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Relatos Ardientes

La chantajista me citó en un hotel

Me llamo Verónica Salas. Estoy casada, tengo dos hijos ya casi adultos y, hasta aquella semana, creía que mi vida estaba perfectamente controlada. Llevaba años escalando dentro de una entidad financiera conservadora, una de esas empresas que adoran exhibir valores familiares mientras esconden ambiciones mucho más sucias detrás de las puertas de las salas de juntas.

Yo encajaba bien en esa imagen. Ejecutiva eficiente, esposa estable, madre presente, mujer elegante. Morena, de gafas redondas, con fama de inteligente y una figura que más de uno comentaba demasiado cuando pensaba que yo no lo oía.

Lo que nadie sabía era que, a veces, me desviaba. No por falta de amor en casa ni por una tragedia íntima que me justificara, sino por deseo puro, por esa necesidad animal de sentirme deseada fuera del papel impecable que me tocaba representar.

La última vez había sido en la celebración privada de un empresario cliente del banco. Demasiado champán, demasiadas miradas y un hijo insolentemente atractivo que me llevó hasta un dormitorio ajeno. Follamos allí varias veces, sobre unas sábanas perfumadas que no eran suyas ni mías, con esa urgencia obscena que solo nace cuando uno sabe que está haciendo algo que podría destruirlo.

Creí que aquel desliz se había quedado enterrado en esa noche. Dos semanas después, estaba en mi despacho revisando unos informes cuando mi asistente me anunció una visita inesperada.

—Hay una señora que insiste en verte ahora mismo —dijo desde la puerta.

—Dile que pida cita —respondí sin levantar la vista.

—Ha dicho que es hija de un cliente importante. Tal vez te convenga recibirla.

Le pedí el nombre. Cuando lo escuché, algo me tensó el estómago. Aun así, acepté. No por curiosidad, sino porque en mi trabajo uno no ignora a la familia de ciertos hombres.

Entró con paso seguro, como si el despacho fuera suyo. Era una mujer adulta, quizá de mi edad o un poco menor, alta, delgada, de cabello cobrizo cortado a la mandíbula y unos ojos verdes inquietantes. Llevaba unos jeans oscuros, botas caras y una blusa sencilla que no necesitaba enseñar nada para imponer presencia.

Nos saludamos con cordialidad. Ella se sentó sin pedir permiso y cruzó las piernas con una calma que me irritó al instante.

—Soy Daniela —dijo—. Y no vengo por negocios de mi padre.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Sonrió, abrió su bolso, sacó el teléfono y se levantó para colocarse a mi lado. Lo puso frente a mis ojos y reprodujo un vídeo. No duró mucho, pero bastó.

Era yo. Eran mis piernas abiertas. Era mi boca gimiendo contra el cuello de su hermano mientras él me embestía en una cama ajena. Se veía mi cara con claridad. Se oían mis gemidos. Se veía todo.

Se me secó la boca. Daniela guardó el móvil despacio, regresó a su silla y me observó disfrutar de mi propio derrumbe.

—Sales muy bien —dijo—. Si esto circula, te prometo que nadie va a olvidar tu nombre.

Intenté mentir. Dije que era un montaje, que no sabía de qué hablaba. Ella me dejó terminar con una paciencia casi divertida.

—Follaste con mi hermano en mi habitación —me cortó—. Yo estaba en el baño cuando entraron. Escuché todo. Después grabé lo suficiente para que no puedas negarlo.

Sentí vergüenza, rabia y un miedo frío, profesional, devastador. Si aquel vídeo salía a la luz, no solo me arriesgaba a perder el ascenso. También mi matrimonio, mi nombre, la imagen que tanto me había costado construir.

—¿Qué quieres? —pregunté al fin.

—Dinero no.

—Entonces dime de una vez.

—Tu número. Y que aprendas a obedecer.

Se lo di porque no tenía otra salida. Antes de irse, me sostuvo la mirada como si ya me hubiera desnudado ahí mismo.

—Yo mando y tú haces caso —murmuró—. Te escribiré.

Durante días viví pendiente del teléfono. En casa fingí estrés por una posible promoción. Mi marido me abrazaba, me decía que todo saldría bien, y yo asentía sintiéndome una hipócrita de pies a cabeza.

El mensaje llegó cuando ya empezaba a creer que todo había sido una crueldad gratuita. Era breve: una dirección, un número de habitación, una noche concreta. Sin explicaciones.

Mentí en casa con una naturalidad que me dio asco. Dije que una antigua compañera celebraba algo, que no podía faltar. Mi marido apenas lo dudó. Incluso me animó a ir para despejarme. Me besó antes de salir y yo sentí el peso exacto de mi engaño en los labios.

Fui al hotel con traje oscuro, blusa blanca y el pulso desbocado. No vestía para una fiesta, sino para una ejecución. Subí en ascensor contando cada piso como si fueran escalones hacia una humillación segura.

Cuando llamó mi mano a la puerta, Daniela abrió casi al instante. Llevaba un albornoz naranja y el cabello todavía húmedo. Su cara no mostraba nervios; la mía debía ser una máscara de tensión.

—Pensé que no vendrías —dijo.

—Aquí estoy.

Entré. La habitación olía a jabón, vino blanco y aire acondicionado. Había una lámpara encendida junto a la cama y otra al fondo, dejando el ambiente en una penumbra cálida que me puso más alerta todavía.

—¿Quieres beber algo? —preguntó.

—No.

—Sigues empeñada en mantener la dignidad —dijo con una media sonrisa—. Eso me gusta.

Me quedé de pie. No pensaba sentarme ni relajarme frente a aquella mujer que tenía mis secretos en el bolsillo.

—Por favor, Daniela, dime qué quieres y terminemos con esto.

Ella se acercó sin prisa. Quedó tan cerca que pude sentir el vapor reciente de su ducha mezclado con un perfume limpio, apenas dulce.

—Quiero lo mismo que siempre quise cuando era niña —dijo—. Si a mi hermano le daban algo, yo también lo quería. Y cuando no me lo daban, lo tomaba.

—No soy una cosa que puedas quitarle.

—No. Eres una mujer que se dejó follar en mi cama mientras yo escuchaba desde el baño. Y desde entonces no he podido sacarte de la cabeza.

Sus palabras me golpearon en el vientre. Quise responder con indignación, con desprecio, con cualquier cosa que me protegiera. Pero ella ya había levantado la mano y estaba rozándome la boca con la yema del dedo.

Lo pasó despacio por mi labio inferior. Luego por mi barbilla. Luego por mi cuello. Yo me quedé rígida, odiando la forma en que mi piel reaccionaba a ese contacto.

—No hagas esto —dije en voz baja.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Porque eres casada? ¿Porque eres una mujer respetable? Ya nos conocemos ese discurso.

Sus dedos se deslizaron hasta la solapa de mi chaqueta. Me la quitó con lentitud, como si disfrutara desmontando pieza por pieza la armadura con la que había llegado.

—A mí no me gustan las mujeres —mentí, más para mí que para ella.

—Todavía no lo sabes —contestó.

Me besó de pronto. Primero suave, tanteando. Yo giré la cara apenas un segundo, pero su mano se cerró en mi nuca y volvió a buscar mi boca. Esta vez se quedó. Sus labios eran firmes, calientes, pacientes. No me forzó con violencia; me sometió con seguridad. Cuando sentí su lengua empujar la mía, una corriente me bajó por la espalda y tuve que apoyar una mano en su brazo para no tambalearme.

Se separó un poco, lo justo para mirarme.

—Eso no ha sonado a rechazo.

—Estás abusando de mí.

—Y tú estás mojándote.

La frase me encendió de vergüenza. También de deseo. Antes de que pudiera negarlo, volvió a besarme y esta vez respondí. Abrí la boca, dejé entrar su lengua, sentí el gusto de su saliva mezclándose con la mía y un gemido indecente se me escapó sin permiso.

Daniela sonrió contra mis labios al oírlo. Bajó una mano a mi pecho, por encima de la blusa, y apretó mi teta con descaro. Un roce circular del pulgar sobre el pezón a través de la tela bastó para endurecerlo.

—Mírate —murmuró—. Tan formal por fuera y tan fácil de encender.

Desabrochó mi blusa sin esperar ayuda. Botón por botón. Mis pechos respiraron por fin dentro del sostén de encaje color piel que me había puesto sin imaginar para qué terminaría sirviendo. Ella los observó un instante con hambre abierta, nada disimulada.

—Qué cuerpo tan rico —dijo.

Sus manos me cubrieron las tetas por encima del sostén, pesándolas, apretándolas, subiéndolas un poco. Yo cerré los ojos un segundo y eso fue un error, porque al sentirme vulnerable ella aprovechó para llevar la boca a mi cuello y morderme despacio debajo de la oreja. Gemí más fuerte.

—No te escondas —ordenó—. Quiero verte la cara mientras te desarmo.

Me quitó el sostén con una facilidad irritante. Mis pechos quedaron libres y el aire fresco del hotel me erizó los pezones. Ella los tocó con la punta de los dedos, apenas rozándolos, y mi cuerpo respondió con un escalofrío completo.

Luego se abrió el albornoz.

Estaba desnuda debajo. Su cuerpo era firme, adulto, hermoso sin ninguna delicadeza de postal: tetas medianas, cintura estrecha, caderas suaves, el vello recortado entre las piernas y una seguridad brutal al mostrarse sin pudor. Se pegó a mí y sus pezones rozaron los míos. Ese contacto simple me hizo jadear.

—Quítate el pantalón —dijo.

—Daniela...

—Quítatelo. Ahora.

La amenaza no hacía falta repetirla. Temblando entre rabia y excitación, me desabroché el pantalón y lo dejé caer. Ella miró mis medias, mis bragas húmedas, la tensión de mis muslos cerrados.

—Ya estás empapada —dijo con un placer cruel.

Metió la mano dentro de mis bragas sin más ceremonia. Sus dedos encontraron mis labios hinchados y frotó lento, de arriba abajo, sobre el coño mojado. Mi cabeza cayó hacia atrás. Solté un gemido ronco y me odié por lo mucho que me gustó.

—No —susurré.

—Tu coño dice otra cosa.

Metió dos dedos por dentro de la tela y separó mis labios. El contacto directo me arrancó un jadeo más obsceno. Empezó a acariciarme con la yema sobre el clítoris, en círculos cortos, constantes, precisos. Yo me agarré a sus hombros porque las piernas comenzaron a aflojarse.

—Mírame y dime que no quieres esto.

La miré. Tenía la boca entreabierta, los ojos brillantes, una expresión de control absoluto que me arrastró todavía más. No pude mentirle. No con mi respiración rota ni con mis caderas buscando su mano.

—No puedo —admití.

—Eso está mejor.

Me empujó despacio hasta dejarme sentada en el borde de la cama. Se arrodilló entre mis piernas con una naturalidad que me dejó sin aliento. Tiró de mis bragas hacia abajo, me las quitó junto con las medias hasta la rodilla y abrió mis muslos con ambas manos.

Su mirada cayó en mi coño mojado y sonrió como quien por fin recibe algo largamente esperado.

—Mi hermano no te merecía.

Antes de que pudiera responder, me pasó la lengua de abajo arriba, larga, lenta, húmeda. Me arqueé de golpe. El primer lametón me atravesó como una descarga. El segundo fue más profundo, separando los labios y llevándose mi sabor completo a su boca.

—Joder... —gemí.

Ella no habló. Me agarró por los muslos para sujetarme abierta y empezó a comerme el coño con una concentración obscena. Su lengua subía y bajaba, ancha, insistente, entrando apenas, saliendo, volviendo a abrirme para lamerme mejor. Cuando alcanzó el clítoris y lo chupó entre los labios, se me cortó la respiración.

—Así no... —dije, pero era una súplica vacía.

Volvió a hacerlo. Chupó más fuerte. Después lo rozó con la punta de la lengua en golpes rápidos que me hicieron temblar desde el vientre hasta los dedos de los pies. Empecé a moverme sin control, pero ella me sujetó con más fuerza.

—Quédate quieta y disfruta —ordenó desde abajo, antes de volver a enterrarse entre mis piernas.

Le obedecí unos segundos. Luego ya no pude. Mis caderas se levantaban buscando su boca, y ella lo permitió. Me mamaba el clítoris, lamía mis labios empapados, metía la lengua dentro de mi coño y sacaba todo mi deseo a la superficie en forma de gemidos sucios que llenaron la habitación.

—Sí... sí... sigue... no pares...

Escucharme hablar así me resultó casi tan excitante como su boca. Daniela soltó una mano de mis muslos y me metió un dedo dentro. Entró fácil por lo mojada que estaba. Lo sacó y lo volvió a meter, lento primero, luego con un ritmo más seguro, mientras seguía lamiéndome el clítoris.

El placer se volvió más denso, más profundo. Un segundo dedo se unió al primero. Me abrió por dentro con una presión deliciosa y empezó a follarme con los dedos mientras me comía el coño sin piedad.

—Dios... Daniela... me voy a correr...

Ella levantó la cara apenas, con la barbilla brillante de mis fluidos.

—No te he dicho que te corras.

Y se apartó.

La frustración me dejó al borde del llanto. Tenía el coño latiendo, el clítoris sensible y una necesidad brutal de terminar. Daniela se incorporó, me besó la boca y pude probarme en su lengua. Ese detalle me mareó todavía más.

—Te gusta obedecer más de lo que creías —dijo.

La cogí de la cintura y la besé con hambre. Ya no podía fingir distancia. Mi cuerpo entero pedía más. Ella dejó que la besara unos segundos y luego me empujó hasta recostarme por completo sobre la cama.

—Ahora me vas a comer tú.

Se acomodó sobre mi cara, a horcajadas, ofreciéndome su coño abierto y húmedo. Me quedé un segundo mirándolo, consciente de que jamás había hecho algo así con una mujer. Ella me tomó del cabello.

—Abre la boca.

Lo hice. Bajó las caderas hasta que sentí su calor en los labios. La lengua me salió casi por instinto. La pasé entre sus pliegues y su reacción fue inmediata: un jadeo grave, una sacudida leve de las caderas, dedos tensándose en mi pelo.

—Eso —dijo—. Aprende rápido.

La lamí mejor. De abajo arriba, como me había hecho ella. Su sabor era intenso, adictivo, más real de lo que jamás habría imaginado. Empecé a hacerlo con ganas, abriendo los labios de su coño con la lengua, entrando un poco, chupando donde notaba que más se estremecía.

Daniela respondió enseguida. Volvió a inclinarse sobre mi sexo y me atacó de nuevo con la boca. Quedamos trabadas en un sesenta y nueve sucio, jadeante, húmedo. Yo la lamía mientras ella me devoraba. Cada vez que su lengua rozaba mi clítoris, mis gemidos vibraban directamente dentro de su coño.

—Méteme dedos —me pidió entre jadeos—. Quiero que me folles así.

Llevé dos dedos a mi saliva, los humedecí y se los metí despacio. Su interior me recibió caliente, apretado, deslizándose con facilidad. Empecé a moverlos y ella soltó un gemido que me empapó más todavía la cara y el deseo.

—Más fuerte, Verónica.

Obedecí. Entraban y salían con un ritmo claro, más firme, mientras mi pulgar buscaba su clítoris. Ella se arqueó encima de mí. Al mismo tiempo, su boca volvió a mi coño con una ferocidad renovada. Chupó, lamió, mordió suave, y el choque de ambos placeres me dejó sin defensa.

La habitación se llenó de respiraciones rotas, de jadeos cortos, del ruido húmedo de nuestras bocas trabajando entre las piernas de la otra. Yo ya no pensaba en mi marido, ni en el vídeo, ni en el banco. Solo existía aquella cama, su coño sobre mi lengua y su boca deshaciéndome el cuerpo.

Sentí la presión del orgasmo volver con más fuerza que antes. Mis muslos empezaron a cerrarse alrededor de su cabeza. Daniela me abrió con los antebrazos y siguió lamiéndome sin darme tregua.

—Córrete —ordenó contra mi clítoris—. Córrete en mi boca.

Eso bastó. El orgasmo me golpeó de lleno, brutal, largo, subiéndome por el vientre como un espasmo caliente. Grité. Me corrí temblando, con las caderas descontroladas, notando cómo mi coño se contraía contra su lengua y sus dedos. Daniela no se apartó; siguió lamiendo durante las sacudidas, exprimiéndome cada contracción hasta dejarme mareada.

El placer fue tan intenso que por un momento dejé de mover la lengua. Ella me tiró del cabello.

—No pares. Yo también voy a correrme.

Volví a concentrarme y la follé con los dedos más rápido, lamiéndole el clítoris con toda la hambre que me había dejado en el cuerpo. Daniela empezó a gemir sin disimulo, fuerte, ronca, moviendo las caderas sobre mi cara.

—Así... joder... así... no pares...

Le metí un tercer dedo con cuidado. Ella soltó una palabrota entre dientes y se apretó todavía más contra mi boca. Chupé, lamí, mantuve el ritmo con la mano y sentí cómo su cuerpo entraba en tensión.

Se corrió con un gemido largo, temblando sobre mí. Su coño se contrajo alrededor de mis dedos y su sabor se volvió más intenso. Lo tragué todo con una mezcla de sorpresa y deseo que me excitó de nuevo.

Quedó unos segundos jadeando encima de mi boca. Luego bajó de mi cara y se dejó caer a mi lado en la cama. Las dos respirábamos como si hubiéramos corrido una distancia absurda.

Creí que todo acabaría ahí. Me equivoqué.

Daniela se giró hacia mí, me pasó una mano por el vientre y la bajó otra vez hasta mi coño aún sensible. Solo rozarlo me hizo saltar.

—Todavía no he terminado contigo —dijo.

Abrió el cajón de la mesita y sacó un consolador negro, liso, de tamaño medio. Lo dejó a la vista un instante, disfrutando mi sobresalto.

—¿Qué...? —empecé.

—Relájate. Si mi hermano pudo follarte, yo también voy a hacerlo.

El juguete estaba tibio en su mano cuando le echó lubricante. Luego me besó, me calmó con la lengua y con la otra mano me acarició el clítoris hasta que mi cuerpo volvió a abrirse a ella sin mucha resistencia.

—Piernas arriba —ordenó.

Obedecí. Ya no por miedo al vídeo, aunque seguía allí como una sombra, sino porque la necesitaba. Me tomó por detrás de las rodillas y me abrió más. Sentí la punta del juguete presionando mi entrada.

—Mírame —dijo.

La miré cuando empezó a meterlo despacio. El cuerpo me cedió a esa invasión con un gemido profundo. La sensación era distinta a sus dedos, más llena, más directa. Entró poco a poco hasta quedar bien adentro, y yo apreté las sábanas para no perderme en el impacto.

—Qué bien te lo tragas —murmuró.

Empezó a sacarlo y meterlo con un ritmo lento que me obligó a sentir cada centímetro. Mientras lo hacía, su pulgar buscó mi clítoris y lo frotó con la presión exacta que yo ya había aprendido a temer y desear.

—Joder... sí...

Aumentó el ritmo. El sonido húmedo del juguete entrando en mi coño se mezcló con mis gemidos. Daniela embestía con el brazo firme, sin brusquedad inútil, encontrando dentro de mí un punto que me hacía ver destellos. Cada vez que lo rozaba, mis caderas subían solas.

—Dime quién manda —exigió.

No quise responder. Ella frenó de golpe. El vacío me dejó desesperada.

—Dímelo.

—Tú —jadeé.

—Más claro.

—Tú mandas.

Sonrió y volvió a follarme. Esta vez más fuerte. El juguete entraba hasta el fondo y salía casi por completo antes de volver a hundirse. Su otra mano seguía en mi clítoris, dibujando círculos, apretando a ratos, castigándolo hasta llevarme otra vez al borde.

—Buena chica —dijo—. Así me gustas.

Me corrí por segunda vez con una violencia que me dejó sin voz durante unos segundos. Solo pude abrir la boca y temblar mientras ella seguía moviendo el consolador dentro de mí, alargando el orgasmo hasta volverlo casi doloroso. Yo me retorcía, intentando escapar y pidiendo más al mismo tiempo.

Cuando por fin lo sacó, sentí el vacío y un estremecimiento final que me dejó completamente rendida sobre la cama. Daniela dejó el juguete a un lado, se inclinó y besó mi abdomen, luego mi boca.

—Ahora sí —dijo en un susurro satisfecho.

Nos quedamos un rato en silencio. Yo seguía recuperando el aliento, desordenada, medio desnuda, con el cuerpo todavía vibrando y la cabeza hecha un caos. Daniela me observaba como si estuviera memorizando cada detalle.

—¿Vas a destruirme igual? —pregunté al fin.

Ella se incorporó, se puso el albornoz y se anudó la cintura con calma.

—Si haces lo que te diga, no.

—Entonces esto no ha terminado.

—No —respondió—. Apenas empezó.

Sentí una mezcla sucia de alivio y excitación al escucharla. Debería haberme horrorizado. Debería haberla odiado. En lugar de eso, la miré caminar por la habitación con una sensación indecente en el pecho: la certeza de que volvería si me llamaba.

Antes de irse al baño, se volvió hacia mí.

—La próxima vez vendrás menos vestida y con menos mentiras en la boca.

No contesté. No hacía falta. Mi coño seguía húmedo, mi piel aún guardaba sus mordidas y mi cuerpo entero sabía ya una verdad que mi cabeza todavía intentaba negar.

Aquella noche entré en el hotel como una mujer chantajeada. Salí horas después convertida en algo peor y mucho más peligroso: una mujer que había descubierto cuánto podía excitarla perder el control en las manos correctas.

Y las de Daniela, para mi desgracia, lo eran.

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Comentarios(5)

ClaraCba21

Tremendo relato!!! Me encantó de principio a fin, no pude parar de leer.

Romi_cba

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de más

AlexRosario

buenisimo!! uno de los mejores que lei por aca

MarcelBaires

El giro que tiene esto es lo mejor, no me lo esperaba para nada. Muy bien logrado!

Paulina_Mdq

Me recordo a algo que viví hace tiempo, aunque sin tanto drama jaja. Muy bien escrito, gracias!

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