Confesión de la mujer que siempre me hacía volver
Nunca dejé de volver a ella.
Podían pasar semanas, meses, incluso una temporada entera sin vernos a solas. Podíamos jurarnos por teléfono que ya estaba bien, que no tenía sentido seguir revolcándonos en aquella mierda, que lo nuestro solo sabía romper cosas. Pero bastaba con que me rozara la muñeca al pasar o me mirara un segundo de más para que todo se viniera abajo.
Yo seguía deseando a los hombres. Eso no cambió jamás. Mi cuerpo reaccionaba como siempre ante una espalda ancha, una barba de dos días, una voz grave hablándome al oído. Pero ella era otra cosa. No me convirtió en alguien distinto; me enseñó hasta dónde era capaz de llegar cuando el deseo se mezclaba con culpa, rabia y costumbre.
Se llamaba Lucía en esta historia que cuento, porque el nombre real todavía me arde en la boca. Era una mujer hecha y derecha, unos años mayor que yo, con esa seguridad de quien ya ha visto demasiadas promesas pudrirse para creer en ninguna. No necesitaba adornarse. Le bastaba mirarme con media sonrisa para dejarme tieso.
Nuestra relación nunca fue limpia. Nos buscábamos para discutir y acabábamos follando. Nos follábamos y luego discutíamos otra vez, como si el sexo nos sacara la verdad a golpes. Había noches en que me arañaba la espalda hasta dejarme marcas y otras en las que yo le apretaba las caderas con tanta fuerza que al día siguiente llevaba mis dedos impresos en la piel. No era delicado. Tampoco quería que lo fuera.
—Lo nuestro es veneno —me dijo una vez, sentada en el borde de la cama, mientras se recogía el pelo con una mano y con la otra me sujetaba la polla todavía húmeda.
—Entonces deja de probarlo —le contesté.
Ella se rió, me escupió en la punta y volvió a pajearme con una lentitud cruel.
—Si tú vuelves, yo abro la puerta.
Y así fue durante años.
La primera vez que entendí que no íbamos a soltarnos de verdad fue una noche en su departamento nuevo. Había una tormenta de verano, los vidrios vibraban con el viento y ella llevaba una camisa blanca sin nada debajo. Yo había ido a devolverle unas llaves, nada más. Eso me repetía mientras subía por el ascensor con el corazón acelerado como un idiota.
Me abrió descalza, con una copa en la mano y esa expresión de cansancio insolente que siempre la hacía parecer recién follada.
—Pasa —dijo—. Ya que subiste, no me hagas fingir que vienes solo por unas llaves.
Entré. Dejé las llaves sobre la mesa. Cerró la puerta. Nos quedamos mirándonos en silencio unos segundos que parecieron una amenaza.
—¿Estás con alguien? —preguntó.
—A veces.
—Yo también.
—Entonces perfecto. Ya no tenemos nada que reprocharnos.
Se acercó despacio. Me olió el cuello como hacía siempre, como si quisiera averiguar por el perfume si había otro hombre antes que ella. Luego me agarró de la camisa y tiró.
—No vengo a reprocharte —murmuró—. Vengo a usarte un rato.
Me besó con la boca abierta, sin ternura. Su lengua entró buscándome como una pelea y yo se la respondí igual, mordiéndole el labio hasta que soltó un gemido corto. Mis manos se fueron directo a su culo, duro, firme, cubierto apenas por la tela fina de la camisa. Ella me desabrochó el pantalón con una urgencia vieja, aprendida, y metió la mano dentro de mi ropa interior.
—Mírate —susurró, apretándome—. Solo hacía falta cerrar una puerta.
Estaba duro de verdad. Duro por su olor, por la tormenta, por la costumbre de saber exactamente lo que iba a pasar y seguir queriéndolo igual. La empujé contra la pared del recibidor y le abrí la camisa. No llevaba sujetador. Sus tetas cayeron libres, pesadas, preciosas, y bajé la boca a una de ellas sin perder tiempo. Le chupé el pezón hasta sentirlo ponerse tenso entre mis labios.
—Así, cabrón —jadeó—. No vengas suave ahora.
Le subí la tela hasta la cintura y metí la mano entre sus piernas. Estaba mojada. Mojada de esa forma obscena que siempre tenía conmigo, como si el coño le reaccionara antes que la cabeza. Le hundí dos dedos y ella echó la nuca contra la pared con un golpe seco.
—Joder…
—Sigues igual de empapada.
—Y tú igual de engreído. Mételos bien.
Lo hice. Entré y salí con los dedos curvados, buscándole el punto que sabía de memoria. Su respiración se volvió más sucia, más rota. Me agarró el antebrazo y empezó a follarse la mano ella sola, abriéndose para mis dedos con una necesidad que me puso aún peor.
Me arrodillé delante de ella. Le bajé la ropa interior de un tirón y me encontré el coño brillante, abierto, latiendo apenas. Lo miré un segundo y ella me hundió los dedos en el pelo.
—No me hagas esperar.
Le pasé la lengua desde abajo hasta el clítoris, lento la primera vez, solo para sentir cómo se estremecía. La segunda fui más directo. La tercera ya estaba comiéndomela en serio, con la cara pegada a su coño, chupando, lamiendo, metiéndole la lengua mientras ella se retorcía contra la pared y me guiaba la cabeza sin ninguna delicadeza.
Sabía a vino y a ganas contenidas. A esa mezcla suya que me volvía idiota. Cuando le metí dos dedos otra vez y empecé a chuparle el clítoris al mismo tiempo, me apretó la mandíbula con los muslos.
—No pares, no pares, no pares…
Su orgasmo llegó como todo en ella: brusco. Me empapó los dedos, me arañó el cuero cabelludo y tembló entera mientras yo seguía ahí, comiéndole el coño hasta sacarle los últimos espasmos. Cuando aflojó las piernas, me levanté con la cara mojada y ella me miró como si quisiera pegarme o besarme. Hizo las dos cosas. Primero me mordió la boca. Después me la lamió.
—Ahora te toca a ti —dijo.
Me giró hacia el sofá, me bajó el pantalón y la ropa interior hasta los muslos y me hizo sentarme. Se arrodilló delante de mí y me agarró la polla con esa confianza insolente de quien la conoce de memoria. No empezó despacio. Me la metió en la boca de una vez, profunda, hasta hacerme soltar aire por la nariz. Luego salió, me escupió la punta y volvió a bajar.
Lucía chupaba como si necesitara castigarme. Apretaba con los labios, me acariciaba los huevos con una mano y con la otra me sujetaba la base, marcando un ritmo fuerte, húmedo, sucio. Cada vez que me sacaba de la boca, me miraba desde abajo con esos ojos oscuros y volvía a tragársela entera.
—Mierda… —se me escapó.
—Eso, habla —dijo, separándose apenas—. Quiero oírte cuando estés a punto de correrte.
Me la estuvo chupando hasta dejarme temblando. Cuando notó que me iba, se apartó justo a tiempo, subió sobre mí y se acomodó a horcajadas sin dejarme recuperar el aliento. Se agarró la polla, la frotó un instante entre sus labios hinchados y se dejó caer.
Entró toda.
Se la metió entera con un gemido ronco, cerrando los ojos, dejando que la punta chocara dentro con esa brutalidad deliciosa que solo ella soportaba así. Yo le agarré las caderas y ella empezó a cabalgarme de inmediato, sin calentamiento, sin compasión, subiendo y bajando sobre mi polla con el coño resbalando húmedo, apretándome cada vez que bajaba hasta el fondo.
—Joder, cómo me llenas —escupió entre dientes.
—Tú sola te estás clavando hasta dentro.
—Porque me gusta sentirte entero, idiota.
La miraba botar sobre mí, las tetas moviéndose con cada sentón, la boca abierta, el sudor pegándole mechones en el cuello, y me costaba creer que aquello pudiera agotarse algún día. Me incliné para chuparle un pezón mientras seguía follándome y ella me agarró de la nuca.
—Más fuerte.
La levanté de las caderas y empecé a empujar yo desde abajo. El sonido cambió. Más húmedo. Más duro. Cada embestida le arrancaba un jadeo distinto. Me clavó las uñas en los hombros y empezó a correrse otra vez encima de mí, apretándome tanto que casi me hizo acabar ahí mismo.
Pero no me dejó.
Se levantó, me sacó la polla del coño y me ordenó con la respiración rota:
—Ponte de pie.
Obedecí. La incliné sobre el respaldo del sofá y le separé las nalgas. Tenía el coño abierto y brillante, chorreando por la cara interna de los muslos. Le di una palmada seca en el culo y se estremeció.
—Otra.
Se la di más fuerte. La piel se le puso roja de inmediato.
—¿Eso querías?
—Quiero tu polla, deja de jugar.
Se la metí de un empujón y soltó un grito que quedó ahogado por el trueno de afuera. Empecé a follármela desde atrás con rabia contenida, agarrado a sus caderas, hundiéndome hasta el fondo y saliendo casi entero antes de volver a entrar. Lucía empujaba hacia atrás para recibirme, hambrienta, terca, hecha una necesidad.
—Así… así… no pares, no me dejes respirar —gemía.
Le tiré del pelo para levantarle la cara y seguí dándole sin suavizar nada. La humedad entre sus piernas hacía que cada embestida sonara en todo el salón. Le metí una mano por delante, le busqué el clítoris y empecé a frotarlo al ritmo de mis golpes. Se deshizo enseguida.
—Me voy a correr… joder, me voy a correr…
—Pues córrete.
Se corrió temblando, con las piernas cediéndole, el coño apretándome en pulsos desordenados. Yo aguanté unos segundos más, solo lo justo para verla desarmarse, y luego me vacié dentro, duro hasta el final, clavado en ella mientras la tormenta seguía golpeando las ventanas.
Nos quedamos así, jadeando. Mi frente en su espalda. Mi polla todavía enterrada. Su mano buscando la mía por encima del sofá.
—Esto es lo peor que me ha pasado —dijo al cabo de un rato.
—A mí también.
Se incorporó despacio, con mi corrida escurriéndole por el muslo, y fue al baño sin mirar atrás. Yo me vestí a medias y me fui antes de que cualquiera de los dos dijera algo parecido a una promesa.
Debí haber sabido que no sería la última vez.
***
Con el tiempo, la vida hizo lo que siempre hace: puso distancia, obligaciones y otras personas en medio. Lucía se volvió más cauta. Yo aprendí a no preguntar demasiado. Nos seguíamos viendo en reuniones, cenas y celebraciones donde había más gente alrededor y teníamos que comportarnos como dos viejos cómplices que no esconden nada porque, precisamente, esconden demasiado.
Eso solo empeoró el deseo.
Había algo insoportable en verla moverse entre otros, sonreírle a cualquiera, fingir normalidad mientras yo recordaba exactamente cómo abría las piernas cuando quería que se la metiera. A veces me rozaba por debajo de la mesa. Otras, me susurraba al oído cualquier tontería con un tono que solo yo entendía. Era una manera de tenerme atado sin tocarme del todo.
—Todavía se te nota en la cara cuando me imaginas desnuda —me dijo una noche en una cocina ajena, mientras abría una botella.
—Y a ti cuando te acuerdas de mi polla.
No sonrió. Solo me dio el vaso y me sostuvo la mirada un segundo de más.
La última vez que estuvimos solos fue después de una fiesta en una casa alquilada para celebrar el cumpleaños de una amiga común. Ya no éramos unos críos y el cansancio se notaba en los cuerpos, pero el deseo seguía entrando como una enfermedad conocida. Había música abajo, copas vacías por todas partes y un murmullo de risas lejanas. Yo subí al salón del piso superior para sentarme un momento y alejarme del ruido.
Me aflojé el cuello de la camisa y cerré los ojos unos segundos. Llevaba encima alcohol, recuerdos y esa irritante excitación que me dejaba ella solo con pasar cerca. No la había tocado en meses, pero durante toda la noche me había dedicado miradas sucias por encima de su copa, como si estuviéramos reanudando una conversación vieja.
La oí entrar antes de verla. El sonido de los tacones se detuvo frente al sofá.
—Sabía que ibas a esconderte aquí —dijo.
Abrí los ojos. Llevaba un vestido oscuro, pegado al cuerpo, el pelo suelto y la boca roja de vino. Parecía cansada, sí, pero también peligrosamente decidida.
—No me escondo de ti —mentí.
—No. Tú siempre acabas debajo de mí.
No hubo más charla. Se acercó, me besó una vez, breve y áspera, y me empujó contra el respaldo. Me desabrochó el pantalón con movimientos expertos, me sacó la polla y la sostuvo un segundo en la mano, sopesándola, como si confirmara que seguía siendo suya a ratos.
—Te he echado de menos —murmuró.
—Dímelo chupándomela.
Sus ojos brillaron con mala leche.
—Eso sí te sale pedirlo.
Se arrodilló sin apartar la mirada. Primero me lamió la punta despacio, apenas una provocación. Después abrió la boca y me tragó con una profundidad que me hizo agarrarme al borde del sofá. Tenía la lengua caliente, la saliva abundante y esa forma obscena de manejar el ritmo que siempre me ponía al límite demasiado pronto. Me la chupaba subiendo y bajando la cabeza mientras me sujetaba por la base, y de vez en cuando se separaba para escupir sobre la polla y repartirlo con la mano.
—Mierda, Lucía…
—Calla y déjame trabajar.
La obedecí. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Me dejé caer hacia atrás mientras ella me mamaba con hambre, gemía apenas alrededor de la polla y me apretaba los muslos con las manos. Cuando me notó muy duro, muy cerca, se apartó con una sonrisa torcida.
—No tan rápido.
Se levantó, se subió el vestido hasta la cintura y se bajó la ropa interior. No llevaba medias, solo piel. Se sentó sobre mí de espaldas esta vez, guiándose la polla con una mano, y se dejó caer despacio, apretándome centímetro a centímetro, mirándome por encima del hombro.
—Joder… sigues entrando como si fueras a romperme.
—Y tú sigues sentándote como una adicta.
—Porque lo soy contigo.
Empezó a moverse. Primero corto, solo con la cadera, saboreando la fricción. Luego más amplio, resbalando arriba y abajo hasta meterme entero con cada sentón. Yo le abrí el vestido por la espalda y le agarré las tetas, pesándolas en las manos, tirando de los pezones mientras ella se follaba mi polla con una concentración obscena.
Su coño estaba empapado. Cada vez que subía podía sentirlo aferrarse a mí, y cuando bajaba se enterraba hasta el fondo con un gemido ronco que se le escapaba sin remedio. Le besé la nuca. Le mordí el hombro. Bajé una mano entre sus piernas y le encontré el clítoris hinchado, duro, pidiendo atención.
—Tócate para mí —le dije.
—Hazlo tú.
Lo hice. La froté con dos dedos mientras seguía rebotando sobre mí y ella perdió el ritmo un instante, vencida por un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás sobre mi hombro y me ofreció la garganta.
—Más… no aflojes ahora.
Le metí los dedos más firmes en el clítoris, redondos, insistentes, y ella empezó a correrse sin dejar de moverse. La sentí apretarse, temblar, mojarme más, y aun así siguió bajando sobre mi polla como si quisiera exprimirme la corrida a golpes de cadera.
La agarré por la cintura y la levanté. Me puse de pie con ella todavía ensartada y la apoyé inclinada sobre una mesa baja junto al ventanal. Casi tiramos una lámpara. Lucía soltó una risa breve, rota por la excitación.
—Siempre tan bruto.
—Y tú siempre vuelves por eso.
Le separé las piernas. Le di una nalgada seca que le hizo arquearse. Después otra. La piel se le puso roja y preciosa bajo mi mano.
—¿Te gusta?
—Me gusta cuando me follas en vez de preguntar.
Le obedecí metiéndosela de nuevo, fuerte, hasta que el golpe de su cuerpo contra la mesa marcó el ritmo. Empecé a embestirla con ganas, sujetándola del cuello por delante, no para ahogarla, sino para hacerle sentir mi mano, mi control, mi presencia. Ella gemía con la cara vuelta hacia el cristal oscuro del ventanal, viéndonos reflejados.
—Míranos —le dije al oído—. Siempre acabamos igual.
—Porque nadie me coge como tú.
Le aparté el vestido del todo de la espalda y la follé más duro. El sonido húmedo llenaba la sala, mezclado con sus gemidos y con el rumor lejano de la fiesta abajo. Cada vez que salía casi entero, ella me buscaba hacia atrás, desesperada por volver a sentirme dentro. Le metí una mano entre las piernas otra vez y noté cómo le temblaban los muslos.
—Vas a correrte otra vez.
—Sí… sí, joder… hazme correr…
Le froté el clítoris mientras la taladraba sin bajar la intensidad. Se corrió con un quejido largo, sucio, apretando la mesa con ambas manos, dejándose ir por completo. Yo seguí unos segundos más, viéndola sacudirse, disfrutando cómo me estrujaba el coño en plena descarga.
Entonces me giró la cabeza como pudo y me soltó, jadeando:
—No te corras fuera.
Esa frase, dicha con ese tono de vieja costumbre, me remató. La agarré de las caderas, me enterré hasta el fondo y me corrí dentro, con la mandíbula apretada y un gruñido que me salió de abajo. Sentí la descarga subir y vaciarme entero mientras ella recibía cada sacudida sin apartarse.
Nos quedamos quietos unos instantes. Mi mano seguía en su vientre. Su respiración empañaba el vidrio.
—Siempre prometemos que es la última —dije.
—Porque somos estúpidos —respondió.
Salí de ella despacio. Una parte de mi corrida le resbaló por el muslo. Lucía se incorporó, se acomodó el vestido y fue a buscar su ropa interior como si acabáramos de ensayar una escena repetida mil veces. Antes de abrir la puerta, se volvió hacia mí.
—Baja en cinco minutos.
—¿Eso es todo?
Me miró con una mezcla de cansancio y ternura que en ella siempre resultaba sospechosa.
—Contigo, eso nunca es todo. Pero es lo que hay.
Se fue. Yo me quedé solo, con la polla aún sensible, la camisa abierta y esa punzada conocida en el pecho que llegaba siempre después de follarla. No era tristeza exacta. Era peor: era costumbre.
Me serví un poco de agua de una botella que había sobre un aparador. Me subí la cremallera. Intenté recomponer la cara. Abajo seguía la música, las risas, el ruido de copas chocando. La vida normal esperando a que yo bajara como si nada hubiera pasado.
Como si entre nosotros nunca pasara nada y, al mismo tiempo, pasara todo.
Cuando por fin regresé a la fiesta, Lucía ya estaba conversando con otras personas, impecable, serena, con esa máscara social que siempre le admiré y odié a la vez. Ni una sola señal en el cuerpo de que minutos antes me había pedido más, más fuerte, hasta correrse temblando con mi mano entre las piernas.
Me sostuvo la mirada desde el otro lado del salón y levantó la copa apenas, un gesto mínimo, casi burlón. Yo entendí el mensaje. No hacía falta nada más.
No dejamos de buscarnos de inmediato. Tampoco nos prometimos futuro. Lo nuestro nunca fue de juramentos; fue de recaídas. De saber que había una puerta que solo se abría para dos y que, cuando lo hacía, lo demás se apagaba durante un rato.
Si cuento esto ahora no es para presumir ni para romantizar el desastre. Lo cuento porque hay historias que no se parecen al amor y, sin embargo, se te quedan pegadas al cuerpo durante años. Historias que te enseñan tus contradicciones, tu hambre, tu parte más egoísta. Lucía fue eso para mí: la mujer a la que nunca terminé de dejar, la única capaz de arrastrarme de vuelta con una sola mirada.
Y si alguna vez me preguntan cuál fue mi confesión más sucia, no hablaré de cuántas veces nos corrimos juntos ni de lo mucho que me gustaba verla a cuatro patas pidiéndome más. Hablaré de algo peor. De que cada vez que creí haberla superado, bastó recordarla tragándome la polla de rodillas o abriéndose para mí sobre un sofá para entender que todavía seguía dentro de mí de una forma que ningún otro cuerpo consiguió borrar.
Esa fue nuestra condena. Y también nuestra manera favorita de volver a empezar.
Si este relato te dejó con ganas y estás en zona oeste, conocé escorts en La Matanza.