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Relatos Ardientes

La veterana del club me puso la prueba final

Lorena llegó a la costa a los veintisiete con una maleta, un par de tacones gastados y la certeza de que sabía bailar mejor que cualquiera. En su pueblo, tierra adentro, había aprendido que su cuerpo abría puertas que el dinero no podía. Quería las luces, el mar y un escenario donde la miraran. La Riviera tenía las tres cosas.

El anuncio en el diario local era escueto: «Se buscan bailarinas para local exclusivo. Presencia y actitud». No daba dirección, solo un teléfono. Lorena llamó esa misma tarde.

El dueño del lugar era un hombre al que todos llamaban el Tano, aunque su nombre real era Marcos. Cuarenta y ocho años, trajes que costaban lo que ella ganaba en un mes, una calma de quien nunca tiene que levantar la voz. Manejaba tres antros en la zona, y dos de ellos —La Palmera y el Náutico— eran lo más caro que se podía pagar de noche en esa franja de playa.

—El negocio lo armó mi padre —le diría después, sin que ella preguntara—. Yo solo aprendí a no romper sus reglas.

La regla de oro, esa no la dijo en voz alta hasta mucho más tarde: jamás cogerse a una empleada.

***

El casting se hizo en una casa alquilada, lejos de los locales. Diez postulantes, repartidas en cuatro días. De diez quedaron cinco, y entre esas cinco estaba Lorena. Dos dominicanas que trabajaban en pareja, Yara y Daniela; una venezolana de caderas rotundas llamada Valeria; una brasileña de sonrisa fácil, Bianca; y ella.

El día de su prueba, una mujer la recibió en la puerta. Carmen tenía algo más de cuarenta años y los llevaba como una condecoración. Pelo recogido, vestido oscuro de buen corte, una mirada que medía a Lorena de los pies a la cabeza en menos de tres segundos.

—Soy la mano derecha del Tano —dijo—. Hace veinte años que estoy en esto. Todo lo que sé, lo aprendí parándome donde tú estás parada ahora.

Lorena entendió enseguida que aquella mujer decidía más que el dueño. Carmen no la tocó, no le pidió que se desnudara. Le pidió que bailara. Y mientras Lorena se movía sobre el piso de madera, sintió esos ojos clavados en su espalda como dos manos.

—Se te da natural —dijo Carmen al final—. Eso no se enseña. Lo demás, sí.

El problema fue el horario. Para cuando llegó el turno de Lorena, ya era de noche y el local debía abrir. Carmen la miró un largo rato antes de hablar.

—Tu prueba la vas a rendir adentro, en La Palmera. Frente a clientes de verdad. Si lo haces bien, el puesto es tuyo. —Hizo una pausa—. Esfuérzate. Y no nos decepciones.

***

Entraron por una puerta trasera. Las chicas del local la maquillaron, la vistieron, le ajustaron una tanga brillante que se le hundía entre las nalgas y le dejaba el coño apenas cubierto por un triángulo de tela, y la empujaron con cariño hacia la escalera que daba al escenario. Cuando Lorena pisó el salón a las once de la noche, el ruido la golpeó como una ola: música, humo, copas, y decenas de miradas que se giraron hacia ella.

Arriba, en un palco apartado, vio al Tano por primera vez. Estaba quieto, una copa en la mano, observando todo como un dueño observa su casa.

Bailó. Algunos clientes le deslizaron billetes en la tanga, rozándole la piel del pubis con los dedos; otros le pasaron la mano por la cadera y le apretaron el culo al pasar. Ella respondía con sonrisas medidas, ni demasiado distantes ni demasiado fáciles. Un hombre de unos cincuenta, muy bien vestido, con cara de haber salido de una telenovela, le hizo señas de que se sentara con él. Carmen, desde la barra, le indicó con un gesto que aceptara.

Compartieron champán. Lorena bebió poco; era su primera noche y necesitaba la cabeza fría. Cerca de la una, el hombre llamó a Carmen, hablaron en voz baja, y ella se acercó a Lorena para murmurarle al oído.

—De aquí en más depende de ti. Si vuelve contento, tienes trabajo. Anda.

El cliente la guió por un pasillo hasta un cuarto en penumbras, iluminado apenas por una luz azul. Se sentó en el borde de la cama amplia y la invitó a acercarse. La tocó con una delicadeza que ella no esperaba; recorrió cada curva con la yema de los dedos, le pellizcó los pezones hasta ponérselos duros como piedritas, y le bajó la tanga muy despacio, como si desenvolviera algo frágil. La tela salió mojada, con un hilo brillante que colgaba del coño hasta la tela.

—Mira cómo estás, puta —murmuró él, pasándole dos dedos por la raja empapada—. Toda mojada para mí.

—Cómemelo —le pidió ella, abriendo las piernas sobre la cama—. Cómeme el coño hasta que me corra en tu boca.

Él se hincó en la alfombra y le hundió la cara entre los muslos. Le abrió los labios del coño con los pulgares y sacó una lengua ancha, gruesa, que le recorrió toda la raja de abajo hacia arriba, dejándola brillante. La chupó como si tuviera sed de meses, sorbiendo, tragando, metiéndole la lengua adentro y sacándola para lamerle el clítoris con la punta. Le clavó los dientes suaves en los labios mayores, le sopló el ojete al pasar, volvió a subir. Cuando le prendió el clítoris entre los labios y empezó a chuparlo como si le sacara jugo, Lorena arqueó la espalda y le apretó la cara contra el coño con las dos manos.

—Así, así, no pares, cabrón, no pares…

La lengua del hombre era paciente, insistente, y a pesar de que llevaba toda la noche fingiendo, esa parte no la fingió. Lo tomó del cabello, lo guió, le empujó la cara contra su carne mojada, dejó escapar un gemido que era de verdad. Le empapó la barbilla y el mentón. Cuando sintió que se venía, le apretó los muslos alrededor de la cabeza y se le corrió en la boca con un espasmo largo que le sacudió el vientre y le hizo bajar un chorrito tibio por la raja del culo.

El hombre se levantó, se abrió el pantalón y sacó una polla gruesa, no muy larga, con el glande hinchado y una gota de líquido en la punta. Se la puso delante de la cara.

—Ahora tú. Chúpamela como lo haces cuando quieres el puesto.

Lorena se arrodilló en el borde de la cama, le tomó la verga con una mano y se la metió en la boca hasta el fondo. Empezó despacio, ensalivándola, dejándola brillar, y después le agarró un ritmo húmedo, chupando con las mejillas hundidas mientras le masajeaba los huevos con la otra mano. Se la sacaba entera para lamerla desde los cojones hasta la punta, le besaba el glande, se lo escupía y volvía a tragársela hasta que se atragantaba y le caían dos lagrimones de rímel por la cara. El hombre gimió, le sujetó la cabeza y le empujó la polla en la garganta un par de veces, hasta que la sintió arcadear.

—Al coño, ponte —jadeó—. Te quiero coger ya.

La tumbó boca arriba, le levantó las piernas y se la enterró de una sola embestida. Lorena pegó un grito ronco cuando sintió esa verga abriéndole el coño hasta el fondo. Él no era el más dotado ni el más fuerte, pero ella supo hacerle creer que la llevaba al cielo. Cerró el coño alrededor de la polla, se movió abajo con la cadera, le fue al encuentro cada vez que él bajaba.

—Qué rica polla, papi, qué rica me la metes… más fuerte, dame más fuerte…

—Puta rica, coño apretado, ¿te gusta la verga, eh?, ¿te gusta cómo te la meto?

La montó, la puso a cuatro patas, le agarró el pelo como si fuera una rienda y se la clavó desde atrás mientras le daba palmadas en el culo que resonaban en el cuarto. Le metió un pulgar mojado de saliva en el ojete y siguió cogiéndosela así, con la polla en el coño y el dedo en el culo, hasta que ella pidió el clímax con la voz rota. Cuando notó que él estaba por acabar, se giró de golpe, se le arrodilló delante y le sacó los últimos empujones con la mano, la boca abierta, la lengua afuera.

—Córrete en mi boca, ándale, todo adentro.

El hombre gimió como un animal y le vació la corrida a chorros en la lengua, en los labios, en la barbilla. Lorena tragó lo que pudo, sin dejar de mirarlo a los ojos, y se relamió lo que le quedó afuera. Se pasó un dedo por el mentón y se lo chupó despacio. Cuando él acabó de vestirse, lo hizo convencido de que jamás había tenido una mujer así.

Él le dejó unos billetes que ella guardó sin contar, y volvió al salón con una sonrisa de hombre satisfecho.

***

Lorena bajó a ducharse al vestidor del personal. Estaba reacomodándose el maquillaje cuando golpearon la puerta. Era el Tano.

—Mi mejor cliente se fue feliz —dijo, apoyado en el marco—. Tienes el puesto. Mañana a las diez te espera Carmen en esta dirección. Quédate con lo que te pagó esta noche.

Ella estaba en las nubes. Lo abrazó por impulso, y antes de pensarlo le dio un beso corto en los labios. El Tano la dejó hacer, sorprendido. No la apartó, pero tampoco respondió. Recién en el taxi, de vuelta a su departamento, Lorena se acordó de los billetes: doscientos dólares apretados entre la ropa sudada. Se durmió esa noche con la sensación de que su vida acababa de cambiar de carril.

***

La casona donde la instalaron era para las novatas. Vivían ocho mujeres allí, con gimnasio, estudio de baile, un gabinete de estética y un patio para tomar sol. Carmen las gobernaba con mano firme y voz suave. Las reglas eran claras: shows semanales, atenciones especiales solo con su aprobación, mitad de lo que pagara cada cliente VIP, y traslado al Faro —el antro de tercera— si alguna bajaba el rendimiento.

Lorena firmó el contrato por dos años junto a las otras tres. Lo que no entendía era por qué, a diferencia de sus compañeras, a ella nadie la tocaba. Hacía shows donde los clientes miraban pero no podían acercarse. Sus ingresos crecían; su frustración, también. Se pasaba las noches en su cama de la casona metiéndose los dedos en el coño, pensando en el Tano, en esa boca de la que había robado un beso, y se corría mordiendo la almohada para que las otras no la oyeran.

La primera tarde, el Tano la citó a su despacho.

—Eres la única que no revisé en persona —dijo—. Quiero saber si me equivoqué eligiéndote.

Se puso de pie y se acercó. Le recorrió la figura con una mano, despacio, sin la brusquedad que ella temía. Le abrió el cierre del vestido en la espalda y se lo dejó caer al piso. Le desabrochó el sostén con dos dedos y se lo bajó por los brazos. Le tomó los pechos en las manos, se los sopesó, se los apretó suave, le pellizcó los pezones hasta que ella soltó un jadeo. La delicadeza la desarmó más que cualquier manoseo. Lorena cerró los ojos, abrió un poco las piernas, lo dejó trabajar. El Tano se hincó, le bajó la tanga con los dientes y le hundió la nariz en el pubis, oliéndola.

—Estás mojada de solo estar parada —murmuró.

—Llevo seis meses mojada por ti —contestó ella—. Deja de hacerte el difícil.

Él le pasó la lengua por la raja, larga, lenta, y se la dejó plantada en el clítoris hasta que Lorena empezó a temblar. Le metió dos dedos en el coño y siguió chupándole el botón, moviendo los dedos adentro con un gesto de "ven aquí" contra el techo de la vagina. Cuando la sintió al borde, se la sacó de golpe, se puso de pie y se desnudó sin apuro. Cuando ella los volvió a abrir, él estaba desnudo y la miraba como quien sabe que está a punto de cometer un error. Tenía una polla dura, medio curvada, no la más grande que Lorena había visto, pero sí la que más le calentaba en la vida.

—¿Estás segura? —preguntó—. No hay nada de por medio.

—Métemela —dijo ella—. Fóllame, Marcos. Necesito que alguien me llene de una vez.

La tumbó sobre el escritorio, le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Se pasó el glande por la raja empapada, se lo restregó contra el clítoris varias veces, jugando con ella hasta que Lorena le pidió que dejara de torturarla. Entonces se la metió despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos mientras la abría. Lorena arqueó la espalda y se mordió el labio de abajo cuando lo sintió entrar hasta la raíz.

—Así, como una puta bien tuya —jadeó ella—. Cógeme, no seas suave.

El Tano no era el más dotado, pero tenía algo que ninguno de los clientes: tiempo y ganas. La cogió despacio primero, midiéndole el jadeo, y después le agarró un ritmo hondo que le hacía chocar los huevos contra el culo. La levantó del escritorio, la llevó al sillón de cuero, la puso a horcajadas encima suyo y la hizo cabalgarlo. Lorena le rebotó las tetas en la cara, se agarró del respaldo, subía y bajaba clavándose la polla hasta el fondo, sintiendo el glande golpearle un punto profundo que la hacía gemir cada vez más agudo.

—Qué rico coño tienes, carajo —le decía él contra la boca—, no sabía que se sentía así, no sabía…

La volteó, la puso de espaldas contra el respaldo, arrodillada en el sillón, y se la metió otra vez desde atrás. Le agarró las tetas con las dos manos, le besó la nuca, le mordió el hombro. Se la cogió así por largo rato, escuchándola pedir más, hasta que la giró de nuevo, la tumbó boca arriba y le puso las piernas sobre los hombros. Los dos estaban empapados. El polvo duró casi una hora. Lorena se corrió tres veces antes de que él estallara, la última con un grito largo, arañándole la espalda, apretándole la polla adentro con espasmos que lo hicieron acabar también. Él se salió de golpe, se abrió la mano en el vientre de ella y le vació la corrida caliente sobre el ombligo y las tetas, chorros gruesos que le mancharon la piel. Cuando terminó, se inclinó y le dejó una mordida suave en el cuello, una firma.

—Cuando quieras, seré tu hombre —le susurró Lorena al oído, mientras se pasaba dos dedos por la corrida del vientre y se los llevaba a la boca.

Y ahí, en su mente, sonaron todas las alarmas. Se salió de golpe, se vistió rápido y le señaló la puerta.

—Debes irte. Fue lo mejor en años, pero no puedo enredarme contigo.

Lorena recogió su ropa y salió en silencio. No entendía nada. Lo que no sabía era que acababa de tocar la única regla que el Tano juraba no romper.

***

Pasaron seis meses. Lorena seguía siendo la única intocable del lugar, una estrella enjaulada. Hasta que una tarde Carmen pidió hablar a solas con el Tano.

—Te conozco desde niño —le dijo—. Ella te gusta. No lo niegues.

—Te equivocas.

—Soy mujer, Marcos. Y soy yo la que se va a equivocar si me quedo callada. —Carmen sonrió con cansancio—. Tengo cuarenta y dos años. Llevo veinte en esto. Es hora de que me retire. Y esa muchacha es la mujer que estabas esperando, aunque no lo veas.

—No puedes irte.

—Me quedaré en la casona, cuidando a las chicas. Pero dale a ella lo que tú me diste a mí cuando tu padre se retiró. —Lo miró largo—. Solo te pido un último favor. Cuando una reina deja el trono, pide un último deseo. El mío es una tarde más. Las dos juntas. Después la convierto en mi sucesora con mis propias manos.

El Tano accedió.

***

Le dijeron a Lorena que viajarían los tres a Bahía Dorada, a ver una locación para un antro nuevo. Ella creyó que sería la segunda de Carmen. No sabía que en realidad iba a ocupar su lugar.

El hotel era el mejor de la ciudad, una suite que ocupaba casi un piso entero. Mientras el Tano salía a recorrer locales, Carmen llevó a Lorena de tiendas: vestidos de noche, zapatos a juego y, al final, una boutique de lencería donde gastaron una fortuna con la tarjeta de él.

—¿Qué está pasando, Carmen? —preguntó Lorena en la cafetería del centro comercial—. ¿Por qué viajamos solo nosotros tres?

—Solo te lo digo si juras silencio.

—Lo juro.

—Esta noche tienes tu prueba más difícil. Si la superas, vas a estar por encima de todas. Incluso por encima de mí. No la desaproveches.

De vuelta en la suite, Carmen la llevó al baño, la ayudó a arreglarse y le tendió un conjunto turquesa que parecía dibujado sobre su piel. Después la hizo desfilar, le corrigió la postura, le acentuó el contoneo. Pero en algún momento las correcciones se volvieron caricias.

Las manos de Carmen recorrieron las curvas de Lorena con la seguridad de quien conoce el cuerpo de una mujer mejor que ella misma. Le pasó las palmas por el vientre plano, subió a las tetas, le rozó los pezones a través del encaje turquesa hasta ponérselos tiesos. Le mordió el lóbulo de la oreja. Lorena sintió la piel erizarse, la respiración de la otra acercándose a su nuca. Cuando los labios de Carmen rozaron los suyos, no los apartó. Entreabrió la boca y dejó que la lengua experimentada se enredara con la suya.

Era la primera vez que estaba con una mujer. Y aquella mujer sabía exactamente qué hacer. Carmen le desabrochó el corpiño con un gesto y le lamió los pezones uno a uno, chupándolos hasta dejarlos hinchados, mordiéndolos justo cuando Lorena creía que iba a parar. Le fue bajando por el vientre, arrodillada, y le arrastró la tanguita turquesa con los dientes. Le abrió las piernas de pie contra la cómoda, le pasó la lengua entera por la raja y se la comió con hambre. Lorena tuvo que agarrarse del mueble para no caerse.

—Sabes rico, mi amor —murmuró Carmen entre lamidas—, sabes a chica nueva.

Lorena le arrancó el vestido con torpeza, ansiosa, y Carmen la arrastró a la cama. La tumbó y se le montó encima en sesenta y nueve, con el coño maduro y afeitado sobre la cara de Lorena. Le comió los pechos sin prisa, le marcó la piel con la boca, le hundió tres dedos mientras le hablaba bajito al oído. Lorena, debajo, aprendió lo que hace segundos no sabía: sacó la lengua y la metió entre esos labios más gruesos que los suyos, buscó a tientas el clítoris, lo chupó como le habían chupado a ella. Carmen gimió y le apretó el coño contra la boca.

—Así, aprendes rápido, cariño, cómemelo así…

Comieron una de la otra durante largo rato, cambiando de postura, chupándose los dedos, restregándose los coños uno contra el otro, la tijera clásica de mujer con mujer. Lorena se entregó por completo, gimiendo contra esa boca, descubriendo de golpe todo lo que se había estado negando. Carmen la puso boca abajo, le abrió las nalgas y le pasó la lengua por el ojete, un beso mojado que Lorena nunca había recibido de nadie. Chilló contra la almohada. Le metió dos dedos en el coño desde atrás y el pulgar en el culo, y le fue trabajando los dos huecos a la vez con paciencia de maestra.

Estaba al borde del orgasmo cuando sintió otras manos abriéndole las caderas desde atrás. No necesitó girarse para saber. El Tano se había sumado en silencio. Se había desnudado sin que ellas lo oyeran y ya tenía la polla dura apuntándole al coño de Lorena, mientras Carmen se corría al ver esa escena, sentada a un costado, mordiéndose el labio. Marcos se la metió a Lorena desde atrás de una sola embestida, hasta el fondo, y ella pegó un grito ahogado contra el colchón.

—Cógemela para mí —susurró Carmen, arrimándose—. Cógemela bien mientras yo le como el coño por delante.

Se acomodaron los tres: Lorena de rodillas sobre la cama, con las manos apoyadas en el respaldo; el Tano detrás, embistiéndola en el coño con los huevos golpeándole el clítoris; Carmen debajo, en la clásica postura del sesenta y nueve invertido, chupándole el clítoris a Lorena mientras la polla del Tano entraba y salía a un centímetro de su boca. De vez en cuando Carmen le sacaba la verga a Marcos, se la lamía brillante de flujo, se la volvía a meter en el coño a Lorena de un empujón. Entre la boca de la mujer, la polla del hombre y las manos que la agarraban por todos lados, Lorena perdió la última frontera que le quedaba.

La cambiaron de postura otra vez. La sentaron a horcajadas sobre el Tano y Carmen se acomodó detrás de ella, chupándole los pechos por encima del hombro, susurrándole obscenidades al oído mientras le pellizcaba los pezones.

—Mírate, reina, cabalgándolo, ya eres nuestra dueña, ya no eres de nadie más…

Lorena montó al Tano hasta que sintió el orgasmo llegándole desde adentro, un latigazo que le empezó en el coño y le subió por la espalda. Acabó entre gritos, temblando encima del hombre, con el coño apretándole la polla en espasmos que lo hicieron acabar a él también. Marcos le vació la corrida adentro con un gemido largo. Cuando ella se levantó, un hilo espeso de semen le bajó por la cara interna del muslo, y Carmen, sin preguntar, se agachó y se lo lamió hasta la raíz del coño. Después la besó en la boca y Lorena se probó a sí misma mezclada con la corrida de él. Cayó sobre el cuerpo tibio de la otra mujer, y por un largo rato los tres quedaron tendidos, sudados, sin hablar.

—Te felicito —dijo Carmen al fin, acariciándole el pelo como una hermana mayor—. El Tano nunca besa a nadie. Excepto a mí. Y a ti. Eres bienvenida.

—¿Qué fue esto? —murmuró Lorena.

—Tu graduación. Me retiro. Tú ocupas mi lugar. Él te eligió.

***

Pasaron las noches en aquella suite entre champán, mar y conversaciones honestas. El Tano —Marcos, le confesó por fin su nombre— le explicó las nuevas reglas con cartas sobre la mesa. Carmen aceptó su retiro en Bahía Dorada, donde cuidaría a las profesionales del antro nuevo, y pidió una última noche a solas con él. Lorena, lejos de los celos, se la concedió.

Carmen se quedó en su nuevo puesto, satisfecha como quien por fin baja un peso. Las otras chicas siguieron su camino: las dominicanas ascendieron en el Náutico, Bianca cruzó a aprender el oficio de Carmen, y Valeria, la venezolana que el primer día había reaccionado mal a cada gesto, terminó en el Faro, donde nadie la recordaba.

Lorena regresó con Marcos a la costa. Ya no vivía en la casona: tenía casa propia, con un patio donde podía tomar sol sin que nadie la mirara salvo él. De noche dirigía La Palmera desde el palco que antes ocupaba el Tano. De día eran dos socios que también eran amantes, lo que es una forma rara y peligrosa de ser felices.

Un año después se casaron. Compraron una casa frente al mar, lejos de los antros y de las reglas. Y cada tanto Carmen los visitaba, ya retirada de verdad, para recordarles a los tres dónde había empezado todo: en una audición de medianoche, con una mujer experimentada que decidió, por una vez, romper la única regla que importaba.

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Comentarios(2)

TabuFan

Excelente!!! La categoria maduras es mi favorita y esto no decepciona para nada

JulioNorte

Necesito la segunda parte ya, no puede quedar ahi la cosa

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