La conductora madura que me citó en su ruta
Todo empezó como empiezan muchas historias que nadie planea de verdad: una tarde larga de amigos, alcohol suficiente para aflojar la lengua y una casualidad que, vista con distancia, ya no me parece tan casual.
Aquella vez habíamos quedado tres de siempre para ir de bar en bar por el centro de un pueblo vecino. Yo había salido sin prisa, con ganas de reírme un rato y volver a casa tarde. No esperaba encontrarme con una mujer que me iba a desordenar los siguientes meses.
Uno de mis amigos se retiró a media tarde, otro propuso movernos a otra localidad donde se unirían más conocidos, y acabamos subiendo a un autobús casi vacío. Fue ahí donde la vi por primera vez de cerca.
La conductora se llamaba Clara, aunque eso lo supe después. Tenía el pelo rojizo, una figura larga y firme, y esa clase de cara que no necesita maquillaje exagerado para llamar la atención. No era una chica joven, ni falta que le hacía: era una mujer hecha, segura, con el uniforme bien puesto y una forma de mirar que parecía una provocación tranquila.
Como no sabíamos dónde bajarnos, le preguntamos por la parada correcta. Ella respondió con paciencia y enseguida se enganchó a la tontería que llevábamos encima. Acabamos los tres riéndonos con ella durante buena parte del trayecto, saltándonos el cartel de «prohibido hablar con la conductora» como si no existiera.
Tenía una risa grave, muy femenina, y cuando sonreía le aparecía una arruga fina junto a los ojos que la hacía todavía más atractiva. Yo no apartaba la vista de sus manos sobre el volante, de cómo cambiaba de marcha, de la soltura con la que dominaba aquel vehículo enorme.
—Si seguís así, os dejo dos pueblos más lejos —dijo entre risas.
—Mientras nos lleves tú, hasta nos da igual —solté yo, medio en broma.
Ella giró apenas la cabeza, lo justo para mirarme un segundo más de lo necesario.
—Eso lo dices porque todavía no te he cobrado recargo.
Seguimos la tarde con otros amigos, más cervezas y más ruido. Ya de noche, cuando empezó a llover, mi compañero y yo volvimos a la parada para regresar. El autobús abrió las puertas y allí estaba ella otra vez, con la misma media sonrisa, como si la noche nos la hubiera devuelto a propósito.
Nos reconoció enseguida. El viaje de vuelta fue aún más relajado. Cuando llegamos a destino nos comentó que tenía descanso antes de la siguiente ruta y que iba a tomar un café. Fuimos con ella a un bar cercano. Ella pidió café; nosotros, otra ronda.
Sentada sin volante delante, Clara resultaba todavía más atractiva. Alta, piernas largas, la camisa del uniforme ajustándose al pecho sin exageraciones, pero sin esconder nada. Hablaba con naturalidad, con esa mezcla de picardía y experiencia que tienen algunas mujeres maduras que ya no necesitan demostrar nada.
Nos contó que vivía sola, que llevaba años separada y que sus hijos ya eran adultos y hacían su vida. Yo fingía escuchar con calma, pero por dentro iba atando detalles. No sabía todavía por qué, aunque sí sabía para qué: quería volver a verla.
***
Pasaron meses hasta que volví a coincidir con ella. Fue en la estación de la capital, una tarde cualquiera, cuando subí a un autobús sin pensar y al levantar la vista la encontré al volante.
—Mira quién aparece —dijo nada más verme—. ¿No eras de esos que cogen el autobús una vez al año?
—Eso creía —respondí—, pero si tú conduces, igual vendo el coche.
Se rió con ganas, una risa abierta que me dio más confianza de la que debía tener. Dejé pasar al resto y me quedé cerca de la máquina de billetes, hablando con ella durante el trayecto como si nos conociéramos de mucho más.
Cuando llegamos al final de línea, me dijo que le tocaba descanso y que me debía un café. Fuimos a un local pequeño frente a la estación. Esta vez hablamos menos en broma y más de verdad. De trabajos, de cansancio, de lo raro que es conectar con alguien cuando uno ya tiene una vida armada.
Al despedirnos nos dimos dos besos, pero ninguno fue donde debía. Los dos rozaron demasiado cerca de la boca. Lo noté yo, lo notó ella, y por la manera en que bajó la vista un instante supe que no había sido casual.
Volví a casa con la sensación de haber dejado una conversación a medio terminar. No de palabras, sino de cuerpos.
***
La tercera vez fui yo quien la buscó. Había visto su línea por casualidad días antes y, con una paciencia que no suelo tener, averigüé dónde hacía una parada larga al caer la tarde. Me presenté allí con la excusa de tomar algo en un bar de la zona, aunque la verdad era más simple y más ridícula: quería verla bajar del autobús y comprobar si aquella tensión seguía viva.
Esperé mirando la calle hasta que su vehículo apareció entre la llovizna. Aparcó unos metros más allá, bajó con paso seguro y entró al bar sacudiéndose apenas la humedad del pelo. Cuando me vio, abrió los ojos y sonrió como una mujer que se sorprende, sí, pero no demasiado.
—No me lo puedo creer. ¿Qué haces tú aquí?
—Visita improvisada —mentí—. Y, ya que estaba, pensé en tomar algo.
—Claro —dijo, con una mirada que dejaba claro que no se tragaba nada—. Casualidad pura.
Se sentó conmigo. Dijo que esta vez pagaba ella, y discutimos un poco por costumbre hasta que ganó. Hablamos sin prisas, con una tensión nueva, más limpia y más descarada. Ya no éramos la conductora simpática y el pasajero pesado. Éramos un hombre y una mujer tanteando hasta dónde podían llevar un juego.
Cuando miró el reloj, soltó un suspiro corto.
—Tengo que volver al autobús.
La acompañé hasta la puerta. La calle estaba medio vacía y la luz del atardecer ya se había ido. Nos quedamos de pie muy cerca, sin despedirnos de inmediato, como si los dos esperáramos que el otro hiciera algo que justificara todo lo anterior.
—Me debes ya demasiados cafés —le dije.
—Tendré que compensarte de otra forma.
—No hace falta esperar tanto.
Ella no retrocedió. Ni un paso. Solo me sostuvo la mirada.
—Eres peligroso.
—Y tú no pareces asustada.
Entonces la besé. Sin pedir permiso con palabras, pero sabiendo que lo llevaba concedido desde antes de acercarme. Su boca respondió de inmediato, firme, hambrienta. No fue un beso torpe ni sorprendido; fue el de una mujer que llevaba tiempo imaginándolo y que, al tenerlo por fin, decidió no perder ni un segundo.
Clara abrió la puerta del autobús y subimos. Cerró detrás de nosotros. El silencio del interior, con todas las luces tenues y los asientos vacíos, me golpeó de lleno. Ella me agarró por la nuca y volvió a besarme, esta vez metiéndome la lengua con un gemido ronco que me endureció al instante.
Le metí una mano por la cintura, pegándola a mí. Noté su cuerpo firme bajo la ropa del uniforme, el calor acumulado, el aliento acelerado. Bajé la mano hasta su culo y se lo apreté con ganas. Ella me mordió el labio.
—Joder —susurró—. Llevas meses mirándome como si quisieras arrancarme la ropa.
—Porque llevo meses queriendo hacerlo.
—Pues hazlo, pero rápido. Tengo poco tiempo y no quiero quedarme con las ganas.
La besé otra vez mientras deslizaba la mano entre sus muslos. A través del pantalón noté el calor de su coño, y cuando apreté con la palma ella soltó un jadeo húmedo, abierto, de esos que no se fingen.
—Mmm... sigue.
Desabroché el botón de su pantalón y bajé la cremallera. Metí la mano dentro de las bragas y la encontré ya mojada, muy mojada, con el coño caliente y resbaladizo. Le acaricié los labios despacio al principio, saboreando cómo temblaba, y luego metí dos dedos de golpe.
Clara apoyó la espalda contra una barra lateral y abrió las piernas todo lo que le dejaba el uniforme.
—Hostia... así... así, sí...
Moví los dedos dentro de ella, entrando y saliendo con firmeza, mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Su respiración se volvió más áspera. Me chupó el cuello, me apretó el hombro, y luego me miró con una expresión descarada, casi desafiante.
—Ven atrás —dijo—. No me calientes aquí para dejarme a medias.
Fuimos hacia la parte trasera del autobús, tambaleándonos entre besos. Allí, en la última fila, se bajó el pantalón y las bragas de una vez, sin falsa timidez, mostrando un coño húmedo, abierto para mí, con el vello recortado y los muslos brillando ya de excitación.
Me arrodillé frente a ella por puro impulso. Le separé más las piernas y le pasé la lengua desde abajo hasta el clítoris. Su reacción fue inmediata: una sacudida en las caderas y un gemido grave que rebotó en todo el vehículo.
—Joder... no hagas eso si no quieres que me corra ya.
No la escuché. Seguí comiéndole el coño con ganas, lamiendo de verdad, abriéndola con los dedos para meter la lengua donde estaba más húmeda. El sabor era fuerte y limpio, y cuanto más la chupaba, más mojada se ponía. Ella se sujetó al respaldo del asiento y empezó a follarme la cara, empujando la pelvis contra mi boca.
—Sí... sí... así... chúpame... me cago en la puta...
Le metí dos dedos otra vez mientras le succionaba el clítoris. Luego tres, lentamente primero, hasta que noté cómo su coño se abría y se tragaba mi mano con ansiedad. Clara jadeaba sin ningún pudor, con la cabeza hacia atrás y la camisa del uniforme desabrochada un poco por el pecho.
—No pares... no pares... voy a correrme...
La sentí tensarse. Su coño empezó a contraerse alrededor de mis dedos y se corrió gimiendo, con el cuerpo temblando y los muslos apretándome la cabeza. Se dejó caer sobre el asiento, sudando, con la boca entreabierta.
—Ahora tú —dijo al recuperarse un poco—. Quiero verte la polla.
Me bajé la cremallera y saqué la verga, dura desde hacía rato. Ella la miró con hambre y me la agarró sin delicadeza, pasándole la mano de arriba abajo mientras me mordía el cuello.
—La imaginé más de una vez —admitió—. Sobre todo cuando te quedabas mirándome las piernas como si fueras a hacer una locura.
—Y tú me dabas razones.
Se inclinó y me la chupó de golpe, tragándose media polla con una soltura que solo da la experiencia. Casi me dobló las piernas. Su boca estaba caliente, muy húmeda, y alternaba lamidas largas con succiones profundas, mirándome desde abajo para ver cómo reaccionaba.
—Joder, Clara...
Ella sonrió apenas, sin soltarme del todo, y siguió mamándomela con una calma perversa, apretando con la lengua en la parte más sensible. Luego me sacó la polla de la boca y la rozó contra su cara un segundo antes de ponerse en pie.
—No hay tiempo para lucirse —dijo, ronca—. Fóllame.
La giré y la apoyé contra el respaldo de los asientos. Le subí la camisa por la cintura, dejándole el culo al aire. Le aparté las bragas del todo y le metí la polla de una embestida. Entró fácil, porque seguía empapada, y aun así los dos soltamos un sonido seco, animal, de puro alivio.
—Aaah... hijo de puta... —gimió—. Más.
Empecé a follarla fuerte, agarrándola de las caderas. El autobús crujía con cada golpe y el sonido de mis huevos chocando contra ella llenó el silencio. Su coño me apretaba de una forma deliciosa, caliente, tragándome y soltándome con cada embestida.
—Así te quería —le dije al oído—. Empalada en tu propio autobús.
—Pues fóllame como si fuera tuya.
Le tiré un poco del pelo y aceleré. Clara abrió más las piernas, buscando mejor ángulo, y empezó a echar el culo hacia atrás para recibirme más hondo. Cada vez que entraba hasta el fondo soltaba un gemido más alto, menos controlado.
—Joder... sí... ahí... ahí dentro... no aflojes...
Le metí una mano por delante y le agarré una teta por encima de la camisa, apretándola sin cuidado. Con la otra seguí marcando el ritmo en sus caderas. La estaba follando de verdad, sin romanticismo, sin pausas, y ella respondía igual de cruda.
—Dime cuánto lo querías —le susurré.
—Mucho... me cago en la puta... mucho...
La saqué y la hice darse la vuelta. Quedó sentada en el asiento del fondo, con las piernas abiertas. Me acerqué y ella me guió la polla con la mano, frotando la punta por su coño antes de volver a metérmela dentro.
Subió las piernas a mis hombros, sujetándose a la barra del lateral. Así la penetré más hondo todavía. Su cara cambió por completo; dejó de jugar y se entregó al placer con una honestidad brutal.
—Aaah... no... así no voy a aguantar...
—No aguantes.
La follé a ese ritmo, duro y continuo, viendo cómo sus tetas se movían bajo la camisa entreabierta, cómo el coño me brillaba cada vez que salía y volvía a entrar. Ella me pedía más con palabras sucias, con órdenes cortas, como si conducir un autobús lleno de gente no hubiera sido nada comparado con el gusto de dejarse reventar allí detrás.
—Más fuerte. Joder, más fuerte.
Le agarré las rodillas y la clavé una y otra vez hasta hacerla jadear sin aire. Su coño empezó a apretarme de nuevo, señal de que venía otra corrida. Bajé la mano y le froté el clítoris en círculos rápidos mientras seguía penetrándola.
—Sí... sí... no pares... no pares...
Se corrió con un espasmo largo, apretándome tanto que casi me hizo acabar a mí también. Se retorció en el asiento, gimiendo con la boca abierta, y me manchó la base de la polla con más humedad.
—Mírame —le dije, aguantando.
Abrió los ojos. Estaba roja, despeinada, preciosa.
—Quiero correrme dentro de ti.
—Hazlo. Córrete dentro. Lléname.
Esas palabras me remataron. Seguí embistiendo unas cuantas veces más, cada vez más desordenado, hasta que el orgasmo me subió desde el vientre y me vacié dentro de ella con un gruñido. Noté la corrida salir a pulsos mientras su coño me ordeñaba todavía, y ella respondió con un gemido tembloroso, satisfecho, como si también disfrutara sentirlo.
Me quedé inclinado sobre su cuerpo unos segundos, respirando fuerte. El asiento, su piel y mi entrepierna estaban empapados de sudor y de sexo. Ella me acarició la nuca y luego soltó una risa agotada.
—Míranos —dijo—. Yo debería estar haciendo una ruta y tú seguramente tendrías que estar en cualquier otro sitio.
—Y sin embargo este parece bastante mejor.
Salí despacio de su coño. Una parte de mi corrida resbaló entre sus muslos. Clara miró hacia abajo y sonrió con descaro, sin la menor vergüenza. Se acomodó la ropa con calma, como una mujer que no necesita fingir pudor después de haber gozado así.
Yo me subí la cremallera mientras ella se recolocaba el uniforme. Volvimos a besarnos, más lento esta vez, saboreando el temblor que quedaba en el cuerpo.
—Esto compensa varios cafés —murmuré.
—Ni de lejos —respondió—. Me debes todavía unas cuantas más.
***
No se quedó en una locura aislada. Después de aquella tarde llegaron más encuentros: descansos al final de línea, cenas rápidas que terminaban en hoteles discretos, mañanas en las que yo me inventaba recados para cruzarme con su ruta. Ya no necesitábamos disimular tanto. La excusa podía ser un café, pero lo que buscábamos estaba clarísimo.
Clara era todavía mejor sin prisas. Le gustaba mandar a veces, sentarme y abrirse la camisa delante de mí para que le chupara las tetas antes de bajar a mi polla. Otras prefería que la arrinconara contra la pared del baño de un bar y la follara deprisa, con el miedo justo de que alguien llamara a la puerta.
Yo aprendí cada gesto suyo: cómo apretaba los labios cuando quería que le metiera un dedo más, cómo me clavaba las uñas en la espalda cuando estaba a punto de correrse, cómo se volvía más sucia en la cama cuanto más disfrutaba. Le gustaba hablar claro. Nada de rodeos.
—Quiero tu boca aquí.
—Métemela hasta el fondo.
—No pares ahora, cabrón.
Era una mujer madura, sí, pero sobre todo una mujer libre de tonterías, de vergüenzas y de teatrillos. Sabía lo que quería y tenía el valor de pedirlo. Tal vez por eso me enganchó tanto.
La primera vez fue en un autobús vacío al final de una ruta. Las siguientes ya no tuvieron nada de casualidad. Y, si soy sincero, cada vez que veo una conductora al volante todavía miro dos veces, por si aquella sonrisa roja y peligrosa vuelve a abrirme la puerta.
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