El amigo de mi hijo me sacó a bailar esa noche
Les voy a contar algo que pasó unos meses antes de que el mundo entero se encerrara, en aquel enero raro de hace unos años. Mi año había empezado torcido. En diciembre descubrí que mi marido me era infiel con una compañera de su oficina, y cuando creí que esa historia ya se había terminado, una de mis amigas lo cruzó con la misma mujer en un restaurante del centro. Caí en una tristeza espesa, de esas que no te dejan levantarte de la cama, y mis amigas se propusieron rescatarme a su manera: sacándome a la calle casi todos los días.
No soy ninguna belleza de revista, eso lo aclaro de entrada. Tuve dos hijos y mi cuerpo lleva las marcas de eso: un poco de flacidez en la panza, los pechos chicos. Pero siempre me cuidé, y todavía conservo una cintura que se nota y un buen culo. Mi vida había sido simple: dejé la carrera por la mitad, me quedé en casa mientras él trabajaba, y aunque nunca nos faltó nada, hacía tiempo que sentía que a mi matrimonio le faltaba una chispa. El sexo con él era correcto, tibio, previsible. Por eso lo que voy a contarles fue lo más excitante que me había pasado en años.
Un sábado en el que no quería hacer absolutamente nada, llegaron mis amigas a buscarme y me anunciaron que esa noche íbamos a un boliche. Protesté, claro. Hacía años que no pisaba uno y me parecía ridículo a mi edad. Pero terminé cediendo, y ya adentro, con la música golpeándome en el pecho, empecé a soltarme de a poco.
Arrancamos con fernet y después seguimos con tragos dulces, de esos que se toman sin darte cuenta. Éramos cinco mujeres solas, así que desde temprano varios hombres se acercaron a coquetear, incluso mandándonos copas a la mesa. Mis amigas las aceptaban encantadas. Al rato salieron todas a bailar y yo me quedé sentada, mirándolas reírse con esos desconocidos. Estaba tan distraída que pegué un salto cuando una voz me saludó por mi nombre desde un costado.
Era Mateo, un amigo de mi hijo del secundario. Tenía entendido que todavía no había arrancado la universidad y que estaba trabajando. Lo saludé con naturalidad, pero lo noté distinto. Siempre había sido el más lindo de su grupo, aunque esa noche estaba en otro nivel: alto, de piel clara, con una barba prolija que antes no usaba. Llevaba una camisa que se le ajustaba en los hombros y dejaba ver unos brazos trabajados, cruzados de tatuajes que le llegaban hasta las manos.
Cuándo se había convertido en esto.
Apenas se alejó, mis amigas cayeron sobre mí como buitres.
—¿Y ese quién es? —preguntó Carla, estirando el cuello.
—¿De dónde lo conocés? Está hermoso —agregó otra.
—Es amigo de mi hijo —corté, riéndome.
Se quedaron mudas un segundo por lo joven que era, pero enseguida arrancaron con sus chistes: que ellas se lo terminaban de criar, que con gusto le daban clases particulares de lo que hiciera falta. Yo me reía y seguía tomando, sin imaginarme ni de lejos cómo iba a terminar la noche.
Los tragos llegaban y desaparecían de la mesa con la misma velocidad. En una de esas, Mateo volvió y me invitó a bailar. Le dije que no, que yo ya estaba grande para esas cosas, pero mis amigas casi me empujan de la silla. Me levanté y fui con él.
Empezamos bailando separados, manteniendo una distancia educada. Pero a medida que pasaban los temas y la gente se amontonaba alrededor, nos fuimos acercando hasta quedar frente a frente. Olía increíble, una mezcla de perfume amaderado y algo más cálido, y tenía una sonrisa ladeada que me ponía nerviosa como una adolescente. Mis amigas aparecían cada tanto con un trago nuevo, me lo hacían tomar de un saque y me ordenaban que siguiera ahí, sin moverme.
Parecían tener un plan armado con él. A Mateo también le llevaban copas y le decían al oído cosas que yo alcanzaba a pescar entre la música: «No la sueltes, hacela bailar hasta que le duelan los pies». Él solo se reía y obedecía.
Cuando pusieron algo más lento, me agarró de la cintura y me atrajo hacia él. Como era bastante más alto, tenía que bajar la cabeza para hablarme, y así, pegados, conversamos un montón. Me preguntó cómo había llegado ahí, si me gustaba salir, un montón de cosas que el alcohol me borró después. Lo que sí recuerdo es el momento en que me agarré de sus brazos y sentí lo firmes que eran bajo la tela de la camisa.
***
Hubo un punto en que dejó de haber distancia entre los dos. Mis pechos quedaron apretados contra él y sus manos, que habían empezado en mi espalda, fueron bajando hasta apoyarse sobre mi culo. No me molestó. Al contrario: sentí un calor que hacía años no sentía y empecé a recorrerle yo también el torso, los hombros, esos brazos. Él, coqueto, me preguntaba si me gustaban mientras flexionaba un poco para presumir, y yo le decía que sí, mientras notaba contra mi muslo cómo su entrepierna empezaba a despertarse.
Para no hacerla larga: después de un buen rato así, y de varios tragos más, terminamos besándonos en el medio de la pista. Tenía los labios suaves y una lengua inquieta que se imponía sobre la mía, llevándola a su ritmo. Sus manos no paraban de subir y bajar por mi espalda. Seguimos así hasta que, sin cortar el beso, me tomó de la mano y me arrastró entre la gente hacia los baños.
Entramos al baño de hombres y me apoyó contra la pared. Volvimos a besarnos, ahora con las manos más sueltas. Le desabroché la camisa botón por botón y descubrí un abdomen marcado mientras él me besaba el cuello. Tampoco se quedaba quieto: sin dejar de devorarme la boca, me corría la ropa para tocarme la piel directamente. Yo me sostenía de su cintura, de esa espalda ancha, hasta que mis dedos bajaron a su pantalón y se lo desabroché.
Al sentir el tirón, se separó un segundo, se bajó el pantalón del todo y dejó ver el bóxer tensado por un bulto que no dejaba lugar a dudas. Me miró desde arriba, con esa sonrisa, y me apoyó una mano en el hombro.
—Arrodillate —dijo en voz baja, y se bajó el bóxer.
Estaba completamente depilado. A mí siempre me había gustado hacérselo a mi marido, pero algo en levantar la vista y ver esos músculos, los abdominales, la línea que le bajaba desde la cintura, me prendió fuego de una manera nueva. Me la metí en la boca y empecé a chupársela como no recordaba haberlo hecho jamás.
Sabía increíble, pero lo mejor era sentir cómo se iba endureciendo contra mi lengua hasta quedar dura del todo. La tenía larga, no demasiado gruesa, y aun así fue la mejor que probé en mi vida. Se la chupé con una insistencia que ni yo me reconocía, escuchándolo gemir por encima de mí mientras me sostenía la cabeza con las dos manos.
No sé cuánto tiempo estuve ahí abajo. Le recorrí todo, también los testículos, lo masturbé hasta que asomó una gota en la punta y me la llevé a la boca, arrancándole un quejido que lo hizo retorcerse y apartarme un poco. Yo estaba en otro mundo, agarrada de sus piernas, intentando una y otra vez metérmela entera sin lograrlo. Fueron justamente mis arcadas las que llamaron la atención de un seguridad, que empezó a golpear la puerta y a gritarnos que saliéramos.
***
Al principio no le hicimos caso y seguimos en lo nuestro, pero cuando amenazó con tirar la puerta abajo, nos empezamos a acomodar la ropa a las apuradas. Cuando lo vi guardarse el bulto todavía duro de costado en el bóxer, no aguanté las ganas de besarlo una vez más. Recién después de ese beso largo terminamos de vestirnos y salimos.
Afuera había un grupo de hombres esperando que, al vernos salir juntos y despeinados, nos aplaudieron y silbaron. Yo caminé directo hacia mis amigas, muerta de vergüenza y de risa a la vez, mientras él se iba para el lado de los suyos. No dejamos de buscarnos con la mirada el resto de la noche. Habíamos quedado en escaparnos juntos a otro lado más tarde, pero el plan se cayó: apareció el marido de una de mis amigas armando lío y tuve que irme con ellas.
Los días siguientes seguimos escribiéndonos, mandándonos fotos, intentando coordinar para vernos en algún lado. Pero los contagios empezaron a subir y todo se cerró antes de que pudiéramos. Recién después de la cuarentena nos encontramos una última vez, y ahí sí me dio la mejor noche que tuve en años. También me enteré de que ya estaba viviendo con su novia, así que esa fue la despedida.
Nunca más me crucé con Mateo. Pero esa noche en el boliche me devolvió algo que mi marido me había hecho creer perdido: las ganas. Poco después empecé a salir con otra persona, y por primera vez en mucho tiempo lo hice sintiéndome deseada otra vez.





