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Relatos Ardientes

La madura del pueblo volvió a buscarme

Si pienso en mi despertar sexual, no recuerdo una actriz, ni una compañera de clase, ni una revista escondida. Recuerdo a una mujer adulta, una rubia de voz ronca que llegó a nuestro pueblo cuando yo todavía no sabía qué hacer con el temblor que me provocaba mirarla.

Le cambiaré el nombre y la llamaré Eva. Era mayor que yo por bastante, una de esas mujeres que no entran por la cara bonita sino por el conjunto: la manera de caminar, la seguridad, el descaro tranquilo, el cuerpo hecho a base de trabajo y sol. No era delicada. Era pura presencia.

Crecí en un lugar pequeño, de esos donde todos saben quién entra, quién sale y con quién se toma una cerveza cada uno. Cuando apareció aquel grupo de forasteros vinculados a una explotación ganadera, durante semanas fueron tema de conversación. Entre todos ellos, Eva destacaba sin hacer nada especial.

Era baja, fibrosa, con las piernas fuertes y la piel curtida. El pelo claro le caía desordenado por los hombros y tenía unos ojos que parecían reírse de todo. Pero lo que se me quedó grabado no fueron sus ojos al principio, sino sus tetas.

Lo digo así porque fue así.

Una tarde de agosto, en la piscina municipal, ella estaba tumbada en una toalla junto a otra mujer del pueblo. Yo jugaba en el agua con otros chicos, sin pensar en nada más que en tirarnos una pelota y aguantar el calor. Hasta que la vi incorporarse, untarse crema en las piernas y quitarse la camiseta blanca que llevaba encima del bikini.

Me quedé clavado.

Tenía un cuerpo delgado, casi atlético, un vientre plano y un culo pequeño pero firme. Y arriba, dos tetas grandes, redondas, pesadas, juntas, de esas que dominan cualquier escote y hacen que uno mire aunque no quiera. Aquel contraste me reventó la cabeza. Ni siquiera sabía ponerle nombre a lo que sentía, pero esa tarde volví a casa con la polla dura y acabé pajeándome por primera vez recordando cómo se le marcaban los pezones bajo la tela mojada.

Desde entonces, Eva quedó instalada en mi imaginación.

Pasaron los años. La veía de vez en cuando haciendo recados, limpiando casas o cocinando para hombres mayores que vivían solos. La vida no la había tratado con suavidad, pero seguía teniendo ese punto salvaje que a mí me volvía loco. Y yo, cada verano, volvía a buscar excusas para cruzármela.

Una vez la espié mientras planchaba en casa de un vecino. Llevaba una camiseta de tirantes, blanca, sin sujetador, y desde el hueco de la escalera se transparentaba lo justo para dejarme ver la forma completa de sus tetas y la sombra más oscura de los pezones. Me la saqué allí mismo en silencio, conteniendo la respiración, con el corazón desbocado por si me descubría.

Me corrí apretando los dientes para no gemir.

Así de metida la tenía en la cabeza.

Cuando por fin me hice adulto y volví al pueblo siendo ya un hombre, ella me miró distinto. Lo noté al instante. Ya no era el crío flaco que salía corriendo cuando se la cruzaba. Medía más que ella, había tenido ya mis primeras experiencias y, aunque seguía poniéndome nervioso, ya podía sostenerle la mirada.

En unas fiestas de verano me aceptó una copa que le mandé desde la barra. Después me lanzó un beso desde lejos. Aquella noche, cuando me dijo que la acompañara a su casa a seguir bebiendo, me entró el pánico a convertirme en el comentario de todo el pueblo. Fui cobarde. Inventé una excusa y la dejé marchar.

Me pasé años arrepintiéndome.

***

Mucho tiempo después, ya con el mundo patas arriba y la gente todavía acostumbrándose a vivir de nuevo, me la crucé en una ciudad cercana. Salía de recoger un paquete y la reconocí al instante, incluso con la mitad de la cara tapada. Ella tardó un segundo más en ubicarme, pero cuando lo hizo, sus ojos se abrieron con sorpresa y una sonrisa le tensó la mascarilla.

—No puede ser —dijo—. Mírate.

Nos saludamos torpemente. Hablamos de lo típico: años, trabajo, gente conocida, quién seguía en el pueblo y quién no. Entonces me propuso tomar un café en su apartamento, que quedaba a un par de calles.

Acepté porque no había manera digna de negarme, pero también porque llevaba media vida imaginando una invitación así.

El piso era pequeño, ordenado, moderno sin lujos. Nada que ver con las casas de campo donde yo la recordaba. Había huellas de otra persona en la vivienda, algún detalle masculino, una foto en un marco, una chaqueta colgada. No pregunté demasiado. Ella me explicó, con esa naturalidad seca que tenía, que compartía el lugar con un amigo. No era pareja. O no del todo. Me bastó.

Nos sentamos en el sofá con las tazas en la mano y empezamos a hablar del pasado. Al principio reímos. Luego bajó el tono. Me dijo que de joven yo era muy esquivo con ella, que pensó más de una vez que le caía mal. Yo me eché a reír, quizá para disimular el rubor, y le dije la verdad.

Le conté que fue la primera mujer que me puso duro de verdad. Que la primera paja de mi vida la hice pensando en sus tetas. Que durante años fantaseé con tocarla, con verla desnuda, con follármela. Se lo solté sin adornos, casi incrédulo de estar escuchándome decir aquello.

Ella no se ofendió. Al contrario. Se acomodó en el respaldo, cruzó las piernas y sonrió con una mezcla de vanidad y burla.

—Mis tetas siempre han traído problemas —dijo.

Yo la miré en silencio.

—No me jodas, si todavía me los traen —añadió, y soltó una carcajada ronca.

La conversación se volvió espesa, cargada, cada vez más íntima. Yo notaba la tela del pantalón tensándome la polla. Ella también se dio cuenta. Su mirada bajó apenas un segundo y volvió a subir despacio.

No sé de dónde saqué el valor, pero se lo pedí.

—Enséñamelas —dije—. Aunque sea un minuto. Llevan demasiados años en mi cabeza.

Hubo un silencio corto. Luego dejó la taza, se puso de pie y arrastró una silla hasta quedar frente a mí. Se sentó muy cerca, con las rodillas casi tocándome las piernas. Sin apartar los ojos de los míos, se desabrochó la blusa y después soltó el sujetador.

Cuando levantó la tela, sentí un golpe seco en el pecho.

Seguían siendo una barbaridad.

No eran las tetas tensas de una chica joven, claro que no. Eran las de una mujer madura, grandes, llenas, con el peso visible de los años y una caída mínima que las hacía todavía más reales, más obscenas, más jodidamente apetecibles. Los pezones eran grandes, oscuros, ya medio duros antes de que los tocara.

Levanté las manos despacio, esperando una señal. Ella no habló. Solo abrió un poco más las piernas.

Las agarré con las dos manos y casi gemí.

Pesaban. Cedían bajo los dedos y volvían a llenarme la palma. Las apreté con cuidado primero, luego con hambre, hundiendo los pulgares en la carne blanda de los lados, rozando los pezones con las yemas. Ella soltó aire por la nariz y echó la cabeza hacia atrás.

—Joder —murmuré.

—¿Tanto tiempo esperando para eso y solo dices «joder»? —se burló.

No le contesté. Bajé la cara y le chupé un pezón.

Su cuerpo dio un respingo. El pezón se endureció del todo dentro de mi boca. Lo lamí en círculos, lo mordí apenas, lo chupé más fuerte mientras con la otra mano amasaba la otra teta. Noté cómo se le erizaba la piel. Me hundió una mano en el pelo.

—Despacio... —dijo, pero no sonó a orden para que parara, sino para que la hiciera durar.

Le dediqué la boca a los dos pechos, alternando lamidas y succiones, tragándome sus gemidos cortos. Olía a piel limpia y café reciente. A mujer. A una fantasía vieja por fin materializada.

Cuando levanté la vista, ella estaba mordiéndose el labio.

—Levántate —me dijo.

Nos pusimos de pie frente al sofá. Quise besarla por fin y giró la cara apenas, como si no quisiera empezar por ahí. En lugar de eso, me abrió el pantalón con una soltura que dejaba claro que no era ninguna novata. Me bajó la cremallera, metió la mano dentro del bóxer y me sacó la polla.

La tenía dura de una forma casi dolorosa.

La sostuvo un segundo, calibrando el grosor, y sonrió.

—Así que todo este tiempo era por mis tetas —murmuró.

—Y por ti.

Ella soltó un resoplido divertido y se arrodilló.

Verla abajo, con el pelo claro cayéndole sobre la cara y mis dedos casi rozándole la mejilla, fue demasiado. Me pasó la lengua por la punta, lenta, recogiéndome el líquido que ya asomaba. Después abrió más la boca y empezó a chupármela.

No lo hizo con prisa. La hundía hasta donde quería, sacándola luego despacio, usando la lengua por debajo, presionando con los labios húmedos. Su mano trabajaba la base mientras la boca se encargaba del resto. De vez en cuando levantaba la mirada hacia mí, y esa mezcla de experiencia y descaro me ponía al borde.

—Hostia... así no voy a durar nada —dije.

Ella se apartó solo para responder:

—Pues no te corras todavía.

Volvió a metérsela y esta vez apretó más. Yo le sujeté el pelo y marqué apenas el ritmo, cuidando no empujar de más. Le goteaba saliva por la comisura de los labios y se la limpiaba con el dorso de la mano para seguir. El sonido húmedo de su boca llenó el salón.

Me aparté antes de correrme. La hice levantarse y la besé por fin. Sabía a mí, a café y a deseo retenido. Su boca era más áspera de lo que había imaginado, menos dulce y mucho más excitante. Besaba como vivía: sin poses.

Le quité la blusa del todo, luego el pantalón. Se quedó en ropa interior un segundo, y ese segundo me permitió verla entera. Seguía estando buenísima. Las caderas algo más marcadas, el vientre no tan liso como años atrás, las tetas dominándolo todo. Me arrodillé yo esta vez y le bajé la braga lentamente.

Estaba depilada a medias, no con perfección de revista sino como una mujer real que no necesita fingir nada. Le separé los muslos y lo primero que vi fue el brillo entre las piernas.

Ya estaba mojada.

Le pasé un dedo por la raja y soltó un gemido grave.

—No me mires así o no respondo —dijo.

La lamí de abajo arriba, abriéndola con la lengua. Tenía un sabor fuerte, adulto, caliente. Nada tímido. Me agarró de los hombros y empezó a mover la cadera buscando más presión cuando le metí la lengua en el coño. Alterné la lengua con los dedos, primero uno, luego dos, entrando y saliendo despacio mientras chupaba su clítoris.

—Sí, así... así, joder... —jadeó.

Su voz ronca se quebraba apenas cuando le daba justo donde quería. Le abrí más las piernas y metí dos dedos hasta el fondo, curvándolos. Ella apretó los muslos alrededor de mi cabeza. Me estaba empapando la boca.

—Hace años que quería comerme este coño —le dije contra su piel.

—Pues cómetelo bien.

Lo hice. La lamí con hambre, metiendo la lengua una y otra vez, chupándole el clítoris hasta que empezó a temblar. Sus manos me apretaban el pelo con fuerza. Cuando noté que el orgasmo se le venía encima, le follé el coño con los dedos más rápido, profundos, húmedos, escuchando el chapoteo obsceno de su excitación.

Se corrió con un gemido largo, sin gritar, más animal que escandaloso. El cuerpo se le arqueó y me apretó la cabeza entre los muslos. Yo seguí lamiendo hasta que me apartó temblando.

—Para, cabrón... para un segundo.

Se dejó caer en el sofá con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando. Tenía los pezones duros, la cara encendida y una expresión de puro vicio que me hizo perder la poca paciencia que me quedaba.

Fui a buscar un preservativo por reflejo, pero ella me detuvo con una mano en la muñeca.

—No hace falta —dijo—. Estoy cubierta. Y tranquila.

La miré un instante para asegurarme. Asintió sin dramatismo, como una mujer adulta que sabe perfectamente lo que hace.

Me senté y ella se colocó encima de mí. Me agarró la polla, se frotó con la punta entre los labios del coño, mojándome más, y luego se dejó caer despacio. Entré hasta el fondo de una sola vez y ambos soltamos un sonido bruto, sincero.

Estaba apretada y caliente. Mucho más de lo que esperaba.

Se quedó quieta un segundo, acostumbrándose, con las manos en mis hombros. Yo la sujetaba de la cintura y sentía su coño tragándome entero.

—Joder, Eva... —gruñí.

—Ahora dilo mejor —respondió, y empezó a moverse.

Primero despacio, levantándose apenas para dejarme salir y volviendo a clavarse. Sus tetas me rebotaban en la cara, pesadas, vivas. Las agarré y me puse a chupárselas otra vez mientras ella cabalgaba sobre mí. El roce era profundo, húmedo, con ese sonido de coño bien excitado tragando polla sin pudor.

Fue aumentando el ritmo sola, con las piernas abiertas a ambos lados de mis muslos, moviendo las caderas con una seguridad obscena. No lo hacía para lucirse; lo hacía porque sabía exactamente cómo hacerse gozar. Yo levantaba la pelvis para recibirla mejor y cada embestida me rozaba donde más me encendía.

—Así te imaginabas follándome, ¿o no? —preguntó entre jadeos.

—Sí.

—Mientes. Seguro que en tus fantasías yo era más buena.

Le apreté un pezón entre los dedos.

—No. Eras exactamente así de guarra.

Se rió y casi al mismo tiempo soltó un gemido al sentirme más hondo. Me cogió la mano y la llevó entre sus piernas.

—Tócame ahí mientras te cabalgo.

Obedecí. Le froté el clítoris con dos dedos mientras seguía bajando y subiendo sobre mí. El efecto fue inmediato. Se le tensó el vientre, se le aceleró la respiración y empezó a follarme con más fuerza, perdiendo el ritmo elegante para pasar a uno más torpe y desesperado, mucho más excitante.

—No pares... no pares... —repetía.

La agarré por la espalda y la mantuve pegada a mí mientras se corría otra vez, temblando encima de mi polla. Sentí su coño apretarse en pulsaciones claras, húmedas, deliciosas. Quise correrme ahí mismo, pero me contuve a duras penas.

La aparté con cuidado, la puse boca arriba en la alfombra y le abrí las piernas.

—Ahora te voy a follar yo como llevo años queriendo.

Su mirada se encendió.

Le levanté una pierna sobre mi hombro y entré de nuevo. Desde ese ángulo la penetración fue más brutal. Cada empujón hacía que sus tetas se sacudieran a los lados. Le agarré una con una mano mientras con la otra le sujetaba el muslo y empecé a darle sin suavidad, saliendo casi del todo y volviendo a metérsela hasta el fondo.

—Sí... así... métemela toda —jadeó.

El sonido de nuestros cuerpos golpeando llenaba el apartamento. Ella tenía la boca abierta, los ojos entornados y la garganta soltando esos gemidos roncos que tanto me habían obsesionado. Le metí la mano bajo la espalda para levantarle más la cadera y la follé todavía más hondo.

—Mírame —le dije.

Me miró.

—Dime si querías esto aquella noche de las fiestas.

Sonrió con descaro incluso mientras la empotraba.

—Claro que sí, idiota. Y tardaste demasiado.

Apreté los dientes y seguí follándola con rabia contenida, con ganas antiguas acumuladas durante media vida. Le aparté el sudor de la frente, le chupé un pezón otra vez, le mordí el cuello, le metí la lengua en la boca mientras seguía entrando y saliendo de su coño empapado.

Estaba tan caliente que cada vez que se la metía parecía que me succionaba.

La hice girarse. Quedó a cuatro patas, apoyada en el sofá, con la espalda arqueada. Desde atrás se veía todavía mejor: las piernas firmes, el culo apretado, las tetas colgando y balanceándose por debajo cada vez que la embestía. Le abrí más las nalgas con una mano y guié la polla con la otra hasta volver a entrar.

Esta vez le di fuerte desde el primer segundo.

El chasquido de los golpes se mezclaba con sus gemidos y con mis gruñidos. Le agarré el pelo en un puño y tiré apenas para hacerle levantar la cabeza.

—Te quería así —le dije al oído—. A cuatro patas y gimiendo por mi polla.

—Pues fóllame, joder. No hables tanto.

Eso hice. La empotré sin delicadeza, marcando un ritmo que me estaba vaciando la cabeza. Ella echó una mano entre sus piernas para tocarse mientras yo la penetraba. Ver sus dedos frotándose el clítoris, escuchar lo mojada que estaba, contemplar cómo sus tetas aparecían y desaparecían a los lados de su torso con cada embestida, me empujó al borde.

Le saqué la mano y la sustituí por la mía, frotándole yo mientras seguía dándole desde atrás.

—Así no aguanto —dije.

—Pues córrete cuando quieras.

—No todavía.

Le metí más velocidad. Ella empezó a gemir de verdad, sin contenerse, con la voz rota. Noté cómo el coño se le tensaba otra vez, cómo me apretaba al acercarse al orgasmo.

—Voy a correrme... —jadeó.

—Hazlo.

Se corrió con un espasmo fuerte, echando el cuerpo hacia atrás contra mí, y eso me remató. Aguanté dos embestidas más. Tres. A la cuarta ya estaba perdiendo el control. La saqué justo a tiempo y me corrí sobre su espalda y la parte alta del culo, soltando un gemido animal que me salió de lo más hondo.

Me quedé inclinado sobre ella, sin aire, viendo los chorros blancos resbalarle por la piel sudada.

Ella giró la cabeza y sonrió, satisfecha, todavía jadeando.

—Vaya espina te acababas de sacar —murmuró.

Me dejé caer a su lado en la alfombra. Nos quedamos un momento en silencio, recuperando el pulso. Después fuimos a ducharnos juntos. No hubo un segundo asalto completo, pero sí manos, besos lentos y mi boca volviendo una y otra vez a sus tetas mientras el agua nos caía encima.

Yo seguía sin creerme que por fin las estuviera tocando sin prisa, chupándolas como había imaginado cientos de veces.

***

Antes de irme le pedí su número. Eva negó con la cabeza mientras se abrochaba la blusa.

—No me gusta complicarme —dijo—. Esto pasó porque tenía que pasar.

Me dejó desarmado. Aun así le di el mío en un papel. No prometió nada. Ni siquiera lo leyó delante de mí. Lo guardó y me abrió la puerta.

Creí que quedaría como una de esas historias que llegan tarde y se consumen una sola vez.

Me equivoqué.

Meses después me llamó. Quedamos otra vez. Luego otra. Y otra más. Nunca con demasiadas palabras, nunca con romanticismo. Lo nuestro no iba de eso. Iba de deseo atrasado, de confianza desnuda y de una mujer madura que seguía poniéndome de rodillas en cuanto se desabrochaba la ropa.

Con el tiempo me dejó claro que no quería pertenecer a nadie, y esa fue parte de su atractivo desde el principio. A veces me recibía con una cerveza y una sonrisa cansada. Otras, apenas abría la puerta me llevaba de la mano al sofá y me decía:

—Hoy no vengas a hablar. Ven a follarme.

Y yo obedecía feliz.

Han pasado años desde la primera vez que entré en aquel apartamento y me mostró las tetas por las que me hice mi primera paja. Si cierro los ojos todavía puedo verlas balanceándose sobre mí, sentir el peso en las manos, oír su voz ronca ordenándome que siga. Hay fantasías que, cuando por fin se cumplen, decepcionan.

Ella no.

Ella folla exactamente como la recordé durante toda una vida, solo que mejor, porque ahora cuando me corro no es en mi mano, escondido en una cama de adolescente, sino sobre la espalda sudada de la mujer madura que me enseñó, al fin, por qué nunca pude olvidarla.

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Comentarios(5)

PepeCordoba

Excelente!!! Esta es la categoria que mas me gusta de todo el sitio.

Juanchi_Cor

Me quede con ganas de mas, por favor continuala!

dieguitoMar

Me recordó algo que me pasó hace un tiempo y nunca llegue a contar jaja. Esas cosas pasan mas seguido de lo que se cree.

TodoUnClasico

La tension del principio esta muy bien lograda. Se lee de un tiron sin parar.

Confesor22

Buenisimo. Lo de la fantasia que no muere con los años es muy real, te sentis identificado al toque.

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