La madura de mi amigo me recibió en la cocina
Me llamo Adrián, y no voy a fingir inocencia: desde que era adulto, lo que más me excitaban eran las mujeres maduras. No las chicas de mi entorno, no las aventuras torpes de compañeros que presumían en los pasillos, sino mujeres hechas, seguras, con cuerpo de mujer y hambre de verdad. Por eso, aquella tarde que fui a casa de un compañero de la facultad a recoger unos archivos, terminé viviendo algo que me dejó marcado durante mucho tiempo.
Él me llamó cuando ya iba de camino. Me dijo que no podría recibirme porque su novia lo había citado en su apartamento y pensaban aprovechar que estaban solos. Lo soltó entre risas, como siempre, encantado de contar lo mucho que follaba. A mí me dio igual lo que hiciera con ella; lo que me importó fue otra frase: —Mi madre está en casa, dile que vas por la memoria y te la entrega.
Colgué y seguí caminando con una sensación rara. No por nervios, sino por esa curiosidad sucia que aparece cuando una fantasía encuentra un hueco por donde colarse. Yo ya había visto a su madre un par de veces, siempre de lejos, siempre con esa presencia de mujer atractiva que no necesitaba esforzarse demasiado para llamar la atención.
Cuando abrió la puerta, confirmé que mi memoria no la había exagerado.
Se presentó como Verónica, aunque yo ya sabía su nombre. Llevaba unos jeans ajustados y una blusa clara que marcaba unas tetas generosas sin necesidad de enseñar más de la cuenta. Me dio dos besos con naturalidad, y al apartarse me llegó un perfume suave, limpio, de esos que no marean y aun así se quedan pegados en la cabeza.
—Pasa, te lo busco enseguida —me dijo.
Entré y la seguí hasta la cocina. Caminaba despacio, cómoda en su propia casa, y el vaivén de sus caderas dentro de aquellos jeans me puso duro antes de sentarme. Me ofreció una cerveza mientras subía a la habitación de su hijo a buscar la memoria. Acepté, más para quedarme allí esperándola que por sed.
Volvió al poco rato, dejó la memoria sobre la mesa y se sirvió otra cerveza para ella. No parecía tener prisa en echarme. Al contrario: se acomodó frente a mí y empezó a hablar con una familiaridad sorprendente, comentando que la novia de su hijo sabía tenerlo pendiente de un hilo, y que a esa edad los hombres se dejaban gobernar con demasiada facilidad por un coño agradecido.
Me reí. Ella también.
—¿Y tú? —preguntó, apoyando los codos en la mesa—. ¿Tienes novia o eres de los discretos?
—No tengo novia.
—Entonces eres tímido... o muy selectivo.
Lo dijo mirándome a los ojos. No fue una pregunta casual. Había un filo en su voz, una invitación apenas cubierta, como si quisiera ver hasta dónde me animaba. Yo ya llevaba varios minutos notando la dureza en mis pantalones y el calor subiéndome por el cuerpo. Así que decidí dejar de fingir.
Me levanté con la excusa de apartar la botella vacía y rodeé la mesa despacio. Ella me siguió con la mirada, pero no se movió. Me detuve detrás de su silla, incliné la cabeza y acerqué la boca a su cuello.
—No soy tímido —le dije en voz baja—. Solo me gustan las mujeres maduras.
Antes de que respondiera, le besé la base del cuello. Sentí cómo se le tensaba el cuerpo. Mis manos bajaron a sus hombros, luego a su cintura, y la apreté suavemente contra mí. Tenía el cuerpo caliente. Volví a besarle la piel, esta vez más despacio, usando la lengua apenas lo justo para que entendiera que no era un juego inocente.
—Adrián... —murmuró.
—Si quieres que pare, paro.
No respondió enseguida. Respiró hondo y giró apenas el rostro, lo suficiente para dejarme ver que estaba dudando de la forma más excitante posible. Luego apoyó una mano sobre mi muñeca.
—Si hacemos esto, nadie puede enterarse —dijo—. Ni mi marido, ni mi hijo, ni nadie.
—Nadie va a enterarse.
Entonces sí. Entonces dejó de resistirse.
Giró la silla, me miró de frente y me besó con una urgencia que no esperaba. No fue un beso tímido ni torpe, sino profundo, húmedo, con hambre atrasada. Me agarró la nuca y metió la lengua en mi boca como si llevara demasiado tiempo queriendo probar algo distinto. Yo le metí las manos por la cintura, le acaricié la espalda, le subí la blusa y alcancé el sostén. Debajo, sus tetas llenaban la tela con un peso delicioso.
Gemió cuando se las apreté por encima del sujetador.
Mi otra mano bajó por su vientre, se metió dentro del pantalón y del bikini mínimo que llevaba. Su coño estaba caliente y mojado, mojado de verdad, no como halago de película. Apenas rozarle los labios con los dedos bastó para que abriera las piernas en la silla.
—Joder... —susurró contra mi boca—. No esperaba ponerme así de rápido.
—Yo sí.
Le metí dos dedos despacio. Su cuerpo respondió con un tirón breve, y después con un gemido grave. Moví la mano dentro de ella, sintiendo cómo se humedecía aún más, cómo me apretaba, cómo su respiración se volvía cada vez más rota. Ella me desabrochó el pantalón con impaciencia y metió la mano dentro del bóxer hasta encontrarme duro.
—Así que esto era lo que escondías —dijo, sonriendo apenas.
Me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón hasta los muslos. Mi polla salió dura y tensa. La miró un segundo, con una mezcla de sorpresa y deseo que me encendió aún más, y luego se arrodilló frente a mí en el suelo de la cocina.
Ver a la madre de mi compañero de rodillas delante de mí ya era suficiente para volverme loco. Pero cuando me agarró la polla con una mano y me lamió la punta antes de metérsela entera en la boca, entendí que la tarde iba mucho más lejos de lo que había imaginado.
Chupaba como una mujer que sabía exactamente lo que hacía. Nada de tanteos torpes: labios apretados, lengua firme, mano subiendo y bajando al ritmo de la boca. Me la mamaba con ganas reales, mirándome de vez en cuando desde abajo, disfrutando de lo que provocaba. Yo le acaricié el pelo, luego se lo agarré con más fuerza, y ella no se quejó; al contrario, soltó un gemido alrededor de mi polla que me hizo temblar las piernas.
—Hace muchísimo que no hacía algo así en esta cocina —dijo al sacársela un momento, con saliva brillándole en los labios—. Me estás despertando cosas que tenía enterradas.
Y volvió a meterla en la boca.
Me la chupó hasta dejarme al borde. Cuando notó que estaba a punto de correrme, se apartó, se puso de pie y se bajó los jeans junto con el bikini. Lo hizo sin espectáculo, sin poses estudiadas, como una mujer decidida que ya no quería perder más tiempo. Se inclinó sobre la encimera y giró la cabeza hacia mí.
—Ven —ordenó—. Fóllame aquí.
Su coño estaba abierto, húmedo, pidiéndolo. Saqué un preservativo de la cartera, me lo puse rápido y me coloqué detrás de ella. Le separé las nalgas con una mano, pasé la punta de la polla por sus labios y la oí soltar aire antes de que entrara. Empujé despacio al principio, sintiendo cómo cedía su cuerpo, cómo me tragaba centímetro a centímetro, caliente, apretado, vivo.
Cuando estuve dentro hasta el fondo, gemimos los dos.
—Joder, sí... así... —dijo, agarrándose al borde de la encimera.
Empecé con embestidas cortas, saboreando la forma en que su coño me apretaba. Luego fui cogiendo ritmo. La cocina se llenó del sonido húmedo de la penetración, de sus jadeos, del golpe de mis caderas contra su culo. Le agarré una teta por encima de la blusa, luego se la subí del todo y saqué el sostén para poder tocarla desnuda. Tenía un pezón grueso, duro, y al pellizcárselo respondió echando el culo hacia atrás, ofreciéndose más.
—Más fuerte —pidió—. No me trates como porcelana.
Le obedecí.
La follé con ganas, metiéndosela profunda, marcando un ritmo seco que hacía temblar la encimera. Ella se corría de verdad, no con grititos fingidos sino con espasmos en las piernas, con el coño contrayéndose alrededor de mi polla, con la voz quebrada repitiendo cosas sucias entre jadeos. Yo metí una mano entre sus muslos y le froté el clítoris mientras seguía penetrándola, y esa combinación la hizo venirse otra vez, más fuerte, casi doblándose sobre el mueble.
—No sabes lo que me estás haciendo —dijo, temblando—. Hace años que no disfruto así.
Seguí hasta sentir el orgasmo subir como una corriente caliente desde el vientre. Me corrí dentro del preservativo con varias embestidas profundas, apretándole la cadera con fuerza mientras ella seguía gimiendo. Me quedé un segundo dentro, respirando contra su espalda.
Pero aquello no había terminado ni de lejos.
Se incorporó, se volvió hacia mí y me besó otra vez. Luego se arrodilló de nuevo. Me quitó el preservativo, lo dejó a un lado y se metió la polla en la boca sin pensarlo, limpiándome con la lengua y los labios, chupando cada resto de semen. Aquello, en vez de calmarme, me puso todavía más duro.
Ella lo notó enseguida y soltó una risa baja.
—Eso sí que me gusta —dijo—. Otra vez listo para más.
Se quitó la blusa y el sostén por completo. Desnuda de cintura para arriba era espectacular: tetas grandes, naturales, pesadas, una cintura marcada y ese tipo de piel que pide ser tocada. Yo me quité lo que me quedaba de ropa y me quedé frente a ella. Me recorrió con la mirada sin disimulo.
—Túmbate en el suelo —me pidió—. Quiero montarte.
La cocina tenía un espacio amplio junto a la mesa. Me acosté boca arriba y ella se colocó sobre mí con otro preservativo en la mano. Me lo puso ella misma, sujetándome la polla con calma, casi con cariño, y después se abrió con los dedos lo justo para guiarse. Se sentó despacio, bajando milímetro a milímetro, mordiéndose el labio mientras me iba tragando hasta quedarse sentada por completo sobre mí.
—Mierda... qué bien entras —susurró.
Empezó a cabalgarme con un ritmo que no necesitó aprendizaje. Subía y bajaba usando las piernas, dejándome verla toda: las tetas botando, el vientre contrayéndose, la cara descompuesta por el placer. Yo le sujeté las caderas al principio y luego le amasé las tetas, alternando caricias y apretones más bruscos. Cada vez que la pellizcaba o le frotaba los pezones, ella se dejaba caer con más fuerza sobre mi polla.
—No pares —decía—. Déjame sentirte entero.
La visión desde abajo era obscena y perfecta. Su coño bajando y subiendo sobre mí, mojándome incluso por fuera del preservativo, sus gemidos resonando en la cocina vacía, su pelo cayéndole sobre la cara. Se corría a oleadas. Lo notaba en el apretón interno, en los espasmos de sus muslos, en la forma en que me clavaba las uñas en el pecho.
Yo la sujeté por la cintura y empecé a embestir desde abajo, encontrando un ritmo conjunto que la desarmó. Se inclinó hacia delante para besarme, pero el beso se convirtió en jadeo contra mi boca cuando volvió a correrse. Poco después me vine yo otra vez, duro, profundo, sintiendo cómo me drenaba dentro del látex mientras ella seguía moviendo las caderas para exprimir hasta la última sacudida.
Se bajó despacio y, antes de que pudiera incorporarme, volvió a arrodillarse. Me retiró el preservativo y me la chupó de nuevo. Tenía verdadera obsesión por mi polla. La besaba, la lamía, la metía en su boca con devoción sucia, como si quisiera prolongar el sabor y la excitación todo lo posible. Y el resultado fue previsible: otra vez dura.
—Me vuelves loca —murmuró—. Ven a la mesa.
***
Se tumbó boca arriba sobre la mesa del comedor, con el coño justo en el borde y las piernas bien abiertas. Esa imagen sola habría bastado para hacerme perder la cabeza: una mujer madura, casada, completamente desnuda en la mesa de su casa, ofreciéndose sin reservas. Yo me puse otro preservativo y me coloqué entre sus piernas.
Antes de entrar, bajé la cabeza y le lamí el coño despacio. Quería saborearla bien. Ella estaba empapada, con el clítoris hinchado y sensible, y reaccionó apenas le pasé la lengua por encima. Le abrí más los labios con los dedos y la lamí de abajo arriba, metiendo la punta de la lengua dentro, alternando con succiones directas en el clítoris. Sus manos se agarraron al borde de la mesa.
—No me tortures... métela ya —me exigió entre gemidos.
Le hice caso. Le agarré los muslos, acerqué la polla y se la metí de una sola embestida hasta el fondo. Su cuerpo se arqueó sobre la madera, y el gemido que soltó me puso todavía más animal. Desde esa postura entraba completísimo. Cada vez que salía y volvía a hundirme, veía cómo su coño se abría para recibirme, brillante, húmedo, hambriento.
La follé duro, sin prisa pero sin suavidad. Era una postura perfecta para dominar el ritmo y el fondo, y ella lo disfrutaba. Me pedía más, me decía que no frenara, que la siguiera abriendo con la polla. Le levanté una pierna sobre mi hombro para entrar todavía más hondo. Empezó a retorcerse, a insultar entre placer, a llamarme de todo lo que una mujer excitada llama cuando deja de guardar las formas.
—Sí, cabrón... así... fóllame... no pares...
Le froté el clítoris con el pulgar mientras seguía penetrándola, y eso la hizo correrse con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo. Su coño me apretó con tanta fuerza que casi me corro ahí mismo, pero aguanté para disfrutar más. Seguí dándole, golpe tras golpe, mirando cómo las tetas le rebotaban con cada embestida y cómo perdía el control por completo.
Terminamos viniéndonos casi al mismo tiempo. Yo dentro del preservativo, ella con un orgasmo tan intenso que me arañó el antebrazo y quedó jadeando sobre la mesa, completamente abierta, deshecha y feliz.
Cuando salí, volvió a hacer lo mismo: se arrodilló, me quitó el preservativo y me limpió con la boca. Para entonces ya me parecía evidente que su mayor vicio de aquella tarde no era solo que la follaran, sino chuparme la polla una y otra vez, notar cómo revivía entre sus labios y volver a empezar.
—Pídeme algo —dijo, todavía de rodillas—. Lo que quieras.
La miré. Estaba excitada de verdad, desatada, con la cara encendida y la boca húmeda de mí. Y se me ocurrió decirlo.
—Quiero metértela por el culo.
No dudó. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y deseo, y asintió.
—Hazlo —respondió—. Siempre he querido, pero hace muchísimo que nadie me toca ahí. Hazlo tú.
La coloqué junto a la mesa, apoyada con una rodilla sobre una silla y la otra pierna firme en el suelo, de espaldas a mí. Le acaricié las nalgas, se las abrí despacio y contemplé su culo. Era precioso: redondo, firme, invitando a perderse. Le escupí un poco en la entrada y empecé a masajear con los dedos, primero por fuera, luego presionando apenas para que se fuera acostumbrando.
Gemía bajito, nerviosa y excitada.
—Despacio al principio —dijo—. Luego hazme lo que quieras.
Le metí un dedo, luego dos, trabajando con paciencia. Al mismo tiempo, con la otra mano, le acariciaba el coño y el clítoris para mantenerla húmeda, abierta, distraída en placer. Cuando noté que su cuerpo cedía más, me puse otro preservativo, me agarré la polla y la apoyé en su culo.
—Respira —le dije.
Empujé despacio. La entrada fue dura, apretada, exigente. Ella soltó un quejido tenso y se agarró a la mesa, pero no retrocedió. Seguí entrando poco a poco, dejando que su cuerpo se acostumbrara, hasta que logré metérsela entera. Me quedé quieto un momento, sintiendo el calor distinto de su culo apretándome de forma brutal.
—Joder... —dijo con la voz rota—. No la saques. Ya está... ya está dentro... sigue.
Empecé con embestidas cortas. Muy cortas al principio. Su respiración fue cambiando, del dolor contenido al placer confuso y después al gemido abierto. Cuando vi que sus caderas empezaban a buscarme hacia atrás, supe que podía avanzar. Metí dos dedos en su coño mientras la follaba por el culo, y la mezcla la volvió loca.
Se puso a gemir sin ningún pudor, mojándome los dedos mientras yo le daba por detrás cada vez con más decisión. Su culo terminó cediendo y aceptándome con una avidez que me hizo perder la cabeza. La agarré de la cintura y empecé a follarla de verdad, hondo, firme, escuchando el sonido de sus jadeos mezclado con el golpe de mis caderas.
—Sí... sí... así... me encanta... —decía ahora, sin rastro del miedo inicial.
La masturbé por delante mientras le daba por el culo, y la sentí correrse otra vez, empapándome la mano. Su orgasmo la aflojó aún más, y yo aproveché para entrar a fondo varias veces seguidas hasta que el placer me subió insoportable. Me corrí dentro del preservativo con un gruñido seco, aferrado a su cuerpo, todavía embistiéndola un par de veces más mientras mi orgasmo se vaciaba.
Cuando salí, ella respiró hondo, se incorporó como pudo y se giró para besarme. Tenía los ojos brillantes, la piel sonrojada y una expresión de satisfacción obscena.
—Me has dejado temblando —dijo—. Y todavía no quiero que te vayas.
***
Fuimos al baño a limpiarnos. Ella se pasó una toalla húmeda entre las piernas y por el culo, luego me hizo un gesto para que entrara en la ducha. El baño era estrecho, y cuando abrió el agua caliente y se metió conmigo, el vapor volvió a cargar el ambiente de sexo. Estábamos agotados, sí, pero no saciados.
Tomó gel en las manos y empezó a enjabonarme el pecho, el vientre, los muslos. Bajó sin disimulo hasta mi polla y la acarició con la espuma hasta devolverle la dureza. La miró y sonrió.
—No te rindes fácil.
—Con una mujer como tú, no.
Se arrodilló directamente en la ducha y volvió a metérsela en la boca. El agua nos caía por encima, resbalando por su pelo y sus hombros mientras me la chupaba con la misma hambre de toda la tarde. Yo apoyé una mano en la pared para no perder el equilibrio y la dejé hacer hasta que ya no aguanté más las ganas de volver a metérsela.
La hice levantarse. La puse de cara a la pared de la ducha, inclinada, con una mano apoyada en el azulejo. Esta vez no quise más rodeos. Le separé las nalgas y entré en su coño sin preservativo. Estaba tan mojada y caliente que me recibió de inmediato, con un gemido largo que se perdió bajo el ruido del agua.
Empecé a follarla en ese espacio estrecho, sintiendo cómo sus muslos se abrían lo justo, cómo el agua caliente corría por su espalda y por mis caderas mientras entraba y salía de ella. La estrechez de la ducha hacía todo más intenso: no había distancia, no había pausa, solo nuestros cuerpos resbalando y chocando.
—No dejes de darme —dijo, la frente casi pegada a la pared—. No quiero que esta tarde se acabe nunca.
Le agarré una teta con una mano y con la otra la sujeté por la cadera para hundirme más profundo. Su coño seguía respondiendo como al principio, apretándome, contrayéndose, húmedo y vivo. La follé con un ritmo continuo, sintiendo cómo se le doblaban las piernas cada vez que rozaba el punto exacto que la hacía gemir más fuerte.
Terminó corriéndose otra vez, apretando la pared con ambas manos, y esa contracción me arrastró detrás. Me vine dentro de ella, empujando hasta el fondo, jadeando contra su nuca mientras el agua nos seguía cayendo por encima.
Después de unos segundos, cuando salí, ella se dio la vuelta y volvió a bajar de rodillas, como si no pudiera resistirse. Me limpió otra vez con la boca, despacio ahora, saboreando, prolongando el momento. Yo la levanté antes de volver a correrme y, queriendo devolverle algo, la senté en el borde del plato de ducha y me arrodillé frente a ella.
Le abrí las piernas y le lamí el coño con calma, disfrutando de cómo todavía estaba sensible, hinchado y mojado. Ella me agarró el pelo y dejó caer la cabeza hacia atrás. Le metí la lengua dentro, luego subí al clítoris, alternando presión y succiones hasta que empezó a temblar otra vez. Se corrió en mi boca con un gemido ahogado que rebotó en el baño cerrado.
En cuanto recuperó el aire, me tiró de los hombros hacia arriba. Nos besamos con desesperación, mezclando el sabor de su coño y el vapor de la ducha, y volvimos a follar allí mismo una última vez, de pie, rápida y salvaje, más por hambre que por técnica. Fue un cierre sucio, agotado, perfecto. Nos corrimos casi juntos, pegados el uno al otro, con las piernas flojas.
Cuando al fin apagamos el agua, nos quedamos mirándonos en silencio, todavía respirando fuerte. Ella me acarició la cara y sonrió con esa mezcla de ternura y perversión que solo tienen algunas mujeres cuando saben exactamente lo que han provocado.
—Ahora sí tendrás que irte —dijo—. Pero esto no se queda aquí.
Me vestí con las piernas todavía algo temblorosas. Antes de salir, nos dimos otro beso, menos brusco, más largo. No prometimos nada absurdo. No hacía falta. Los dos sabíamos que aquella cocina y aquella ducha ya tenían memoria nueva.
Al día siguiente, en la facultad, mi compañero no paraba de contarme lo mucho que había disfrutado con su novia y las posturas que habían probado. Yo lo escuché sin interrumpirlo, asintiendo de vez en cuando, mientras recordaba a su madre desnuda sobre la mesa, de rodillas en la cocina, apretándome el culo para que no dejara de follarla.
Y por dentro no podía evitar sonreír.
¿Vivís en Buenos Aires o vas de visita? Hay escorts en San Nicolás esperando tu mensaje.