Era la última entrevista del día y yo no pensaba fallar
El sol de media mañana entraba por los ventanales del centro financiero y dibujaba franjas de luz sobre el mármol del vestíbulo. Valencia despertaba con su ritmo perezoso de cláxones y persianas metálicas, pero Renata llevaba despierta desde las seis. Ese día no podía permitirse llegar con la mente nublada.
Se había duchado largo, dejando que el agua caliente le aflojara la tensión de los hombros. Después se había secado con calma, recorriendo cada centímetro de su piel con la toalla como quien hace un inventario. A los cuarenta y dos años conocía su cuerpo mejor que nunca, y sabía exactamente qué armas tenía a su favor.
Del cajón de la cómoda sacó su conjunto favorito, el de raso negro que se le ajustaba como una segunda piel. Realzaba unos pechos que, sin ser enormes, todavía conservaban una firmeza de la que estaba orgullosa. Se observó un momento en el espejo y sonrió. Hoy no me voy de ahí sin el puesto.
Eligió una blusa de seda color hueso, lo bastante fina para insinuar sin mostrar. Dejó dos botones sueltos, los justos para sugerir un escote que cualquier mirada acabaría buscando. Una falda de tubo negra le marcaba las caderas y se abría en un lateral discreto que se ensanchaba al caminar. Se recogió el pelo castaño en una coleta tirante que le despejaba el cuello y el rostro, y se maquilló con la mano ligera de quien sabe que menos es más.
Cogió la gabardina del perchero y salió a la mañana fresca, con el sonido firme de los tacones marcándole el paso.
***
Cuando llegó a la sede de la empresa, una multinacional recién instalada en la ciudad, otras cinco candidatas esperaban ya su turno en una sala de cristal. Renata fue la última en apuntarse, y eso no le hizo gracia: a esas alturas el entrevistador estaría cansado, distraído, harto de currículums repetidos. Tendría que despertarlo.
Mientras esperaba, las estudió una a una con disimulo. A tres las descartó enseguida; aunque no conociera sus méritos, sabía que podía con ellas tanto en conocimientos como en aplomo. Las otras dos la inquietaban más. Ambas eran jóvenes, guapas, con una seguridad de quien aún no ha aprendido a fingirla. Hacia el mediodía solo quedaban ella y una rubia de pecho generoso que, según lo que llevara en la cabeza, tenía todas las papeletas para llevarse el puesto.
El director salió un momento del despacho y se dirigió a la máquina de café del pasillo. Renata se levantó como por casualidad y llegó a la máquina un segundo antes que él. Se inclinó despacio para recoger un vaso del estante inferior, y sintió la mirada del hombre clavarse en ella sin pudor. Cuando se incorporó, lo hizo lentamente, lo justo para rozarle el brazo con el suyo.
—¡Ay, perdone! —dijo con una sonrisa que no pedía disculpas—. No le había visto.
—No se preocupe, señorita —respondió él, y su voz traía un punto de calor que no estaba antes.
Renata volvió a su asiento balanceando las caderas con la calma de quien sabe que la observan. Ya está mirando. Ahora solo hay que rematar.
La rubia entró pasadas las doce y tardó casi cuarenta minutos en salir. Al hacerlo, llevaba las mejillas encendidas y la blusa algo arrugada. Renata apretó la mandíbula. No iba a dejar que aquello se le escapara por unos minutos de timidez.
***
—Señorita Renata Salas, puede pasar.
Entró marcando el ritmo seco de los tacones sobre el suelo. Se acercó a la mesa pero no se sentó; se quedó de pie, dejando que él la mirara entera antes de ofrecerse la silla.
—Siéntese, por favor —dijo el hombre. Rondaría los treinta y ocho, traje gris bien cortado, un rostro que mezclaba el cansancio del día con una curiosidad recién despierta.
La silla estaba colocada lejos del escritorio, a propósito, para dejar a la vista las piernas de quien se sentara. Renata aprovechó la trampa y se sentó cruzando las piernas con lentitud calculada, dejando que la falda le subiera casi hasta el borde de los muslos. Por milímetros no se vio nada más, y esos milímetros valían más que cualquier frase de su currículum.
Durante media hora él repasó su experiencia con preguntas correctas, pero la voz se le iba poniendo cada vez más ronca y los ojos volvían una y otra vez al mismo punto. Renata respondía con seguridad, demostrando que detrás del juego había una profesional de verdad. Eso lo desarmaba todavía más: la competencia y el deseo, juntos, eran difíciles de resistir.
—¿Le apetece tomar algo? —preguntó él al fin, aflojándose el nudo de la corbata—. ¿Un café, un agua?
—Un agua estaría perfecto, gracias.
—Acomódese en aquel sofá, estará más cómoda.
Renata se trasladó al sofá de piel y, al sentarse, dejó que la abertura de la falda mostrara el final de sus muslos y el borde de la diminuta tanga negra. La mirada del hombre se enganchó allí un instante demasiado largo, y ella supo, por la forma en que cambió de postura tras el escritorio, que la balanza acababa de inclinarse a su favor.
Él rodeó la mesa con la botella de agua en la mano y se sentó a su lado.
—¿Quiere vaso?
—No hace falta —murmuró ella.
Cogió la botella y se la llevó a los labios sin apartar los ojos de los suyos. Bebió despacio, dejando que una gota le resbalara por la comisura. Antes de que pudiera limpiarla, el pulgar de él recogió la gota y la llevó a su propia boca. Renata dejó escapar un suspiro apenas audible y abrió mucho los ojos, fingiendo una sorpresa que tenía bien ensayada.
—Es usted muy directo —dijo en voz baja.
—Y usted no ha venido a hablar de hojas de cálculo.
No era una pregunta. Renata sonrió.
***
La mano del hombre empezó un viaje lento por su cuerpo: el cuello, la curva del hombro, la cadera, el muslo. Se deslizó entre sus piernas, separándolas apenas, acariciando la cara interna con una paciencia que la hacía morderse el labio. Después volvió a subir, hasta detenerse en sus pechos, recreándose en ellos por encima de la seda hasta que los pezones se marcaron con descaro contra la tela.
Le desabrochó los botones uno a uno, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le abrió la blusa y la contempló un momento, temblorosa y expuesta sobre el cuero del sofá. Bajó la cabeza y atrapó un pezón con la boca, tirando con suavidad, y Renata arqueó la espalda y enredó los dedos en su pelo. Hacía tiempo que no se dejaba llevar de aquella manera, y ese descontrol la excitaba tanto como el plan que lo había provocado.
—Esto no estaba en la oferta de empleo —jadeó ella, medio en broma.
—Considérelo una prueba práctica.
La cremallera lateral de la falda cedió y la prenda quedó a un lado. Él apartó la tela de la tanga y descendió por su vientre dejando un rastro de besos, hasta hundir la lengua justo donde ella lo necesitaba. Renata gimió y le sujetó la nuca, atrayéndolo, alzando las caderas para no perder ni un segundo de aquel contacto. El hombre la lamía con una insistencia que la iba acercando al borde, y cuando notó dos dedos entrar en ella, el gemido se le escapó largo y profundo.
—Voy a volverte loca —murmuró él contra su piel.
—Eso ya lo estás consiguiendo —respondió ella, sin aliento.
El primer orgasmo la sacudió de golpe, recorriéndole la columna como una corriente caliente que estalló detrás de los ojos. Se aferró a sus hombros, temblando, pero todavía no había terminado. Lo quería todo. Quería ese puesto y no estaba dispuesta a soltarlo por nada del mundo.
***
Él se incorporó para quitarse la ropa, y Renata aprovechó para girarse sobre el sofá, apoyando el pecho en el respaldo y mirándolo por encima del hombro con una invitación que no necesitaba palabras.
—No corras —le dijo—. Quiero recordar esta entrevista.
El hombre entró en ella despacio, abriéndose paso centímetro a centímetro, y ella echó la cabeza hacia atrás para recibirlo entero. Empezó con un vaivén suave que pronto se volvió firme, sostenido, mientras la sujetaba por las caderas con las dos manos. Renata salía a su encuentro en cada embestida, pidiendo más con la respiración entrecortada y con palabras que lo enardecían todavía más.
—Más fuerte —jadeó—. No te contengas.
Él obedeció, agarrándola por los codos para tener más fuerza, y el sofá empezó a crujir bajo el peso de los dos. El calor volvió a subir por el cuerpo de Renata, esta vez más hondo, más lento de construir y más arrollador al llegar. Cuando él notó que ella se cerraba a su alrededor, ya no pudo aguantar más. Con un gemido ahogado contra su espalda, se vació en ella y se quedó un instante quieto, abrazándola, recuperando el aliento.
Tardaron un rato en separarse. Renata se vistió con la misma calma con la que se había desvestido, recomponiendo la coleta y alisándose la falda frente al cristal del despacho, donde la ciudad seguía su rutina ajena a todo.
—Señorita Salas —dijo él, todavía colocándose la corbata—, el puesto es suyo. La quiero aquí mañana a las ocho en punto.
Renata se volvió hacia él con una sonrisa serena, esa que guardaba para los finales que le salían exactos.
—Allí estaré —respondió—. Y le advierto que soy muy puntual.
Recogió la gabardina, se la echó sobre el brazo y salió del despacho con el mismo paso firme con el que había entrado. En el ascensor se miró un instante en el espejo, se retocó el carmín y dejó escapar una pequeña carcajada. La rubia tendría que seguir buscando trabajo. Ella, en cambio, ya tenía agenda para el lunes.





