La vecina me usó para espiar a una milf casada
Todo empezó frente a una ventana encendida, pero cuando la oí jadear a mi lado entendí que no solo quería mirar.
Todo empezó frente a una ventana encendida, pero cuando la oí jadear a mi lado entendí que no solo quería mirar.
Pensé que sería un café discreto, pero cuando la vi bajar del taxi con esa sonrisa supe que quería mucho más que hablar.
Me echó de su cama al amanecer, pero en la cocina me miró distinto y supe que aún quería que la hiciera portarse peor.
Después del beso de despedida, juré que todo acabaría ahí. Pero al día siguiente apareció en mi casa con una sonrisa y ganas de follarme.
Entré a su casa con dos VHS viejos y salí con las cajas firmadas, la cara ardiendo y el recuerdo de su cuerpo temblando contra la pared.
Primero fue una provocación en la cocina; horas después, me metí en su cama decidida a enseñarle con la lengua y las manos todo lo que su marido nunca supo hacer.
Mi amigo se fue con su novia y me dejó solo con su madre; cuando cerró la puerta, la tensión en la cocina cambió por completo.
La vi cruzar el parque con una calma fingida, sabiendo que cada paso estaba diseñado para que alguien le clavara los ojos encima.
La tercera vez que coincidimos, su sonrisa duró demasiado y entendí que el café ya no era una excusa.
Cuando me abrió la puerta y me hizo pasar, supe que aquella fantasía vieja seguía viva y que esta vez no pensaba salir corriendo.
Me invitó a quedarme a solas con ella una semana, y desde la primera noche supe que no quería tratarme como a un simple invitado.
Primero lo buscaron por morbo; después, por vicio. En ese barrio, cada pedido podía terminar con la puerta cerrada y las piernas abiertas.
Cuando apareció sin su hija y me pidió ver el atardecer, supe que esa noche no iba a terminar solo con arena y vino.
Le dejé mi número en el ticket del supermercado y creí que no se atrevería. A las cinco y cuarto sonó el timbre de mi ático.
Pensé que la noche había terminado, hasta que su mano volvió a mi polla y me ordenó subir desnudo a su cuarto.
Su marido la empujaba a tentarme y ella fingía resistirse, hasta que terminó desnuda en mi villa pidiéndome más de lo que imaginaba.
Lo vi salir del pasillo en bóxer, oliendo a jabón y alcohol, y entendí que esa noche ya no iba a poder fingir que solo era el amigo de mi hijo.
Desperté con ella recogiendo mi ropa, pero cuando se inclinó junto a la cama supe que esa mañana no iba a estudiar nada.
Dejó claro desde que se sentó a mi lado que no pensaba pagar con dinero, y cuando me pidió que parara en el parque entendí por qué.
Cuando vi al hombre escondido entre los arbustos, ya era tarde para taparme... y peor todavía, no quise hacerlo.