La depilación antes de mi mejor polvo
No fue por él. Eso me lo repetí mientras cruzaba calles estrechas con el bolso colgando del hombro y la falda pegada a los muslos por el calor. No fue por un desconocido de una app. Fue por mí, por la necesidad de volver a sentir el cuerpo despierto después de demasiado tiempo usándolo solo para trabajar, dormir y fingir equilibrio.
Tenía casi cuarenta, vivía sola desde hacía años y había aprendido a parecer una mujer perfectamente ordenada. Desde fuera, mi vida era limpia, funcional, incluso deseable. Desde dentro, llevaba meses con una sequía absurda, no entre las piernas sino en la cabeza, en el hambre, en esa parte animal que a veces se apaga si nadie la toca.
Lo había conocido por una app dos noches antes. No importa el nombre real; digamos que se llamaba Bruno. Era más joven que yo, descarado sin pasarse, con esa mezcla de ligereza y seguridad que a cierta edad deja de parecer inmadurez y empieza a parecer un lujo.
Me mandó un audio corto, de esos que una escucha dos veces aunque no quiera admitirlo. Me habló de cine malo, de bares cerrando tarde y de lo mucho que le gustaban las mujeres que sabían exactamente lo que querían. Después añadió, con una risa baja: —Y si no lo sabes, también me gusta averiguarlo con la lengua.
Me reí sola en la cocina. Luego me mojé.
La cita quedó para esa misma noche. Yo llevaba tanto sin entregarme a algo espontáneo que el simple hecho de prepararme ya me tenía acelerada. Quise hacerlo todo bien, o al menos todo como antes: ducharme despacio, hidratarme la piel, elegir ropa interior bonita aunque tal vez nadie llegara a verla, y pasar por un centro de estética porque me dio por pensar que, si volvía a abrirle las piernas a alguien, quería hacerlo sintiéndome impecable.
El sitio era espantoso. Ni acogedor ni decadente con encanto. Solo barato y cansado. En la recepción, una mujer mascaba chicle sin mirarme, y el aire olía a laca, cera recalentada y desinfectante. Estuve a punto de dar media vuelta, pero ya había dicho que sí a demasiadas cosas como para echarme atrás justo allí.
La chica que me atendió parecía aburrida del mundo entero. Me señaló una cabina pequeña, una camilla estrecha y una toalla fina. —De cintura para abajo —dijo, sin una pizca de cuidado en la voz. Cerró la puerta y me dejó sola.
Me quité la ropa interior con una incomodidad casi adolescente. Eso fue lo peor: sentirme ridícula en mi propia piel, como si estuviera ensayando una versión de mí que ya no me correspondía. Me tumbé, abrí las piernas lo justo y me tapé con la toalla mientras el ventilador removía un aire caliente e inútil.
Cuando volvió, no dijo nada. Metió la espátula en la cera y empezó. El primer tirón me arrancó un bufido. El segundo me hizo cerrar los puños. Para el tercero tenía la mandíbula tensa, los muslos duros y una lágrima pequeña de puro reflejo, no de pena.
Para aguantar, pensé en el mensaje de voz de Bruno. En su forma de escribir «te comería viva» como si lo diera por hecho. En sus abdominales marcados bajo una camiseta blanca. En la cara que pondría si me subía la falda en un portal y descubría que yo iba preparada, caliente y dispuesta.
La cera ardía. El tirón dolía. Y, aun así, algo en mí se humedecía con la idea de esa noche.
Hubo un momento en que la vergüenza y el deseo se mezclaron tanto que me mareé un poco. Estaba allí, con el coño en carne viva frente a una desconocida de uñas larguísimas, pensando en la polla de un hombre al que nunca había tocado. La escena tenía algo humillante. También algo brutalmente sincero.
Cuando terminó, yo sentía las ingles ardiendo y la vulva palpitando como si me hubieran lijado. Pero ya estaba allí, así que añadí pedicura. Quería salir de ese lugar sintiéndome terminada, pulida, lista. Una estupidez, quizá, pero en ese momento me aferré a ella.
Me senté con cuidado, todavía sensible, y en cuanto la chica me cogió un pie notó el temblor en mis piernas. Sonrió de lado. —Pareces nerviosa.
La miré con frialdad. Si hubiera sabido la cantidad de fantasías, dudas y calor que me habían llevado hasta esa silla, no habría sonreído así. O tal vez sí. Tal vez le habría divertido aún más.
Siguió pintándome las uñas de un rosa casi obsceno y entonces, sin levantar la vista, soltó: —Por cierto, intenta no tener sexo en las próximas cuarenta y ocho horas. Estás muy irritada. Te lo digo por ti.
No supe si insultarla, reírme o llorar. Me limité a vestirme despacio, con las piernas abiertas al caminar y el orgullo arrastrando detrás. Salí a la calle con el coño ardiendo, el cuerpo cargado de expectativa y la sensación de haber preparado una fiesta para alguien que todavía no había llegado.
Le escribí a Bruno al volver a casa. Fui prudente, incluso digna. —Si no te importa, mejor mañana o pasado. Estoy un poco sensible.
Tardó en contestar. Demasiado. Cuando lo hizo, fue con una frase seca, perezosa, que olía a desinterés. —Me salió otro plan. Otro día.
Ese «otro día» duró exactamente hasta que me bloqueó.
Lo descubrí dos noches después, cuando intenté entrar en su perfil y ya no estaba. Sin foto. Sin chat. Sin rastro. Como si yo no me hubiera arrancado media dignidad de una camilla por un encuentro que nunca existió. Como si todo ese deseo no se hubiera quedado acumulado en mi cuerpo como una fiebre sin salida.
Me enfurecí. Con él, claro. Pero sobre todo conmigo. Por haberme dejado ilusionar, por haber querido gustar, por seguir reaccionando como una imbécil ante un audio bonito y una promesa de polla joven.
Esa noche di vueltas por el ático descalza, con una camiseta ancha y nada debajo. El ventilador apenas movía el aire. La irritación había bajado un poco, lo justo para que el cuerpo volviera a pedirme lo que no había podido darle en dos días. Tenía ganas de tocarme y miedo de que aún doliera. Tenía ganas de corrérme por rabia más que por ternura.
Y entonces pensé en Simón.
Mi ex.
Hacía meses que no nos veíamos. La relación se había roto sin gritos ni drama, lo cual a veces duele más porque no deja enemigo claro. Nos llevábamos bien a distancia. Demasiado bien, quizá. Él conocía mi cuerpo como nadie; yo conocía su forma de respirar justo antes de correrse, su manía de apretarme la cadera cuando quería más fondo, su forma descarada de bajar a comerme el coño como si fuera una tarea pendiente.
No sé si lo llamé por soledad, por calentura o por orgullo herido. Tal vez por las tres cosas. Le puse un mensaje: —¿Estás despierto?
Contestó en menos de un minuto. —Sí.
Eso me bastó para seguir. —Necesito verte.
Hubo una pausa corta y después llegó su respuesta. —Voy.
***
Tardó media hora. En ese tiempo no me maquillé ni intenté parecer mejor versión de nada. Solo me lavé la cara, bebí agua y me senté en el borde del sofá con las piernas abiertas, notando el calor entre ellas y el pulso acelerado en el cuello.
Cuando llamó al timbre, subió con la misma calma de siempre. Al abrirle, me miró un segundo largo, recorriéndome entera con los ojos. Llevaba camisa oscura remangada y olor a calle templada. Yo iba descalza, con esa camiseta vieja que me tapaba a medias el culo.
—Tienes cara de estar a punto de cometer una estupidez —dijo al entrar.
—Seguramente ya la cometí hace dos días.
Dejó las llaves sobre la mesa y esperó. Eso era muy de él: no invadir, pero tampoco retroceder. —Cuéntame.
Se lo resumí sin adornos. La app. La cita. La depilación. Las cuarenta y ocho horas de abstinencia ordenada por una extraña. El plantón. El bloqueo. Mientras hablaba, me fui encendiendo otra vez, pero esta vez de vergüenza y rabia. Él me escuchó en silencio, con esa media sonrisa que no era burla, sino reconocimiento.
Cuando terminé, negó con la cabeza. —Te arreglaste toda para un imbécil que no tuvo ni los huevos de decírtelo de frente.
—Básicamente.
Se acercó un paso. —Y ahora me llamas a mí porque sigues caliente.
Lo miré sin disimulo. —Sí.
—¿Y sigues sensible?
Tragué saliva. —Sí.
Sonrió apenas. —Entonces habrá que hacerlo bien.
No me besó de inmediato. Primero me apartó un mechón del pelo y me sostuvo la mandíbula con la mano. Fue ese gesto, más que cualquier palabra, el que me terminó de romper la resistencia. Me besó despacio, abriéndome la boca con paciencia, dejándome saborear el aire antes de meter la lengua. Yo lo agarré de la camisa y lo acerqué más.
El beso subió de temperatura en segundos. Le mordí el labio. Él me agarró el culo por debajo de la camiseta y me apretó con fuerza. Gemí contra su boca porque por fin alguien estaba allí, conmigo, haciéndose cargo de ese deseo acumulado que me llevaba días martillando el cuerpo.
—Dime cómo estás —murmuró en mi oído.
—Caliente. Cabreada. Y con ganas de que me quites esto de encima.
Me levantó la camiseta hasta el pecho y me dejó desnuda. No llevaba sujetador. Su mirada me hizo sentir observada de verdad, no evaluada, no comparada. Me chupó un pezón con una succión lenta y firme mientras la otra mano me masajeaba la cintura. Eché la cabeza hacia atrás y sentí un latigazo de placer limpio, de esos que hacen que una piense menos y respire más.
Bajó de rodillas sin teatralidad. Me besó el vientre, la cadera, la parte alta del muslo. Cuando iba a apartarme las piernas, lo detuve con la mano en el hombro. —Todavía estoy sensible.
Levantó la vista. —No voy a hacerte daño.
Me separó los muslos con cuidado y observó la piel recién depilada, todavía un poco enrojecida. El aire mismo me rozaba demasiado allí abajo. Noté un punto de vergüenza al exponerme así, tan arreglada para otro y terminando delante de él, mi ex, el hombre que mejor sabía leerme.
—Mírame —dijo.
Lo hice.
Entonces pasó la lengua apenas por la cara interna del muslo, lejos del centro, solo lo suficiente para hacerme temblar. Otro roce. Luego otro, más cerca. Yo me agarré al respaldo del sofá y abrí más las piernas por instinto. Ya estaba mojada, pese a la irritación, y eso me avergonzó un segundo hasta que él sonrió.
—Así que esto era urgencia de verdad.
—Cállate y sigue.
Se rió por lo bajo y por fin me lamió el coño. No entró de golpe ni me aplastó con torpeza. Empezó suave, de abajo arriba, recogiendo mi humedad con la lengua plana. Solté un gemido áspero. La mezcla de sensibilidad y placer era casi excesiva, como si cada terminación nerviosa hubiera quedado al aire.
Me abrió los labios con los dedos y chupó el clítoris con cuidado, alternando succiones cortas con lengüetazos lentos. Yo me retorcí. —Joder... así...
—Eso pensé —murmuró sin apartarse.
Siguió comiéndome con la experiencia obscena de quien recuerda exactamente dónde insistir. Cuando notaba que un punto me ponía demasiado tensa, aflojaba. Luego volvía. Me metió un dedo muy despacio, lubricándolo con mi propia excitación antes de empujarlo adentro. Lo sentí entrar y tuve que exhalar fuerte, pero no dolió; al contrario, el cuerpo pareció abrirse por fin.
—¿Así sí?
—Sí. Méteme otro.
Lo hizo. Sus dos dedos entraron despacio y luego comenzaron a moverse con un ritmo firme, curvándose contra esa pared interna que me hace ver blanco cuando alguien acierta. Su boca seguía en mi clítoris, y la combinación me dejó sin fuerza en las piernas.
—Me vas a correr aquí mismo —dijo.
—Hazlo.
No tardé mucho. Venía cargada desde hacía días, frustrada, hambrienta, receptiva. Cuando apretó un poco más con la lengua y mantuvo los dedos golpeando justo donde debía, me corrí temblando, con un gemido abierto, indecente, agarrada al sofá como si me fuera a caer. Él no paró hasta que acabé de sacudirme entera.
Subió, se limpió la boca con el dorso de la mano y me besó. Me dio mi propio sabor y eso me encendió todavía más. Yo ya no estaba pensando en Bruno, ni en la app, ni en la humillación. Solo en la polla dura que sentía contra mi muslo y en las ganas feroces de metérmela dentro.
Le desabroché la camisa a tirones. —Te quiero follando ya.
—Qué educada cuando te rechazan, ¿eh?
Le solté una mirada afilada. —No me jodas.
Sonrió, se bajó el pantalón y la ropa interior. Su polla salió dura, gruesa, familiar de una forma que me hizo mojarme aún más. La agarré y la acaricié un par de veces, notando el peso y el calor en la mano. Bajé la cabeza y me la metí en la boca sin ceremonia.
Él soltó el aire por la nariz y me sujetó el pelo. Yo chupé despacio al principio, dejándole la punta bien húmeda, recorriéndola con la lengua, tragándomela poco a poco hasta donde pude sin náusea. Después aceleré. Me gusta mamar polla con hambre cuando estoy caliente de verdad, y esa noche lo estaba. Lo masturbaba al ritmo de mi boca, subiendo y bajando, escuchando cómo su respiración se iba rompiendo.
—Hostia... así no vas a tardar ni cinco minutos.
Lo saqué un segundo y lo miré. —No quiero que tardes. Quiero que me folles.
Me empujó con suavidad hasta tumbarme en el sofá. Me levantó las piernas y me las separó. Se colocó entre mis muslos y me frotó la polla por la entrada, embarrándola con todo lo que yo ya tenía afuera. Ese roce me arrancó un gemido impaciente.
—Entra de una vez.
—Despacio —dijo—. Estás sensible.
Aun así, cuando empujó, lo hizo con firmeza. Sentí la cabeza abrirme paso, luego el grosor, luego todo entrando hasta el fondo en una sola embestida controlada que me dejó boqueando. El placer vino con un pequeño filo de dolor por la irritación, pero era el tipo de sensación que me volvía loca: intensa, concreta, viva.
—Joder... —solté.
Él se quedó quieto un segundo, hundido en mí. —Dime si paro.
Le clavé las uñas en el antebrazo. —Ni se te ocurra.
Empezó a moverse. Primero corto, probando ángulos, acostumbrándome al llenado. Después más profundo, más seguro. Cada embestida me hacía rebotar contra el respaldo. El sofá crujía. Yo abría más las piernas para recibirlo mejor, sintiendo su polla resbalar dentro de mí, salir casi hasta la punta y volver a entrar con un golpe húmedo que empezaba a sonar por todo el salón.
—Así te quería —murmuró—. Abierta y pidiéndome más.
—Pues dámelo.
Me agarró de los muslos y aceleró. Su pelvis chocaba contra mi culo con una fuerza seca, deliciosa. Notaba cómo me removía por dentro, cómo cada penetración me rozaba el punto exacto que me hacía arquear la espalda. Yo ya no gemía bonito; jadeaba, soltaba tacos, le pedía más fondo y más ritmo como una mujer con días de hambre acumulada.
—Fóllame de verdad, Simón.
Eso lo encendió. Me levantó del sofá y me giró. Quedé inclinada sobre el respaldo, con el pecho aplastado y el culo hacia él. Oí cómo se escupía en la mano y me masajeaba la entrada antes de volver a metérmela. Entró otra vez hasta el fondo, y en esa postura el golpe me arrancó un grito más alto.
—Ahora sí —dijo entre dientes.
Me folló duro. Sin pausa. Sujetándome de la cadera, marcando el ritmo con embestidas largas y potentes que hacían golpear mis muslos entre sí. Yo me agarré al sofá mientras él me abría más con cada empuje. Sentía la piel sensible, sí, pero también la excitación disparada, el coño apretándole la polla como si quisiera exprimirle la corrida.
—No sabes las ganas que tenía de esto —le dije, casi sin voz.
—Sí que las sé. Me llamaste temblando.
Alcancé una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris. La combinación de su polla entrando y saliendo con ese ritmo brutal y mis dedos trabajando arriba me llevó al borde otra vez en cuestión de segundos. Él lo notó por cómo empecé a apretarlo.
—¿Te vas a correr otra vez?
—Sí... sí... no pares.
Se inclinó sobre mi espalda, me mordió el hombro y metió la mano para apartar la mía. Entonces me frotó él, rápido y preciso, mientras seguía follándome sin perder cadencia. Esa coordinación obscena, esa manera de conocer mi cuerpo sin preguntar, fue lo que me desarmó del todo.
Me corrí con las piernas temblando, el coño contrayéndose alrededor de su polla y un gemido ronco que terminó en jadeo. Él soltó una maldición, me dio unas cuantas embestidas más, profundas, cada vez más desordenadas, y supe que estaba a punto.
Me giró de nuevo para mirarme la cara. Seguía dentro de mí, sudado, con la mandíbula tensa. —Quiero correrme viéndote.
Lo rodeé con las piernas. —Hazlo.
Me penetró con cuatro golpes más, secos, enteros, y en el último se quedó hundido hasta el fondo mientras se corría. Lo sentí palpitar adentro, caliente, intenso, y esa sensación me arrancó un gemido pequeño, satisfecho, casi animal. Él cerró los ojos un segundo y apoyó la frente en la mía mientras terminaba de vaciarse.
Nos quedamos así, respirando fuerte. Sin romance de anuncio. Solo piel húmeda, piernas flojas y una paz extraña, compacta.
Cuando salió de mí, sentí un vacío tibio y real. Se dejó caer a mi lado en el sofá. Yo tenía el cuerpo blando, la vulva latiendo, el pecho mucho más tranquilo. Ya no había humillación. Ni bloqueo. Ni espera.
Él miró el techo y soltó una risa baja. —Así que las cuarenta y ocho horas eran orientativas.
Me reí por primera vez en días. —Al parecer sí.
Hubo un silencio cómodo. Después me acarició el muslo con el dorso de los dedos. —La próxima vez que un idiota te deje así, no le regales la fantasía. Llámame antes.
Lo pensé un segundo. —La próxima vez, mejor no espero a que me dejen así.
Giró la cabeza hacia mí. —Eso suena a aprendizaje.
—Suena a que no vuelvo a depilarme para un desconocido que no sabe lo que se pierde.
Sonrió. Yo cerré los ojos y me dejé hundir en el sofá, con el ventilador girando lento sobre nosotros. Esa noche no fue para él, el de la app. Ni para la imagen absurda que me había montado en la cabeza. Fue para mí, al final sí. Para recuperar el cuerpo, las ganas y esa parte de mí que todavía sabe pedir placer cuando lo necesita.
Y, sobre todo, para recordar algo simple: el deseo mal invertido da rabia, pero el bien cobrado se nota hasta en la forma de dormir después.
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