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Relatos Ardientes

La madura vecina que firmó mis VHS en su cocina

La primera vez que vi a Nora de verdad no fue en el pasillo del condominio ni saludando con esa cara seria de esposa impecable. Fue desde la ventana de mi cuarto, con unos binoculares viejos apoyados en el marco y el brazo todavía resentido por una caída en bicicleta que me había dejado semanas encerrado en casa.

Desde ahí se veía medio conjunto residencial: los horarios de entrada y salida, los jardines idénticos, los matrimonios rutinarios, las luces que se apagaban a la misma hora. Una rutina tan aburrida que terminé observando por puro morbo. Y entre todos, la casa que más me llamaba era la de Nora.

Nora tenía ese tipo de cuerpo que no se escondía ni con faldas largas, suéteres gruesos ni zapatos bajos. Alta, rubia, tetas grandes, culo firme, cintura apretada. Siempre parecía incómoda dentro de su propia ropa, como si cada prenda modesta fuera un castigo.

Su esposo, Elías, era de esos hombres secos que hablan como si dieran órdenes incluso cuando preguntan. El hijo de ambos, Bruno, un mocoso hosco que me miraba como si yo hubiera nacido para fastidiarlo. Ellos salían y entraban con horarios casi religiosos. Ella también. Pero había algo en su manera de quedarse a solas que no cuadraba con la imagen de esposa obediente.

La vi varias tardes cruzar el patio con prisa, mirando alrededor antes de entrar. La vi muchas noches regando sus rosas como quien aprovecha cinco minutos de aire. Y una mañana de sábado la vi quitarse una bata blanca junto a la piscina del patio trasero.

Me quedé inmóvil con los binoculares pegados a la cara.

Llevaba un bikini salmón demasiado pequeño para disimular nada. Las tetas se le marcaban redondas y altas. La parte de abajo apenas le cubría el culo, y cuando se agachó para acomodársela, separando las piernas y metiendo los dedos entre las nalgas para destrabar la tela, sentí que se me endurecía la polla como si me la hubieran agarrado con la mano.

No fue solo el cuerpo. Fue la calma con la que lo hizo. Como si supiera perfectamente que alguien podía estar mirándola y no le molestara. Como si hasta le gustara.

Ese día me masturbé pensando en ella dos veces. La primera con la imagen de su culo junto a la piscina. La segunda, ya de noche, imaginando qué habría debajo de tanta ropa aburrida, cómo gemiría una mujer así cuando dejara de fingir que era decente.

Días después fui al centro a comprar unas cintas para un VHS viejo que encontré en la bodega. El local parecía congelado en otro siglo. Polvo, pósters gastados, un dueño canoso que apenas levantó la vista. Revisando entre películas viejas encontré una sección de porno nacional. Me reí al principio. Después dejé de reírme.

La reconocí por los ojos.

No por el nombre artístico ridículo que aparecía en la portada. No por el maquillaje. Ni siquiera por el pelo, más oscuro y más largo en esa época. Fueron esos ojos claros, esa mandíbula, esa forma de alzar el mentón. Era Nora. Más joven, pero inequívocamente Nora. En una portada llevaba látex negro y un escote brutal. En otra, una falda corta y cara de santa pervertida.

Compré las dos cintas junto con otras tres para disimular. No sirvió de nada. Todo el camino de regreso lo hice con la erección apretada contra el pantalón, imaginando a mi vecina, la del jardín perfecto y las rosas cuidadas, abriéndose de piernas frente a una cámara.

Esa noche digitalicé las cintas y las vi entero en el teléfono, acostado boca arriba y con auriculares. No había duda. Era ella. En una escena chupaba una polla con una entrega animal, babándola hasta la base, tragando como si le encantara. En otra se dejaba follar contra una pared, con la falda alzada y la boca abierta de placer. En otra se corría mientras le metían los dedos y se reía después, como si el orgasmo la hubiera dejado drogada.

Me pajeé viéndola hasta acabarme en el abdomen.

Al día siguiente volví a verla salir a regar las plantas como si nada. Suéter cerrado, falda larga, moño apretado. El contraste me dejó peor. Ya no podía mirarla como vecina. Ahora la veía como una mujer que había sido filmada tragando leche y abriendo las piernas con hambre. Y ella no tenía idea de que yo lo sabía.

O eso creí.

***

Fui a su casa un sábado al mediodía con las dos cajas dentro de la mochila. Toqué el timbre y cuando abrió, recién arreglada, con el pelo sujeto y un poco de labial, se quedó tiesa al verme.

—Hola, vecina.

—Hola... ¿pasa algo?

Hablaba bajo, como si no quisiera que la escucharan desde la calle.

—Quería pedirle un favor.

Vi el miedo pasarle por la cara antes de ocultarlo. Me hizo entrar rápido. El living olía a limpiador y perfume. Ella cerró la puerta y se cruzó de brazos.

—¿Qué favor?

Saqué las dos cintas de la mochila y las puse sobre la mesa.

Se le fue el color de la cara.

Durante dos segundos no dijo nada. Solo miró las portadas como si fueran fantasmas salidos de un armario que llevaba décadas trancado. Luego pasó la yema de los dedos por una de las cajas, con una mezcla rara de vergüenza y nostalgia.

—¿Dónde las encontraste?

—En una tienda del centro.

—Ya.

—Las vi anoche.

Eso sí le pegó. Tragó saliva. Las tetas le subieron y bajaron dentro del suéter.

—No debiste.

—Puede ser. Pero las vi.

—¿Y qué quieres?

Yo iba decidido a pedirle una firma, nada más. Ese era mi plan. Tener algo suyo, verla nerviosa, saberme dueño de un secreto. Pero cuando la tuve delante, ruborizada, tensa y respirando corto, no quise solo una firma.

—Quiero que me las firme —dije.

Me miró sorprendida. Casi ofendida. Después, para mi desconcierto, soltó una risa pequeña, amarga.

—Pensé que ibas a chantajearme.

—No.

—¿No?

—No hace falta.

Nos quedamos mirándonos. Hubo algo en ese silencio. Algo espeso. Entonces sonó la voz de su marido desde el piso de arriba, llamándola para preguntarle por no sé qué del almuerzo. Nora dio un respingo, guardó las cajas de golpe y me susurró:

—Vete ahora.

Me fui. Pero ya no salí de ahí satisfecho. Salí peor.

Esa tarde la acompañé a ella y a su familia a una ceremonia del hijo, porque el marido me pidió un favor con el auto. Acepté solo por seguir cerca. Durante el acto, acabé sentado a su lado en la última fila. En un momento todos se pusieron de pie y ella quedó delante de mí, grabando con el teléfono. Su culo estaba a la altura exacta de mi mano.

Lo toqué.

Primero apenas, por encima de la falda. Después apreté de verdad. Una nalga llena, firme, tibia. Ella tembló pero no se apartó. Siguió grabando mientras yo le amasaba el culo a escondidas, sintiendo cómo se le tensaban las piernas. Le di un pellizco antes de que se sentara y vi sus mejillas arder sin que se atreviera a mirarme.

Desde ese momento supe que iba a volver a buscarla.

***

La noche llegó fría y silenciosa. La vi desde mi ventana salir al jardín delantero con una regadera en la mano. Llevaba los mismos tacones de la tarde, falda larga, suéter grueso. Regaba las rosas inclinándose apenas, cuidándolas con una delicadeza que me provocó una calentura absurda. Esa mujer podía ser una santa con las plantas y una guarra con una polla en la boca. Yo había visto ambas cosas.

Tomé las dos cintas y salí.

La abordé por la vereda. Cuando me vio con las cajas en la mano, se puso rígida.

—No hagas escándalo —le dije.

Miró hacia la casa, luego hacia la calle.

—Rodea. Entra por la cocina. Espérame ahí.

No discutí. Crucé por el lateral hasta el patio trasero, pasé junto a la piscina oscura y llegué a la puerta de la cocina. Me abrió unos segundos después y me hizo entrar sin encender todas las luces.

—¿Te vio alguien?

—No.

—Bien.

Subió al segundo piso con un plato en la mano. Escuché su voz dulce, falsa, llevándole un sándwich al marido. Volvió al poco rato y apagó la luz principal de la cocina. Quedó solo la claridad gris de afuera entrando por la ventana.

Estábamos solos. Con su esposo arriba.

Ese detalle me puso la polla dura hasta doler.

Nora se apoyó en el mesón y señaló las cintas.

—Dámelas. Las firmo y te vas.

No me moví.

—¿Las disfrutaste? —preguntó de pronto, en voz baja.

La pregunta me sorprendió más que cualquier otra cosa.

—Sí.

—¿Cuál escena?

La miré. Ella también me estaba mirando distinto. Ya no como vecina asustada. Como mujer excitada, avergonzada de estar excitada.

—La de la pared —dije—. Cuando te levantan la falda y te follan desde atrás.

Cerró los ojos un segundo.

—Esa la recuerdo.

—Yo también.

Se humedeció los labios. Dio un suspiro tembloroso.

—No deberías estar aquí.

—Pero estoy.

—Mi marido está arriba.

—Ya sé.

Eso la hizo jadear. Lo noté en el pecho. Lo noté en la forma en que apretó los muslos.

Di dos pasos. Ella no retrocedió. Le metí la mano en la cintura y tiré del suéter hacia arriba. Nora soltó un gemido corto, de sorpresa, y alzó los brazos por instinto. Aproveché para sacárselo de una vez. Debajo llevaba un sostén beige enorme, feo, incapaz de ocultar el peso de esas tetas.

—No... despacio...

La callé bajando los tirantes y desabrochándoselo por detrás. Las tetas cayeron libres, redondas y firmes, con pezones grandes que se endurecieron casi al instante por el frío y la excitación. Le agarré una con la mano entera. Pesaba delicioso.

—Mierda...

La otra me la llevé a la boca. Chupé el pezón, lo mordí suave, lo lamí en círculos. Ella se tapó la boca con ambas manos para no gemir fuerte. Se estremecía completa. Las caderas se le movían solas contra el borde del mesón.

—Te gusta —le susurré sin soltarle la teta.

Asintió con desesperación, incapaz de hablar.

Le chupé las dos. Primero una, luego la otra. Alternaba mordidas y succión mientras se las amasaba con las manos. Sentía la piel tibia, el pezón endurecido, el jadeo de ella rompiéndose detrás de los dedos que se apretaba contra la boca.

—Cuánto tiempo... —murmuró—. Joder...

La giré de golpe y la apoyé contra la pared, al lado de la puerta. Le subí la falda hasta la cintura. Llevaba unas bragas beige, igual de tristes que el sostén, pero ya estaban húmedas en el centro. Las bajé de un tirón hasta los muslos y le abrí las piernas con la rodilla.

Tenía un culo grande, firme, precioso. Le di una nalgada seca.

Su gemido me atravesó el pecho.

Metí la mano entre sus piernas. Estaba empapada. No húmeda: empapada. Los dedos me entraron fácil entre los labios de la vagina.

—Así que la señora decente se moja rápido.

—Cállate —susurró, ronca—. Cállate y hazlo.

Eso terminó de romper todo.

Me bajé el pantalón y saqué la polla. Le rozé la entrada con la punta una sola vez y ella echó el culo hacia atrás, buscándola con ansiedad.

—Métemela ya.

La penetré de una embestida.

Nora se quedó sin aire. Abrió la boca, la frente pegada a la pared, y soltó un gemido ahogado tan intenso que tuvo que morderse el antebrazo para no delatarse. La sentí estrecha y caliente, tragándome centímetro a centímetro hasta el fondo. Yo mismo tuve que apretar los dientes para no correrme de lo bien que apretaba.

Empecé despacio. Solo para saborearla. Salía casi completo y volvía a entrar hundiéndome en esa concha mojada que me recibía con un chasquido húmedo. Cada vez que la metía hasta el fondo, ella sacudía el culo y las tetas se le mecían libres.

—Más fuerte —pidió enseguida—. No me trates como si me fueras a romper.

Le obedecí.

La agarré de las caderas y empecé a follármela duro. El sonido de la cocina cambió: respiraciones, golpes de pelvis, la humedad abierta entre sus piernas. Chap, chap, chap. Ella se retorcía, apretándome con cada embestida, echando el culo atrás para recibirme mejor.

—Joder, sí... así... así... no pares...

Le metí una mano bajo la falda y le apreté una teta mientras la otra le sujetaba la cintura. La follaba contra la pared con rabia, disfrutando el riesgo, la oscuridad, el marido arriba. Ella estaba perdiendo el control cada segundo más.

—Te acordabas de esto, ¿verdad? —le dije al oído—. De que te cogieran así.

—Sí... sí, mierda... me acordaba...

—¿Lo extrañabas?

—Muchísimo.

No tuve piedad después de esa confesión. Le di más fuerte. Las nalgas me rebotaban contra el pubis. La polla me salía brillante y volvía a entrar chorreada. Sentía cómo se abría para mí, cómo se iba soltando todavía más, cómo gemía cada vez menos contenido.

Entonces se oyó la voz del marido desde arriba.

—¡Nora!

Ella se puso rígida, conmigo adentro.

—¿Qué? —respondió, temblando.

—¿Qué haces abajo?

La saqué apenas, sin dejar de rozarla, y le pellizqué el clítoris con dos dedos. Casi se derrumba.

—Ordenando la cocina... ya subo...

—No tardes.

Escuchamos silencio. Esperamos. Ella giró la cabeza apenas, me miró con unos ojos completamente distintos a los de la tarde. Ardían.

—No pares —me ordenó.

Le metí dos dedos en la boca para que mordiera y volví a entrarle de golpe. Esta vez más duro. Más rápido. Ya sin ninguna intención de cuidarla. Nora chupó mis dedos mientras la follaba, babeándolos, con el culo echado atrás y las piernas cada vez más flojas. La cocina se llenó de sus gemidos rotos y del golpe de nuestros cuerpos.

Metí la otra mano entre sus piernas y empecé a frotarle el clítoris al ritmo de las embestidas.

Su reacción fue instantánea.

Las rodillas le temblaron. La espalda se arqueó. Intentó apartarse del exceso de placer, pero la tenía bien sujeta de la cintura.

—No, no, no... espera... así no... me voy a...

—Te vas a correr.

—Sí... joder... sí...

Seguí. Más rápido con los dedos. Más profundo con la polla. Ella empezó a convulsionar antes de correrse, como si el orgasmo la estuviera desarmando desde adentro. De pronto soltó mis dedos de la boca y ahogó un grito contra su propio brazo.

Se corrió entera.

La sentí palpitar alrededor de la polla, apretándome en ráfagas. El coño le chorreó por los muslos. Las piernas se le doblaron tanto que tuve que sostenerla para que no cayera. Jadeaba como si hubiera corrido una maratón, el pelo deshecho, la cara pegajosa de sudor.

No la saqué. Me encantó sentirla recién corrida, blanda, abierta, todavía temblando.

La hice darse la vuelta. Quedó sentada en el suelo, con la falda enrollada en la cintura y las tetas al aire. Le agarré la mandíbula.

—Ábrela.

Abrió la boca sin discutir.

Le metí la polla hasta el fondo de la garganta.

Se le cruzaron los ojos de inmediato. Tosió una vez, se le llenaron los labios de saliva y luego empezó a mamar como si recordara perfectamente cómo hacerlo. Y lo recordaba. Joder si lo recordaba.

Me la chupaba con hambre, tragándome medio tronco, usando la lengua por debajo, cerrando los labios húmedos alrededor de la punta y bajando otra vez hasta que la nariz le rozaba el pubis. Cada vez que se la sacaba, un hilo de baba quedaba colgando.

—Qué bien chupas, Nora.

Ella soltó un gemido con la polla en la boca y siguió. La cogí del pelo. Le marqué el ritmo. Se dejó follar la garganta sin una sola protesta, al contrario: se acomodaba, respiraba por la nariz, me buscaba cuando me alejaba.

Escuchamos pasos arriba. Una puerta. El inodoro. El marido había ido al baño.

Yo casi me reí.

Ella ni se enteró. Estaba concentrada en chupar. Tenía los ojos llorosos, la cara roja, el mentón brillante de baba. Le entraba y salía de la boca con un sonido húmedo y obsceno que me fue llevando al borde en cuestión de segundos.

—Sácala y mírame.

Lo hizo. Quedó jadeando con la lengua apenas afuera.

La agarré del moño medio deshecho y me pajeé frente a su cara un par de veces.

—Te la voy a echar encima.

Sonrió.

No una sonrisa tímida. Una sonrisa viciosa.

—Hazlo.

Me corrí sobre su cara.

El primer chorro le pegó en la mejilla y el ojo. El segundo en los labios. Después le salpiqué la nariz, la frente, el mentón. Seguí hasta vaciarme, gruñendo, viendo cómo ella cerraba los ojos y recibía la corrida sin apartarse, casi orgullosa.

Cuando terminé, pasó dos dedos por la leche que le caía hacia la boca y se la chupó despacio.

—Sigues igual de guarra que en las cintas —le dije, todavía respirando fuerte.

—No —respondió, mirándome desde el suelo—. Peor.

***

Nos quedamos unos segundos en silencio. Yo apoyado en el mesón con la polla aún sensible. Ella sentada en el piso, corrida, despeinada, con semen en la cara y la falda subida. Me habría quedado mirándola una hora entera.

Pero fue ella la que volvió a la realidad primero.

Se puso de pie con esfuerzo, se acomodó la ropa como pudo y tomó las cajas de VHS. Le tendí un bolígrafo. Sonrió otra vez, todavía excitada, y escribió apoyando las cintas sobre el mesón. Su mano temblaba un poco.

—Para que no digas que no cumplí —murmuró.

Firmó una y luego la otra. Después me las devolvió.

Leí la primera dedicatoria y me reí por lo bajo. En la segunda no pude evitar mirarla con descaro. Ella se sonrojó, pero no apartó los ojos.

—Ahora vete.

—¿Eso es todo?

—Por hoy, sí.

Me acerqué y le di un beso breve, sucio, con sabor a saliva y a mi propia corrida. Ella me lo devolvió apenas un segundo antes de apartarse.

—Si vuelves a entrar así, te mato.

—Pero puedo volver.

Dudó. La oí tragar saliva.

—Si vuelves, hazlo cuando esté sola.

—¿Y cuándo estás sola?

—No seas imbécil.

Sonreí. Agarré las cintas y salí por donde había entrado, cruzando el patio junto a la piscina. Antes de llegar al lateral miré atrás una vez más. Seguía en la cocina, inmóvil, una mano apoyada en el mesón y otra sobre el pecho, como si intentara controlar la respiración.

Yo tampoco podía controlarla.

Entré a mi casa todavía oliéndome los dedos. Subí al cuarto y abrí las cajas. En una había escrito: «Para mi admirador, que sabe usar las manos». En la otra: «Para el vecino que me cogió como debía».

Me volví a poner duro al instante.

Me tumbé en la cama con las dos cintas al lado, pensando en su cuerpo contra la pared, en la forma en que me pidió más fuerte, en la leche corriéndole por la cara. Abajo se escuchaban pasos y platos. La vida normal seguía en el condominio.

Pero yo ya sabía algo que ninguno de los otros vecinos sabía.

La esposa ejemplar de la casa de enfrente seguía viva debajo de la falda larga, del suéter grueso y de las rosas bien cuidadas. Y ahora yo sabía exactamente cómo gemía cuando le metían la polla hasta el fondo.

Y lo mejor era que ella también sabía que no pensaba detenerme ahí.

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Comentarios(5)

PabloMarin87

Genial!!! uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo

FernandoCba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas...

LoboNocturno33

Lo de los VHS fue un detalle que no me esperaba, le da un toque muy especial a toda la historia. Muy ingenioso.

TabuFan

Me encanto, corto pero intenso. Sigue escribiendo!!

ElenaK

jajaja el titulo me atrajo desde el principio y no decepciona para nada

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