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Relatos Ardientes

La milf de mi amiga nunca había tenido un orgasmo

Conocí a Marina en la universidad, y en muy poco tiempo se volvió de esas personas que entran en tu rutina sin pedir permiso. Estudiábamos juntas, salíamos a tomar café y acabábamos hablando de todo menos de clases. Ella sabía desde el principio que a mí me gustaban las mujeres, y también sabía que me la tiraría encantada si alguna vez me daba una señal clara.

Durante meses jugué con el límite. Una mano en la cintura al cruzar la calle, un cumplido demasiado directo, una mirada sostenida más de la cuenta. Marina se reía, me seguía el juego y luego reculaba con esa excusa de siempre: que yo le gustaba como amiga, que lo mío le despertaba curiosidad, pero que ella era de hombres.

Todo cambió la noche en que apareció llorando en mi apartamento porque su novio la había dejado por otra. Llegó con los ojos hinchados, la voz rota y una rabia que apenas le cabía en el cuerpo. La abracé, le limpié el rímel corrido con el pulgar y la dejé desahogarse durante una hora entera.

Como era tarde y no tenía sentido que regresara sola a su casa, se quedó a dormir. Yo tenía una sola cama grande, así que nos metimos juntas bajo la misma sábana. No intenté tocarla. No quería aprovecharme de que estaba dolida y necesitada de consuelo.

Fue ella quien se giró hacia mí, con la cara todavía húmeda, y soltó una frase que me dejó inmóvil.

—Llevas meses provocándome y ahora que me tienes al lado no haces nada. ¿Ya no te gusto o qué?

Le acaricié el hombro despacio.

—Me gustas muchísimo, pero ahora no estás bien. No quiero ser esa clase de persona.

Marina bufó, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y me sostuvo la mirada.

—Pues sedúceme igual. Necesito sentir que alguien me desea de verdad.

No hizo falta insistir. En cuanto la besé, me devolvió el beso con hambre, como si llevara demasiado tiempo aguantándose algo. Esa noche descubrí que detrás de todas sus excusas había una curiosidad feroz, y también un cuerpo que respondía de inmediato a mis manos, a mi boca, a cada orden suave que le iba diciendo al oído.

Después de aquella primera vez, empezamos a acostarnos con frecuencia. Ella seguía negando cualquier posibilidad de enamorarse de una mujer, pero me buscaba a la menor oportunidad. A veces me llamaba solo para venir a mi casa, follar conmigo hasta quedar temblando y marcharse al amanecer como si aquello fuera un secreto sin importancia.

Yo quería más. Ella, no. Y justo cuando pensaba que la historia no iba a salir de ese bucle, me soltó algo todavía más raro que cualquier desplante anterior.

Estábamos paseando por un parque una tarde nublada cuando se acercó a mi oído y dijo:

—Si no puedes tener una relación conmigo, quizá te interese otra mujer de mi familia.

Me reí pensando que bromeaba, pero no.

—¿Qué carajos estás diciendo?

—Mi madre.

Me paré en seco. La miré, esperando el remate de la broma. No llegó.

—¿Tu madre está loca o tú?

Marina se encogió de hombros con una sonrisa torcida.

—Mi madre lleva años apagada. Mi padre le ha puesto los cuernos toda la vida, la ha humillado, la dejó sin ganas de tocar a un hombre y, para rematar, jamás la ha hecho correrse. Ni una sola vez. Yo la veo y sé que se está pudriendo por dentro.

Me contó entonces una historia sucia y triste: un matrimonio sostenido por costumbre, apariencias y resignación. Su padre, ausente y descarado, encadenando amantes; su madre, Teresa, tragándose todo por miedo al escándalo y por una idea del deber que ya no le daba nada. Según Marina, llevaban años sin acostarse. Compartían casa, mesa y fachada, pero no intimidad.

—Necesita despertar —dijo ella—. Y tú eres exactamente el tipo de mujer que podría hacerlo.

Yo ya había visto a Teresa un par de veces. Una mujer adulta, serena, siempre correcta, con esa clase de belleza que no pide atención pero la consigue igual. Se vestía con discreción, casi como queriendo esconderse, pero el cuerpo seguía ahí: curvas firmes, piernas bonitas, una boca que habría sido obscena si no la llevara siempre apretada por la costumbre de callarse.

—Me estás ofreciendo a tu madre como si fuera una cita a ciegas —le dije.

—Te estoy dando una oportunidad y, de paso, quizá le haga un favor a ella. A lo mejor a mí también me pone un poco la idea, no te voy a mentir.

No tardó en convencerme.

***

Unos días después fuimos a su casa con la excusa de estudiar. Era una mentira floja, pero suficiente. La casa estaba llena de ruido doméstico, gente entrando y saliendo, ollas en la cocina y una normalidad que contrastaba con la intención real con la que yo había cruzado esa puerta.

Nos instalamos en la isla de la cocina. Marina casi no abrió los apuntes. Nos dedicamos a charlar de cualquier cosa mientras yo esperaba. Quería ver a Teresa aparecer, moverme a su alrededor, medir hasta dónde podía tensar la cuerda.

Entró al atardecer, cargando bolsas y con el cabello recogido de cualquier manera. Llevaba una falda recta, una blusa sencilla y esa expresión cansada de quien ha pasado demasiados años poniendo a los demás por delante. Cuando me saludó, apenas me miró un segundo, pero yo vi el pequeño temblor en su sonrisa al reconocerme.

Marina empezó el juego con una falta de vergüenza admirable.

—Mamá, hoy Vega está impresionante.

Teresa dejó las bolsas en la encimera.

—Vega siempre es una mujer muy guapa.

Marina se volvió hacia ella con inocencia fingida.

—¿Nunca te han gustado las mujeres? Porque yo te juro que si me mirara así, me lo pensaría.

Teresa casi deja caer un paquete de pan.

—Por favor, compórtate.

Marina soltó una risa, me lanzó una mirada cómplice y se fue con la excusa de atender otra cosa. Me dejó sola con su madre entre cuchillos, verduras y una tensión que podía tocarse.

Teresa empezó a cortar pimientos, decidida a fingir que nada había pasado. Me levanté del taburete y me coloqué detrás de ella. No la toqué al principio. Solo me acerqué lo bastante para que sintiera mi aliento en la nuca.

—Así que no te lo pensarías conmigo —murmuré.

Se quedó rígida.

—No he dicho eso.

—Entonces dime qué has dicho.

Giró un poco la cabeza, sin atreverse a enfrentarse del todo a mí.

—He dicho que eres muy guapa. Eso no significa nada más.

Pegué mi cuerpo al suyo apenas un instante, lo justo para que notara mis tetas contra su espalda y mis caderas rozándole el culo. Su respiración cambió enseguida.

—A veces significa mucho más de lo que una se atreve a admitir —le dije al oído.

Intentó apartarse, pero no con verdadera convicción. Aproveché para cubrir sus manos con las mías y guiar el cuchillo un par de cortes, como si la estuviera ayudando. Ella tragó saliva.

—No deberías hacer esto.

—¿Esto? ¿Hablarte claro? ¿Mirarte como si fueras una mujer deseable? Porque alguien debería hacerlo.

La noté temblar. Bajé la voz todavía más.

—No me creo que un hombre como tu marido sepa qué hacer contigo. Ni con tu cuerpo, ni con lo que guardas dentro.

Teresa soltó el cuchillo de golpe.

—No hables de mi marido.

—¿Por qué no? Si no está. Si nunca está. Y cuando está, seguro que tampoco te ve.

Le rocé la cintura con la punta de los dedos. Luego el vientre. Después la cadera. No me apartó.

—Podría hacerte correrte aquí mismo si quisiera —susurré—. Y tú lo sabes.

Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, seguía negando con la cabeza, pero ya no sonaba segura.

—No me gustan las mujeres.

—Eso no importa. Te puede gustar el placer aunque venga de una mujer.

Metí la mano bajo el vuelo de su falda con un movimiento rápido y firme. Alcancé la tela de sus bragas y sonreí al encontrarla húmeda. Muy húmeda. Se me escapó una risa baja.

—Mientes fatal.

Teresa me apartó la muñeca enseguida, roja hasta el cuello. Yo me llevé los dedos a la boca y probé su sabor sin dejar de mirarla. Su cara fue una mezcla perfecta de escándalo, deseo y rendición contenida.

Entonces la besé.

No fue un roce tímido. Le sujeté la cara y le abrí la boca con paciencia, metiendo la lengua despacio hasta sentir cómo terminaba besándome de vuelta. Al principio tensa, luego hambrienta. Cuando me separé, tenía los labios entreabiertos y la mirada perdida.

—Esta noche me voy a meter en tu cama —le dije—. Si de verdad no quieres, me echas. Pero si no me echas, te voy a enseñar todo lo que te han negado.

Teresa no respondió. Solo se quedó respirando hondo, con las manos agarradas a la encimera como si necesitara sujetarse para no ceder en ese mismo momento.

***

La cena fue una tortura deliciosa. Yo hablaba lo justo y la miraba demasiado. Teresa evitaba mis ojos, pero cada vez que terminaba mirándome se delataba sola: el labio mordido, los hombros tensos, la incomodidad excitada de quien no puede dejar de pensar en lo que le dijeron unas horas antes.

Marina disfrutaba el espectáculo con un descaro casi obsceno. Por debajo de la mesa me rozó la rodilla una vez, solo para decirme sin palabras que siguiera adelante.

Más tarde nos acostamos en su cuarto, como tantas otras veces. Ella se puso boca arriba y empezó a tocarse por encima de la ropa interior mientras me hablaba de su madre. De cómo la imaginaba por fin perdiendo el control, de cómo quería verla dejar de ser la santa triste de la casa. La escuché un rato, pero no quise gastar deseo con Marina aquella noche.

—Resérvate —me dijo sonriendo—. Hoy la vas a necesitar entera.

Esperé a que la casa se hundiera en el silencio. Cuando todo quedó quieto, me levanté, me quité la ropa y crucé el pasillo completamente desnuda. Entré en el cuarto de Teresa con cuidado. La luz de la calle se filtraba por las cortinas y bastaba para verla incorporarse en la cama en cuanto sintió el colchón moverse.

—¿Vega? —susurró, sobresaltada—. ¿Qué haces aquí?

Me metí bajo la sábana junto a ella y acerqué su mano a mi entrepierna.

—Cumplir lo que te prometí.

En cuanto notó mi coño mojado y desnudo, intentó retirar la mano, pero se la sujeté con suavidad.

—Tranquila. Solo tócame.

—No sé hacer esto.

—No tienes que saber. Solo sentir.

Guié sus dedos entre mis labios, despacio, mostrándole cómo acariciarme. Su respiración se agitó enseguida. Mientras tanto, fui subiéndole el camisón por los muslos hasta la cintura. Besé sus piernas, el interior de sus rodillas, el vientre. La oí gemir bajito cuando le aparté la ropa interior y encontré de nuevo ese calor húmedo que ya me había dejado probar en la cocina.

—Mira cómo estás —murmuré—. Y todavía quieres decirme que no deseas esto.

Teresa me agarró del brazo, no para apartarme, sino para sostenerse.

—Nunca he hecho nada con una mujer.

—Entonces mejor. Te voy a enseñar bien.

Me subí sobre ella y la besé con fuerza, abriéndole las piernas con una rodilla. Mis manos le cubrieron las tetas por encima del camisón todavía enredado en la cintura y luego se lo saqué del todo de un tirón. Tenía unos pechos preciosos, llenos, sensibles. Les pasé la lengua alrededor de los pezones, los chupé, los mordí apenas, y cada vez que lo hacía ella soltaba un jadeo más roto que el anterior.

Su mano seguía entre mis piernas, torpe pero obediente. Yo la fui corrigiendo entre beso y beso.

—Más arriba. Sí. Ahí está mi clítoris. Haz círculos. No tan suave. Joder, así.

Me excitaba muchísimo verla aprender conmigo, notar cómo se iba soltando. Cuando por fin consiguió tocarme con un ritmo que de verdad me encendía, le agarré la muñeca y la apreté un poco más contra mí. Gemí en su boca y sentí el estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo al oírme disfrutar de verdad.

Bajé una mano hasta su coño y le separé los labios con dos dedos. Estaba empapada. Le metí uno, luego dos, muy despacio, sintiendo cómo se tensaba por dentro. Teresa arqueó la espalda.

—Dios…

—No, yo —le dije sonriendo contra su cuello.

Empecé a follármela con los dedos, entrando y saliendo mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. Al principio fue lento, explorando. Luego más firme. Ella abrió más las piernas, entregándose por completo al movimiento. Me pedía aire entre jadeos, como si no supiera si aguantar o correrse ya.

—No pares… por favor, no pares…

—Eso es. Pídemelo.

—No pares, Vega. Joder. Joder.

Su cuerpo empezó a reaccionar de una forma que me confirmó todo lo que Marina me había dicho. Aquella mujer estaba muerta de hambre. Hambre de caricias, de atención, de una mano que supiera lo que hacía y no tuviera prisa por correrse primero. Yo la miraba y solo pensaba en la cantidad de años que le habían robado.

Me aparté de sus dedos para bajar hasta entre sus piernas. Teresa levantó la cabeza, sorprendida, al verme acomodarme con la cara justo frente a su coño.

—Voy a comerte hasta que no puedas ni hablar.

No le di tiempo a contestar. Le pasé la lengua de abajo arriba, abierta y lenta, recogiendo toda su humedad. El gemido que soltó fue tan fuerte que tuve que subir una mano a su vientre para recordarle que no estábamos solas en la casa. Repetí la pasada una y otra vez, alternando lamidas largas con golpes precisos sobre el clítoris.

Teresa me metió los dedos en el pelo. No sabía dirigir, no sabía pedir, pero su cuerpo hablaba por ella. Cada vez que rozaba cierto punto, las caderas se le disparaban solas hacia mi boca. Aproveché ese ritmo y hundí la lengua más, mientras dos dedos seguían entrando en ella con una cadencia firme.

—Así… así… —balbuceó.

—Te estás poniendo a punto de correrte y ni siquiera sabes cómo suena tu propia voz —murmuré sin dejar de comerle el coño.

Apreté el pulgar sobre su clítoris mientras la lamía rápido, más rápido, y la sentí quebrarse. El orgasmo le llegó de golpe. Se contrajo entera, me cerró las piernas alrededor de la cabeza y soltó un gemido ronco, largo, incrédulo. Le temblaba el vientre. Le temblaban las manos. Le temblaba la respiración como si acabara de cruzar una frontera que no sabía que existía.

Seguí lamiéndola durante ese primer temblor, sin dejar que se bajara de golpe. Teresa soltó una risa ahogada mezclada con llanto.

—No puede ser… no puede ser…

Subí hasta su cara y la besé con su sabor todavía en mi boca.

—Sí puede. Y no va a ser el último.

Me miró como si acabara de descubrir algo sagrado y obsceno a la vez.

—Nunca… nunca me había corrido así. Nunca.

Aquello me puso todavía más cachonda. Volví a besarla y le agarré la mano otra vez, llevándola a mi coño empapado.

—Ahora me toca a mí. Quiero que me hagas caso.

Teresa asintió. Esta vez no discutió. Se colocó entre mis piernas como pudo y bajó la cabeza con ganas, pero sin técnica. La primera lamida fue torpe, demasiado dura. La segunda, mejor. La tercera ya venía acompañada de una mano temblorosa que se atrevió a abrirme los labios tal como me había visto hacerle a ella.

Yo gemía, la guiaba y le dejaba aprender.

—Más despacio. No frotes como si quisieras borrar algo. Juega. Sí… así. Mete la lengua. Joder, eso.

Su inseguridad se fue convirtiendo en deseo real. Empezó a chuparme el clítoris con hambre, a probarme sin miedo, a gemir contra mi coño como si aquello también la excitara a ella. Le pedí dos dedos y obedeció. Al entrarme, torpes pero decididos, me arqueé con un jadeo seco.

—Más adentro. Curva un poco. Sí. Ahí.

La agarré del pelo, no para hacerle daño, sino para marcar el ritmo. Ella dejó que la guiara y se entregó a mi cuerpo con una docilidad excitante. Cada vez que la empujaba un poco más contra mí, respondía mejor. Le salió una mezcla preciosa de obediencia y ansia. Yo estaba perdiendo la cabeza.

—Buena chica —le susurré.

Ese simple elogio la hizo gemir contra mi coño. Y a mí me remató. Sentí cómo la tensión me subía por las piernas, me apretaba el vientre y terminaba explotando en una corrida intensa que me dejó sacudiéndome sobre la cama. Le mantuve la cara entre los muslos unos segundos más, dejando que me siguiera lamiendo mientras el orgasmo me atravesaba entera.

Cuando por fin aflojé, Teresa levantó la cabeza con la boca brillante y una expresión entre avergonzada y orgullosa.

—Creo que lo hice fatal.

Me reí, aún jadeando.

—Si eso es fatal, no quiero imaginarte cuando practiques.

Ella sonrió por primera vez en toda la noche como una mujer liberada, no como una esposa resignada. Pero yo no había terminado. La empujé con suavidad para volver a ponerla boca arriba y me acomodé entre sus piernas otra vez.

—Todavía puedo sacarte otra.

—No sé si puedo…

—Sí puedes. Solo estás sensible.

Le pasé la yema de los dedos por el clítoris muy despacio, apenas rozándolo mientras la besaba. Después alterné pequeños círculos con besos en el cuello, mordidas suaves en los pechos y una mano hundida en su coño, entrando y saliendo de una manera más lenta pero más profunda. Teresa empezó a retorcerse otra vez, sorprendida de que el deseo volviera tan pronto.

—Vega… espera…

—No quieres que espere.

—No —admitió con un hilo de voz—. No quiero.

Le abrí más las piernas y me froté contra su muslo, dejando que sintiera lo mojada que seguía estando yo también. La escena me volvió loca: una mujer madura, recién descubierta, entregada debajo de mí, pidiéndome sin saber pedir. Le metí tres dedos esta vez, con cuidado pero sin ternura innecesaria, y empecé a follármela de verdad con la mano mientras mi pulgar trabajaba su clítoris sin descanso.

Teresa se agarró a la sábana, luego a mis hombros, luego a mi espalda. Sus gemidos ya no tenían nada de contenidos. Los enterraba en mi cuello para no hacer ruido, pero el cuerpo le iba por libre.

—Me voy a correr otra vez… joder…

—Pues córrete. Quiero sentirlo.

La besé justo cuando llegó el segundo orgasmo. Esta vez fue menos sorprendido y más salvaje. Me apretó los dedos por dentro, me mordió el labio y se quedó convulsionando bajo mi mano con una fuerza que me hizo gemir de pura satisfacción. Me encanta hacer correrse a una mujer, pero hay algo especial en arrancarle el primer orgasmo real a alguien que llevaba años creyéndose incapaz.

Nos quedamos unos minutos abrazadas, desnudas y sudadas bajo la penumbra. Yo pensaba volver al cuarto de Marina para mantener una apariencia ridícula de normalidad, pero Teresa me agarró de la cintura antes de que me apartara.

—No te vayas.

La miré.

—Si notan que no estoy…

—Me da igual. Hace demasiado tiempo que me acuesto sola. Quédate conmigo esta noche.

Su voz ya no sonaba como la de una mujer pidiendo permiso para existir. Sonaba como la de alguien que por fin tenía claro lo que quería. Le acaricié la cara, apartándole un mechón pegado a la sien.

—Me quedo.

Se acurrucó contra mi pecho y yo le rodeé la cintura. Antes de dormirse, todavía me besó una vez más, lento, agradecido, con una ternura que contrastaba con lo crudo de todo lo que acabábamos de hacer.

—Ahora ya sé lo que era —murmuró.

—¿El qué?

—Sentirse viva.

No dije nada. Solo la abracé más fuerte y respiré el olor de su piel, satisfecha, caliente y despierta. Afuera la casa seguía en silencio. Adentro, entre aquellas sábanas, una mujer adulta que llevaba media vida apagada acababa de descubrir que su cuerpo no estaba roto. Solo había estado en las manos equivocadas.

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Comentarios(5)

DiegoBA88

increible, de los mejores que lei en esta categoria. muchas gracias!

Marta_Nocturna

Por favor que haya segunda parte! Me quedé con ganas de saber cómo terminó todo. Muy buen relato

ElOchentero

jajaja cosas que solo pasan en los relatos... o no? Muy bueno!

RosaMar_88

Me recordó a algo que me pasó hace tiempo, ese ambiente de tension antes de que todo explote. Bien narrado, se siente real.

Cris_Lect

Excelente!!!

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