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Relatos Ardientes

La cena donde dos maduras dejamos de fingir decoro

Sonia me esperaba en la puerta de El Faro con un vestido de tirantes finos tan corto como escotado. Era acampanado, y ese pequeño detalle lo volvía todavía más insolente, porque bastaba un giro para que la tela saliera volando. Cuando me vio llegar a unos metros, hizo precisamente eso: una vuelta entera sobre los talones, los brazos sueltos, el vestido convertido en una corola roja que durante un segundo no escondió absolutamente nada. Ni bragas, ni sombra: el coño depilado al aire, los labios brillantes, la raja marcada como una invitación.

—¿Llego muy provocadora? —preguntó, sabiendo de sobra la respuesta.

—Llegas tarde —mentí, porque la tardía había sido yo.

Las dos rondábamos los cuarenta y llevábamos años aprendiendo a usarlos a nuestro favor. Sonia tenía esa seguridad de mujer que dejó de pedir permiso hace tiempo, y esa noche la traía puesta como un perfume. Yo no me había quedado atrás. Me había decidido por una falda negra tan estrecha y tan corta que más parecía un cinturón ancho, con una tira de encaje en el borde, supuestamente para mitigar daños. La blusa blanca era el verdadero golpe: una transparencia discreta a primera vista que, bajo la luz adecuada, no dejaba lugar a dudas. Los pezones se marcaban tiesos contra la tela, oscuros, duros, pidiendo dientes.

—Vamos —dijo ella, enganchando su brazo al mío—. He reservado la del ventanal.

Tacones altos las dos. Labios rojos las dos. Cualquiera que nos mirara con un mínimo de atención entendía que teníamos hambre. Y no precisamente de la carta.

El camarero que nos recibió nos pidió que lo siguiéramos, y mientras cruzábamos el comedor sentí la sala entera girarse hacia nosotras como si fuéramos parte del menú. Caminé despacio, midiendo el balanceo, dejando que la falda hiciera su trabajo. El mismo camarero, muy correcto, se ofreció a acomodarnos en las sillas. Se le notó en la cara el momento exacto en que comprobó que, al sentarnos, ninguna de las dos llevaba nada debajo. Su mirada bajó a mi coño abierto entre los muslos, subió a las tetas de Sonia asomando por el escote, fingió no haber visto. Pero había visto. Y ya no se le iba a bajar el bulto en toda la noche.

La mesa de al lado estaba ocupada por tres hombres de traje, corbatas serias y canas dignas, de esos que rozan la jubilación y la llevan con dinero. Tres ejecutivos. No nos quitaron el ojo en toda la velada, y para ser justa, la culpa fue enteramente nuestra.

—Mira al del medio —murmuró Sonia, abriendo la carta sin leerla—. Lleva diez minutos sin pestañear.

—Dales algo que mirar, entonces —dije yo.

Sonia no necesitaba que la animaran. Dejó caer la servilleta, como sin querer, y para recogerla apuntó las piernas hacia su mesa y las separó apenas lo justo. Fue un instante, el tiempo de un suspiro, pero suficiente para que los tres entendieran el mensaje: coño desnudo, brillante, tan mojado que las luces del comedor se reflejaban en él. El escote se inclinó con ella y terminó de contar todo lo que el vestido aún disimulaba: dos tetas grandes, pesadas, con los pezones apuntando hacia abajo como dedos acusadores.

Si vamos a hacerlo, lo hacemos bien.

Minutos después fui yo la que perdió el tenedor. Voló de la mesa con una torpeza muy ensayada. Me levanté, caminé hasta él dándoles la espalda y, sin doblar las rodillas, me incliné despacio para recogerlo. La falda, que ya pedía poco para rendirse, terminó de subir hasta la cintura y les regalé el culo entero, las nalgas separadas, el ojete pequeño y oscuro y, debajo, el coño hinchado y abierto como una fruta partida. Cuando volví a tener el cubierto en la mano, se me escapó otra vez. Esta vez me agaché de frente a ellos, flexionando las piernas muy abiertas, mirándolos a los ojos mientras lo hacía. Que vieran bien los labios, el clítoris asomando, el hilo de humedad bajándome por el interior del muslo.

—Se te cae mucho la cubertería —dijo Sonia entre risas cuando volví a sentarme.

—Manos torpes —respondí—. La edad.

Las dos sabíamos que de torpe no había nada. Yo me desabroché un par de botones más de la cuenta, lo justo para que medio pecho asomara cuando me inclinaba hacia ella a hablar. Sonia tenía un máster en dejar resbalar el tirante por el hombro en el momento preciso: el vestido caía, la teta quedaba fuera, el pezón duro apuntando al comedor durante tres, cuatro segundos larguísimos antes de recolocarse con una lentitud calculada. Les servimos un festín a todos los que quisieron mirar, y mirar quiso casi todo el comedor.

No todos lo agradecieron, claro. Los camareros empezaron a recibir comentarios de los clientes más pudorosos, y un par de matrimonios de cierta edad y mucha decencia decidieron pedir la cuenta antes del postre. Vimos a uno de ellos negar con la cabeza mientras su mujer lo arrastraba hacia la salida.

—Se van —observó Sonia, encantada.

—Se lo pierden —dije.

Los cuatro camareros del turno se reposicionaron cerca de nuestra mesa. En teoría, para intimidarnos y conseguir que nos comportáramos como Dios manda. Les dimos motivos de sobra para no alejarse ni un metro. El bulto que ninguno conseguía disimular bajo el pantalón era el mejor permiso que podían concedernos para seguir con el juego. Se les marcaban las pollas duras contra la tela negra del uniforme, y uno de ellos, el más joven, se llevaba la bandeja delante de la bragueta cada vez que pasaba.

—¿Tú crees que alguno de esos tres tendrá lo que hay que tener para acercarse e invitarnos a su mesa? —preguntó Sonia, clavando la mirada en el mayor de los ejecutivos.

—No lo sé —contesté—. Pero tú me vas a decir cómo lo tienen cuando te sigan al baño.

Sonia me sostuvo la mirada un segundo, divertida, y aceptó el reto sin decir una palabra. Se levantó y caminó hacia el fondo despacio, marcando cada paso con la cadera, haciendo que el vestido rojo cogiera vuelo y enseñara media nalga a cada zancada. Justo cuando desapareció tras el biombo que separaba los aseos, el mayor de los tres dejó la servilleta sobre la mesa y se puso de pie. El segundo, más joven y con menos canas, no quiso quedarse atrás y siguió a su jefe. Los dos cruzaron el biombo con un disimulo que no engañaba a nadie, con la polla marcada bajo el pantalón de vestir.

El tercero se quedó solo en la mesa, vigilando, nervioso, removiendo el hielo de su copa sin beber. Decidí hacerle compañía a distancia. Desde mi silla me abrí de piernas con calma estudiada y dejé que la luz le mostrara lo que buscaba: el coño empapado, los labios separados, un dedo mío recorriéndome el clítoris con la excusa de rascarme el muslo. Me toqué el pelo, me cubrí, fingí no darme cuenta y, al rato, le ofrecí el otro lado como si fuera un descuido, esta vez metiéndome dos dedos hasta los nudillos y sacándolos brillantes para chuparlos mirándolo a los ojos. El pobre hombre no sabía dónde poner las manos.

—Paciencia —le dije en voz baja, aunque no podía oírme—. Llegará tu turno.

Mientras tanto, los camareros no se decidían entre escandalizarse y disfrutar del espectáculo. Uno de ellos, el más mayor del turno, se acercó con la excusa de rellenarme la copa y aprovechó para inclinarse más de lo necesario. Le dejé mirar. Total, a esas alturas de la noche ya formaba parte del público, y un buen público merece su recompensa. Le cogí la muñeca libre, se la bajé por debajo del mantel y se la puse contra el coño mojado un segundo, solo un segundo, el suficiente para que sintiera lo empapada que estaba. Le sostuve la mirada hasta que se le subieron los colores y tuvo que retirarse con la jarra temblándole en la mano y los dedos brillantes de mí.

Pobres. No saben con quién se han cruzado esta noche.

***

Lo que pasó tras el biombo me lo contó Sonia después, con esa media sonrisa suya, pero conociéndola no me costó imaginarlo mientras esperaba.

Estaba apoyada en el lavamanos, mirándose al espejo, retocándose el carmín, cuando oyó la puerta abrirse a su espalda. No se giró. Levantó la falda hasta la cintura, apoyó las dos manos en la porcelana fría y se abrió de piernas mirándolos por el reflejo. El culo respingón, el coño hinchado, la humedad ya bajándole por dentro del muslo.

—¿Se han perdido, caballeros? —preguntó sin volverse.

Ninguno respondió. No hacía falta. Los dos se estaban sacando la polla al mismo tiempo, con esa prisa torpe de los hombres que llevan años sin que una mujer les diga que sí sin preguntar. El mayor la tenía gruesa, corta, colorada. El segundo, más larga, curva hacia arriba, con la punta ya perlada.

—No tarden —añadió ella—. Mi amiga espera a que terminen para entrar con el tercero.

El mayor no perdió un segundo. Se arrodilló detrás de ella y la recorrió entera con la lengua, del clítoris al ojete, despacio primero y con hambre después, como si llevara veinte años esperando esa mesa y esa noche. Le abrió las nalgas con las dos manos, le hundió la cara entre ellas y se la comió a bocados, chupándole los labios uno a uno, metiéndole la lengua todo lo que le entraba, escupiéndole encima y volviendo a lamer. Sonia se apoyó de codos en el lavamanos, arqueando la espalda para ofrecerle mejor, gimiendo bajito con la boca contra el espejo.

El segundo se ocupó del escote, se sacó las tetas del vestido de un tirón y se las mamó, mordiéndole los pezones hasta que ella gritó. Luego se metió a la boca de Sonia la polla curva, sin pedir permiso, agarrándole el pelo. Ella la aceptó entera, chupando con esas mejillas hundidas que solo saben hacer las mujeres a las que les gusta hacerlo, tragándosela hasta la garganta, dejando que él le follara la boca a golpes cortos. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía sobre las tetas.

Los dejó hacer un rato, con los ojos entrecerrados, y luego se cansó de la ceremonia.

—No tengo toda la noche —les avisó, sacándose la polla de la boca con un chasquido—. Por donde quieran, pero ya.

El mayor se incorporó y se la metió por detrás de una sola estocada, hundiéndose en ella hasta los huevos mientras le sujetaba las caderas con las dos manos. Sonia soltó un grito ronco al sentir cómo se la clavaba entera, la polla gruesa abriéndole el coño de par en par. Él empezó a follársela a golpes secos, sonoros, cada embestida haciendo que las nalgas le rebotaran contra la barriga del hombre. El más joven quiso otra cosa y se plantó delante. Lo que empezó como una boca curiosa terminó en algo mucho menos delicado: él marcando el ritmo con las dos manos en la nuca de ella, hundiéndosela hasta el fondo, sacándola brillante de babas, volviendo a meterla. Sonia dejándose llevar sin perder nunca el control de la escena, con los ojos llorosos y una polla en cada agujero, apretando el coño alrededor del jefe cada vez que el pequeño se la metía hasta la garganta.

Apenas aguantó un minuto el muchacho. Se corrió con un gemido agudo dentro de su boca, disparándole la leche contra el paladar en chorros que ella se tragó sin soltarle la polla, chupándole hasta la última gota. Cuando por fin la sacó, ella abrió la boca para enseñársela vacía y le lamió la punta como despedida. El mayor escuchó los jadeos a su espalda y perdió el control. Le clavó los dedos en las caderas, le pegó tres embestidas brutales que la levantaron del lavamanos y se vino dentro con un rugido, vaciándose entero en su coño, la corrida rebosándole entre los labios y goteando al suelo cuando por fin sacó la polla, blanda, brillante, chorreando semen y flujo.

Sonia se quedó un momento apoyada, respirando, sintiendo cómo la leche del hombre le resbalaba por el interior del muslo. Se metió dos dedos, se sacó una hebra espesa y se la limpió en el borde del lavamanos.

—Díganle a su colega que venga —pidió mientras se recomponía el vestido frente al espejo—. Que pregunte por mi amiga. Va a contar en la oficina lo que le hizo y no le van a creer.

—Ni a nosotros —oyó decir a uno de ellos antes de que la puerta se cerrara.

***

Sonia salió del fondo caminando igual que había entrado, con el mismo balanceo, dándole vuelo al vestido para regalar otra vez sus medias nalgas al comedor. Pasó junto a mi silla, me rozó el hombro con los dedos y me dijo al oído una sola palabra:

—Tuyo.

El tercer ejecutivo entendió la señal sin que nadie tuviera que dibujársela. Se levantó, se ajustó la corbata como si eso fuera a devolverle la compostura, y caminó hacia los aseos con la dignidad temblando en las rodillas y la polla ya media dura marcándosele en el pantalón.

Lo encontré dentro, de pie junto al lavamanos, con esa mezcla de miedo y deseo que tienen los hombres que llevan toda la vida portándose bien. Le puse una mano en el pecho, lo guié hasta apoyarlo contra la pared y le dije al oído que se quedara quieto, que esa parte era mía. Obedeció. A su edad ya había aprendido a obedecer a la mujer correcta.

Le desabroché el cinturón sin apartarle los ojos de encima. Le bajé el pantalón hasta los tobillos y luego el calzoncillo, y me encontré con una polla larga, venosa, curvada, que se le puso tiesa contra la barriga en cuanto la liberé. La agarré con una mano, se la apreté en la base y me arrodillé delante. Le pasé la lengua por los huevos primero, uno y otro, chupándoselos con la boca abierta, y luego subí por el tronco lamiendo cada vena hasta la punta. Le corría un hilo de líquido claro. Lo recogí con la lengua, se lo mostré, y me la metí entera de un golpe.

El hombre soltó un gruñido que rebotó en los azulejos. Le agarré el culo con las dos manos y me lo empujé contra la cara, tragándomela hasta que la nariz se me hundió en el vello de su pubis. Se la mamé despacio, con hambre, sacándomela para escupirle encima y volviendo a meterla, chupando la punta hasta que se le doblaban las piernas y luego bajando otra vez hasta el fondo. Cada vez que sentía que se iba a correr, le apretaba la base y esperaba. Que sufriera. Que se acordara.

Cuando ya no aguantaba más, me levanté, me subí la falda, apoyé una pierna en el borde del lavamanos y le agarré la polla para guiársela.

—Métemela —le ordené—. Hasta el fondo. Sin cuidado.

Obedeció. Me la clavó de un empujón y yo grité con la boca contra su cuello. La tenía larga, más de lo que aparentaba, y me llegó a un sitio dentro que hacía tiempo que nadie tocaba. Empezó a follarme de pie, sujetándome el culo con las dos manos, embistiéndome contra el lavamanos mientras yo le mordía la clavícula por encima de la camisa. Los tacones me resbalaban en las baldosas. Cada embestida me subía el coño más contra su pubis, cada golpe me arrancaba un jadeo que ni intenté disimular.

Lo giré. Lo puse de espaldas al espejo. Le hice sentarse en el borde del lavamanos y me subí encima, ensartándome yo misma en su polla, poniéndome a cabalgarlo con las manos apoyadas en sus hombros. Le enseñé las tetas fuera de la blusa, se las restregué contra la boca, le hice que me mordiera los pezones mientras yo subía y bajaba, el coño chapoteando cada vez que me hundía hasta abajo. El hombre estaba con los ojos cerrados, la boca abierta, la cara de estar aprendiendo algo nuevo a los sesenta años.

—Mírame —le dije, cogiéndole la barbilla—. Mírame follarte.

Abrió los ojos y ya no los cerró. Me lo trabajé lento primero, casi cruel, dejando que me sintiera entrar milímetro a milímetro, sacándomela hasta la punta y volviendo a hundirme. Cuando lo tuve al borde, cambié el ritmo. Me solté, me apoyé hacia atrás, y me monté sobre él a golpes duros, rápidos, el coño tragándomelo entero una y otra vez, mis nalgas dando contra sus muslos con un chasquido húmedo que llenó todo el baño. Grité al correrme, sin cuidarme, apretándome sobre él con todo el coño en espasmos, y él aguantó tres embestidas más antes de vaciarse dentro con un rugido ronco, agarrándome las caderas hasta hacerme daño, disparando la leche caliente hasta el fondo.

Me quedé un rato encima, sintiéndolo latir dentro, esperando a que se le fuera el temblor. Cuando por fin me levanté, la polla salió blanda y brillante, y un chorro espeso de semen me cayó por dentro del muslo hasta la rodilla. Ni me molesté en limpiarme. Me bajé la falda, me recompuse los pechos dentro de la blusa y le pasé un dedo por los labios, dejándole un rastro de carmín corrido.

—Buen chico —le dije.

Aquel hombre salió mirándose las manos como si no terminara de creerse lo que acababa de vivir. Cuando lo dejé seco y volví a la mesa, Sonia ya había pedido la cuenta y dos copas para el camino.

—¿Postre? —me preguntó el camarero más joven, con una valentía que no esperaba.

—En casa —respondió Sonia por mí, deslizándole un billete generoso y una sonrisa que valía más.

Salimos de El Faro del brazo, los tacones repiqueteando sobre la acera, el aire fresco de la noche colándose por debajo de mi falda imposible y secándome el semen que aún me chorreaba entre las piernas. Atrás quedaban tres ejecutivos que no volverían a mirar una cena de empresa de la misma manera, cuatro camareros con una historia para toda la vida y un comedor entero preguntándose qué demonios acababa de presenciar.

—¿Y ahora? —pregunté, aunque conocía la respuesta.

—Ahora —dijo Sonia, apretándose contra mi costado, metiéndome la mano por debajo de la falda y encontrándome empapada de mí y del ejecutivo—, lo de verdad. Las dos solas. Voy a lamerte hasta que me supliques que pare.

Y nos fuimos, con ganas de más. De mucho más. Porque a nuestra edad ya habíamos aprendido lo único que de verdad importa: que el hambre, la buena, no se sacia en ningún restaurante.

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Comentarios(7)

GabiSur

Que relato!!! me encanto de principio a fin

Cata_83

Por favor segui con esta historia, me quede con muchas ganas de mas!!

MagdaLpz

Me recordo a una cena con una amiga... jajaja, los secretos que guardamos entre nosotras

NochereraBA

Lo que mas me gusto es como describís esa tension desde el primer parrafo. Increible la narrativa

Juanchi_Cba

Muy bien escrito, se nota el talento. Chapeau

Marce_L

buenisimo!!

Flor_leo

Elegante sin ser burdo, sensual y bien narrado. Eso es lo que diferencia un buen relato. Felicitaciones

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