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Relatos Ardientes

A mis cincuenta, el becario me hizo sentir viva

Cuando el director general me avisó de que íbamos a recibir a un becario de la delegación de Canadá y de que estaría a mi cargo durante cuatro semanas, confieso que no me hizo demasiada gracia. Esa clase de estancias suelen servir para formar a algún junior con proyección de futuro directivo, y a mí no me sobraba el tiempo. Pero siendo la directora de operaciones de una de las sucursales más grandes de la compañía, en Valencia, no estaba en posición de negarme.

Cuando me pasaron su currículum, lo primero en lo que me fijé fue en la foto y en la fecha de nacimiento, para saber a qué me enfrentaba. La foto era la de un chico bien parecido, el típico pelirrojo de piel clara, con el pelo rizado y la cara cubierta de pecas. Tenía veintiséis años, y me sorprendió que tan joven ya estuviera señalado para ocupar puestos de responsabilidad. Luego miré su formación académica y lo entendí: dos ingenierías con notas medias por encima del ocho y varios másteres, todos relacionados con nuestra actividad. Era como si se hubiera preparado a propósito para hacer carrera en una empresa de obra civil como la nuestra.

El lunes siguiente se presentó en mi despacho a primera hora. Nos saludamos con un apretón de manos y le pedí que se sentara al otro lado de la mesa. Lo acribillé a preguntas y respondió a todas con una calma y una coherencia impropias de su edad. No solo estaba formado: tenía aplomo y una simpatía desarmante. Hablaba un español perfecto, además de francés y alemán, porque su padre era diplomático y había vivido en media docena de países. Una joya en bruto, vamos.

Le puse al corriente de dos proyectos que tenía entre manos y lo paseé por el departamento para presentárselo al resto del equipo. No pude evitar notar cómo varias compañeras cuchicheaban a su paso, e incluso alguna soltó un comentario que no venía a cuento en horario de trabajo. No dije nada. Son jóvenes y me gusta tener un ambiente distendido en la oficina.

Con el paso de los días comprobé que no solo había estudiado mucho. Era inteligente por naturaleza, rápido para leer cada situación, capaz de proponer soluciones como quien no ha roto un plato en su vida. En una sola semana se convirtió en un apoyo de verdad, despertando cierto recelo entre los demás, aunque supo ganárselos. Comía con el equipo, se tomaba una cerveza al cerrar la jornada en lugar de marcharse al apartamento que le había buscado Recursos Humanos.

Llegó una circular anunciando que la cena de Navidad de la empresa sería el viernes de la semana siguiente, y se lo trasladé a mi gente por correo. Aidan, así se llamaba, me contestó al instante preguntando si él también podía asistir. Le dije que por supuesto. Su segunda pregunta fue si hacía falta esmoquin, y respondí con una sonrisa que era una cena informal, que ni siquiera se requería corbata, aunque podía llevarla si quería. No hubo más preguntas.

***

Llegó el día. Quedamos a las ocho y, como tengo por costumbre, aparecí antes de la hora. Apenas habían llegado media docena de compañeros, entre ellos Aidan, fiel a la puntualidad de su tierra. Esta vez lo saludé con dos besos y se quedó descolocado; tuve que aclararle que en estas ocasiones era normal saludarnos así entre nosotros, aunque fuéramos colegas de trabajo.

Me había puesto un vestido rojo con un escote generoso que delataba la ausencia de sujetador, por encima de la rodilla y con vuelo, conjuntado con unos zapatos de charol negro de tacón de aguja. No suelo acudir a los eventos de la empresa sintiéndome así, pero era una fiesta y era mi manera de no desentonar pese a mi edad, cincuenta años recién cumplidos.

Aidan reaccionó como solía. Me cogió de la mano, me apartó un poco para mirarme de arriba abajo y me dijo que estaba preciosa. Me ruboricé como una cría. Ya no estaba acostumbrada a esos piropos, y menos de un chaval al que le doblaba la edad. Lo achaqué a la educación anglosajona, a un malentendido idiomático o a algo que habría leído por ahí y que consideraba un cumplido social para una mujer mayor.

Nos sentamos a tomar una cerveza mientras los demás iban llegando. Nosotros seguimos en nuestro rincón, con una conversación amena, al margen del resto. La verdad es que él había tenido una vida apasionante, al menos comparada con la mía: me casé a los veintidós y lo más interesante de nuestra historia habían sido los éxitos profesionales de los dos, porque no pudimos tener hijos y eso nos fue hundiendo poco a poco en la monotonía.

Al terminar la cena retiraron las mesas, montaron una barra y empezó a sonar música. La gente se lanzó a bailar y a beber algo más fuerte que el vino. Aidan me tomó del codo con suavidad y nos acercamos a la barra. Preguntó por las marcas de whisky y pidió dos de una botella que yo no había probado en mi vida, pero que estaba buenísima. Al poco me pidió que dejara el vaso y, cogiéndome de la mano, me sacó a bailar justo cuando cambiaron a ritmos lentos.

Ni me di cuenta del momento en que pegó su cuerpo al mío. Reconozco que me sentí halagada al notar su cara junto a la mía mientras me cantaba al oído. Con toda la pista llena de compañeros, yo sentía como si estuviéramos los dos solos. Cuando arrancó un bolero antiguo, me apretó contra él, me puso una mano en la cadera y bailamos completamente pegados hasta que tomé conciencia de la situación. Era una directiva de la empresa, casada, rodeada de gente que me conocía. Me entró el pánico y le dije que necesitaba salir al jardín a que me diera el aire. Fue la primera excusa que se me ocurrió para separarme de él.

***

Nada más salir, el frío de diciembre me erizó la piel y me froté los brazos para entrar en calor. Enseguida sentí los suyos rodeándome la espalda y su aliento en la oreja, todavía cantándome el bolero que habíamos dejado a medias. Apoyé la espalda en su pecho, puse mis manos sobre las suyas y me mecí al ritmo de su voz. No tardé en notar sus labios rozándome el cuello.

Empezó a recorrerme un calor por todo el cuerpo. Deslicé sus manos hacia arriba hasta colocarlas sobre mis pechos y se las presioné con delicadeza. Una de sus manos se coló por el escote y me acarició, mientras la otra bajaba por mi vientre y se detenía a la altura del ombligo. Le cogí esa mano y la fui guiando hacia abajo hasta dejarla sobre mi sexo, por encima de la tela. La presionó buscando el punto justo y, en cuanto lo encontró, empezó a dibujar círculos lentos. Perdí la noción del tiempo y del lugar; solo era capaz de sentir lo que me estaba haciendo. Me corrí despacio, intensamente, contra su mano. Hacía demasiado que no sentía un orgasmo semejante.

Esto es una locura, pensé. Y aun así no quise pararlo.

Me propuso escaparnos de la fiesta con cualquier pretexto hacia el apartamento que la empresa le había alquilado. No fui demasiado consciente de lo que decía o hacía; solo pensaba en disfrutar de aquel chico hasta quedar agotada, como me ocurría hace años y ya casi no recordaba.

Salimos por separado. Me subí a un taxi y, un instante después, él entró por la puerta contraria como surgido de la nada. Le dio la dirección al conductor y, en cuanto arrancamos, empezó a besarme como un poseído. Me sentí la mujer más deseada del mundo. En algún momento crucé la mirada con el taxista por el retrovisor y lo descubrí observándonos. Me dio igual. Si había un testigo de mi felicidad, mejor.

***

Llegamos al edificio. Aidan pagó con tarjeta para no esperar el cambio y, ya en el ascensor, me devoró a besos con una mano apoyada en mi espalda y la otra deslizándose más abajo. Solo deseaba que me hiciera suya cuanto antes. Entramos en el apartamento sin dejar de besarnos y nos dirigimos directos al dormitorio. Con prisas me desabrochó el vestido mientras yo peleaba con los botones de su camisa.

El vestido cayó al suelo y se apartó lo justo para mirarme. Me besó un pecho con ansia y sentí una punzada bajar por mi vientre. Se desnudó deprisa, yo me deshice de la última prenda y nos tumbamos. Ninguno de los dos aguantaba más. Me pidió que me pusiera encima y me senté sobre él, marcando un ritmo lento; los dos queríamos alargarlo todo lo posible, aunque no lo conseguimos. Apenas llevaba unos minutos cuando me corrí, y él aceleró hasta terminar. Me dejé caer sobre su pecho y, abrazados, recuperamos el aliento.

Diez minutos más tarde estábamos de nuevo en ello, esta vez con él detrás de mí, sujetándome de las caderas. Más relajados que al principio, fuimos cambiando de postura y disfrutándolo sin urgencias. Después de hacerme correr otra vez, descendió y me besó entre las piernas hasta arrancarme un nuevo gemido. Le pedí que se tumbara y me coloqué a su lado, en sentido contrario, para devolverle el favor. Mientras lo tenía en la boca, sus dedos me buscaron de nuevo, y los dos llegamos casi a la vez. Aún lo hicimos una vez más antes de que me diera una ducha y me vistiera.

***

Pedí un taxi para volver a casa. Eran las seis de la mañana cuando me dejó en la puerta. Le di el dinero y ni siquiera esperé el cambio antes de bajarme, para que no viera las lágrimas que ya me resbalaban por las mejillas. Era la primera vez que engañaba a mi marido en tantos años juntos.

Me acosté con sigilo para no despertarlo y no logré pegar ojo. Repasé toda la trayectoria de mi matrimonio sin encontrar una explicación al deterioro más allá del paso del tiempo. Al principio bromeábamos diciendo que parecíamos conejos. Después dejamos de madrugar, luego ya solo de noche, y no todas. Con el tiempo me acostumbré a fingir el orgasmo para dar la sesión por terminada; él se daba la vuelta y se dormía, mientras yo me terminaba en silencio para que no se enterara. Esa madrugada, incapaz de dormir, acabé fantaseando con viejos encuentros, pero cambiándole la cara a mi marido por la de Aidan. No tardé en quedarme dormida.

***

Eran más de las doce cuando desperté. Mi marido seguramente estaría en su partido de pádel de los sábados. Le mandé un mensaje diciéndole que tenía un compromiso para comer y que se preparara algo. No me apetecía nada cruzármelo cara a cara. Me duché, me puse ropa cómoda y bajé al centro a pasear por la plaza de la Reina. Cuál no sería mi sorpresa al recibir un mensaje de Aidan preguntándome por un asunto de trabajo que, evidentemente, no era de trabajo. Dudé en contestar, porque intuía cómo terminaría todo si lo hacía, pero no pude resistirme y le escribí que estaba sola tomando el aperitivo en el Mercado Central.

Media hora después me llamó. Estaba cerca y venía a acompañarme. Quedamos en una de las puertas del mercado y, al verme, llegó casi corriendo para abrazarme y besarme. Decidimos tomárnoslo con calma y nos sentamos en una terraza a picar algo con un vermut. Pasamos más de una hora charlando sin dejar de tocarnos: una mano, un brazo, la rodilla, alguna vez el muslo, algún roce supuestamente casual. Entonces me llegó un mensaje de mi marido avisando de que comía con los amigos del club y no volvería hasta la cena. Era como si me empujara a pasar la tarde con Aidan.

Le enseñé el mensaje. Con una sonrisa, pidió la cuenta, pagó y tiró de mi mano hacia la calle para parar el primer taxi libre. Le dio su dirección al conductor y, cuando iba a sugerirle que fuéramos a un sitio más público para no repetir lo de la víspera, me cerró la boca con un beso que me dejó sin respiración. Ya no tuve fuerzas para protestar.

Esta vez nos contuvimos hasta cerrar la puerta del apartamento, pero no mucho más. Me cogió por detrás, con las manos en mis pechos, y yo respondí buscándolo a él. Me bajó los pantalones y, viéndome a medio desnudar, me alzó en brazos y me llevó a la cama. En cuanto sentí su boca de nuevo entre mis piernas, me deshice del resto de la ropa. Esperó a que me corriera para colocarse encima y entrar en mí con ansia, devorándome la boca, el cuello, el lóbulo de la oreja. Me embestía con una pasión que ya no recordaba en mi marido.

Por su reacción supuse que muchas de aquellas cosas eran nuevas para él, y lo confirmé después hablando. Había tenido bastantes relaciones para su edad, pero siempre muy convencionales. Me escuchó atento cuando le dije que aún tenía mucho que descubrir, y me contestó que estaba dispuesto a aprender todo lo que yo quisiera enseñarle.

La tarde se nos hizo cortísima. Cuando quisimos darnos cuenta eran más de las ocho. Me duché a toda prisa e iba a llamar a un taxi cuando me dijo que colgara, que me llevaba él. Me dejó en una esquina y nos despedimos con un beso breve. Al llegar a casa, mi marido ya estaba en pijama frente al televisor, con una cerveza, listo para ver el partido. Lo saludé y apenas me hizo caso, lo que me tranquilizó, porque estaba demasiado nerviosa para inventar excusas sobre la hora.

***

Por asuntos de trabajo no pude volver a verlo hasta el miércoles, pese a su insistencia. Esa noche le dije a mi marido que llegaría tarde por una cena con unos clientes de Sevilla. Quedé con Aidan en su casa directamente a las seis. Antes pasé por el supermercado, porque su nevera era un desierto. Al llegar me duché para soltar la tensión del día y él se ofreció a secarme con la toalla, aunque solo fue la excusa para meterme mano y ponerme a mil. Mientras tanto había preparado dos copas con mucho hielo, lo que agradecí.

Charlamos sobre los cotilleos de la oficina. Me enteré de que más de una compañera le había tirado los tejos y de que él se había inventado una novia en Toronto para quitárselas de encima. Nos reímos mientras me acariciaba las piernas desnudas, que tenía apoyadas sobre sus muslos, acercándose cada vez más. Yo solo llevaba puesta una camiseta suya, sin nada debajo. Aproveché un movimiento de su mano para guiarla entre mis piernas y empezar a usarla a mi antojo. Diligente, me separó los muslos y atacó justo donde lo deseaba. Con un solo dedo bastó para que no aguantara más y me lanzara sobre él.

Aquella tarde fui yo quien marcó el ritmo, enseñándole con calma cada cosa que pedía mi cuerpo. Saqué del bolso un par de juguetes que había rescatado de un cajón olvidado del armario, los mismos con los que mi marido y yo, mucho tiempo atrás, intentábamos huir de la rutina. Aidan se dejó guiar con una curiosidad de alumno aplicado, atento a cada indicación, dispuesto a probarlo todo. Descubrimos juntos posturas y caricias que él no había imaginado, y yo me sentí, por primera vez en años, dueña absoluta de mi placer. Cuando terminamos, los dos estábamos rendidos sobre las sábanas revueltas, mirándonos como dos cómplices de un secreto enorme.

Era medianoche cuando volví a casa, exhausta y todavía temblorosa. Por suerte, mi marido roncaba como un bendito y ni se enteró de mi llegada. Esa noche no me costó dormirme: apoyé la cabeza en la almohada y caí redonda.

***

Era la última semana de Aidan en Valencia y decidimos celebrar el adiós en otro sitio que no fuera su apartamento. Le pedí a mi secretaria que me reservara una suite a mi nombre en un hotel frente al mar para el viernes. Quedé con él a las ocho en el restaurante y encargué que subieran la cena a las nueve. Me vestí con un traje de noche escotado y prescindí de la ropa interior.

Cuando llegó a la habitación se quedó admirado de verme tan elegante. Antes de la cena nos permitimos solo un anticipo, lo justo para abrir el apetito; el resto, decidimos, vendría después. Brindamos con champán justo cuando llamaron a la puerta con los platos, y cenamos despacio, riéndonos de todo, alargando cada minuto porque sabíamos que se nos escapaban.

No quería terminar nuestro recorrido sin cumplir una última fantasía. Después de la cena y de vaciar la botella, hicimos el amor sin prisas, al estilo más sencillo, el que él eligió para poder mirarme a los ojos y besarme mientras me hacía suyo. Podía haber elegido cualquier otra cosa, pero le pareció la más tierna, y a mí me desarmó. No pegamos ojo en toda la noche y perdimos la cuenta de las veces que nos buscamos.

A las diez de la mañana salimos del hotel para acercarlo al aeropuerto. Nos dimos el último beso devorándonos, y arranqué sin mirar siquiera por el retrovisor. No quería verlo desaparecer por la puerta de la terminal sabiendo que, casi con seguridad, no volvería a verlo. Tuve que parar el coche en el arcén de la autovía porque las lágrimas no me dejaban ver la carretera. Cuando me recompuse, tomé el camino de casa consciente de que, gracias a aquel chico, algo dentro de mí había vuelto a la vida.

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Comentarios(4)

LuciaBsAs

Que relato mas hermoso, me llego al alma. Gracias!!!

ElQueLee67

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo esto...

RetiroLector

Me recordo a una conocida que paso algo parecido cerca de los cincuenta. Dijo que fue como volver a nacer. Muy bien contado.

Curiosa22

¿Esto lo viviste vos o es pura fantasia? Se siente demasiado real para ser inventado jaja

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