Mi vecina madura me esperaba junto a la piscina
Soy un mentiroso de manual y no pienso disculparme por ello. Me pierden las mujeres maduras, esas que ya no tienen nada que demostrarle a nadie, y por una de ellas soy capaz de inventar la historia que haga falta. No sé qué me puede más, si la debilidad por las señoras que me sacan veinte años o el vértigo de una tarde entera de deseo con ellas.
Me llamo Mateo y me tomo muy en serio el arte de conquistar a una mujer madura. Tan en serio que he mentido sin pestañear más veces de las que recuerdo con tal de llevarme a una de ellas al jardín. Eso sí, soy selectivo. No me vale cualquiera. Mi obsesión son las maduras que parecen reinas: esas que ves entre las estanterías del supermercado y piensas que no es la más espléndida del mundo, pero desprende un aura que te haría tirar la lista de la compra y proponerle una tarde larguísima de manta, película y todo lo demás.
Por eso, cuando llegó el verano, empecé a acompañar todas las semanas a la mejor amiga de mi madre a hacer las compras. Se llama Amparo y tiene un cuerpo que me desarma. Imagina a una mujer de poco más de cincuenta, con unos pechos que sin ser enormes son carnosos y firmes, una cintura discreta y unas caderas que dibujan un trasero perfecto. Sin estar gorda, está rellena en todos los sitios donde uno quiere que lo esté. De toda la vida a eso se le ha llamado una mujer de bandera.
Empecé a acompañarla por mandato de mi madre, todo hay que decirlo. Era verano, me había quedado sin coche, estaba aburrido y no tenía adónde ir. Vivo en una aldea minúscula a diez minutos del pueblo, en un barrio donde solo hay dos casas. Adivina cuáles.
Aquel primer día se juntaron varias cosas: el calor, el aburrimiento, un vestido fino que con el sudor dejaba intuir que Amparo no llevaba sujetador, su dulzura conmigo y el agradecimiento con el que recibía cada favor. Lo que prometía ser una mañana tediosa terminó siendo de las mejores del mes. Ella daba conversación, se reía por todo y volvió a casa radiante. Yo volví con una idea fija en la cabeza: mientras conducía de vuelta, no podía dejar de pensar en cómo se le marcaban los pezones bajo aquella tela fina, ni en las ganas que tenía de metérsela hasta el fondo a esa mujer que me doblaba la edad.
Poco a poco nos fuimos haciendo cercanos. Cuando me autorizaron a teletrabajar, le propuse a mi madre cambiar de casa: yo me venía a la suya del pueblo y ella se mudaba a la ciudad, más comunicada y cerca de su trabajo. A mi madre lo único que la ataba al pueblo era, precisamente, Amparo, que fue quien terminó de convencerla para dar el paso.
Así, sin buscarlo, Amparo y yo nos convertimos en vecinos. Ella trabajaba en un pequeño centro de masajes y fisioterapia del pueblo, ganaba bien y se permitía caprichos, como aquella casa tan bonita que había reformado su hermano, un hombretón al que en el barrio llamaban «el Yunque» por el tamaño de sus manos.
Intercambiamos los teléfonos por si surgía cualquier urgencia, sobre todo de su parte, que siempre se disculpaba antes de pedirme nada. No era raro que nos quedáramos charlando en su salón durante horas, contándonos batallas. Tampoco lo era que improvisáramos una cena en casa de uno o del otro, porque vivir en mitad de la nada une mucho, y a nosotros solo nos separaba una valla de madera y un seto.
Una de esas noches, Amparo descorchó una botella de tinto que le había regalado su hermano, de una caja que los antiguos dueños de una casa se habían dejado olvidada. Nos la bebimos entera durante la cena. Ninguno de los dos terminó borracho, pero sí flojos, sueltos de lengua y de risa.
En una de aquellas charlas, Amparo me confesó que, aunque había tenido un par de novios, nunca había llegado a nada serio porque le parecían todos unos cretinos. Yo, ni corto ni perezoso, le pregunté si al menos había tenido buenas relaciones con ellos.
Se puso seria y se enderezó en el sillón.
—Buenos novios sí, buenos amantes ninguno —dijo—. Ninguno supo comerme el coño en condiciones, ni durarme lo suficiente para que me corriera con la polla dentro. Lo bueno es que con todos lo dejé en paz.
Después se le fue soltando la boca y acabó contándome, entre risas, que hacía más de un año que no follaba con nadie y que su mejor amante había sido un juguete que le regaló el último, un consolador grueso con el que se corría todas las noches pensando en cualquier cosa menos en su ex.
Para rebajar la tensión, le confesé que yo también guardaba un juguete que me había regalado mi última pareja: una de esas vaginas de silicona con la supuesta forma de una actriz porno que a los dos nos gustaba ver. Amparo me preguntó muerta de risa el porqué de semejante regalo, y yo le solté sin pensar que era habitual que mi novia y yo viéramos películas de aquella chica mientras yo me la follaba a ella por detrás y me imaginaba metiéndosela a la actriz de la pantalla.
Noté entonces algo entre la incomodidad y la excitación en su mirada. Se le encendieron las mejillas, cruzó las piernas apretándolas y noté cómo se le marcaban los pezones duros bajo la blusa. Apuró la despedida echándole la culpa a la hora y quedamos para el día siguiente, para hacer la compra semanal que ya era de los dos.
Aquella noche, en mi cuarto, en calzoncillos sobre la cama, no logré dormirme hasta que no recurrí a aquel juguete pensando en ella. Me bajé los calzoncillos, saqué la polla ya durísima y hundí la silicona hasta el fondo imaginándome que era el coño de Amparo el que me apretaba. Me imaginé sus tetas colgando encima de mi cara mientras me cabalgaba, sus caderas anchas subiendo y bajando, la boca abierta gimiendo mi nombre. Me corrí con una descarga larga que me dejó los muslos temblando y la silicona chorreando semen. No sé si fueron los restos del vino, las ganas acumuladas o un simple impulso, pero al terminar, con la polla todavía húmeda entre las manos, le mandé un mensaje deseándole buenas noches. Me respondió casi al instante.
***
El día siguiente salió redondo. No hubo colas para pagar ni para salir del aparcamiento. El cielo lucía un azul limpio con un par de nubes de adorno, el sol calentaba sin agobiar y soplaba una brisa que invitaba al agua. Al volver al barrio de las dos casas, decidimos preparar juntos una pasta a la boloñesa para luego aprovechar la piscina que ocupaba media parte del jardín de Amparo.
Después de comer, me escapé un momento a por el bañador. La toalla no hizo falta: ella se ofreció a prestarme una.
Crucé la puerta de la valla y me encontré con una aparición. Amparo llevaba un biquini de estampado rosa, gris y blanco. La parte de arriba sostenía sus pechos sin oprimirlos, dejando adivinar su forma; la de abajo, una braguita brasileña que le partía las nalgas por la mitad y realzaba la curva de su trasero. Me quedé clavado en el sitio, con la polla empezando a hincharse dentro del bañador, incapaz de creer que aquello fuera real, hasta que ella tuvo que llamarme un par de veces para sacarme del trance.
—¿Te gusta? —preguntó, sabiendo perfectamente la respuesta.
Asentí sin palabras. Ella sonrió, consciente de que me tenía domado con un simple traje de baño.
Nos tumbamos en las hamacas de madera junto al agua para darnos crema y evitar quemaduras. Cuando terminé de embadurnarme, tuve un momento de lucidez y le propuse que nos diéramos crema en la espalda el uno al otro. Aceptó sin dudarlo, quizá un poco apresurada por todo lo que había quedado flotando la noche anterior.
Como la idea había sido mía, me premió empezando ella. Aquello dejó de ser crema enseguida y se convirtió en un masaje en toda regla. Ella misma lo dijo: me notaba tenso y quería relajarme. Y allí estaba yo, derretido bajo las manos de aquella mujer, sintiéndome en el paraíso, más todavía cuando me pidió que me girara para masajearme el pecho. No puse la menor objeción.
Fue entonces cuando Amparo se dejó llevar. Amasaba mi pecho mientras yo sujetaba sus piernas, que descansaban a los lados de la hamaca. No se apartó cuando fui subiendo despacio las manos hasta sus nalgas. La noche anterior me había dejado con demasiadas ganas, así que apreté esa carne que llevaba tiempo imaginando. Ella solo respondió con una sonrisa pícara, mientras sus manos, como por descuido, rozaban el bulto duro que me marcaba el bañador.
Animado por su silencio, deslicé los dedos hasta el borde de la cadera, colé la yema por debajo de la tela de la braguita y le acaricié el nacimiento del culo. Amparo soltó un jadeo bajo, se incorporó, se cambió a su hamaca y reclamó su turno. Pensé que solo se desabrocharía el top, pero se lo quitó entero y lo lanzó sobre mi tumbona, donde quedó como una bandera de rendición. Sus tetas quedaron al aire, redondas y llenas, con los pezones rosados y ya endurecidos apuntándome directamente.
No me hice esperar. Eché crema en su espalda y la recorrí entera con un masaje lento y minucioso, atendiendo hasta los costados, rozando varias veces el contorno de sus pechos. No quise forzar nada; me limité a las zonas permitidas, el borde del pecho, la curva baja de la espalda, dejando que la tensión se cocinara sola.
—Ahora por delante —pidió ella, dándose la vuelta con los ojos ya entornados—. Y completo.
Apenas me quedaba crema, así que aquello fueron más caricias que masaje. Empecé por sus brazos, seguí por el abdomen, el cuello y la parte alta del pecho, donde me detuve con cariño porque sabía que era la antesala de todo lo demás. Amparo dejaba escapar pequeños quejidos con los ojos cerrados.
Bajé hasta sus pechos y los acaricié susurrándole lo preciosos que eran. Los sopesé con las manos, sintiendo el peso carnoso, y le pellizqué suavemente la piel de los costados. No opuso resistencia; solo acertaba a decir un «sí» cálido entre suspiros. Cuando llegué a sus pezones, ya endurecidos, no los toqué de golpe: rodeé primero las areolas con la yema de los dedos, despacio, antes de detenerme en ellos y apretarlos entre el pulgar y el índice.
Amparo dejó de disimular sus gemidos.
—Cómemelos —me pidió, agarrándome del pelo—. Chúpame las tetas, joder, llevo toda la mañana esperando que me las comas.
Aguanté estoico un par de minutos más, solo por el placer de hacerla esperar. Después le besé el cuello y bajé hasta sus pechos. Los recorrí con la lengua dibujando los mismos círculos que antes con los dedos, hasta cerrar en los pezones. Se los chupé enteros, metiéndomelos hasta el fondo de la boca, tirando de ellos hacia arriba y soltándolos con un chasquido. Cuando los mordí con suavidad, tiró de mi pelo pidiendo más, como una fiera sin paciencia. Se lo di. Le pasé la lengua áspera por encima, se los mordí un poco más fuerte y ella arqueó la espalda soltando un gemido gutural que me la puso todavía más dura.
Nos besamos luego en un beso largo, ardiente y descarado, las lenguas enredadas, las manos recorriendo el cuerpo del otro como si lleváramos años debiéndonos aquella tarde. Mientras la besaba, colé la mano entre sus muslos y le apreté el coño por encima de la braguita. Estaba empapada. La tela cedía bajo mis dedos y su humedad me caló la yema. Amparo abrió las piernas y empujó las caderas contra mi mano, buscando más presión.
***
Amparo se subió sobre mí y empezó a frotar su coño contra mi polla por encima de la tela, mientras nos confesábamos lo mucho que nos había encendido la conversación de la víspera. Se movía adelante y atrás sobre mí, aplastando su sexo empapado contra mi bulto, y notaba a través del bañador cómo palpitaba, cómo se abría, cómo me manchaba la tela con su propio flujo. La excitación llegó a tal punto que terminé contándole que aquella noche, con el juguete, me había corrido pensando en meterle la polla en el coño hasta el fondo y que ella algún día fuera de verdad.
Al oírlo, se detuvo en seco. Me miró con los ojos hambrientos.
—Pues hoy me la vas a meter de verdad —susurró—, y me la vas a meter entera.
Se levantó, se deshizo de la braguita, me bajó el bañador y en cuanto mi polla saltó dura y erguida contra mi vientre soltó un jadeo bajo.
—Joder, qué polla más rica tienes —dijo, agarrándomela con la mano y masturbándomela un par de veces con calma, apretando la base y subiendo hasta el glande, que estaba ya morado.
Se acomodó sobre mí en sentido contrario para empezar un sesenta y nueve sin prisa. Me plantó el coño abierto encima de la cara y yo levanté las manos para separarle las nalgas y hundir la lengua entre sus labios mojados. Sabía a mujer madura, intenso, salado y dulce a la vez. Le lamí de abajo hacia arriba, desde la entrada del culo hasta el clítoris, y ella soltó un gemido ahogado justo cuando se metió mi polla entera en la boca. La chupaba lento, tragándomela hasta el fondo, dejándomela salir con la lengua siguiendo el recorrido por debajo, y luego la envolvía con los labios y empezaba a bombear con la mano mientras me chupaba solo la punta. Se me escapaban gemidos mientras yo intentaba concentrarme en devorarle el coño.
Nos lamimos, nos saboreamos y nos perdimos en el cuerpo del otro durante un rato que se me hizo eterno y corto a la vez. Le hundí la lengua todo lo que pude dentro del coño, la saqué chorreando y subí hasta el clítoris, que estaba ya hinchado y palpitando. Le pasé la punta de la lengua en círculos, luego la aplasté con toda la superficie y empecé a chuparlo como si fuera un pezón. Amparo empujaba las caderas contra mi cara, restregándome el coño por la boca, y respondía con la garganta llena de polla.
—Me encanta —dijo ella entre jadeos, soltándome un momento y limpiándose la barbilla con el dorso de la mano—, pero me gusta más mientras me la metes con los dedos.
Le hice caso. Mientras la acariciaba por dentro con dos dedos, buscando el punto rugoso del techo del coño, recorrí con la lengua su clítoris, que asomaba hinchado entre sus labios. Me fascinaba su sexo, depilado salvo por una mata discreta que lo hacía, para mí, todavía más apetecible. La bombeaba con los dedos como si fuera una polla, curvándolos hacia arriba cada vez que salía y golpeándole el punto exacto, mientras le chupaba el clítoris sin darle tregua. Ella gritaba contra mi polla, la escupía, la volvía a meterse, tenía saliva chorreándole por el mentón hasta las tetas.
—Ay, sí, sí, joder, así, no pares, no pares, que me corro, que me corro en tu cara —gimió con la voz rota.
El placer la desbordó hasta soltarse en mi cara con una intensidad que me dejó sin aliento. Sentí cómo el coño se le contraía a mordiscos alrededor de mis dedos y cómo un chorro tibio me empapaba la barbilla y el cuello. Bebí todo lo que me dio, sin dejar de chuparle el clítoris, prolongándole el orgasmo hasta que empezó a temblarle todo el cuerpo y me apartó la cabeza porque no aguantaba más.
Yo, que ya rondaba mi propio límite, la aparté un poco para respirar y ella se giró decidida, se puso de rodillas entre mis piernas y volvió a metérsela en la boca. Se la tragó entera, hasta la garganta, hasta que la nariz le tocó mi vientre. Empezó a mamármela con hambre, mirándome fijamente a los ojos, escupiendo sobre el glande y masajeándome los cojones con la otra mano. Cuando notó que ya no aguantaba más, sacó la polla y se puso a lamerme la punta con la lengua plana mientras me la masturbaba a dos manos, apretando fuerte.
—Córrete en mi boca —me pidió, con los labios rojos y la barbilla brillante—, quiero tragarme todo lo que tienes dentro.
Me corrí a los pocos segundos, con un espasmo que me arqueó la espalda contra la hamaca. Descargué chorro tras chorro dentro de su boca y ella siguió pegada a mí, chupando la punta, tragándose cada gota, decidida a no desperdiciar nada. Cuando terminó, sacó la polla, me la sacudió limpia contra la lengua y me enseñó la boca vacía antes de darme un beso salado. Acababa de tener el mejor orgasmo de mi vida, y me lo había regalado la vecina a la que llevaba todo el verano dedicándole mis pensamientos más inconfesables.
Nos quedamos tumbados, recuperando el aliento, mirando aquel cielo de agosto sin una sola nube de remordimiento. Ella tenía las tetas al aire, todavía marcadas de rojo por mis mordiscos, y yo la polla húmeda apoyada contra el muslo, empezando ya a recuperarse. Eran apenas las cuatro y media de un sábado cualquiera. Teníamos una piscina, dos casas pegadas, toda la tarde por delante y un sinfín de posibilidades a nuestro alcance.
No pensábamos desaprovechar ni una sola.





