La madura que conocí por la app marcó las reglas
Hacía cosa de medio año que había firmado el divorcio, y por fin sentía que estaba listo para volver a estar con una mujer. El problema era el método. Salir de fiesta a ligar me daba una pereza enorme, y Albacete es una ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce y donde las noches siempre terminan igual. Así que hice lo que hace todo el mundo: me bajé una de esas aplicaciones para conocer gente.
Al principio fue decepcionante. Pasé un par de días deslizando perfiles sin que ninguno me dijera nada. Hasta que apareció un mensaje en privado. El perfil no destacaba por las fotos ni por el nombre de usuario, pero algo en cómo escribía me hizo contestar.
Se llamaba Renata. Cincuenta y tres años, de mi misma ciudad. Rubia, con el pelo rizado, menudita, cintura estrecha y un pecho generoso que llevaba con una seguridad que se notaba incluso en una foto. Pero lo que más me atrapó fueron sus ojos, marrones, oscuros, con una expresión que parecía estar adelantándose a todo lo que yo iba a pensar.
Estuvimos hablando dos días más, de cosas generales, sin entrar en nada íntimo. Yo medía cada palabra, ella no medía ninguna. Y entonces llegó el mensaje que lo cambió todo.
—Eres distinto a los demás que escriben por aquí —decía—. Quiero conocerte y averiguar qué escondes. La verdad es que me tienes enganchada.
Una mujer me decía eso sin rodeos, sin medias tintas.
Me quedé mirando la pantalla un buen rato, sorprendido y, lo confieso, un poco asustado. Renata era directa de una manera que yo no estaba acostumbrado a manejar. Después de doce años de matrimonio y de meses de abstinencia autoimpuesta, una mujer que me sacaba quince años quería verme. Era exactamente la fantasía que siempre había tenido guardada, y de pronto la tenía al alcance de la mano.
Decidí enviarle un par de fotos mías para que pudiera reconocerme en la cita que ya dábamos por hecha para el sábado. Le conté que soy rubio, de ojos claros, alto, de espalda ancha y piel muy blanca. Su respuesta no se hizo esperar.
—Ahora tengo todavía más ganas de ver lo que no enseñas en esas fotos —escribió—. Si el resto está a la altura, vamos a pasarlo muy bien. ¿O te atreves a enseñármelo antes?
Le contesté que en la cita tendríamos tiempo para todo. Me propuso ir al cine, que estrenaban una película que le apetecía ver acompañada, y que me esperaría en el aparcamiento subterráneo el sábado por la tarde.
***
Llegué con el corazón acelerado. Ella ya estaba allí, apoyada en un descapotable rojo, con un vestido negro de tirantes, medias y unos tacones de aguja imposibles. Sobre los hombros llevaba un abrigo de pelo que apenas cubría el resto. Era mucho mejor que en las fotos. Más sensual, más segura. Transmitía un poder tranquilo, de alguien que sabe exactamente lo que vale.
—Llegas puntual —dijo, mirándome de arriba abajo sin pudor—. Me gusta.
La sala estaba llena. Había mucha expectación por la película, y yo, que no había visto las anteriores, me senté sin saber demasiado de qué iba la historia. Sabía que habría escenas de sexo, pero poco más. Intenté concentrarme en la pantalla y comentar alguna cosa con ella, aunque lo único que ocupaba mi cabeza eran sus piernas finas cubiertas por la media negra y la curva de aquellos tacones.
Renata se quitó el abrigo de pelo y lo extendió sobre las rodillas de los dos, como si quisiera que estorbara lo menos posible. Pasaron unos minutos. Entonces, sin dejar de mirar la pantalla, deslizó la mano por debajo de la tela y empezó a acariciarme por encima del pantalón, dando pequeñas palmadas, midiendo mi reacción.
Nos hundimos un poco más en las butacas. Con cuidado, me desabroché los botones del pantalón para aliviar la presión, y llevé mi mano por debajo de su vestido. Todo ocurría a oscuras, con la sala entera pendiente de la película y aquel abrigo cubriéndonos como una cómplice silenciosa.
Llevaba medias hasta medio muslo y una prenda mínima de encaje que apenas cubría nada. Era fácil acariciarla. Tenía la piel ardiendo y el clítoris hinchado, sensible, reaccionando a cada roce. Nos besamos profundo mientras ella me masturbaba con una rapidez que me cortaba la respiración y yo le hundía dos dedos sin ninguna resistencia.
Se corrió así, en silencio, mordiéndose el labio para no hacer ruido, con un pequeño temblor que la recorrió entera y dejó húmeda la butaca. No me dejó terminar a mí. Retiró la mano, recogió con los dedos la gota que había arrancado y se la llevó a la boca, mirándome de reojo con una media sonrisa.
—Todavía no —susurró—. Aún no es el momento.
***
Al salir, propuso ir a tomar algo en un local cercano. La cafetería no me sonaba de nada, pero después de lo del cine yo ya había aprendido a no anticipar nada con ella. Pidió dos copas, brindamos, y antes de que pudiera relajarme se acercó a mi oído.
—Sígueme —dijo.
Me cogió de la mano y me llevó hasta una puerta cerrada al fondo del local. La abrió como si fuera la cosa más natural del mundo y entramos en un pequeño vestíbulo con un ascensor. Pasó una tarjeta electrónica, las puertas se abrieron y subimos a una segunda planta. Cuando salimos, comprendí que estábamos en su casa. El local de abajo, el ascensor, todo formaba parte de su pequeño imperio.
—¿Esto es tuyo? —empecé a preguntar, pero ella ya había dejado el bolso y el abrigo sobre un mueble.
Se recogió la melena rubia en un moño rápido y se bajó el vestido negro sin ninguna prisa, dejándolo caer al suelo. Debajo llevaba un sujetador negro semitransparente, la diminuta prenda de encaje y aquellos tacones que no se había quitado. Se quedó mirándome, esperando, dueña absoluta de la escena.
Se arrodilló frente a mí y empezó a recorrerme con la lengua, despacio, concentrándose en la punta mientras con una mano me apretaba con firmeza y con la otra se acariciaba a sí misma. Tenía un cuerpo de escándalo, pero lo que más me desarmaba era el control. Marcaba ella los tiempos. Cuando notaba que yo estaba a punto, se detenía en seco y me dejaba al borde, suspendido, sin permitirme terminar.
—Te dije que yo decido cuándo —murmuró, levantándose.
Me llevó de la mano hasta el dormitorio. Allí me desnudó por completo y se colocó a cuatro patas sobre la cama. Apartó hacia un lado la fina tira de encaje, ofreciéndose, y me dejó ver hasta el último detalle de su cuerpo entregado.
—Quiero tu boca primero —ordenó—. No pares hasta que yo te lo diga.
Obedecí. Me concentré en lamerla en círculos lentos mientras le hundía dos, luego tres dedos, iniciando un vaivén pausado. Ella seguía dándome instrucciones, sin perder nunca el mando, indicándome el ritmo exacto que quería. Cuando empezó a temblar me pidió que no me apartara, que aumentara la velocidad, que no desperdiciara nada. Le hice caso. Apreté el ritmo con la lengua y, justo cuando se dejó ir, una corriente la sacudió de arriba abajo con una fuerza que no esperaba.
Jadeaba, se retorcía, respiraba entrecortada. En cuanto se repuso, volvió a arrodillarse y a tomarme en la boca como había hecho en la entrada, llevándome otra vez al límite para volver a abandonarme allí.
Se colocó de nuevo a cuatro patas y me pidió que la penetrara con ganas, que ya había esperado bastante. A pesar de lo excitada que estaba, me costó entrar. Era estrecha, más de lo que imaginaba, y se quejó con un gemido apenas la rocé.
—Despacio —dijo entre dientes—. La tienes grande. Más que cualquier juguete que tenga en ese cajón.
Poco a poco fue cediendo, adaptándose, hasta que pude moverme con soltura. Empecé despacio y fui ganando intensidad, sujetándola por las caderas, por la melena, mientras ella echaba el cuerpo hacia atrás buscando cada embestida. Yo no tenía ninguna intención de terminar rápido. Estaba disfrutando como no recordaba haberlo hecho en años, y quería que durara.
Entonces se apartó, se giró y me clavó la mirada.
—Soy yo la que decide cuándo te corres —repitió, y por su tono supe que iba en serio.
Se quitó el sujetador, liberando un pecho firme de pezones duros, y abrió el cajón de una mesita baja. Sacó un pequeño juguete metálico con forma de joya en la base y se lo colocó con una facilidad que delataba costumbre. Después volvió a su posición.
—Ahora sigue —ordenó.
La presión cambió por completo. Con cada movimiento que ella hacía hacia atrás, mis embestidas se volvían más profundas, más intensas. Aguanté todo lo que pude, pero llegó un momento en que no pude más y se lo dije. Ella aumentó el ritmo, empujando contra mí, marcando el final igual que había marcado todo lo demás. Terminé dentro de ella con una fuerza que me dejó sin aire, justo cuando su cuerpo se contraía en un último espasmo y la oía gemir contra la almohada.
Nos quedamos así un rato, sin movernos, recuperando el aliento. Cuando por fin me separé, ella se giró, me atrajo hacia su pecho y me besó despacio, sin prisa, como quien firma un contrato.
—No ha estado mal para una primera cita —dijo con una sonrisa ladeada—. Pero si quieres más, vas a tener que ganártelo.
Me lo gané. Aunque eso ya es otra historia, una de las muchas que tuve con Renata y que quizá os cuente otro día. Por ahora me quedo con el recuerdo de aquella tarde de cine, del descapotable rojo y de una mujer que me enseñó que, a veces, lo mejor es dejar que mande otra persona.