Mi vecina madura me propuso ser amantes sin reglas
Las promesas que uno se hace a los sesenta deberían ser sagradas. Pero ahí estaba yo, resoplando en el tercer piso de un edificio sin ascensor, cargando una caja de libros que parecía contener toda mi vida anterior. Madrid había quedado atrás —o eso creía—, junto con los gritos de Pura, sus llamadas obsesivas y esa sensación constante de estar siendo vigilado.
Lo que no sabía entonces, mientras los músculos protestaban y las llaves tintineaban en mi mano, era que al otro lado del rellano vivía una mujer dispuesta a cambiar todas las reglas del juego.
El edificio era justo lo que esperaba de una ciudad dormitorio cerca de Alicante: ladrillo visto de los años ochenta, buzones que habían conocido días mejores y una escalera de terrazo que crujía bajo mis pies como si protestara por cada inquilino nuevo. Pero tenía algo que Madrid nunca me había dado: silencio. Un silencio bendito, sin reproches ni teorías conspiranoicas sobre todas las mujeres que supuestamente me miraban por la calle.
Perfecto. Cuanta menos gente, mejor.
Llevaba tres semanas instalándome a un ritmo desesperadamente lento. Trabajo remoto desde el despacho improvisado, gimnasio por las tardes para mantener a raya tanto los kilos como los pensamientos, y noches enteras leyendo para no pensar en la soledad que se me había metido en el pecho como un gato perezoso. Los libros eran lo único que había ordenado del todo. Mi biblioteca era mi verdadero hogar, el único rincón que tenía sentido en medio del caos de empezar de cero.
Fue un martes por la mañana cuando la vi por primera vez.
Yo salía con la bolsa de basura cuando se abrió la puerta de enfrente. Esperaba a un matrimonio mayor, de esos jubilados que pasan las mañanas discutiendo qué cocinar. No esperaba a Charo.
Lo primero que me llamó la atención fueron dos mechones completamente blancos que le enmarcaban el rostro, dándole un aire imposible de describir. El resto de su pelo era castaño claro, con canas que llevaba sin complejos, en un corte que le quedaba perfecto. Era más baja que yo, bastante más baja, pero tenía una presencia que ocupaba todo el rellano. Un vestido corto de flores le marcaba una silueta que desafiaba cualquier prejuicio sobre la edad, y unas sandalias blancas realzaban unas piernas sorprendentemente torneadas y bronceadas. Joder, pensé, sintiendo una punzada de algo que no notaba desde hacía demasiado tiempo, esta mujer está demasiado buena para ser mi vecina casada de sesenta y tantos años.
Sus ojos color miel me miraron directos, sin la timidez que esperaba de una señora de su edad, y por un momento me sentí evaluado de una manera que me aceleró el pulso.
—Buenos días —dijo con una voz ronca que me pilló desprevenido. No era áspera, sino sensual de un modo que me hizo olvidar que tenía una bolsa maloliente en la mano—. Tú debes de ser el nuevo. Nando, ¿verdad?
Asentí, preguntándome cómo sabía mi nombre.
—El portero lo comenta todo. Es nuestro servicio de información particular. —Se rio, y el sonido me gustó más de lo que debía—. Yo soy Charo. Si necesitas algo, vivo justo aquí. Llevamos cuarenta años en este piso, somos como el mobiliario original.
Me guiñó un ojo con una complicidad que me disparó algo en el pecho. ¿Acaba de coquetear conmigo, o me lo imagino porque llevo demasiado tiempo sin que una mujer me mire así?
—Por cierto, el agua caliente sube con poca presión —añadió—. Las bombas son tan viejas como nosotros. Como mi marido: poca presión para todo.
La broma me dejó sin saber si hablaba de fontanería o de algo más personal. Con Charo, como descubriría después, nunca se sabía.
—¡Hasta luego, Nando! —Se apartó un mechón con un gesto estudiadamente casual y bajó las escaleras con un paso decidido que no me dejó otra opción que fijarme en esas piernas.
Me quedé plantado en el rellano como un adolescente. Desde el divorcio daba por archivada esa parte de mi vida. Y ahí estaba ella, mi vecina casada, haciéndome sentir como si tuviera veinte otra vez.
***
Los días siguientes se convirtieron en una danza sutil. Coincidíamos recogiendo el correo, al volver del gimnasio, al bajar la basura. Sin proponérnoslo, una mierda, pensé tras el tercer encuentro «casual» en cuatro días. Yo fuerzo estos cruces, y tengo la intuición de que ella también. La idea me llenó de una satisfacción que no sentía en años.
Charo hablaba directa y sin filtros, un alivio después de años descifrando los reproches velados de Pura. Un viernes, mientras yo peleaba con tres bolsas que se empeñaban en romperse, me preguntó a qué me dedicaba.
—Informática. Consultoría de sistemas, desde casa.
—Qué moderno. Aurelio sigue pensando que los ordenadores son cosa del diablo. Se prejubiló del banco hace más de veinte años y desde entonces se dedica a la tele y los crucigramas. —Su tono se volvió mordaz—. Una se jubila del trabajo, pero no de la vida. Últimamente me la tomo con más… libertad.
La palabra «libertad» sonó cargada de significado, pero se despidió antes de que pudiera preguntar. Era como si cada conversación terminara justo cuando empezaba a ponerse interesante.
***
El martes siguiente me esperaba en el rellano con un vestido blanco y zapatos de tacón bajo.
—Tengo un problemilla tecnológico y pensé que podrías ayudarme. Mi hija le ha regalado un móvil nuevo a Aurelio y él se niega a tocarlo. ¿Podrías pasar el sábado a sincronizarlo todo? Se va a su pueblo, así no estará dando vueltas quejándose de que le tocamos sus cosas.
Algo en el modo en que dijo «sin él dando vueltas por casa» me aceleró el pulso. Una frase inocente que, viniendo de ella, sonaba a promesa.
—Claro. El sábado por la mañana me va bien.
—Eres un cielo. —Me puso una mano en el brazo, un contacto breve que me llegó como una descarga—. Te debo una cena.
***
El sábado a las diez en punto llamé a su puerta. Charo abrió enseguida, en vaqueros elásticos que le marcaban unas curvas que una mujer de su edad no tenía derecho a conservar y una blusa blanca con las mangas remangadas. Mientras la seguía hacia el salón no pude evitar mirarle el trasero. Sesenta y tres años y un culo que haría pecar a un santo. Esto no puede ser legal.
Nos sentamos con los dos teléfonos sobre la mesa de cristal. Encendí el viejo y, sin querer, vi lo que no debía: pestañas abiertas del navegador con nombres que no dejaban lugar a dudas. Chats. Foros de hombres. Aplicaciones de citas.
—Ah —dijo Charo con una calma que me dejó perplejo—. Ya has visto las guarrerías de Aurelio.
—Yo… no he visto nada —balbuceé, ardiéndome las orejas.
—Relájate. Sé de sobra que mi marido es gay. Lo sé desde hace años. —Se acomodó más cerca, lo justo para que oliera su perfume floral con un toque especiado—. Aurelio es diabético, lleva mucho sin poder cumplir como marido. Y desde entonces se refugia en esto. Está registrado en todo, fantasea horas, pero nunca queda con nadie. Le da terror que el pueblo se entere.
—¿Y a ti no te importa?
—Me importaba que me lo ocultara, no que fuera gay. —Me miró directa, y en esa mirada había algo que me secó la boca—. ¿Puedo preguntarte algo personal? ¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien?
Casi me atraganto con el café.
—Con mi exmujer. Hace… más de dos años.
—Mucho tiempo para un hombre de tu edad. —Se humedeció el labio inferior con la punta de la lengua—. ¿No echas de menos el contacto físico? ¿Una boca chupándote la polla hasta dejarte seco? ¿Un coño mojado esperándote?
Casi se me cae la taza.
—Claro que lo echo de menos.
—Por supuesto. Eres un hombre atractivo desperdiciando su verga. —Cerró la aplicación del móvil de Aurelio con un dedo y, como quien comenta el tiempo, soltó—: En febrero me fui a Mallorca, un viaje de esos para jubilados. Conocí a tres hombres. Sergio, Bruno y Quique. Y me follé a los tres. A la vez, muchas veces.
Creo que dejé de respirar.
—Resultaron ser bisexuales, los tres. Lo mejor fue eso: ninguno tenía un papel fijo, todas las combinaciones eran posibles. Me follaban por delante y por detrás mientras yo le comía la polla a otro. Uno me embestía el culo, otro me llenaba el coño, otro me acababa en la cara. Pura libertad. —Sus ojos brillaron con el recuerdo—. ¿Te escandaliza?
—Me… me sorprende. Porque estás casada.
—Nando, ¿tú crees que esto es un matrimonio? —Señaló las fotos, la vida ordenada y silenciosa—. Aurelio y yo somos compañeros de piso. Buenos compañeros. Nos cuidamos, nos respetamos, pero hace años que no somos marido y mujer de verdad. He descubierto que me encanta follar. Muchísimo. Y no pienso renunciar a ninguna polla que me la ponga dura.
El aire del salón se había vuelto espeso. Su mano encontró mi muslo, subió muy despacio y se detuvo justo donde mi erección empezaba a marcarse contra el pantalón. Me apretó, midiendo el bulto sin ningún disimulo, y una corriente directa al bajo vientre me hizo apretar los dientes.
—Vaya, vaya —murmuró—. Cómo estás para ser un hombre desperdiciado. ¿Sabes qué me gusta de ti? Que eres discreto, inteligente y vives a tres metros. Y que estás tan necesitado de follar como yo. —Retiró la mano, pero mantuvo esa proximidad que me volvía loco—. Piénsatelo. Si te apetece que seamos vecinos… con ventajas.
Se levantó a por más café y me dejó con el móvil en la mano, el cerebro hecho un lío y la polla tan dura que dolía apretada contra la bragueta.
***
Esa noche apenas dormí. El problema no era que Charo tuviera razón en todo —que la tenía—, ni siquiera era Aurelio. El problema, descubrí con un sobresalto, era que esa mujer me gustaba mucho más de lo que entraba en su plan. No era solo deseo después de tanta sequía. Era algo más completo. Más peligroso.
Aun así, cuando el lunes me la crucé volviendo de correr —top negro, mallas, el pelo pegado a la cara por el sudor— y me invitó a cenar «para agradecerme lo de los teléfonos», dije que sí antes de que el cerebro procesara nada.
—Sobre las diez y media. No hagas ruido al llamar, no vayas a despertar a Aurelio.
***
A las diez y media llamé suavemente. Charo abrió con un vestido negro ajustado, tacones y un maquillaje sutil que resaltaba esos ojos que ya me tenían medio hipnotizado. El salón estaba en penumbra, con velas que el sábado no estaban y dos copas de vino servidas.
—¿Y Aurelio?
—Durmiendo como un bebé. Su medicación lo deja fuera de combate, y el salón después de las nueve es territorio mío. Es un acuerdo tácito: él no pregunta por mis ausencias, yo no pregunto por sus aplicaciones. —Me ofreció una copa—. Que me gustas, Nando. Mucho. Y esta noche quiero que me folles hasta que no pueda andar mañana.
Su honestidad brutal siempre me desarmaba. No había juegos ni rodeos.
—Ven aquí —dijo, llevándome al sofá—. Y deja de darle vueltas. Bésame.
No hizo falta que lo repitiera. La besé, suave al principio, casi tímido. Pero Charo no tenía nada de tímida: abrió los labios al instante, su lengua buscó la mía y el beso se volvió hambriento. Sabía a vino y a promesas cumplidas. Su mano bajó directa a mi entrepierna, me apretó la polla por encima del pantalón y gimió dentro de mi boca al notarla ya dura.
—Joder, qué bien pinta esto —murmuró—. Vamos a tu casa. Aquí no me relajo. Tengo planes para ti, y no quiero contenerme.
***
En cuanto entramos en mi dormitorio, entre cajas sin abrir, se volvió hacia mí y empezó a desabrocharme la camisa con la eficiencia de quien sabe exactamente lo que quiere. Sus manos recorrieron mi pecho, mi espalda, mis brazos, como si me estuviera memorizando.
—Muy bien —ronroneó contra mi cuello—. Estás en buena forma para tu edad. Ahora desabróchame el vestido. Quiero que me veas.
Bajé la cremallera centímetro a centímetro, con manos que temblaban como si fuera la primera vez. La tela resbaló por sus hombros y caderas hasta formar un charco a sus pies. Se quedó ahí, en ropa interior de encaje negro, completamente cómoda con su cuerpo: firme, cuidado, fuerte, el de una mujer que se gusta a sí misma y sabe lo que vale. Se llevó las manos a la espalda y se soltó el sujetador con un gesto tranquilo. Las tetas cayeron pesadas, redondas, con los pezones grandes y oscuros ya duros como piedras. Me quedé un segundo mirándolas antes de agacharme, cogerlas con las dos manos y llevarme uno a la boca.
—Ah, sí… así, chúpamelas —jadeó, arqueando la espalda contra mi cara—. Muerde, no tengas miedo. Me encanta que me muerdan los pezones.
Le hice caso. Los mordí, los chupé, tiré de ellos con los dientes mientras ella me clavaba las uñas en la nuca. Bajé una mano hasta el borde de las bragas de encaje y se las corrí a un lado. Estaba empapada. Los dedos se me deslizaron sin esfuerzo entre unos labios gruesos, calientes, resbaladizos.
—Estás chorreando —murmuré contra su pezón.
—Y tú aún no me has hecho nada. Imagínate luego. Tu turno —dijo con la voz ya ronca, señalando mis pantalones.
Me los quité, junto con los calzoncillos, y mi polla saltó dura, hinchada, casi vertical contra el vientre. Ella me miró de arriba abajo con una expresión apreciativa que me devolvió toda la confianza perdida en los últimos años de matrimonio. Se relamió sin disimulo.
—Uy. Bien dotado, encima. Aurelio no sabe lo que se ha perdido, pero yo no pienso perdérmelo.
Cuando volvimos a besarnos, mi erección se apoyaba contra su vientre desnudo, y la diferencia de altura entre nosotros hacía que cada roce fuera nuevo. Ella deslizó una mano entre los dos, me agarró la polla con firmeza y empezó a masturbarme despacio, apretando la base, pasando el pulgar por el glande hasta arrancarme una gota de líquido preseminal que extendió con el dedo por toda la punta.
—Mmm. Estás listo.
Charo se humedeció los labios y se arrodilló sin dejar de mirarme a los ojos. Primero su aliento cálido contra el glande, luego un beso suave en la punta que me arrancó un gemido. Sacó la lengua y me recorrió despacio de la base al capullo, calculando cada reacción, lamiéndome como si fuera un helado. Me chupó los huevos uno por uno, se los metió en la boca, tiró de ellos con cuidado mientras la mano seguía trabajándome la polla arriba y abajo.
—Joder, Charo…
—Chsss. Calladito.
Y entonces me la tragó entera. De un golpe. Sentí cómo el glande le chocaba contra el fondo de la garganta y ella no se apartó: se quedó ahí, respirando por la nariz, tragando, apretando la lengua contra la vena de abajo. Cuando por fin subió, la polla salió brillante de saliva, con hilos de baba colgándole de la barbilla.
—Ya era hora —gruñí, hundiendo los dedos en su pelo y tirando con la dosis justa de firmeza que intuía que la encendía.
Se separó con una sonrisa traviesa, la polla apoyada contra su mejilla, y me sonrió con los ojos húmedos.
—¿Sigo? No sé si estás preparado para lo que sé hacer con esta boca.
—Por favor… no pares —supliqué, con el cerebro desconectado de mi capacidad de hablar.
Volvió a metérsela, esta vez marcando ella el ritmo: entraba y salía, la lengua girando alrededor del glande cada vez que subía, la garganta apretándome cada vez que bajaba. Con una mano me acunaba los huevos, con la otra se acariciaba a sí misma entre las piernas, y yo la veía masturbarse mientras me chupaba la polla y creía que iba a correrme solo con esa imagen. Era ella quien controlaba el ritmo, quien me mantenía al borde con una presión suave y constante mientras yo empujaba las caderas sin éxito buscando más.
—¿Cómo ha podido perderse esto Aurelio? —conseguí jadear.
—Me enseñaron cuatro maestros muy aplicados —dijo con malicia, los labios rozándome el glande, escupiéndome encima y extendiendo la saliva con la mano—. En Mallorca. A veces tenía dos pollas en la boca a la vez, ¿sabes? Dos glandes rozándose contra mi lengua. Aprendí a tragar bien. ¿Crees que estás a la altura de tanta formación?
—Sí… creo que sí.
Volvió a su tarea con una dedicación que me dejó indefenso. Sus manos acunaron el resto de mi cuerpo mientras su boca trabajaba, un dedo mojado en saliva bajó a acariciarme el perineo, presionando justo detrás de los huevos, y cuando supo que ya no podía aguantar se separó lo justo para hablar, la polla latiéndome contra sus labios.
—Córrete, Nando. En mi boca. No pienses, solo dispárame en la garganta.
Me la tragó otra vez, hasta el fondo, y me rendí en cuestión de segundos. La polla me explotó dentro de su boca en chorros gruesos, largos, uno detrás de otro, más semen del que creía posible después de dos años sin nada. No se apartó: me acogió hasta el final, tragando lo que podía, y cuando por fin me soltó abrió la boca para enseñarme lo que quedaba antes de tragárselo con un gesto casi orgulloso.
—Rico —dijo, relamiéndose una gota de la comisura—. Necesitabas soltar eso, ¿eh?
***
—Ahora es tu turno —dijo al volver del baño, señalándome con el dedo—. A ver si me demuestras las ganas que me tienes. Y no seas vago, que yo he trabajado mucho.
Se tumbó en mi cama sin un gramo de pudor, se quitó las bragas de encaje y abrió las piernas con una naturalidad que me dejó sin aliento. La contemplé un instante, absorto: mi vecina, desnuda en mi cama, esperándome con el coño abierto, brillante, los labios inflamados y rosados, el clítoris asomando hinchado. Un pequeño triángulo de vello recortado apuntaba directamente a esa carne empapada.
—No te quedes ahí pasmado, que no tengo toda la mañana —se rio, y se abrió los labios del coño con dos dedos, enseñándome el interior rosa y húmedo—. Ven a comérmelo.
Le coloqué los muslos sobre los hombros y me situé entre sus piernas. El olor a hembra excitada me golpeó de lleno.
—¿Aquí, señora?
—Ahí mismo, listillo. Y atento a mis indicaciones, que yo ya sé lo que me gusta. Empieza despacio, chúpame los labios primero, no te lances al clítoris de golpe.
Le hice caso al pie de la letra. Le pasé la lengua por el interior de los muslos, mordisqueándole la piel suave hasta que empezó a impacientarse. Después le lamí los labios exteriores, luego los interiores, chupándolos entre los míos, tirando de ellos con cuidado. Estaba tan mojada que se me llenaba la boca de su sabor con cada pasada. Metí la lengua hasta el fondo, follándomela con ella, y Charo soltó un gemido largo que me puso la polla dura otra vez.
—Así, Dios, así… ahora el clítoris, dale con la punta, círculos, círculos… —jadeaba, con las manos hundidas en mi pelo guiándome exactamente donde lo necesitaba.
Mi lengua encontró su clítoris, hinchado y duro como un botoncito, y empezó a trabajarlo en círculos apretados como me pedía. Le metí dos dedos a la vez y ella se arqueó de la cama, echando la cabeza hacia atrás.
—¡Sí! Los dos dedos, curva hacia arriba, busca el punto… ay, cabrón, ahí, AHÍ.
Se retorcía contra mi boca, arqueando la espalda, restregándose el coño contra mi cara sin pudor, y yo la dejaba, chupándole el clítoris más fuerte, follándomela con los dedos al ritmo que ella marcaba con las caderas. Esa seguridad suya me excitaba tanto como el sabor de su piel.
—Así, no pares… por favor —jadeaba—. Sigue, más rápido con la lengua, más rápido…
Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba al borde del estallido, las piernas cerrándose alrededor de mi cabeza, y le clavé los dedos hasta el nudillo mientras le succionaba el clítoris entre los labios. Se corrió con un grito ronco que tuvo que ahogar contra el dorso de la mano, empapándome la barbilla, la boca y el cuello con un chorro caliente que me pilló por sorpresa. Pero justo cuando la sentía todavía temblando, se incorporó como un resorte y me besó con una urgencia desesperada, probando su propio sabor en mis labios sin ningún reparo.
—Fóllame —exigió contra mi boca, con esa voz ronca que me enloquecía—. Ahora. Te necesito dentro. Métemela hasta el fondo, no te contengas.
La polla se me había puesto dura como una piedra otra vez sin darme cuenta. Ella me la agarró con la mano, la guio hasta la entrada del coño y se la restregó por los labios y el clítoris, mojándome el glande con su humedad, antes de guiarme adentro.
—Ahora. Empújame.
Me hundí despacio en su calidez, sintiendo cómo su coño se abría para tragarme entero. Estaba estrecha, calentísima, apretada, y me cerraba a su alrededor con espasmos que todavía le quedaban del orgasmo anterior. La diferencia de altura que antes había sido evidente ahora jugaba a favor: podía cubrirla por completo mientras nos movíamos buscando el ritmo, primero lento, empujando hasta el fondo y saliendo casi entero antes de volver a hundirme, y ella cada vez arqueando más la espalda, gimiendo cada vez más alto.
—Más fuerte —jadeó—. No soy de porcelana. Fóllame de verdad.
Le hice caso. La embestí con todo, dejando que las caderas chocaran contra sus muslos con un chapoteo húmedo cada vez, y ella me clavó los talones en la espalda para tirarme aún más adentro. Sus tetas rebotaban con cada embestida y yo bajé la boca a chupárselas mientras seguía follándomela.
—Sí, joder, así, dame duro… más… —jadeaba entre dientes—. Muérdemelas.
—Date la vuelta —le gruñí, saliendo un segundo—. A cuatro patas.
Obedeció al instante, con una obediencia que me sorprendió viniendo de una mujer que llevaba toda la noche marcando el ritmo. Se puso de rodillas, el culo levantado hacia mí, la espalda arqueada, y esa postura me dejó ver hasta el último pliegue: el coño abierto y goteando, el ojete pequeño y rosado justo encima. Le agarré las caderas con las dos manos y me metí de un solo golpe.
—¡Ay, Dios! —gritó contra la almohada, mordiéndola para no despertar a nadie del edificio.
Empecé a follármela con ganas, con las manos apretándole el culo, viendo cómo mi polla entraba y salía brillante de sus jugos. Le di una palmada en la nalga y ella se estremeció de gusto.
—Más… otra… —gimió.
Se la di. Y otra. Le dejé el culo rojo mientras seguía embistiéndola por detrás, y su coño respondía apretándome cada vez más, como si supiera exactamente lo que hacía. Un dedo mío se le paseó por la raja del culo, mojado con sus propios jugos, y le rozó el ano. Ella gimió más fuerte.
—¿Ahí también? —le pregunté.
—Ahí también. Un dedo. Con cuidado.
Se lo metí despacio, hasta el nudillo, mientras la polla seguía trabajándole el coño, y Charo enterró la cara en la almohada soltando un jadeo largo, ahogado, obsceno.
—Me voy a correr otra vez —avisó, casi con voz de sorpresa—. Otra vez, joder, no pares, no pares…
Se corrió apretándome la polla con unos espasmos tan fuertes que casi me arrastran a mí también. Aguanté, sacando el dedo, sujetándole las caderas, y esperé a que dejara de temblar antes de tumbarla boca arriba otra vez. Quería verle la cara cuando acabara.
Le puse las piernas sobre mis hombros, doblándola casi en dos, y me hundí hasta el fondo. Desde ese ángulo entraba más profundo aún, y ella lo notó: abrió mucho los ojos y me clavó las uñas en los antebrazos.
—Ah… así… no voy a poder andar mañana —jadeó, con una sonrisa medio boba entre embestida y embestida.
—Ese era el plan, ¿no?
La embestí a un ritmo cada vez más brutal, oyendo cómo se me acercaba el clímax por segunda vez esa noche. Ella me miró a los ojos hasta el último temblor, y cuando le pregunté sin palabras dónde lo quería, alargó la mano, se pellizcó un pezón y jadeó:
—Dentro. Todo dentro. Estoy operada, hace veinte años, dame todo lo que tengas.
Fue suficiente. Me hundí hasta el fondo, apreté los dientes y me corrí dentro de ella en oleadas largas, sintiendo cómo su coño me ordeñaba, cómo me apretaba cada vez que un chorro salía. Y cuando por fin me quedé quieto, empapado en sudor, ella soltó una risa satisfecha, floja, larga, y me atrajo hacia abajo para besarme con una ternura que no cuadraba con la brutalidad del momento anterior. No fue elegante ni silencioso: fue el desahogo descarado de dos personas que llevaban demasiado tiempo esperando.
***
Después nos quedamos tumbados en la penumbra, recuperando el aliento, su cabeza sobre mi pecho, mi semen escurriéndosele todavía entre los muslos hasta la sábana. Ni se molestó en limpiarse. Al contrario, se metió un dedo dentro, lo sacó brillante y se lo llevó a los labios con una sonrisa perezosa.
—¿Ves como no era para tanto darle vueltas? —dijo, dibujando círculos perezosos sobre mi piel.
Sonreí, pero por dentro ya sabía cuál era mi verdadero problema. No era Aurelio. No era el pecado de estar con una mujer casada. Era que, mientras ella me hablaba de discreción y de un acuerdo cómodo, yo me estaba enamorando como un crío.
—Esto no va a convertirse en algo más, Nando —murmuró, como si me hubiera leído el pensamiento—. Yo no voy a dejar a Aurelio. Él me necesita, y yo necesito la estabilidad que me da. Pero esto —me besó el pecho, luego más abajo, la lengua pasándome por el ombligo— es mío. Nuestro. Y pienso repetirlo muchas veces.
—Nuestro —repetí.
—Complicado, imperfecto, pero nuestro. Y muy, muy sucio.
Desde el rellano llegó el ruido de una puerta. Aurelio había vuelto del médico antes de tiempo. Charo suspiró y empezó a buscar su ropa por el suelo, todavía con las piernas temblándole, con mi semen chorreándole por el interior del muslo, y no se limpió: se subió las bragas encima, se ajustó el vestido y se rio bajito.
—Voy a llegar así a casa, mira qué asco —susurró con una sonrisa perversa—. Me encanta.
—Hora de volver a la realidad —dije.
La vi vestirse a la luz tenue y marcharse, como haría docenas de veces después, y esperé a oír su voz al otro lado de la pared preguntándole a su marido qué tal le había ido. La vida de los vecinos del cuarto continuaba con sus rutinas, sus secretos y sus pequeñas felicidades robadas.
Y por primera vez en años, eso me parecía más que suficiente.





