meses no sentía ese hueco en el pecho, esa sensación de estar esperando algo que no llegaba.

No sé si Esteban era real, o si su nombre era tan inventado como el mío. No sé si volvería a verlo, ni si quería. Lo que sí supe, esa noche, mirando el techo con una sonrisa idiota, fue otra cosa.

Que a los treinta y nueve recién estaba descubriendo lo que me gustaba. Que ya no me daba vergüenza quererlo. Y que la próxima vez que abriera esa laptop —porque iba a haber una próxima vez— sería yo la que pusiera las reglas.

Apagué la lámpara. Cerré los ojos. Y por una vez, me dormí enseguida.

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Comentarios(7)

Gabi_lect

Increible!!! me encanto, que sensacion tan bien descrita. Sigue así!

elenaM

Me recordo a algo que me pasó hace anos... esa sensacion de que te miren sin conocerte es rara pero adictiva jaja. Muy bueno.

Fernandito_ok

Por favor que haya segunda parte!! quede con muchas ganas de saber como siguio

Moni_bsas

excelente, gracias por compartirlo :)

VickyCordoba

Muy bien narrado, se nota que fue algo real. Eso lo hace mucho mas interesante que los relatos puramente inventados.

PabloMdp

Los 39 son la mejor edad segun parece jeje. Muy buen relato, saludos

Lectora_intensita

Y despues hubo otro encuentro con el mismo o no? me quede con la duda jaja

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