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Relatos Ardientes

La cabaña donde mi amante maduro perdió el control

Soy Mariana, y vuelvo a contar uno de esos recuerdos que guardo solo para mí. Esteban llevaba meses con la misma idea metida en la cabeza, una obsesión que repetía como un mantra cada vez que me tenía cerca. Yo le seguía el juego, me reía, lo dejaba creer que mandaba, pero después me las arreglaba para llevar las riendas: terminaba siempre montándolo, marcándole el ritmo con las caderas apretadas contra las suyas, o vaciándolo con la boca hasta dejarlo sin argumentos, tragándome cada gota de su corrida mientras él me apretaba el pelo y gemía como un perro. Eso lo volvía loco, y yo lo sabía.

Pero él era terco. No se daba por vencido. Según mi calendario faltaba apenas un día para que su capricho dejara de tener consecuencias, y él, que también llevaba la cuenta, no pensaba esperar tanto. Acomodó horarios, movió compromisos y me convenció de pasar esa noche entera con él. Era viernes. Le dije a todo el mundo que dormiría en casa de Lucía, una amiga que conocía mis andanzas y me cubría sin hacer preguntas.

—¿Y si te llaman? —me había advertido ella esa tarde.

—Nadie va a llamar —contesté, ya con el bolso al hombro.

Nadie llamaba nunca. Esa era la parte fácil.

Esteban, por su lado, inventó un viaje de trabajo y prometió volver al día siguiente. Como Lucía vivía a pocas cuadras de mi casa, salí caminando. Le había dicho dónde dejar el auto para que me esperara sin que nadie lo viera. Entré, charlé un rato con ella en la cocina, dejé mi bolso sobre su cama para que pareciera que me quedaba, y salí de nuevo por la puerta del fondo, esa que daba al callejón y que ella siempre dejaba sin trabar para mí.

El auto estaba donde habíamos quedado, con las luces apagadas y el motor tibio. Me subí, cerré la puerta despacio y recién entonces respiré.

—Pensé que te ibas a arrepentir —dijo él, mirándome de reojo.

—Todavía estás a tiempo de desilusionarte.

Se rió y arrancó. La cabaña quedaba a unos veinte kilómetros, en una zona de árboles donde no había vecinos ni luces. Durante el camino casi no hablamos. Él manejaba con una mano y con la otra me apretaba el muslo, subiendo apenas, midiendo mi paciencia, hasta que los dedos se le colaron por debajo de la pollera y encontraron la humedad que ya me chorreaba entre las piernas. Me tocó por encima de la bombacha, apretando el clítoris con el pulgar, y después la corrió a un costado y me metió dos dedos hasta el fondo. Yo abrí las piernas y dejé que hiciera, porque me gustaba esa lentitud, esa manera suya de tomarse su tiempo que solo dan los años. Cuando llegamos a la cabaña, tenía la mano empapada.

***

La cabaña olía a madera y a leña vieja. Esteban encendió una lámpara de pie y la luz cálida se repartió por las paredes. No perdió el tiempo en preámbulos: me besó contra la puerta apenas la cerró, con las manos firmes en mi cintura, y yo sentí cómo todo el cansancio del disimulo se me iba del cuerpo de golpe. Me arrancó la blusa de un tirón, me bajó el corpiño hasta liberarme las tetas y se agachó a chuparme los pezones uno por uno, mordiéndolos con la fuerza justa para hacerme arquear la espalda. Le desabroché el cinturón mientras él me lamía, y cuando le bajé el pantalón la tenía dura, palpitando, escapándose del calzoncillo. Se la apreté con la mano y él gruñó contra mi cuello.

Me llevó hasta la cama y lo primero que hizo fue arrodillarse frente a mí. Conocía bien lo que me gustaba. Me abrió las piernas de par en par, me arrancó la bombacha empapada y hundió la cara en mi coño sin ceremonia. Su lengua trabajó con esa paciencia exasperante, dando vueltas al clítoris, chupándolo, alternando con la punta que se metía adentro y salía brillante de mis jugos. Me lamía de arriba abajo, de la raja del culo hasta el capuchón, y volvía al punto exacto donde yo lo necesitaba. Le agarré la cabeza con las dos manos y le refregué el coño contra la boca, sin vergüenza, hasta que el primer orgasmo me dobló las rodillas y tuve que sostenerme de su pelo para no caerme. Sentí cómo se me contraía todo por dentro y le empapé la barba y el mentón. Cuando terminé, jadeando, lo único justo era devolverle el favor.

—Tramposo —le dije, empujándolo de espaldas sobre el colchón.

—Soy práctico —contestó, con esa sonrisa de hombre que ya no tiene nada que demostrar.

Me arrodillé entre sus piernas y la tomé con la boca despacio, mirándolo, disfrutando de cómo se le tensaba la mandíbula. Le lamí la punta primero, saboreando la gota espesa que ya asomaba, y después me la fui metiendo entera, hasta que sentí la cabeza pegarme en la garganta. Le mamé la verga con ganas, subiendo y bajando, mientras con una mano le acariciaba las bolas y con la otra le apretaba la base. La saqué chorreando de saliva y le pasé la lengua por debajo, siguiendo la vena gruesa que la recorría, y él soltó un jadeo largo. Cuando lo sentí firme, con la polla dura como un fierro y la respiración rota, lo monté. Me acomodé sobre él, agarré la verga con la mano y me la fui metiendo de a poco, sintiendo cómo me abría por dentro. Apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme buscando mi propio ritmo, el que sabía que me sacaría otro orgasmo. Subía y bajaba entera, la sentía salir casi por completo y volvía a clavármela hasta el fondo, con las tetas rebotándome en la cara. Él me dejó hacer un rato, con los ojos entrecerrados, apretándome el culo con las dos manos, pero cuando lo sentí cerca del final me levanté de golpe, le agarré la verga chorreando y me la metí en la boca. Su descarga terminó donde yo quería que terminara, lejos de todo riesgo, con chorros espesos que me llenaron la lengua y me bajaron por la comisura, y lo escuché soltar una maldición ronca contra la almohada.

Un punto para mí.

Descansamos apenas unos minutos, lo justo para recuperar el aliento, y volvimos a empezar. Yo trataba de seguir llevando las riendas, pero él estaba decidido a imponer lo suyo, y cada vez que cambiábamos de posición yo aprovechaba su cansancio para volver a montarlo y dominar la situación. Me la volvió a poner dura chupándome las tetas y metiéndome los dedos, y yo se la cabalgué de frente primero, después de espaldas, siempre marcando el ritmo, siempre asegurándome de que cuando estuviera por acabar la sacara a tiempo. Terminé la segunda vez con él lamiéndome el clítoris mientras yo le acariciaba la polla, y la tercera con la corrida esparcida por mis tetas.

En una de esas estaba sobre él otra vez, de espaldas, con las manos apoyadas en sus rodillas, dándole la nuca. Él me había dejado la piel ardiendo a base de palmadas que retumbaban en la habitación silenciosa, cachetadas secas en el culo que me dejaban la huella marcada y me hacían apretarlo más adentro. Yo me movía despacio, sintiendo cómo su verga me golpeaba el fondo del coño en cada bajada, y él me abría las nalgas con los pulgares mientras me miraba entrar y salir. Estaba a punto de venirme de nuevo, con los ojos cerrados, entregada, y bajé la guardia. No lo sentí incorporarse.

Fue un movimiento brusco, calculado, de alguien que llevaba toda la noche esperando ese descuido. Me dobló hacia adelante y quedé boca abajo, con medio cuerpo colgando al pie de la cama, sin apoyo, sin equilibrio. Antes de que pudiera reaccionar ya se había acomodado detrás de mí, y esta vez no fue al agujero de siempre. Sentí la punta de su polla, todavía resbaladiza con mis propios jugos, empujando contra el ojete apretado del culo, y después el ardor de la cabeza abriéndose paso adentro.

—Esteban —alcancé a decir, mitad protesta, mitad otra cosa.

No me hizo caso. Empujó con paciencia hasta metérmela entera, hasta que sentí sus bolas golpearme contra el coño, y ahí empezó a moverse con fuerza, sujetándome de las caderas, sacándomela casi entera y clavándomela de nuevo hasta el fondo. En esa posición, doblada, con la cara aplastada contra el colchón y el culo en pompa, no había manera de sacármelo de encima. Me daba estocadas duras, secas, y con cada una yo soltaba un gruñido ahogado contra las sábanas. Se llevó una mano por debajo y me empezó a frotar el clítoris mientras me la seguía metiendo por atrás, y lo peor —o lo mejor— era que yo también estaba a punto. La cabeza me decía una cosa y el cuerpo otra. Dejé de pelear. Me acabé con la polla enterrada hasta el fondo del culo y los dedos apretándome el coño, y él lo sintió en cómo se le cerraba todo alrededor. Dos embestidas más y descargó adentro, con un rugido, vaciándose entero donde yo nunca lo había dejado antes. Terminé mordiendo las sábanas para no gritar, sintiendo el chorro caliente inundándome por dentro.

Se quedó así un momento, quieto, sin separarse, con su peso encima del mío y la respiración pesada contra mi nuca, la verga latiendo todavía adentro.

—Feliz cumpleaños —me susurró al oído.

Me reí sin fuerzas. Era cierto, faltaba poco para mi cumpleaños, y él se las había arreglado para convertir su capricho en un regalo. Tramposo hasta el final. Cuando por fin sacó la polla, sentí el reguero de semen escurrirse por la cara interna de los muslos.

***

Se levantó y fue al baño. Lo escuché abrir la ducha; la noche era calurosa y él transpiraba como un caballo después del esfuerzo. Yo me quedé boca arriba, mirando las vigas del techo, repasando lo que acababa de pasar y lo que eso podía significar según mi maldito calendario. Tenía que estar bien. Faltaba un día. Solo un día.

Cuando volvió, todavía húmedo y con una toalla en la cintura, pensé que la noche había terminado. Me equivoqué. Se acostó a mi lado, me apartó el pelo de la cara y su lengua empezó a jugar de nuevo, sin prisa, encendiéndome otra vez de a poco, como quien sopla una brasa que creía apagada. Me chupó los pezones hasta ponerlos duros, me bajó besando el vientre y volvió a hundir la cara entre mis piernas, esta vez despacio, saboreándome, mientras yo le clavaba los talones en la espalda.

—No puedo más —mentí.

—Una más —dijo, y no era una pregunta.

Se recostó y me pidió, sin palabras, que se la chupara. Pensé que sería su último tiro de la noche, así que me esmeré. Me acomodé entre sus piernas y lo tomé con ganas, decidida a sacarlo así, con la boca, para cerrar la cuenta de una vez. Le lamí la verga entera, de las bolas a la punta, me la metí hasta la garganta y la saqué llena de saliva, después la volví a hundir marcando un ritmo constante, chupando fuerte, hueco de mejillas. Le mamé también los huevos, uno por vez, mientras le corría la polla con la mano. Lo tenía cerca, lo sentía latir contra mi lengua, cuando otra vez me sorprendió: me agarró con fuerza, me puso boca arriba y se metió de una sola estocada, hasta el fondo del coño empapado.

—Sos imposible —jadeé.

—Vos me hiciste así —contestó, embistiendo.

Bufaba como un toro, con las manos clavadas en mis nalgas, apretándome contra él, sin dejarme margen. Me abrió las piernas hasta pegármelas al pecho y me la clavaba con todo el peso del cuerpo, golpeándome el fondo con cada estocada, haciendo que la cama crujiera contra la pared. Me chupaba el cuello, me mordía los pezones, me agarraba de la garganta sin apretar, marcándome como suya. Y yo, con la cabeza hecha un lío, dividida entre cuánto me gustaba sentirlo así de descontrolado y el miedo a que esa noche tuviera un costo que no quería pagar. Pero ya no había nada que hacer. En esa posición, con su peso encima, lo único que me quedaba era rendirme. Me rendí. Le enganché las piernas en la cintura y lo apreté contra mí, sintiendo cómo se iba tensando, cómo la respiración se le entrecortaba, hasta que sentí los últimos espasmos de su cuerpo y el chorro caliente derramándose adentro por segunda vez esa noche. Dejé de pensar.

***

Para cuando terminamos eran casi las cinco de la mañana. Nos higienizamos en silencio, todavía con el cuerpo tibio y el semen escurriéndoseme entre los muslos por más que me limpiara, y él me llevó de vuelta. Me dejó a una cuadra de la casa de Lucía, con las primeras luces del cielo empezando a aclarar.

—¿Cuándo te vuelvo a ver? —preguntó antes de que bajara.

—Cuando esté segura de que no hiciste ninguna travesura —contesté.

No entendió del todo, o fingió no entender. Le di un beso corto y bajé. Entré por el callejón, me colé de nuevo en el cuarto de Lucía y me dejé caer en la cama justo cuando ella se daba vuelta entre sueños.

—¿Y? —murmuró sin abrir los ojos.

—Después te cuento.

Pasaron los días. Esteban me buscó, me mandó mensajes, insistió como siempre, pero no quise verlo hasta estar tranquila. Necesitaba saber que su obsesión no se había salido con la suya esa noche en la cabaña. Cuando por fin tuve la certeza de que todo seguía bajo control, sentí un alivio enorme, casi tan intenso como el placer de aquella madrugada.

Le escribí una sola línea: «Ya podés desilusionarte de nuevo cuando quieras».

Tardó tres segundos en contestar que pasaba a buscarme esa misma noche. Y yo, que debería haber aprendido la lección, me reí sola frente al teléfono y empecé a pensar dónde dejaría el bolso esta vez.

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Comentarios(2)

Clarita_Mdp

Que relato tan bueno!! me tuvo enganchada de principio a fin, no pude parar de leer

ManuRojas78

Me recordo a una escapada que tuve hace años, esa mezcla de adrenalina y algo mas... muy bien contado la verdad

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